“La Cantata del Café” (Versión para adultos)

 johann_sebastian_bach

    ESCENA 1.

(Es de noche. Se escucha una tormenta. Tenue luz de un candelabro. Un hombre de mediana edad pasea visiblemente molesto por una habitación llena de libros y partituras, situada en primer plano, a la derecha del espectador. Es Johann Crhistian Bach.)

Joahnn Crhistian Bach.-

¡Cretinos, imbéciles, ignorantes…! Creen haberlo visto y oído todo… y no saben nada más que lo que les enseñan sus cuatro ídolos locales… ¡Abuchearme a mí que en Milán he dejado al publico italiano anonadado con mi técnica, con la calidad de mis composiciones, con la maestría de mi arte! ¡Qué sabrán ellos! ¡Y esos niños idiotas que han copiado las actitudes de los mayores, como harían los más vulgares y ridículos simios! ¡Inglaterra: algún día valorarás como merece el talento de un hombre en el que confían los mejores músicos italianos…! ¡Algún día sabrás quien soy, cuando ese adolescente llamado Wolfang Amadeus Mozart, ese niño que está llamado a ser el genio más grande de la composición musical, reconozca el influjo de mis consejos! ¡Algún día…!

(Advirtiendo que el público le está mirando.)

Perdón… Estoy muy excitado, lo reconozco. Trataré de calmarme… Pero no puedo evitarlo: ¡es injusto! ¡Mierda!

(De pronto hace un gesto de preocupación.) ¿Y la Reina? ¿Qué habrá pensado la Reina de esta reacción desmedida? (Volviéndose hacia el público, adoptando un tono de sinceridad.) Esta noche del 22 de Marzo de 1770 es la más triste de mi vida. Nunca me había sentido más desgraciado. Jamás me he sentido tan solo. La Reina me había pedido que tocara en el King´s Theatre, en los entreactos de mi Oratorio… Al principio fueron sólo unas sonrisas burlonas… Al poco, todo ese público idiota estaba riéndose a carcajadas de mi manera de ejecutar… Hasta los infectos niños del coro se contagiaron de esas risas estúpidas, promovidas por quienes en el fondo de sus corazones no albergan más que envidia e ignorancia, esos que ven en la manera de Haendel la única forma de interpretar…

(Da un puñetazo sobre la mesa. Está apunto de estallar otra vez, pero logra contenerse.)

Disculpen de nuevo… Estos arrebatos de cólera son propios de toda mi familia. Mi padre, Johann Sebastian Bach, los tenía con frecuencia. De niño, en Leipzig, cuando él tenía alguna discusión con los miembros del Consistorio, volvía a casa con la mirada perdida y el gesto adusto. Mis hermanos y yo desaparecíamos de su vista porque temíamos que descargara sobre nosotros toda su ira contenida.

Allí compuso la mayor parte de su obra.(Comienza a escucharse al piano una notas muy dulces. Pronto vemos al fondo de la escena la figura de un pianista.) Una obra olvidada. ¿Quién recuerda a Joahnn Sebastian Bach? Nadie absolutamente. Sólo nosotros, sus hijos, dispersos por todas partes, que la conocimos en el mismo momento que la escribía sobre aquellos papeles, que amorosamente le preparaba nuestra madre.

Es curioso… Yo nací al poco tiempo que mi padre compusiera La Cantata del Café, una obra que escribió para ser estrenada en el Café Zimmermann, en pleno centro de la ciudad. Esa música me ha acompañado, por tanto, durante toda mi vida. Mis hermanos mayores solían cantarla entre bromas de vez en cuando, repartiéndose sus voces como mejor podían. Si la comparamos con sus composiciones musicales escritas sobre temas religiosos, la Cantata del Café no pasa de ser una delicada pieza menor en la que mi padre se acerca al mundo del teatro. Pero… hay algo en ella  que me atrae de una manera especial.

(Un trueno poderoso. La lluvia arrecia de nuevo.)

Los Bach vivimos en un caserón pegado a la Iglesia de Santo Tomás.

A mí me gustaba la ciudad, aunque debo decir que no conocía otra. Me gustaban sus calles empinadas, sus plazas, y me lo pasaba estupendamente cuando la actividad normal se interrumpía durante las ferias de Pascua, de San Miguel y de Año Nuevo. Para nosotros los niños, esos días en que Leipzig se llenaba de forasteros, llegados de todos los lugares de Sajonia, significaban un paréntesis de libertad en mitad de la rutina.

Pero pronto todo volvía a ser como siempre era: previsible, anodino, aburrido. Entonces, la figura de nuestro padre emergía de una forma solemne, distante, ensimismado siempre en sus reflexiones. Esa seriedad nos impedía expresar con naturalidad nuestros deseos infantiles: ir al campo, jugar con nuestros amigos, solicitar cualquier golosina.

(Sumido en sus pensamientos.) En esa Cantata, una joven insiste en tomar café contra los deseos de su padre. El mío retocó los últimos fragmentos de la obra, que había sido escrita por un amigo suyo al que llamábamos Picander. ¿Porqué? Parece como que lo hubiese hecho conociendo la extraña sensación que al menos yo albergaba en mi interior.

Sentía… que necesitaba… luchar contra él… ¡De la manera que fuese…!

(Oscuro.) 

 ESCENA SEGUNDA

(Interior de una casa. Un sillón, una mesita y una silla pequeña. Sobre la mesa, una bandeja con una taza de zafé. La figura de un hombre mayor aparece a contraluz apoyada en el sillón. Está sólo y parece abatido. Durante esta escena y las siguientes distinguimos en la penumbra la silueta de nuestro narrador, que parece escuchar atentamente la música. El sonido de la lluvia se mantiene en todo momento.)

 

Padre.-

¡Ay los hijos, qué desgracia!

Ellos causan todo el mal.

Todo lo que siempre le digo

A mi hija Rosa ningún fruto me da.

 

ESCENA TERCERA

(Entra la hija degustando una taza de café. El padre se enfrenta a ella.)

 

Padre.-

¡Qué mala niña,

qué mala hija!.

Si pudiese lograr que renuncies al café…

 

Rosa.-

¡Padre mío, no me hables así!

Si no permites que beba

Tres tazas diarias de café

Seré profundamente desgraciada.

Tanto, como un bistec muy resecado.

 

ESCENA CUARTA

(Rosa se sienta en la silla pequeña y llena de melancolía se pone a mirar la taza de café. El padre, apesadumbrado, se pierde en la penumbra.)

 

Rosa.-

¡Ah, el café! ¡Sabe tan dulce!

Es más cautivador que mil besos,

Más suave que el moscatel.

Café, café… es lo único que necesito.

Si alguno quiere hacerme feliz

que me ofrezca un café.

 

(Se hace el oscuro en la habitación de la casa.)

 

ESCENA QUINTA

(Se escucha un fuerte trueno. La lluvia sigue golpeando los cristales de las ventanas.)

 

Joahnn Crhistian Bach.-

Una tarde regresé a casa corriendo por las calles. Recuerdo que llovía copiosamente y mis ropas estaban completamente empapadas. Por un lado quería llegar pronto, puesto que estaba aterido de frío y acababa de salir de un fuerte catarro. Pero por otro, me dominaba una sensación de pánico que frenaba mis pasos. Y es que llegaba tarde a mi clase particular con papá. No había nada en el mundo que le exasperase tanto como la impuntualidad, aunque hubiera un buen motivo que la justificara.

Abrí la puerta esperