“Las mujeres sabias”, de Molière.

 

Moliere2

PERSONAJES

         CRISALIO, buen burgués

         FILAMlNTA, esposa de Crisalio

         ARMANDA y

         ENRIQUETA, hijas de Crisalio y Filaminta

         BELISA, hermana de Crisalio

         ANGELICA, hermana de Crisalio

         CLITANDRO, amante de Enriqueta

         TRISSOTIN, pedante 

         VADIUS, sabio

         MARTINA, la criada

         Un NOTARIO

 

ACTO PRIMERO

ESCENA PRIMERA

(ARMANDA y ENRIQUETA)

La escena, en París, en casa de Crisalio.

 

 

         ARMANDA.-

         ¡Cómo! ¡La condición de soltera es la mejor! ¿Acaso lo dudas?

 

         ENRIQUETA.-

          Pues sí…

 

         ARMANDA.-

         Me das pena, hermana…

 

         ENRIQUETA.-

          ¿Porqué te molesta tanto el matrimonio?

 

         ARMANDA.-

         ¡Dios mío, qué asco! ¡Casarse! ¿No te das cuenta de lo repugnante que es ese estado? ¿Acaso no te estremeces? ¿Has medido bien las terribles consecuencias de esa decisión?

 

         ENRIQUETA.-

         Las únicas consecuencias que presiento son un marido, una casa, tal vez unos hijos… No creo que eso pueda ofenderle a nadie ni tenga porqué causar ningún tipo de estremecimiento, la verdad.

 

         ARMANDA.-

          ¿Y te agrada ese panorama?

 

         ENRIQUETA.-

          No puede hacer nada mejor una mujer enamorada que casarse con el hombre que corresponde a ese amor.

 

         ARMANDA.-

          ¡Dios mío, de qué baja condición es tu espíritu! ¿Dónde vas a caer cuando te reduzcas a ser la simple compañera de un hombre y madre de unos niños? Deja eso para las personas vulgares y piensa en otro tipo de placeres más nobles, más espirituales y elevados. Ahí tienes el ejemplo de nuestra propia madre que ha dejado de estar sujeta como una esclava a las leyes de su marido para dedicarse por completo a la filosofía, a las ciencias y a la poesía. Es decir, a todo aquello que eleva a los seres humanos por encima de los irracionales y de las bestias.

 

         ENRIQUETA.-

         Cada uno nacemos para ocupar un puesto sobre la tierra, y no todos tenemos necesariamente que dedicarnos a la filosofía. Mi lugar no es ése al menos y me veo más cómoda cuidando un hogar y haciendo una vida tranquila y familiar. Entiendo que tú no quieras lo que yo quiero, pero deberías al menos tratar de comprender que así, opuestas en nuestras vocaciones, sabremos imitar a nuestra madre: tú por el lado del alma y de los grandes principios y yo por el de lo que tú consideras bajos instintos y groseros placeres. Entrégate en cuerpo y alma a las obras espirituales y luminosas que yo me quedo con las obras de la materia y de la realidad. ¡Qué le vamos a hacer!

 

 

         ARMANDA.-

          Cuando pretendemos inspirarnos en una persona, debemos parecernos por los dos lados, y tomarla por modelo no es, hermana, toser y escupir como ella.

 

         ENRIQUETA.-

         Tú y yo no hubiéramos nacido si mi madre se hubiera dedicado exclusivamente a la poesía y a las ciencias…

 

         ARMANDA.-

         Sigues obstinada en esa bajeza espiritual de querer conseguir un marido a toda costa… Allá tú. Dime por lo menos a quien piensas escoger… Supongo que no será… Clitandro…

 

         ENRIQUETA.-

          ¿Y por qué no? ¿Acaso carece de méritos? ¿Es una indigna elección?

 

         ARMANDA.-

          Es poco honesto por tu parte querer quitarle a otra persona su conquista. Todo el mundo sabe que Clitandro suspira todavía por mí.

 

         ENRlQUETA.-

          Sí, pero esos suspiros te han parecido siempre superfluos, indignos de tu condición de persona que ha renunciado a casarse porque la filosofía ha acaparado todos sus amores. Me he limitado a tomar lo que despreciaste, Armanda.

 

         ARMANDA.-

         ¿No temes ser demasiado ingenua creyendo en la sinceridad de un amante despechado? ¿Estás segura de su amor? ¿No queda en su corazón ningún interés por mí?

 

         ENRIQUETA.-

          El me lo dice, hermana, y yo, por mi parte, le creo.

 

         ARMANDA.-

         Se engaña a sí mismo…

 

         ENRIQUETA.-

          Tal vez… Pero no es mala idea preguntárselo directamente y a plena luz, puesto que aquí llega…

 

 

ESCENA II

(CLITANDRO, ARMANDA Y ENRIQUETA)

 

 

         ENRIQUETA.-

         Armanda ha sembrado una duda en mí… Decide definitivamente entre ella o yo, Clitandro.

 

         ARMANDA.-

         (Apresuradamente) Le colocas en una difícil posición, hermana. Estas confesiones a cara descubierta son siempre muy violentas…

 

         CLITANDRO.-

         Nunca he sabido fingir, Armanda, y no representa ninguna violencia confesar públicamente que estoy enamorado de Enriqueta. Espero que esta declaración no te cause trastorno alguno pues quisiste que las cosas fueran como son. Tus encantos me atrajeron hace unos meses pero nunca conseguí interesarte lo más mínimo. No te guardo ningún rencor por ello y…

 

         ARMANDA.-

         ¡Tiene gracia que puedas creer que esa inclinación por mi hermana pueda trastornarme… pero es muy impertinente que lo digas sin ningún recato!. ¡Es el colmo!

 

         ENRlQUETA.-

         No te enfades, hermana mía. ¿Dónde están la moral y la filosofía que rigen la parte animal de las personas y calman los arrebatos de la ira?

 

         ARMANDA.-

         No hables de cosas que desprecias… Si creyeras verdaderamente en la moral, lo que deberías hacer es pedir el oportuno permiso a nuestros padres, no sólo para casarte, sino también para corresponder las miradas de este o de cualquier pretendiente. Esa es la obligación y la costumbre, y tú lo sabes perfectamente.

 

         ENRIQUETA.-

         Te agradezco que, una vez más, me recuerdes mis obligaciones… Desde hace muchos años no has dejado de hacerlo ni un sólo día.  (A Clitandro.) Delante de mi hermana te pido, Clitandro, que hables cuanto antes con mis padres, les pongas al corriente de nuestra relación y nuestras intenciones, y les pidas mi mano para poder casarnos.

 

         CLITANDRO.-

         Así lo haré. (Dirigiéndose a Armanda) En cuanto a tí…

 

         ARMANDA.-

         Mi único deseo es que seáis muy felices. (Sale)

 

 

ESCENA III

(CLITANDRO Y ENRIQUETA)

 

 

         ENRIQUETA.-

         Tu confesión le ha sorprendido…

 

         CLITANDRO.-

         Se merecía mi franqueza. No ha cesado de darme desplantes desde el día en que la conocí. En cuanto a nosotros… voy inmediatamente a hablar con tu padre.

 

         ENRIQUETA.-

         Mi padre es de una forma de ser que le hace consentir todo y poner muy poca energía en las decisiones que toma. Lo más práctico es convencer antes a mi madre que es quien realmente gobierna la casa y dicta las leyes que se le ocurren. Debes ganarte su voluntad y la de mi tía Belisa, aunque sea a costa de darles la razón en algunas opiniones. El apoyo de mi otra tía ya lo tenemos asegurado.

 

         CLITANDRO.-

         Tu tía Angélica es admirable. Pero tu madre y Belisa… Ese tipo de personas no es que me gusten mucho precisamente. Me refiero a los hombres y a las mujeres que hacen de la sabiduría un motivo de diferencia con los demás. Tu tía Belisa se ha vuelto loca de un tiempo a esta parte intentando hacer creer a todo el mundo, y, lo que es peor, creyéndose ella misma, que tiene a todos los hombres de París perdidamente enamorados. Y en cuanto a tu madre… la respeto, pero no puedo de ningún modo estar de acuerdo con sus absurdos razonamientos, con sus estúpidas quimeras. Ese amigo suyo, el señor Trissotin, me entristece y me aburre, y me saca de quicio ver como tu madre estima, venera y protege a un necio semejante, cuyas obras literarias silban en todas partes, que vive de plagiar a los demás y que se ha ganado una merecida fama de engañabobos y de parásito.

 

         ENRIQUETA.-

         A mí también me fastidian sus escritos. Pero debemos tragarnos los sapos, Clitandro. Para conseguir nuestros objetivos deberías de agradar hasta al perro de la casa si fuera necesario.

 

         CLITANDRO.-

         Es verdad, amor mío. Pero es muy difícil simular que admiro unas obras que me parecen farragosas y que me agrada un hombre que me produce un profundo asco. Nunca te había contado esto: antes de conocerle me habían leído alguna de sus poesías que me parecieron detestables. Pues bien, a través de sus versos, llegué a imaginar los rasgos de su cara, su forma de andar, sus ademanes, etc. Un día me crucé por la calle con un hombre y enseguida intuí que era él. No me equivoqué.

 

          ENRIQUETA.-

         (Divertida) ¡No me mientas!

 

         CLITANDRO.-

         (Después de besarla.) Te lo cuento tal y como sucedió… (Rien. Aparece Belisa) Acaba de llegar tu tía. Voy a contarle nuestro secreto para que nos apoye ante el hueso más duro…

 

 

ESCENA IV

(BELISA Y CLITANDRO)

 

 

         CLITANDRO.-

         Permitidme que os hable unos instantes, señora. Estoy seguro de que vais a comprenderme enseguida. Quiero hablaros del amor que siento por…

 

         BELISA.-

         ¡Despacio, jovencito, despacio! Guardaos de abrirme vuestra alma de par en par… Si he accedido a poneros en la categoría de mis cortejadores, admiradores y pretendientes, contentaos con vuestros ojos como únicos intérpretes, y no me expliquéis por medio de otro lenguaje unos deseos que, en mi casa, significan un ultraje. Amadme, suspirad, consumios por mis hechizos, mas preferiría no saberlo. Contentaos con mirarme con cariño pero no me digáis nada con palabras.

 

         CLITANDRO.-

         De quien estoy enamorado es de Enriqueta, no os alarméis, y lo que os pido justamente es que intercedáis por nosotros…

 

         BELlSA.-

         ¡Ah! Realmente, la trampa es original, lo confieso; eso de que estáis enamorado de mi sobrina es un inteligente pretexto para llegar hasta mí. ¡No había leído una argucia tan ingeniosa en ninguna novela! Estoy verdaderamente sorprendida y halagada, debo reconocerlo.

 

         CLITANDRO.-

         Señora, no es ninguna ocurrencia. Es la pura confesión de una verdad. Quiero casarme con Enriqueta y lo que os pido humildemente, tanto en mi nombre como en el suyo, es que nos ayudéis a conseguirlo.

 

         BELlSA.-

         Venga, venga, jovencito… No insistáis más.

 

         CLlTANDRO.-

         ¡Ah señora! ¿Porqué os empeñáis en pensar lo que no es?

 

         BELlSA.-

         ¡Dios mío! Dejaos de tonterías. Cesad de defenderos de lo que vuestras miradas me han dado a entender tantas veces. Habéis conseguido satisfacerme con ese derroche de astucia que exhibís ante mis ojos, pero estáis llevando este asunto demasiado lejos. No puedo consentir que bajo el techo de esta casa se expresen pasiones y sentimientos de esa manera tan audaz, por muy sinceros que sean.

 

         CLITANDRO.-

         Pero…

 

         BELISA.-

         Adiós. Por ahora, esto debe bastaros. He dicho más de lo que quería decir. Silencio.

 

         CLITANDRO.-

         Estáis en un error…

 

         BELISA.-

         Dejad. Voy a ponerme colorada. Ji, ji, ji.

 

         CLlTANDRO.-

         Que me ahorquen si os amo…

 

         BELISA.-

          No, no; no quiero oír nada más. Ji, ji, ji. (Sale.)

 

 

 

ESCENA V

(CLITANDRO, sólo.)

 

 

         CLITANDRO.-

         ¡Al diablo esta loca con sus visiones! ¡Es terca como una mula! Por este camino poco vamos a conseguir… Hablaré con su hermana Angélica que es, sin duda, una persona cabal.

 

 

 

 

ACTO SEGUNDO

ESCENA PRIMERA

(ANGELICA sola.)

 

 

         ANGELICA.-

         (Despidiéndose de Clitandro y hablándole todavía.) Sí; te traeré la respuesta lo antes posible; haré todo lo que sea preciso. Entiendo perfectamente como te sientes y trataré de ayudarte en lo que esté en mi mano. Adiós.

 

 

 

ESCENA II

(CRISALIO Y ANGELICA)

 

 

         ANGELICA.-

         ¡Dios te guarde, hermano!

 

         CRISALIO.-

         Y a ti también, hermana.

 

         ANGELICA.-

         ¿Sabes lo que me trae por aquí?

 

         CRISALIO.-

         No; pero cuéntamelo enseguida.

 

         ANGELICA.-

         ¿Conoces desde hace bastante tiempo a Clitandro, verdad?

 

         CRISALIO.-

         Sin duda; y le veo frecuentar bastante nuestra casa.

 

         ANGELICA.-

         ¿Qué opinas de él?

 

         CRISALIO.-

         Le tengo por un hombre de honor, de talento, de corazón y de buena conducta. Tal y como va el mundo hay pocas personas que reúnan estas virtudes.

 

         ANGELICA.-

         Pues una petición suya me ha hecho hoy venir a verte.

 

         CRISALIO.-

         Conocí a su difunto padre en mi primer viaje a Roma…

 

         ANGELICA.-

         Muy bien.

 

         CRISALlO.-

         Era un excelente caballero.

 

         ANGELICA.-

         Eso dicen.

 

         CRISALIO.-

         No teníamos más que veintiocho años y éramos ambos dos galanteadores de tomo y lomo.

 

         ANGELICA.-

         Lo creo.

 

         CRlSALIO.-

         Frecuentábamos las casas de las damas romanas, y todo el mundo hablaba allí de nuestras travesuras. Los romanos nos envidiaban.

 

         ANGELICA.-

         Mejor que mejor; escucha lo que te voy a contar.

 

 

 

ESCENA III

(BELISA entrando sigilosamente y escuchando; CRISALIO Y ANGELICA)

 

 

         ANGELICA.-

          Clitandro me encarga que interceda por él; está completamente enamorado de Enriqueta.

 

         CRISALIO.-

          ¡Cómo! ¿De mi hija?

 

         ANGELICA.-

          Sí. Jamás vi un amante más apasionado…

 

         BELISA.-

          (A Angélica.) No, no, te equivocas completamente, hermanita. De este asunto no sabes nada de nada. 

 

         ANGELICA.-

          ¿Cómo dices?

 

         BELISA.-

         Ese chico te ha engañado. Se ha enamorado de otra persona.

 

         ANGELICA.-

         ¿Bromeas, Belisa? ¿Así que no está enamorado de Enriqueta?

 

         BELISA.-

         No; estoy segura.

 

         ANGELICA.-

         El mismo me lo ha dicho…

 

         BELISA.-

         ¡Ah, sí!

 

         ANGELICA.-

         Y me ha encargado que venga a informar de este asunto a nuestro hermano.

 

         BELISA.-

         Perfectamente.

 

         ANGELICA.-

         Y a pedirle su mano cuanto antes…

 

         BELISA.-

         ¡Qué chico tan mentiroso y tan galante a la vez! (Confidencial.) Hermanos: se trata simplemente de una diversión, de un subterfugio ingenioso, de un pretexto para encubrir otros fuegos, cuyo origen conozco a la perfección.

 

         ANGELICA.-

         Ya que sabes tantas cosas, dinos quién es esa otra persona a la que ama. 

 

         BELISA.-

         ¿Queréis saberlo de verdad?

 

         ANGELICA.-

          Sí. ¿A quién?

 

         CRISALIO.-

         Naturalmente, Belisa. Dínoslo ya.

 

         BELISA.-

         Me ama a mí.

 

         ANGELICA.-

         ¿A tí?

 

         BELISA.-

         A mí misma.

 

         ANGELICA.-

         ¡Ay hermana mía!

 

         BELISA.-

         ¿Qué significa ese ay? ¿Qué es lo que te sorprende tanto? Sabes muy bien que, por razones que no vienen al caso y que mi modestia me impide ni siquiera apuntar, muchos caballeros de esta capital están interesados por mis encantos. Sin ir más lejos, ahí tienes a Dorante, Cleonte, Danis, Lycidas, etc.

 

         ANGELICA.-

         ¿Te aman todos ellos?

 

         BELISA.-

         Sí, con toda su alma.

 

         ANGELICA.-

         ¿Te lo han dicho?

 

         BELISA.-

         Como es lógico, hermana, ninguno ha tenido esa desvergüenza. Por el contrario, es tal la fuerza de su veneración que no me han dicho jamás una sola palabra de su amor. Las miradas de estos caballeros son más fuertes y expresivas que sus palabras. Sus ojos son los que me han hablado con claridad.

 

         ANGELICA.-

         (Con un tono de amarga ironía.) No es que Damis haya venido mucho por aquí durante los últimos meses…

 

         BELISA.-

         Es para demostrarme su completa sumisión.

 

         ANGELICA.-

         Dorante emplea contigo las palabras más mordaces…

 

         BELISA.-

         ¡Bah! No tiene importancia. Está rabiosamente celoso.

 

         ANGELICA.-

         Cleonte y Lycidas se han casado hace poco…

 

         BELISA.-

         Claro, después de que yo ignorase su pasión.

 

         ANGELICA.-

         Quiero ser honesta contigo, hermana: vives engañada en un mundo de fantasías.

 

 

         CRISALIO.-

         (A Belisa.) Un mundo que debes abandonar para volver al de la realidad.

 

         BELISA.-

         ¡Ah, fantasías, fantasías! Me divierten tanto las fantasías… No sabía que yo tuviese fantasías… Ji, ji, ji. (Sale.

 

 

ESCENA IV

(CRISALIO Y ANGELICA)

 

 

         CRISALIO.-

         Nuestra hermana está como una cabra, no hay duda.

 

         ANGELICA.-

         Cada día más. (Ambos se quedan pensativos.) Pero sigamos hablando. Como te decía Clitandro te pide a Enriqueta por esposa. ¿Qué le contesto?

 

         CRISALIO.-

         ¿Hace falta preguntarlo? Me parece estupendo y consiento ese matrimonio con todo mi corazón. Es un honor para nuestra familia.

 

         ANGELICA.-

         Sabes que su fortuna no es demasiado importante y que…

 

         CRISALIO.-

         Eso no tiene importancia. Ese joven es rico en virtudes y eso vale más que cien tesoros. Y, además, su padre y yo éramos como uña y carne. ¡Ah, qué tiempos aquellos! ¡Qué jovencitas, qué cuerpazos…!

 

         ANGELICA.-

         Habrá que contárselo a tu mujer tratando de que su opinión también sea favorable y…

 

         CRISALlO.-

         No hace falta. Le acepto como yerno.

 

         ANGELICA.-

         Sí, pero para apoyar tu consentimiento no está de más contar con su aprobación. Vamos…

 

         CRISALIO.-

         ¿Estás de broma? No es preciso. Respondo de mi mujer y asumo la responsabilidad de este asunto.

 

         ANGELICA.-

         Pero…

 

         CRISALIO.-

         Déjame hacer a mí y no temas nada. Se lo contaré todo y a ella le parecerá bien. Ya lo verás.

 

         ANGELICA.-

         De acuerdo. Voy a hablar con tu hija y regresaré aquí para saber como ha ido tu conversación.

 

         CRISALIO.-

         Es cosa hecha. Mi mujer aceptará. No lo dudes ni un minuto. (Angélica sale.)

 

 

 

ESCENA V

(CRISALIO Y MARTINA)

 

 

         MARTINA.-

         ¡Qué mala pata tengo! ¡Ay, madre mía! ¡A perro flaco todo son pulgas! ¡Qué mala pata, qué mala pata…!

 

         CRISALIO.-

         ¿Qué es eso? ¿Qué te pasa, Martina?

 

         MARTINA.-

         ¿Que qué me pasa?

 

         CRISALIO.-

         Sí.

 

         MARTINA.-

         ¡Me pasa…  que me despiden hoy, señor!.

 

         CRISALlO.-

         ¿Que te despiden?

 

         MARTlNA.-

         Sí; me echa el ama.

 

         CRISALIO.-

         No lo entiendo. ¿Cómo es posible?

 

         MARTINA.-

         ¡Me amenaza  con darme cien palos si no me largo ahora mismo!.

 

         CRISALIO.-

         No, tú te quedas con nosotros. Estoy muy contento contigo y te vas a quedar. A mi mujer se le sube a veces la sangre a la cabeza, y yo no quiero…

 

 

 

ESCENA VI

(FILAMINTA, BELISA, CRISALIO Y MARTINA)

 

 

         FILAMINTA.-

         (Viendo a Martina). ¡Otra vez tú, bribona! ¡Largo de aquí inmediatamente, pueblerina! Márchate de esta casa y no vuelvas a ponerte delante de mi vista!

 

         CRISALIO.-

         Poco a poco…

 

         FILAMINTA.-

         ¡No; se acabó!.

 

         CRISALIO.-

         ¿Eh?

 

         FILAMINTA.-

         ¡Quiero que se marche!.

 

         CRISALIO.-

         ¿Se puede saber lo que ha hecho?

 

         FILAMINTA.-

         ¿La defiendes?

 

         CRISALIO.-

         No, no. Yo sólo…

 

         FILAMINTA.-

         ¿Tomas partido contra mí?

 

         CRISALIO.-

         ¡No, Dios mío! No hago más que preguntar su culpa.

 

         FILAMlNTA.-

         ¿Me crees capaz de echarla sin un motivo justificado?

 

         CRISALIO.-

         Naturalmente que no, pero es que a veces…

 

         FILAMlNTA.-

         ¡Nada; se irá de aquí!. ¡Lo repito por última vez!

 

         CRISALIO.-

         Vale, vale… No seré yo quien te lleve la contraria…

 

         FlLAMINTA.-

         No quiero obstáculo alguno a mis deseos.

 

         CRISALIO.-

         De acuerdo.

 

         FILAMlNTA.-

         Y tú, si fueras un marido como es debido, deberías estar de mi parte y enfadarte también.

 

 

         CRlSALlO.-

         (Volviéndose hacia Martina. Con una voz que intenta ser más firme.) ¡Y eso hago! Sí; mi mujer te echa con razón, pícara, y tu crimen no merece perdón.

 

         MARTINA.-

         ¿Y qué he hecho, si puede saberse?

 

         CRISALIO.-

         Eso digo yo… ¿Qué ha hecho?.

 

         FILAMINTA.-

         ¡Es el colmo!

 

         CRISALIO.-

         ¿Ha roto, para provocar tu ira, algún espejo o alguna porcelana?

 

         FILAMINTA.-

         ¿Iba a ponerla de patitas en la calle por tan poca cosa? ¿Me enfado por ese tipo de estupideces?

 

         CRISALIO.-

         (A Martina.) ¿Pero cómo es posible, bribona? (A Filaminta.) ¿Así que es tan grave este asunto?

 

         FILAMINTA.-

         Sin duda. ¿Te parezco una insensata?

 

         CRlSALlO.-

         ¿Es que ha dejado, por descuido, que roben una jarra o una bandeja de plata?

 

         FILAMlNTA.-

         ¡Eso no sería nada…!

 

         CRISALIO.-

         (A Martina.) ¡Oh!, ¡Demonios! (A Filaminta.)  ¿La has sorprendido en plena infidelidad?

 

         FILAMINTA.-

         ¡Algo peor!

 

         CRISALIO.-

         ¿Peor que eso?

 

         FILAMINTA.-

         ¡Peor!

 

         CRISALIO.-

         (A Martina.) ¡Es increíble! ¡En mi propia casa! ¿Cómo es posible que…?

 

         FILAMINTA.-

         Después de treinta lecciones de Gramática ha ofendido mis oídos empleando una palabra inadecuada y salvaje. Una palabra que el ilustre gramático Jerónimo Onofre condena en términos tajantes y prohibe su uso entre personas cultivadas.

 

         CRISALIO.-

         ¿Y esa es la razón…?

 

 

         FILAMlNTA.-

         ¿Te parece poco delito estar siempre agraviando la Gramática, que es la piedra angular de todas las ciencias, que rige hasta a los monarcas con sus leyes y reglas?

 

         CRISALIO-

         ¡La creí culpable del mayor de los crímenes!

 

         FILAMlNTA.-

         (Fuera de sí) ¿Y no encuentras imperdonable ese crimen?

 

         CRlSDALIO.-

         Sí, claro…

 

         FILAMINTA.-

         ¡Sólo faltaría que la disculparas!

 

         CRISALIO.-

         No, no, en absoluto.

 

         BELISA.-

         Es verdaderamente lamentable. De un modo sistemático deshace toda construcción y eso que le hemos enseñado cien veces las leyes del lenguaje. ¡Como si nada!

 

         MARTINA.-

         Todo lo que predican ustedes me parece muy bien. Pero yo no puedo hablar en esa jerga. ¡Qué le vamos a hacer!.

 

         FILAMlNTA.-

         ¡Descarada! ¡Llamar jerga al lenguaje basado en la razón y en el uso correcto de las palabras!

 

         MARTINA.-

         Cuando a una se le entiende lo que dice ya está bien dicho, entonces. Y lo demás, sobra.

 

         BELISA.-

         ¡Rebelde! ¡Es intolerable que esta mujer haga oídos sordos a nuestras lecciones y se empeñe en hablar mal!

 

         MARTINA.-

         ¡Señora, no me empeño en nada! ¡Yo no tengo estudios y rajo como Dios me da a entender!

 

         FILAMlNTA.-

         ¡Ah! ¿Puede aguantarse esto?

 

         BELISA.-

         ¡Horrible solecismo!

 

         FILAMINTA.-

         ¡Eso de “rajo” hiere hasta el más insensible de los oídos!.

 

         BELISA..-

         ¿Quieres estar toda tu vida ofendiendo a la gramática?

 

         MARTINA.-

         Yo no quiero ofender a nadie. ¡Dios me libre!

 

         BELISA.-

         ¡Qué alma tan pueblerina! ¡La gramática nos enseña las leyes del verbo y del nominativo, y, del mismo modo, las del adjetivo con el sustantivo!.

 

         MARTINA.-

         No conozco a estos caballeros…

 

         BELISA.-

         Son nombres de palabras, y debemos procurar que entre ellas concuerden de manera adecuada.

 

         MARTINA.- ¿Y a mí qué me importa si concuerdan o que se peguen de tortas?

 

         FILAMlNTA.-

         (A Belisa.) ¡Ah Dios mío! Acabemos con esta inútil conversación. (A Crisalio.) ¿Y ahora qué me dices? ¿Había o no motivos para echarla?

 

         CRISALIO.-

         Sí que los había, sí…  (Aparte.) Debo acceder a su capricho. (A Martina) Anda, no la irrites; retírate, Martina.

 

         FILAMINTA.-

         ¡Cómo! ¿Temes ofender a esa pícara? ¡Le hablas en un tono amabilísimo!.

 

         CRISALIO.-

         (Con voz firme.) ¿Yo? Nada de eso. Vamos, márchate. Vete, infeliz.

 

 

ESCENA VII

(FILAMINTA, CRISALIO Y BELISA)

 

 

         CRISALlO.-

         Tranquilízate… Ya se ha ido. Debes estar satisfecha, por tanto. Pero quiero que sepas que no apruebo esta medida pues me parece injusta y excesiva. Era una muchacha que hacía muy bien las faenas de la casa.

 

         FILAMlNTA.-

         ¿Querías que continuara atormentándome con ese conglomerado de vicios gramaticales, de palabras desfiguradas, ligadas constantemente con proverbios tomados del más pestilente de los arroyos?

 

         BELISA.-

         Su lenguaje me produce hasta sudoraciones frías… ¡Hace caso omiso de las indicaciones de Jerónimo Onofre! ¡Los más leves defectos de ese tosco caletre son el pleonasmo o la cacofonía!. ¡Es inaudito!

 

         CRISALIO.-

         ¿Y qué importa que no respete las leyes de ese tal Onofre, con tal de que cumpla bien con su trabajo? Prefiero que cuando limpie las legumbres esté atenta a lo que hace aunque concuerde mal los nombres con los verbos, o que repita mil veces la palabra “rajar” mientras que no queme la carne o le eche demasiada sal a la olla… Vivo de un buen caldo y no de un exquisito lenguaje. Yo no sé cómo hace la sopa ese Onofre, pero Martina la hacía bien buena, por cierto.

 

         FILAMINTA.-

         ¡Me aburren tus discursos! ¡Qué indignidad la de rebajarse sin cesar a los cuidados materiales en lugar de elevarse hacia los espirituales! Este andrajo llamado cuerpo no tiene suficiente valor como para dedicarle ni un segundo de nuestro tiempo.

 

         CRISALlO.-

         Mi cuerpo soy yo mismo, y quiero cuidarlo. Será un andrajo… ¡Pero yo quiero a mi andrajo, caramba!

 

         BELISA.-

         El cuerpo sin el espíritu no es nada, hermano mío. El espíritu debe ir por delante siempre, como opinan todos los sabios. Por eso, nuestro mayor interés debe ser nutrirle con el jugo científico.

 

         CRISALIO.-

         (Enfadado.) ¡Os voy a hablar con toda franqueza! ¡Empiezo a creer que es verdad lo que se comenta por París! ¡Todo el mundo dice que estáis completamente locas!

        

         FILAMINTA.-

         ¿Cómo dices?

 

         CRISALIO.-

         (A Belisa.) Tú, Belisa, deberías empezar quemando todos esos librotes que te han transportado inesperadamente hasta la luna dejando tus cosas de la tierra en un lamentable estado. Me parece magnífico que los hombres y las mujeres estudien y aprendan porque en el estudio encontrarán la felicidad y la sabiduría. Pero hay también otro tipo de sabiduría que no puede estar reñida con la de los verdaderos doctores y los verdaderos científicos. Nuestros padres nos trataron de educar en las buenas costumbres, nos formaron en las tareas de la buena marcha del hogar, y en los principios de la honradez y la moralidad. Hermana, tu padre y tu madre, fueron amables y sensatos, aunque no sabían leer; fueron trabajadores y honestos aunque su formación en el campo de las Matemáticas, de la Física y de la Poesía era bastante rudimentaria. En este mundo en el que vivimos sabemos de muchas cosas excepto de lo que deberíamos saber. A través de los telescopios estamos al corriente de la marcha de la Luna y la estrella polar, de Venus, Saturno y hasta de Júpiter, cuerpos celestiales con los que yo personalmente no tengo nada que ver. Sin embargo parece como que la mayoría llevan una venda en los ojos para no ver las cosas cercanas y sencillas. Para ver, por ejemplo, que a la puerta de nuestra casa hay una familia que duerme debajo de nuestra escalera de mármol, sin más calor que el que sale de las maderas y desperdicios que reúnen con esfuerzo y queman cuando nieva. Aquí casi todos lleváis esa venda, y esa pobre criada, de una forma todo lo rústica y aldeana que quieras, junto con nuestra hermana Angélica y mi hija Enriqueta, veía el mundo con más nitidez y claridad que nadie. ¡Y la habéis echado porque ofendía a Jerónimo Onofre!. Te soy muy sincero, hermana: todo este asunto me irrita extraordinariamente. Y me irritan esos espantapájaros que hablan el latín por estos salones, sean hombres o mujeres, blancos o negros, franceses o españoles, y en especial ese señor Trissotín, con sus insoportables versitos, me produce dolor de hígado…

 

         FILAMINTA.-

         ¡Qué bajeza, Dios mío, de alma y de lenguaje!

 

         BELISA.-

         ¿Habrase visto cosa igual? ¿Es posible que por nuestras venas circule la misma sangre? Me voy abochornada a mis habitaciones. ¡Horríbile dictu! (Sale.)

 

 

 

ESCENA VIII

(FILAMINTA Y CRISALIO)

 

 

         FILAMINTA.-

         ¿Te queda todavía algún dardo que lanzar?

 

         CRISALIO.-

         ¿A mí? No. Dejemos ya las riñas. Se acabó. Hablemos de otro asunto. A tu hija mayor se le nota cierto desinterés por los lazos del matrimonio. No tengo nada que decir al respecto. La pequeña posee otro carácter y creo que le encantaría casarse cuanto antes.

 

         FILAMlNTA.-

         Ya lo había pensado y quiero que sepas mis intenciones. Ese señor Trissotin, que nos honra desde hace tiempo con su amistad, aunque todo París nos lo reproche, es a quien he elegido por esposo para Enriqueta. Y no quiero hablar más. Lo he meditado a conciencia y he tomado la decisión. No digas ni una palabra.

 

 

 

ESCENA IX

(ANGELICA Y CRISALIO)

 

 

         ANGELICA.-

         ¿Qué tal ha ido la conversación, hermano?

 

         CRISALIO.-

         Bien, bien…

 

         ANGELICA.-

         ¿Cuál es su resultado? ¿Le ha parecido bien la boda de Enriqueta y Clitandro? ¿Está resuelto este asunto?

 

         CRISALIO.-

         No del todo aún.

 

         ANGELICA.-

         ¿Se niega ella?

 

         CRISALIO.-

         No.

 

         ANGELICA.-

         ¿Vacila, acaso?

 

         CRISALIO.-

         No, no, qué va…

 

         ANGELICA.-

         ¿Qué ocurre, entonces?

 

         CRISALIO.-

         Es que… me propone a otro hombre como yerno.

 

         ANGELICA.-

         ¿A otro hombre como yerno?

 

         CRISALIO.-

         Sí, a otro.

 

         ANGELICA.-

         ¿Que se llama…?

 

         CRISALIO.-

         El señor Trissotin.

 

         ANGELICA.-

         ¡Como! ¿Ese señor Trissotin…?

 

         CRISALIO.-

         Sí; el que habla siempre de versos y latín.

 

         ANGELICA.-

         ¿Y lo has aceptado?

 

         CRISALIO.-

         ¿Yo? En absoluto. ¡Dios no lo quiera!

 

         ANGELICA.-

         ¿Qué le has respondido?

 

         CRISALlO.-

         Nada; y me alegra no haber dicho ni palabra, para no comprometerme.

 

         ANGELICA.-

         La razón es muy buena, y eso es dar un gran paso. ¿Has sabido, al menos, proponerle a Clitandro?

 

         CRISALlO.-

         He creído preferible no adelantar nada al ver que hablaba de otro yerno…

 

         ANGELICA.-

         Realmente, tu prudencia es de lo más pintoresca. ¿No te da vergüenza ser tan blandengue? ¿Es posible que seas tan débil como para conceder a tu esposa un poder absoluto y no atreverte a llevarle la contraria en nada?

 

         CRISALIO.-

         ¡Dios mío, hermana, qué fácil es hablar! No sabes lo que me desagrada el escándalo. Me gusta la calma, la paz, la suavidad, y mi mujer posee un genio tremendo. Le da una gran importancia a la Filosofía pero no por eso deja de enfadarse cuando se empeña en algo. Me deja estupefacto y atontado cuando adopta ese tono, y no sé donde meterme, lo reconozco. Bastante hago con salir sin magulladuras ni heridas en el cuerpo.

 

         ANGELICA.-

         ¡Esto ya es demasiado! ¡Te domina porque eres un cobarde! Su poder se basa en tu debilidad y eres tú quien le das el título de señora absoluta. Te entregas a sus altanerías y te dejas manejar como un cordero. La gente también se ríe de ti, Crisalio, porque eres un calzonazos que avergüenzas la memoria de nuestros padres.

 

         CRISALIO.-

         Pero…

 

         ANGELICA.-

         ¡No me repliques! ¿Piensas dejar que sacrifiquen a tu propia hija a las locas quimeras que están trastornando a la familia sin que se te caiga la cara de vergüenza? ¿Vas a entregar tu patrimonio a un imbécil que sólo sabe decir seis palabras en latín, a un pedante que pasa ante tu mujer y nuestra hermana por un filósofo de primera magnitud y no es más que un mangurrino del que se ríe todo París?

 

         CRISALIO.-

         (Después de reflexionar.) Tienes razón. Sé que hago mal. Desde este momento voy a mostrar más energía de ánimo. Ya lo verás.

 

         ANGELICA.-

         Bien dicho.

 

         CRlSALIO.-

         Mi actitud es ridícula e irresponsable.

 

         ANGELICA.-

         Muy bien.

 

         CRlSALlO.-

         Se han aprovechado demasiado de mi carácter.

 

         ANGELICA.-

         Es cierto.

 

         CRlSALIO.-

         Que sepa todo el mundo que a mi hija nadie le va a imponer un marido en contra de sus deseos.

 

         ANGELICA.-

         Por fin te está entrando la sensatez.

 

         CRISALlO.-

         Y ahora, hazme un favor. Dile a Clitandro que venga a verme enseguida.

 

         ANGELICA.-

         Así lo haré.

 

         CRISALIO.-

         ¡Estoy hasta las narices de sentirme un pelele! ¡Se acabó!

 

 

 

 

ACTO TERCERO

ESCENA PRIMERA

(FILAMINTA, ARMANDA, BELISA y TRISSOTIN)

 

 

         FILAMINTA.-

         Pongámonos por aquí para escuchar relajadamente estos versos…

 

         ARMANDA.-

         Ardo en deseos de oírlos…

 

         BELISA.-

         Nos morimos de ganas…

 

         FILAMINTA.-

         (A Trissotin.) Todo lo que emana de vuestra creatividad siempre me parece un encanto…

 

         ARMANDA.-

         Y para mí, un regalo que no tiene comparación posible…

 

         BELISA.-

         Es un alimento exquisito para mis oídos…

 

         FILAMINTA.-

         No prolonguéis el suplicio. ¡Comenzad pronto!

 

         ARMANDA.-

         ¡Sí, daos prisa!

 

         BELISA.-

         ¡Precipitad nuestro goce!

 

         FILAMINTA.-

         ¡Ofreced vuestro epigrama a nuestra voraz impaciencia!

 

         FRISSOTIN.-

         (A Filaminta.) Se trata de un recién nacido, señora. Y voy a dar a luz en vuestra  hospitalaria corte…

 

         FILAMINTA.-

         Para hacérmelo dilecto, basta saber que sois su padre…

 

         TRISSOTIN.-

         Vuestra aprobación podrá servirle, a su vez, de madre…

 

         BELISA.-

         ¡Qué talento tiene! ¡Es único! ¡Pico de oro!

 

 

 

ESCENA II

(Los mismos y ENRIQUETA)

 

 

         FILAMINTA.-

         (A Enriqueta, que quiere retirarse.) ¿Y tú, hija mía, por qué te marchas ahora?

 

         ENRIQUETA.-

         Tengo miedo de alterar una conversación tan tierna… 

 

         FILAMINTA.-

         Acércate y prepara tus oídos para escuchar con toda atención y participar de nuestro goce…

 

         ENRIQUETA.-

         Entiendo poco de bellezas literarias, y no son mi fuerte las cosas del espíritu.

 

         FILAMINTA.-

         Es una pena. Por eso mismo he tomado una firme decisión que te afecta de manera directa. Más tarde te pondré al corriente de la misma.

 

         TRISSOTIN.-

         (A Enriqueta.) Por lo que veo la poesía y las ciencias os son indiferentes… Sólo pensáis en cautivar…

 

         ENRIQUETA.-

         Ni una cosa ni otra, caballero.

 

         BELISA.-

         ¡Basta de charlas! Ocupémonos de ese recién nacido, os lo ruego.

 

         FILAMINTA.-

         Es cierto. Servidnos cuanto antes vuestro amable alimento.

 

         TRISSOTIN.-

         Me parece poco un plato de ocho versos para saciar ese voraz apetito espiritual que adivino en vuestras almas. Añadiré un epigrama, o tal vez un madrigal, o mejor, un soneto. Creo que lo encontraréis de buen gusto.

 

         ARMANDA.-

         ¡Ah, no lo dudo!

 

         FILAMINTA.-

         Escuchémoslo ya.

 

         BELISA.-

         (Interrumpiendo a Trissotin cada vez que se dispone a leer.) Ya siento como se estremece mi corazón… La poesía me gusta con locura, sobre todo cuando los versos son de tono galante…

 

         FILAMINTA.-

         Si seguimos hablando, no podrá decir nada. ¡Chissst!

 

         TRISSOTIN.-

         So… (Enriqueta cierra con fuerza un libro.)

 

         BELISA.-

         (A Enriqueta.) Silencio ahora, sobrina.

 

         ARMANDA.-

         ¡Silencio, dejadle ya leer sus versos!

 

         TRISSOTIN.-

         (Leyendo.) “Soneto a la princesa Urania sobre su agitación.”

 

                   Dormida está vuestra prudencia

                   al tratar con magnificencia

                   y al alojar de forma tan regia

                   a vuestra más fiera enemiga.

 

         BELISA.-

         (Aplaudiendo entusiasmada) ¡Qué bonito…!

 

         ARMANDA.-

         ¡Qué giro más elegante!

 

         FILAMINTA.-

         Este hombre posee una gran facilidad para el verso…

 

         ARMANDA.-

         Hay que descubrirse ante esa  “dormida prudencia “…

 

         BELISA.-

         Alojar a su enemiga… Es una imagen llena de sugerencias y paradojas…

 

         FILAMINTA.-

         ¡Me encantaron ese “con magnificencia” y ese “de forma tan regia”! ¡Qué bien suenan estos dos calificativos!

 

         BELISA.-

         Sigamos escuchando…

 

                   Dormida está vuestra prudencia

                   al tratar con magnificencia

                   y al alojar de forma tan regia

                   a vuestra más fiera enemiga.

 

         ARMANDA.-

         “Dormida está vuestra prudencia”…

 

         BELISA.-

         “¡Alojar a su enemiga”!

 

         FILAMINTA.-

         “Con magnificencia…”

 

         TRISSOTIN.-

         (Sigue leyendo.)

 

                   Haced que salga, aunque murmuren,

                   de vuestra rica habitación,

                   donde esa ingrata con descaro

                   a vuestra vida hace mención.

 

         BELISA.-

         ¡Despacio!… Dejadme respirar, por favor…

         ARMANDA.-

         Concedednos tiempo para admirar lo que acabamos de oir…

 

         FILAMINTA.-

         Ante esos versos, siente una derramarse hasta el fondo del alma un no sé qué que nos deja pasmadas.

 

         ARMANDA.-

 

                   Haced que salga, aunque murmuren,

                   de vuestra rica habitación…

 

¡Qué bien está expresado lo de esa “rica habitación”! ¡Con qué talento está insertada ahí la metáfora!

 

         FILAMINTA.-

         “Haced que salga, aunque murmuren”… ¡Ah! ¡Este “aunque murmuren” muestra un gusto sencillamente admirable! A mi juicio es un pasaje poético que no tiene precio, amigo mío. Y no exagero.

 

         ARMANDA.-

         También mi corazón se ha enamorado de este “aunque murmuren”.

 

         BELISA.-

         Opino igual que tú; ese “aunque murmuren” es todo un hallazgo…

 

         ARMANDA.-

         ¡Cuánto me hubiera gustado escribirlo a mí…!

 

         BELISA.-

         Vale por toda una obra…

 

         FILAMINTA.-

         (A Trissotin.) Quisiera haceros una pregunta… Perdonad mi osadía pero es que esta me parece una oportunidad  única para conocer por dentro los mecanismos de la creación…

 

         TRISSOTIN.-

         Adelante…

 

         FILAMINTA.-

         Cuando escribíais ese encantador “aunque murmuren” erais consciente de toda su carga expresiva…

 

         TRISSOTIN.-

         (No puede empezar a hablar) En realidad yo…

 

         ARMANDA.-

         También tengo el “ingrata” en la cabeza; esa ingrata agitada, injusta, indigna, que maltrata a quienes la alojan en su casa… ¡Es sencillamente impresionante!

 

         FILAMlNTA.-

         En fin: los cuartetos son admirables ambos. Lleguemos pronto a los tercetos, os lo ruego.

 

         ARMANDA.-

         ¡Recitad otra vez ese “aunque murmuren”, por favor.

 

 

         TRISSOTIN.-

                   “Haced que salga, aunque murmuren….

 

         FILAMINTA, ARMANDA y BELISA.-

         ¡”Aunque murmuren”!

 

         TRISSOTIN.-

                   … de vuestra rica habitación….

 

         FILAMINTA, ARMANDA y BELISA.—

         ¡”Rica habitación”!

 

         TRISSOTIN.-

         .        ..donde esa ingrata con descaro,

                   a vuestra vida hace mención.

 

         FILAMINTA.-

‘         ¡”A vuestra vida”!

 

         ARMANDA y BELISA.-

         ¡Extraordinario!

        

         TRISSOTIN.-

 

                   ¡Cómo! Sin respetar vuestro linaje,

                   osar haceros parecido ultraje….

 

         FILAMINTA, ARMANDA y BELISA.-

          ¡Bravísimo!

 

         TRISSOTIN.-

 

                   …¡ y noche y día, con intención pagaros !

                   Si al baño la lleváis, siempre gentil,

                   sin dudarlo ya más, para vengaros

                   ahogadla allí, cual alimaña vil.

 

         FILAMINTA.-

         ¡No puedo más…!

 

         BELISA-

         ¡Me tiemblan las piernas…!

 

         ARMANDA.-

         ¡Me muero de placer…!

 

         FILAMINTA.-

         ¡Tengo hasta escalofríos por todo el cuerpo!

 

         ARMANDA.-

         “Si al baño la lleváis…”

 

         BELISA.-

         “Sin dudarlo ya más…”

 

         FILAMINTA.-

         “Ahogadla allí, cual alimaña vil…”

 

         ARMANDA.-

         En cada verso hay mil rasgos seductores…

         BELISA.-

         Se extasía una al escucharlos…

 

         TRISSOTIN.-

         ¿Os parece, entonces, el soneto…?

 

         FILAMINTA.-

         ¡Es imposible escribir mejor!

 

         BELISA.-

         (A Enriqueta.) ¿Y a tí, sobrina, no te emociona esta lectura? Te comportas de una manera tan extraña…

 

         ENRIQUETA.-

         En este mundo cada cual se comporta como puede, tía. Todos no tenemos un espíritu tan ingenioso.

 

         TRISSOTIN.-

         Mis versos quizá importunen a esta señorita…

 

         ENRIQUETA.-

         Nada de eso. No los estaba escuchando…

 

         FILAMINTA.-

         Perdonadla, caballero. Desde hace un tiempo me preocupa extraordinariamente el carácter de mi hija pequeña. Vuestro consejo le será de una gran utilidad y estoy segura de que sabréis introducirla en las grandes líneas del pensamiento moderno.

 

         TRISSOTIN.-

         Lo haría de mil amores. Yo me adhiero en la lista a la peripatética.

 

         FILAMINTA.-

         Para las abstracciones me gusta el platonismo.

 

         ARMANDA.-

         Me complace Epicuro por la solidez de sus dogmas.

 

         BELISA.-

         Yo me arreglo muy bien con los corpúsculos; mas el vacío a soportar me parece difícil, y prefiero, realmente la materia sutil.

 

         TRISSOTIN.-

         Descartes acierta, a mi entender, en lo del imán.

 

         ARMANDA.-

         Me agradan sus torbellinos.

 

         FILAMINTA.-

         Y a mí sus mundos flotantes.

 

         ARMANDA.-

         Tengo una gran impaciencia por realizar algún tipo de descubrimiento.

 

         TRISSOTIN.-

         En París se espera mucho de vuestras investigaciones. La Naturaleza posee pocos misterios ya para ustedes.

 

 

         FILAMINTA.-

         Por mi parte, he hecho ya uno: he visto claramente unos hombres caminando por la luna.

 

         BELISA.-

         Yo no he visto aún hombres; pero he divisado campanarios como os estoy viendo ahora.

 

         TRISSOTIN.-

         Lo creo sinceramente. Pero, señoras,  aún os reservo una sorpresa que espero sea grata. En esta ocasión no he venido sólo. Me gustaría que conocierais a un hombre único. Si me lo permitís, voy a buscarlo inmediatamente.

 

         TODAS.-

         ¡Sí, por favor, hacedle entrar enseguida! (Sale Trissotin.)

 

         BELISA.-

         ¡El corazón me hace intuir que no olvidaremos nunca esta velada!

 

 

 

ESCENA IV

(Las mismas, TRISSOTIN Y VADIUS)

 

 

         TRISSOTIN.-

         (Presentando a Vadius.) Señoras: os presento a una persona que moría en deseos de conoceros. Este caballero ocupa ya un lugar preeminente entre los mejores ingenios de nuestra patria. El Señor Vadius… (Vadius saluda cortésmente.)

 

         FILAMINTA.-

         El brazo que lo introduce en esta casa es toda una garantía…

 

         TRISSOTIN.-

         Posee la fina inteligencia de los viejos autores, y habla el griego como el que más en Francia.

 

         FILAMINTA.-

         ¡El griego, oh cielo! ¡Sabe el griego, hermana!

 

         BELISA.-

         (A Armanda.) ¡Ah, sobrina, sabe griego!

 

         ARMANDA.-

         ¡El griego! ¡Qué maravilla!

 

         FILAMINTA.-

         ¡Cómo! ¿Este señor sabe el griego? ¡Permitidme que os abrace por amor a esa hermosa lengua! (Vadius abraza también a Belisa y a Armanda.)

 

         ENRIQUETA.-

         (A Vadius, que quiere abrazarla también.) Excusadme, señor. Ni hablo ni entiendo esa lengua… (Se sientan todos.)

 

         FILAMINTA.-

         Tengo un respeto religioso por los libros griegos…

 

         VADIUS.-

         Lamentaría haber interrumpido alguna profunda conversación…

 

         FILAMINTA.-

         Señor, con el griego no se interrumpe nada…

 

         TRISSOTIN.-

         Nuestro amigo, señoras, escribe maravillas en verso y en prosa. Por eso, si quisiera leernos algo…

 

         VADIUS.-

         No, no… Personalmente me irritan esos autores que no paran de leer sus aburridos versos, que no cesan de mendigar alabanzas y que convierten en mártires a quienes, de modo voluntario o de forma obligada, les escuchan en las veladas. Yo nunca lo he hecho pues estoy completamente de acuerdo con aquel sabio griego que prohibía tajantemente a sus discípulos leer en público sus obras. Pero, en fin… He aquí unos versitos para amantes juveniles, sobre los que me encantaría conocer vuestro juicio…

 

         TRISSOTIN.-

         Vuestros versos poseen esa… (buscando la palabra adecuada)  belleza de la que muchos otros carecen….

         VADIUS.-

         (Después de pensarlo unos instantes.) Venus y las Gracias imperan en todos los vuestros…

 

         TRISSOTIN.-

         Tenéis un… estilo suelto y empleáis una… bellísima selección de palabras…

 

         VADIUS.-

         En vos se hallan constantemente el ithos y el pathos…

 

         TRISSOTIN.-

         Vuestras églogas…  superan en atractivo a las de Teócrito y Virgilio…

 

         VADIUS.-

         Vuestras odas… tienen un aire tan noble, tierno y galante, que dejan muy atrás a las del propio Horacio…

 

         TRISSOTIN.-

         ¿Hay nada tan… amoroso como vuestras canciones?

 

         VADIUS.-

         ¿Puede leerse nada… comparable a vuestros sonetos?

 

         TRISSOTIN.-

         ¿Hay algo tan… seductor como vuestros rondós?

 

         VADIUS.-

         ¿Nada tan… lleno de ingenio como todos vuestros madrigales?

 

         TRISSOTIN.-

         ¡Ah, vuestras baladas! ¡Con ellas sois… admirable!

 

         VADIUS.-

         ¿Y qué decir de vuestros finales rimados? En ellos sois… adorable!

 

         TRISSOTIN.-

         ¡Si Francia conociera vuestra valía!

 

         VADIUS.-

         ¡Si este siglo hiciese justicia a los altos ingenios!

 

         TRISSOTIN.-

         …Iríais por las calles en carroza dorada.

 

         VADIUS.-

         …Veríase a la gente levantaros estatuas. (A Trissotin.) ¡No sé! Es una balada, y quiero que me digáis con franqueza…

 

         TRISSOTIN.-

         (Interrumpiéndole.) Por cierto… ¿Habéis oido cierto soneto sobre la agitación que sufre la princesa Urania?

 

         VADlUS.-

         Si. Precisamente ayer me lo leyeron en una reunión.

 

         TRISSOTIN.-

         ¿Sabéis quién es el autor?

 

 

         VADIUS.-

         No tengo ni la menor idea. Pero me alegro, pues, con toda franqueza, ese soneto no vale un pimiento.

 

         TRISSOTIN.-

         (Cambiando por completo el semblante.) Sin embargo, mucha gente lo encuentra buenísimo.

 

         VADIUS.-

         Lo cual no impide que sea una porquería. Estoy convencido de que cuando lo leáis estaréis de acuerdo conmigo.

 

         TRISSOTIN.-

         Muy pocos poetas serían capaces de escribirlo…

 

         VADIUS.-

         ¡Guárdeme el Cielo de hacer ninguno así!

 

         TRISSOTIN.-

         Sostengo que no se puede hacer otro mejor, y mi razón más decisiva es que soy yo su autor.

 

         VADIUS.-

         ¿Vos?

 

         TRISSOTIN.-

         Yo.

 

         VADIUS.-

         No es posible…

 

         TRISSOTIN.-

         Me parece una gran desgracia que no os haya gustado…

 

         VADIUS.-

         Tal vez estaba distraído o quizá el lector destrozó ese soneto… No sé… (A Filaminta.) Bien, dejemos este asunto y veamos mi humilde balada…

 

         TRISSOTIN.-

         En mi opinión las baladas son insulsas… Pasaron hace tiempo de moda… Huelen a rancio…

 

         VADIUS.-

         Sin embargo a mucha gente le encantan las baladas…

 

         TRISSOTIN.-

         Lo cual no impide que a mí no me gusten…

 

         VADIUS.-

         No por eso todas van a ser malas…

 

         TRISSOTIN.-

         Sólo los pedantes les encuentran atractivo…

 

         VADIUS.-

         (Visiblemente molesto.) Y, sin embargo, a vos no os agradan…

 

         TRISSOTIN.-

         Atribuís neciamente vuestras cualidades a los demás. (Se levantan todos.)

 

         VADIUS.-

         ¡Y vos, con gran impertinencia, me achacáis las vuestras!

 

         TRISSOTIN.-

         ¡Marchaos de aquí, escritorzuelo, emborronador de papel!

 

         VADIUS.-

         ¡Idos por ahí, poeta de ocasión, vergüenza de este gremio!

 

         TRISSOTIN.-

         ¡Fuera de aquí, plagiario, copista descarado!

 

         VADIUS.-

         ¡Idos por ahí, pedante embrutecido…!

 

         FILAMINTA.-

         ¡Señores, por favor! ¿A dónde piensan llegar con este comportamiento?

 

         TIRSSOTIN.-

         (A Vadius.) ¡Ve inmediatamente a devolver lo que les has robado a los poetas griegos y latinos!.

 

         VADIUS.-

         ¡Anda tú a pedir públicamente perdón a Horacio por haberle dejado cojo!

 

         TRISSOTIN.-

         ¡Acuérdate de la escasa difusión de tu libro…!

 

         VADIUS.-

         ¡Y tú de tu pobre librero, que no se come un rosco desde que te conoció…!

 

         TRISSOTIN.-

         ¡Mi gloria es reconocida por todos a pesar de tus intentos infantiles de negarla…!

 

         VADIUS.-

         ¡Mi pluma te enseñará quién soy!

 

         TRISSOSTIN -

         ¡Y la mía te hará saludar a tu maestro! (Se marcha Vadius apresuradamente.)

 

 

ESCENA V

(Los mismos, menos VADIUS)

 

 

         TRISSOSTIN.-

         Perdonad, señora. Es vuestro criterio el que defendía tan arrebatadamente…

 

         FILAMINTA.-

         Está bien, tranquilizaos. Hablemos ahora de otro asunto. Acércate, Enriqueta. Desde hace mucho tiempo estoy preocupada viendo que en ti no se revela ningún talento. He encontrado la manera de que lo tengas.

 

         ENRIQUETA.-

         Te preocupas demasiado por mí. Ya sabes que los doctos coloquios no me interesan y que me gusta vivir cómodamente. Me encuentro bien así, siendo bruta. Prefiero decir vulgaridades a tener que esforzarme para pronunciar frases hermosas…

 

         FILAMINTA.-

         Ya lo sé y eso me hace sufrir. La belleza de una cara es como una flor pasajera, un breve resplandor. El espíritu es lo único firme e importante. He buscado la forma de darte la belleza que el paso del tiempo no puede marchitar, haciéndote sentir la curiosidad por las ciencias, introduciéndote en los bellos conocimientos… Pero todos mis esfuerzos no han tenido recompensa hasta ahora. Por eso he pensado unirte a un hombre rebosante de ingenio. Quiero que te cases con el señor Trissotin.

 

         ENRIQUETA.-

         ¿Es verdad eso que dices…?

 

         FILAMINTA.-

         Claro. No te hagas la tonta.

 

         BELISA.-

         Y para que no haya ningún impedimento a esta boda os libero de toda atadura sentimental conmigo, caballero.

 

         TRISSOTIN.-

         (A Enriqueta.) No se qué decir en este momento, Enriqueta… (A Filaminta). Esta boda me honra y me llena de…

 

         ENRIQUETA.-

         ¡Despacio, caballero! Todavía no nos hemos casado.

 

         FILAMINTA.-

         ¿Qué modo de responder es este? ¿Sabes que si yo…? Ya me entiendes… Basta. (A Trissotin.) No os preocupéis. Pronto volverá a la cordura. Dejémosla. Sigamos hablando en privado de esta boda. (Se marchan Filaminta, Trissotin y Belisa)

 

 

 

ESCENA VI

(ENRIQUETA Y ARMANDA)

 

 

         ARMANDA.-

         Están claros los deseos de nuestra madre. Me parece una elección muy acertada.

 

         ENRIQUETA.-

         Si te parece tan buena la elección, ¿porqué no te casas con él?

 

         ARMANDA.-

         Es a tí y no a mi a quien le han concedido su mano.

 

         ENRIQUETA.-

         ¿No eres la hermana mayor? Te lo regalo todo entero.

 

         ARMANDA.-

         Si el matrimonio me pareciera tan encantador como a tí, aceptaría con entusiasmo tu ofrecimiento.

 

         ENRIQUETA.-

         Si yo compartiera tu fascinación por los pedantes, me parecería también un excelente partido.

 

         ARMANDA.-

         Sin embargo, aunque en esto sean diferentes nuestros criterios, debemos obedecer a nuestros padres. Una madre tiene sobre sus hijos un poder absoluto.

 

 

 

ESCENA VII

(Las mismas, ANGELICA, CLITANDRO Y CRISALIO)

 

 

         CRISALlO.-

         (A Enriqueta, presentándole a Clitandro.) Hija mía, quiero que cumplas mis deseos. Dale la mano a este joven y considérale de aquí en adelante como el hombre que será tu marido.

 

         ENRIQUETA.-

         (Con evidente ironía.) Debemos obedecer, hermana, a nuestros padres. Un padre tiene sobre nosotras un poder absoluto…

 

         ARMANDA.-

         Y una madre tiene también derecho a una parte de nuestra obediencia…

 

         CRISALIO.-

         ¿Qué dices?

 

         ARMANDA.-

         Digo que me parece que mi madre y tú no coincidís demasiado en este tema, y que es otro esposo el que…

 

         CRISALIO.-

         ¡Cállate, listilla! Vete a filosofar con ella un ratito y no os mezcléis con las personas sensatas. ¡Habráse visto!

 

 

 

ESCENA VIII

(CRISALIO, ANGELICA, ENRIQUETA Y CLITANDRO)

 

 

         ANGELICA.-

         ¡Bravo! ¡En poco tiempo has hecho grandes progresos! ¡Qué caracter!

 

         CLITANDRO.-

         ¡Gracias, señor! ¡Prometo hacer feliz a vuestra hija!

 

         CRISALIO.-

         (A Clitandro.) Vamos, coged su mano y marchad delante de nosotros; llevadla a su habitación. ¡Ah, qué dulces caricias! (A Angélica) Ves, hermana… En el fondo soy un sentimental. Estas cosas me rejuvenecen. ¡Cuando yo tenía la edad de estos chicos…!

 

 

 

 

ACTO CUARTO

ESCENA PRIMERA

(FILAMINTA Y ARMANDA)

 

 

         FILAMINTA.-

         ¡Voy a explicarles bien claro a mi marido y a tu hermana quién es la persona que en esta casa razona y, por lo tanto, manda…! Les voy a demostrar la supremacía indiscutible del espíritu sobre el cuerpo y de la forma sobre la materia. ¡Faltaría más!.

 

         ARMANDA.-

         Por lo menos te deben un cumplido, una explicación… Y el comportamiento de Clitandro es francamente extraño. Está empeñado en ser tu yerno en contra de tu voluntad.

 

         FILAMINTA.-

         ¡Todavía no se ha salido con la suya…! Yo le veía con buenos ojos cuando te cortejaba, pero nunca me convenció del todo su manera de proceder. Fíjate: sabiendo que me dedico a escribir nunca me pidió que le leyera ni una sola línea. ¡Es inaudito!

 

 

 

 

 

ESCENA II

(CLITANDRO, que entra cautelosamente y escucha sin dejarse ver; ARMANDA Y FILAMINTA)

 

 

         ARMANDA.-

         En tu lugar, tampoco consentiría este matrimonio. Me ofendería que alguien pudiera pensar que hablo de esto como parte interesada o influida por algún tipo de despecho… No. El alma se hace fuerte gracias al sólido recurso de la filosofía, y, gracias a ella, me he colocado por encima de esas pequeñeces. Sencillamente me duele como te trata. Nunca he visto que manifestara el más mínimo aprecio por ti.

 

         FILAMINTA.-

         ¡El muy necio!

 

         ARMANDA.-

         A pesar de que tu reputación de intelectual y de artista es cada día más notoria, siempre se ha mostrado con una gran frialdad a la hora de alabarte.

 

         FILAMINTA.-

         ¡El muy bestia!

 

         ARMANDA.-

         A veces he leído versos tuyos con la esperanza de que le gustaran, pero jamás lo he conseguido…

 

         FILAMINTA.-

         ¡Qué impertinente!

 

         ARMANDA.-

         Otras, hemos discutido sobre…

 

         CLITANDRO.-

         (A Armanda.) ¡Despacio, por favor! Un poco de caridad, Armanda, o, por lo menos, de honradez. ¿Se puede saber qué es lo que te he hecho? ¿Cuál ha sido mi ofensa para querer aniquilarme de esta manera, para hacerme odioso ante las personas que me son más necesarias? Dime: ¿de dónde nace ese horrible enojo? Tus virtudes me cautivaron hace un tiempo y me desviví en tratar de agradarte. Toda mi pasión, todos mis anhelos, no lograron nada y siempre te opusiste a mis deseos. Entonces y ahora respeto tu decisión. Lo que rechazaste se lo ofrecí después a tu hermana pequeña. Te juro que fui sincero en ambas ocasiones. Dime: ¿es tu culpa o es la mía? ¿Fuí yo quien te dejé o fuiste tú la que me alejaste?

 

         ARMANDA.-

         ¿Llamas ser opuesta a tus deseos el querer despojarlos de lo que tienen de vulgar, procurando reducirlos a esa pureza en que consiste la belleza del verdadero amor? ¿No te parece más gozosa una unión de corazones en la que no interviene para nada la grosería de los cuerpos? ¿Es que sólo sabes amar con un amor material cuyo único objetivo es casarse? ¡Ah, qué extraño amor! ¡Pues óyeme bien: se ama por amar y no por otra cosa! ¡Nuestros arrebatos deben ir dirigidos hacia la plenitud del espíritu, y no debemos ni notar la existencia de nuestro cuerpo!

 

         CLITANDRO.-

         Pues yo no puedo olvidarme que tengo uno, lo mismo que tengo un alma. No soy capaz de realizar este tipo de desligamientos. El cielo me ha negado esa capacidad y mi alma y mi cuerpo van desde niño en un mismo paquete. En esto me parece que coincido con la mayoría de las personas, puesto que en el mundo se sigue mucho mi método y no parece que, de momento, el matrimonio vaya a pasar de moda.

 

         ARMANDA.-

         Pues bien, señor, pues bien: ya que no te interesa nada más que satisfacer tus brutales sentimientos, ya que para obligarte a aceptar la preeminencia del espíritu son imprescindibles los lazos de la carne y las cadenas del cuerpo, si mi madre lo permite, trataré de convencer a mi alma de que realice por ti este sacrificio…

 

         CLITANDRO.-

         Es tarde, Armanda. Otra ha ocupado ese sitio.

 

         FILAMINTA.-

         ¡No tan deprisa! ¿Acaso contáis con mi aprobación para ese matrimonio? ¿No queréis enteraros de que he elegido a otro hombre como esposo para Enriqueta?

 

         CLITANDRO.-

         Señora, reconsiderad esa elección, os lo ruego. No me forcéis a rivalizar con ese señor Trissotín. No podría tener un enemigo más innoble. Hay muchos pedantes a quienes el mal gusto del siglo ha puesto de moda, pero ninguno como éste. Hasta quienes creyeron en él en un primer momento han tenido que rendirse a la evidencia. Señora: si vos firmarais algunos de sus versos todos los desaprobarían sin miramientos.

 

         FILAMINTA.-

         Si le juzgáis de modo tan distinto es porque ambos le vemos con ojos diferentes.

 

 

 

ESCENA III

(Los mismos y TRISSOTIN)

 

 

         TRISSOTIN.-

         (A Filaminta.) Vengo a anunciaros una gran noticia. ¡De buena nos hemos librado mientras dormíamos!. Ha pasado junto a la tierra un cometa que, de haber impactado, nos hubiera destrozado como un recipiente de cristal.

 

         FILAMINTA.-

         Dejemos estos asuntos para otro momento. Este señor no les encontraría ni pies ni cabeza. Precisamente hace alarde de amar la ignorancia y de odiar lo espiritual y lo científico.

 

         CLITANDRO.-

         Perdonad que matice vuestras palabras, señora. Odio sólo la ciencia y el talento que perjudican a las personas. Prefiero sentirme uno más entre los ignorantes que verme un sabio como lo son ciertas personas.

 

         TRISSOTIN.-

         No creo que la ciencia pueda perjudicarle a nadie cualesquiera que sean sus efectos…

 

         CLITANDRO.-

         Hay ciencias muy propensas a crear grandes vicios.

 

         TRISSOTIN.-

         ¡Violenta paradoja!.

 

         CLITANDRO.-

         No es necesario ser muy hábil para demostrarlo. Es fácil encontrar ejemplos…

 

         TRISSOTIN.-

         Aunque los citaseis, no significarían nada.

 

         CLITANDRO.-

         No tendría que ir muy lejos para encontrar uno muy evidente.

 

         TRISSOTlN.-

         No se de qué me habláis. No veo ninguno.

 

         CLITANDRO.-

         Lo veo tan bien, que salta a mi vista.

 

         TRISSOTIN.-

         Siempre pensé que era la ignorancia la que hacía los grandes necios, nunca la ciencia…

 

         CLITANDRO.-

         Os equivocáis de nuevo… Un sabio necio es más necio que un necio ignorante…

 

         TRISSOTIN.-

         El saber encierra en sí mismo un mérito… indiscutible.

 

         CLITANDRO.-

         EI saber, en un imbécil, resulta…  inaguantable.

 

         TRISSOTIN.-

         La ignorancia debe tener para vos grandes atractivos puesto que tanto la defendéis…

 

         CLITANDRO.-

         Si tiene para mí la ignorancia tan grandes atractivos, es desde que se presentan ante mis ojos ciertos sabios…

 

         FILAMINTA.-

         (A Clitandro.) Me parece, señor…

 

         CLITANDRO.-

         ¡Por favor, señora! Este caballero no necesita ayuda para defenderse…

 

         ARMANDA.-

         Pero tu acritud en cada réplica es…

 

         CLITANDRO.-

         ¿Otra defensora? Abandono la partida.

 

         FILAMINTA.-

         ¡Ya basta, caballeros! Esta clase de contiendas puede tolerase siempre y cuando no se ataque a las personas sino a las ideas… (A Clitandro.) Pero como veo que vuestra actitud no es precisamente amistosa para con él y quiero dejar las cosas claras de una vez por todas, he decidido que, cuanto antes solucionemos esta situación, mejor para todos. Esta noche casaré a mi hija con el señor Trissotín. Y vos, señor, podréis asistir a la firma de su contrato de esponsales como amigo de la familia. Deseo vivamente invitaros a ella de mi parte. Armanda, encárgate de que avisen al notario y ve también a comunicar mi decisión a tu hermana.

 

         ARMANDA.-

         No será necesario decírselo a mi hermana. Seguro que este señor se tomará la molestia de contarle enseguida la noticia para tratar de conseguir que se rebele contra tí. Ya lo verás.

 

         FILAMINTA.-

         Espero que no sea así. Entonces veríamos realmente quién tiene más poder sobre ella. (Sale.)

 

 

 

ESCENA IV

(ARMANDA Y CLITANDRO)

 

 

         ARMANDA.-

         Siento mucho que las cosas se te compliquen tanto, Clitandro…

 

         CLITANDRO.-

         Trataré de quitarte esa preocupación.

 

         ARMANDA.-

         Temo que tu esfuerzo no será suficiente.

 

         CLITANDRO.-

         Tal vez no sea así.

 

         ARMANDA.-

         Lo deseo de todo corazón.

 

         CLITANDRO.-

         Estoy seguro de eso y de que cuento con tu apoyo.

 

         ARMANDA.-

         Voy a ayudarte con todas mis fuerzas.

 

         CLITANDRO.-

         Te lo agradezco de antemano, Armanda.

 

 

 

ESCENA V

(CRISALIO, ANGELICA, ENRIQUETA Y CLITANDRO)

 

 

         CLITANDRO.-

         Sin vuestra ayuda, señor, seremos desventurados. Vuestra esposa ha rechazado mi petición y quiere por yerno a Trissotín.

 

         CRISALIO.-

         ¡Qué manía! ¿Porqué narices elige a ese fantoche?

 

         ANGELICA.-

         Su facilidad para hacer versitos en latín ha sido decisiva…

 

         CLITANDRO.-

         Quiere que la boda sea esta noche.

 

         CRISALIO.-

         ¿Esta noche?

 

         CLITANDRO.-

         Esta noche.

 

         CRISALIO.-

         ¡Pues esta noche quiero que os caséis Enriqueta y tú!

 

         CLITANDRO.-

         Ha mandado a buscar un notario para redactar el contrato.

 

         CRISALIO.-

         Y yo voy a hacer lo mismo. ¡Le demostraré a mi esposa que en esta casa mando yo!

 

         ENRIQUETA.-

         Tía, mantén este carácter de mi padre el mayor tiempo posible.

 

         ANGELICA.-

         ¡Emplearé todos los recursos por servir a vuestros amores!

 

 

 

 

ESCENA VI

(ENRIQUETA Y CLITANDRO)

 

 

         CLITANDRO.-

         Lo único que me mantiene firme sobre la tierra es saber que me quieres. (La besa.)

 

         ENRIQUETA.-

         No lo dudes ni por un momento.

 

         CLITANDRO.-

         Solo conseguiré ser feliz teniendo tu apoyo.

 

         ENRIQUETA.-

         Ya ves a qué matrimonio pretenden conducirme…

 

         CLITANDRO.-

         Mientras me ames no debemos temer nada. (Se funden en un abrazo.

 

 

 

ACTO QUINTO

ESCENA PRIMERA

(ENRIQUETA Y TRISSOTIN)

 

 

         ENRIQUETA.-

         He querido que hablemos cara a cara sobre la boda que pretende mi madre. Confío en que atendáis a mis razones, y que entre todos consigamos restablecer la vida normal dentro de mi casa. Señor: tal vez penséis que mi mano va acompañada de una sustanciosa dote. Espero que os comportéis como un verdadero filósofo y que despreciéis el dinero y las posesiones de mi familia.

 

         TRISSOTIN.-

         Así es. No es el dinero lo que me encanta de vos. Son vuestros hechizos, la dulzura de vuestros penetrantes ojos, vuestra gracia y vuestro estilo, las riquezas de las que me he enamorado.

 

         ENRIQUETA.-

         Os agradezco esta admiración… desinteresada. Lamento no poder corresponderos de la misma manera. Podría llegar a estimaros, pero, como sabéis, estoy enamorada de Clitandro y un corazón no puede dividirse. Tal vez me esté equivocando y sea incapaz de ver vuestras virtudes…

 

         TRISSOTIN.-

         Tarde o temprano os enamoraréis de mí, señora. Sabré hacerme querer, ya lo veréis.

 

         ENRIQUETA.-

         Eso no es posible. El amor nunca es la consecuencia del mérito. Es el fruto siempre de un capricho, de una intuición. Por eso es muy difícil explicar las razones por las que nos hemos enamorado. Dejadme tranquila con mi equivocación, con mi ceguera, y no os apoyéis en la violencia que quiere aplicarse contra mí. Si un hombre es honesto no debe aprovecharse del poder que en este siglo ejercen todavía los padres sobre los hijos. Esta situación cambiará muy pronto, ya lo veréis, y dentro de poco cada  cual podrá elegir con completa libertad a su pareja o la forma de vivir el cariño, el afecto, el amor o la amistad. Los tiempos están cambiando.

 

         TRISSOTIN.-

         Imponedme leyes que pueda cumplir y lo haré. Sois adorable y vuestros ojos rezuman celestes hechizos…

 

         ENRIQUETA.-

         Os hablo en serio, desnudando mi corazón, y vos me dais respuestas en forma de versos…

 

         TRISSOTIN.-

         Os amo de verdad, señora. Es cuanto puedo decir.

 

         ENRIQUETA.-

         ¡Por caridad…, señor…!

 

 

         TRISSOTIN.-

         Nada puede detener el sentimiento que ha ido creciendo en mi interior. Por tanto no puedo rechazar la ayuda de una madre que quiere coronar un ardor tan querido… No me importa la manera con tal de que finalmente seáis mía…

 

 

         ENRIQUETA.-

         ¿Y no os dais cuenta de que también ejercéis la violencia sobre mí? ¿No teméis que esa acción también entrañe unos riesgos? ¿Os parece seguro casarse con una joven en contra de su voluntad?

 

         TRISSOTIN.-

         El sabio debe estar preparado para afrontar cualquier tipo de situaciones. Vuestras insinuaciones no me inquietan en absoluto.

 

 

         ENRIQUETA.-

         Sabed entonces que renuncio a casarme con un hombre así. Esa firmeza de alma de la que hacéis gala no se complementa bien con mi debilidad. No quiero casarme con vos, oídlo bien.

 

         TRISSOTIN.-

         (Yéndose.) Ya veremos cómo evolucionan los acontecimientos. Por cierto, está a punto de llegar el notario…

 

 

 

ESCENA II

(CRISALIO, CLITANDRO, ENRIQUETA Y MARTINA)

 

 

         CRISALIO.-

         ¡Ay, hija mía, qué gusto me da verte! Ven a cumplir con tu deber. Le voy a dar una gran lección a tu madre, y, para que se vaya preparando, he mandado traer a Martina, que, desde este instante, vuelve a trabajar en esta casa.

        

         ENRIQUETA.-

         Alabo tus decisiones, pero ten cuidado con esos cambios de carácter. Mantente firme en lo que piensas, que ya nos conocemos de otras veces…

 

         CRISALIO.-

         ¿Me tomas ahora por un simple?

 

         ENRIQUETA.-

         ¡Guárdeme el cielo de ello!

 

         CRISALIO.-

         Dime: ¿crees que soy un calzonazos?

 

         ENRIQUETA.-

         Yo no he dicho eso…

 

         CRISALIO.-

         ¿Me consideras incapaz de mantener mis criterios?

 

         ENRIQUETA.-

         No, padre mío…

 

  1.          CRISALIO.-      

         ¿Es que no tengo ya una edad respetable para ser el jefe de mi propia casa?

 

         ENRIQUETA.-

         Naturalmente.

 

         CRISALIO.-

         ¿Me crees tan débil como para considerarme un pelele en manos de mi mujer?.

 

         ENRIQUETA.-

         ¡Ah, no, padre mío!

 

         CRISALIO.-

         ¡Te has levantado esta mañana con unos aires, hija mía!

 

         ENRIQUETA.-

         No he querido ofenderte. Es que llueve sobre mojado…

 

         CRISALIO.-

         ¡En esta casa mando yo y basta de hablar!

 

         ENRIQUETA.-

         ¡Muy bien! ¡Así se habla! Lo único que quiero es que todos te obedezcan, al menos por esta vez…

 

         CRISALIO.-

         Veremos si mi mujer se rebela contra mis deseos.

 

         CLITANDRO.-

         Aquí llega con el señor notario…

 

         CRISALIO.-

         ¡Ayudadme todos, por favor!

 

         MARTINA.-

         ¡Cuente conmigo! Ya tengo costumbre en este terreno.

 

 

 

ESCENA III

(FILAMINTA, BELISA, ARMANDA, TRISSOTIN, un NOTARIO. CRISALIO, CLITANDRO, ENRIQUETA Y MARTINA)

 

 

         FILAMINTA.-

         (Al Notario.) Caballero, por una vez podríais cambiar ese vulgar estilo literario de los contratos oficiales y escribir en un lenguaje poético, lleno de bellas imágenes y metáforas…

 

         EL NOTARIO.-

         Nuestro estilo es útil para lo que expresamos, señora.

 

         BELISA.-

         ¡Qué barbarie en plena Francia! ¿No podrías fechar el documento en idus y calendas, al menos?

 

         EL NOTARIO.-

         Me ganaría la rechifla de todo el gremio de notarios.

 

         FILAMINTA.-

         ¡Es inútil! Veamos: os podéis colocar por… (Viendo a Martina.) ¿Pero qué haces aquí, descarada? ¿Porqué la has traído otra vez, si puede saberse?

 

         CRISALIO.-

         Te lo diré enseguida, pero antes tenemos otra cosa que arreglar.

 

         EL NOTARIO.-

         Procedamos inmediatamente a hacer el contrato. ¿Dónde está la futura esposa?

 

         FILAMINTA.-

         Voy a casar a mi hija menor.

 

         EL NOTARIO.-

         Bien.

 

         CRISALIO.-

         (Señalando a Enriqueta.) Sí, aquí está. Su nombre es Enriqueta.

 

         EL NOTARIO.-

         Muy bien. ¿Y el futuro esposo?

 

         FILAMINTA.-

         (Señalando a Trissotin.) El esposo que quiero darle es el señor Trissotin…

 

         CRISALIO.-

         (Señalando a Clitandro.) Y el que yo le concedo es Clitandro, aquí presente…

 

         EL NOTARIO.-

         ¡Dos maridos! Es el doble de lo se acostumbra. No puede ser…

 

         FILAMlNTA.-

         (Al Notario.) ¡No os detengáis! Inscribid, inscribid a Trissotin como yerno mío.

 

 

         CRISALIO.-

         Señor, inscribid a Clitandro como marido de Enriqueta.

 

         EL NOTARIO.-

         Por favor… ¡Pónganse de acuerdo…!

        

         FILAMINTA.-

         Caballero, hace tiempo que tomé mi decisión.

 

         CRISALIO.-

         Haced, señor, las cosas tal como os las dicto.

 

         EL NOTARIO.-

         Bueno, haced el favor de no marearme más. ¿A quién debo inscribir como esposo de la señorita?

 

         FILAMINTA.-

         ¡A Trissotín!

 

         CRISALIO.-

         ¡A Clitandro!

 

         FILAMINTA.-

         (A Crisalio.) ¿Cómo es posible? ¿Te opones a mis deseos?

 

         CRISALIO.-

         ¡A mi hija no se la quiere por el dinero de su familia sino por sus propias virtudes!. ¡He dicho!

 

         FILAMINTA.-

         ¡Cree el ladrón que todos son de su condición! ¡Un sabio desprecia estas preocupaciones!

 

         CRISALIO.-

         ¡Nada de gaitas, yo he elegido a Clitandro para esposo de mi hija!

 

         FILAMINTA.-

         (Señalando a Trissotin.) ¡Y yo quiero que tome a este señor por marido! ¡Las cosas son así y no hay más que hablar!

 

         CRISALIO.-

         ¡Vas a dejarme sordo! ¡Hablas en un tono bastante alto!

 

         MARTINA.-

         ¡El de siempre! ¡Esta señora no conoce otro!

 

         CRISALIO.-

         ¡Muy bien dicho!.

 

         MARTINA.-

         ¡Ah, si yo tuviera que opinar sobre este tema…!

 

         FILAMINTA.-

         ¡Nadie te ha pedido que lo hagas!

 

         MARTINA.-

         ¡Si mi opinión contara para algo en esta casa!

        

         FILAMINTA.-

         ¡Tú lo has dicho, insolente! ¡Tu opinión no cuenta para nada!

 

         MARTINA.-

         ¡A pesar de todo la diré…! ¡Tiene razón el señor al querer casar a su hija con quien ella voluntariamente ha elegido!. Una puede ser muy rústica y desconocer las reglas de la Gramática, de la Física y de la Retórica, pero sabe bien lo que es una cosa injusta, y no hay nada más injusto y equivocado que casar a una hija en contra de su voluntad. ¡Ya está dicho!

 

         CRISALIO.-

         ¡Tienes toda la razón, Martina! (Le aplaude.)

 

         MARTINA.-

         ¿Se puede saber porque rechaza a un joven tan guapo y formal como Clitandro y quiere darle a un sabio que siempre anda murmurando por lo bajo palabras incomprensibles? Lo que la niña necesita es un marido y no un maestro.

 

         CRISALIO -

         ¡Muy bien!

 

         FILAMINTA.-

         (A Crisalio.) ¿Tenemos que aguantar mucho rato que esta aldeana cacaree a su antojo?

 

         MARTINA.-

         Los sabios sólo sirven para predicar desde el púlpito, y yo creo que un marido como Dios manda no debe hablar desde tanta altura…

 

         FILAMINTA.-

         (A Crisalio.) ¿Te parece suficiente? ¿Hemos escuchado bastante a tu abogada defensora?

 

         CRISALIO.-

         Sólo ha dicho la verdad y nada más que la verdad…

 

         FILAMINTA.-

         Para acabar este sinsentido es necesario que se cumpla mi voluntad. Trissotín y Enriqueta serán unidos ahora mismo. ¡Y no me lleves la contraria! Si le has dado tu palabra a Clitandro ofrécele la oportunidad de que se case con la mayor.

 

         CRISALIO.-

         Hombre…, tampoco es mala idea. (A Enriqueta y Clitandro.) ¿Qué os parece a vosotros esta solución?

 

         ENRIQUETA.-

         ¡Por Dios, padre mío!

 

         CLITANDRO.-

         ¡Señor, eso es un crimen!

 

 

 

ESCENA IV

(Los mismos y ANGELICA)

 

 

         ANGELICA.-

         Lamento interrumpir con malas noticias esta alegre ceremonia. En el momento más inoportuno han llegado dos cartas. (A Filaminta.) Una es para tí y lleva remite del prucrador de tus bienes… (A Crisalio.) Y la otra viene de Lyón y es para tí.

 

         FILAMINTA.-

         ¿Qué podrá ser, Dios mío?

 

         ANGELICA.-

         Leedlas.

 

         FILAMINTA.-

         (Leyendo.) “Señora, he rogado a la hermana de vuestro marido que os entregase esta carta, que os dirá lo que no me he atrevido a ir a comunicaros personalmente. Habéis perdido el pleito que debisteis ganar. El gran descuido en que habéis tenido vuestros asuntos domésticos y materiales durante estos tres años os ha hecho olvidar vuestras obligaciones para con las arcas de nuestro reino. La Audiencia os niega la posibilidad de apelar.”

 

         CRISALIO.-

         (A Filaminta.) ¡Tu pleito perdido!

 

         FILAMINTA.-

         (A Crisalio.) ¡Mucho te alteras! Pero entérate: mi corazón ni se inmuta por este golpe. Deberías mostrar una mayor entereza ante los reveses de la fortuna. (Sigue leyendo) “Habéis sido condenada a pagar cuarenta mil escudos, más los gastos de las costas judiciales” (Con gran extrañeza.) ¿Condenada? Creía que esta palabra estaba hecha solamente para los criminales… Veamos la otra…

 

         CRISALIO.-

         (Leyendo.) “Señor, la amistad que me une con vuestra hermana hace que me tome interés por todo lo que os afecta. Sé que habíais depositado vuestra fortuna en manos de Argante y de Damón, y os comunico que ambos han hecho quiebra el mismo día.” (Silencio y abatimiento generales.) ¡Cielos, estamos en la ruina…!

 

         FILAMINTA.-

         (A Crisalio intentando recuperarse del golpe.) ¡Esto no significa nada! Para un sabio verdadero no hay ningún revés funesto y aunque pueda perder todos sus bienes materiales siempre le quedan los de su espíritu… Acabemos el asunto que nos ha traído aquí y olvidemos este mal trago. (Señalando a Trissotín) La fortuna de este caballero nos bastará a él y a nosotros para salir adelante…

 

         TRISSOTIN.-

         No, señora… Dejemos este tema. Todo el mundo se opone a esta boda, y no tengo el menor interés de violentar a nadie.

 

         FILAMINTA.-

         (Después de un gran silencio.) Habéis empleado poco tiempo para tomar esta decisión. Parece que va emparejada con nuestro infortunio.

 

         TRISSOTIN.-

         Me he cansado, finalmente, de tanta resistencia. Prefiero renunciar a todo este trastorno, y rechazo un corazón que no quiere entregarse. Eso es todo.

 

         FILAMINTA.-

         Veo claramente en vos, caballero, lo que hasta ahora me negaba a ver…

 

         TRISSOTIN.-

         Podéis ver en mí cuanto queráis, y me importa muy poco cómo interpretéis mi decisión. En esta casa ya he aguantado demasiadas ofensas. Merezco por parte de esta familia un trato mejor. Adiós, señores. (Sale.)

 

 

 

 

ESCENA V

(Los mismos, menos TRISSOTIN)

 

 

         FILAMINTA.-

         ¡Qué bien se ha revelado su alma! Lo que acaba de hacer no lo haría un filósofo honrado.

        

         CLITANDRO.-

         Yo nunca he presumido de serlo. Pero en este momento quisiera ligarme más aún a la suerte de vuestra familia. Me atrevo a ofreceros, señora, mi modesta fortuna.

 

         FILAMINTA.-

         (Después de un silencio.) Me sorprendéis, señor, con este rasgo de generosidad. Gracias. En cuanto a lo otro… Os concedo a Enriqueta como esposa, y…  os pido perdón.

 

         ENRIQUETA.-

         No, madre mía, soy yo la que ha cambiado de criterio. Permite que me niegue a tu voluntad…

 

         CLITANDRO.-

         ¿Qué dices, Enriqueta? ¿Vas a oponerte a mi felicidad, a nuestra felicidad?

 

         ENRIQUETA.-

         Sé que tienes poco dinero, Clitandro. Siempre he querido ser tu esposa pues pensaba que de esta manera arreglaba también esos asuntos. Ahora que la situación ha cambiado tan radicalmente y tenemos destinos tan opuestos, no quiero agobiarte con la carga de nuestro infortunio.

 

         CLITANDRO.-

         Contigo todo destino puede serme grato; sin tí, todo destino se me hace insoportable.

 

         ENRIQUETA.-

         La pasión siempre habla arrebatadamente. Estos cambios inesperados me producen una enorme inquietud, Clitandro. Me da miedo que acabásemos culpándonos el uno al otro de nuestras desgracias y nuestra pobreza y que nuestra vida se convierta en un infierno.

 

         ANGELICA.-

         (A Enriqueta.)¿Sólo por eso tienes miedo, Enriqueta?

 

         ENRIQUETA.-

         Sí. Rechazo su mano porque la quiero demasiado…

 

         ANGELICA.-

         Pues entonces encadénate libremente a Clitandro. (A Filaminta y Crisalio.) Lo que habéis leído hace un rato era falso. (Sorpresa general.) Sí, todo ha sido una estratagema para desengañarte, hermana, y descubrirte quién era verdaderamente ese filósofo.

 

         CRISALIO.-

         ¡Alabado sea el Cielo!

 

 

         FILAMINTA.-

         Me alegra imaginar la tristeza que tendrá en su corazón ese cobarde desertor. Su avaricia ha sido castigada y lo será todavía más cuando se entere de esta boda y de vuestra felicidad.

 

         CRISALIO

         (A Clitandro y Enriqueta.) ¡Bien sabía yo que os terminaríais casando!.

 

         ARMANDA.-

         (A Filaminta.) ¿Así, pues, me sacrificas a sus anhelos?

 

         FILAMINTA.-

         Yo no te sacrifico, hija mía. Te queda el apoyo de la filosofía para el resto de tu vida. ¿Te parece poco?

 

         BELISA.-

         Tened cuidado, hijos míos. A veces se casa uno demasiado alegremente, sin meditarlo bien. Bien lo sé yo que despierto tan grandes pasiones…

        

         CRISALIO.-

         (Al Notario.) Vamos, señor; seguid el orden que he prescrito, y haced el contrato tal y como os he dicho.

 

(Se escucha una música que va desde lo festivo hasta lo triste. En ese momento los personajes parece como si se fueran quedando inanimados. Todos menos Martina que, adelantándose al proscenio, se dirige al público con estas palabras:)

 

         MARTINA.-

         ¡Una vez más, como en la mayoría de las obras de nuestro autor, Molière, la justicia y la razón quedan restablecidas sobre el escenario. Clitandro y Enriqueta podrán, por fin, disfrutar de sus amores… El pedante Trissotín seguirá tratando de embaucar a personas de tragaderas fáciles como mi ama Filaminta y su cuñada Belisa… aunque esperemos que la próxima vez se encuentre con más dificultades. Porque, aunque una y otra miren de reojo por el telescopio de vez en cuando, la lección que han recibido esperemos que las coloque con los pies sobre la tierra. Armanda seguirá sufriendo una soledad espantosa… ¡por su culpa! Y mi señor Crisalio podrá envejecer, junto a su hermana Angélica, viendo crecer a sus nietos y nietas… Molière ha vuelto a colocar a cada cual en su sitio…

 

         Y eso es justo lo que quería decirles: a mí me ha vuelto a colocar en la cocina, con los pucheros y las sartenes. Para nosotros, los que verdaderamente trabajamos en este mundo, el premio a nuestros afanes es… ¡seguir trabajando! Y encima debemos estar agradecidos por lo que veo. Porque a mí me ha faltado muy poco para cambiar de oficio y marcharme a otra casa… No, no quisiera amargarle el final a nadie, y mucho menos a ustedes… Pero les pediría, ahora que nadie nos oye, que no olviden nunca que la razón y la justicia siempre necesitan para resplandecer, como el sol del verano, que personas como yo, sin estudios ni verborrea, trabajen en las cocinas…

FIN

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6 comentarios en ““Las mujeres sabias”, de Molière.”

  1. analu cardozo Says:

    Me parecio facinante, las actuaciones de tan buen elenco me sorprendieron y espero apreciar su procsima obra.
    Felicitaciones a todos.
    Analu.

    de eL Colegio Sor Eeusebia Palomino

  2. naomi sherwood reynosa Says:

    esta obra teatral fue lo maximo,me encanto muy buena y espero k cuando lea otra obra de usted me encante como esta super bonita ya me kite!!!!;)

  3. pepita Says:

    me ha parecido muy bonito

  4. maria fernanda Says:

    mui chebre me gusto harto


  5. me gusta esta obra muy pero muy buena :)

  6. paola Says:

    me gusto bastante la obra nos deja un mensaje muy importante para cada uno


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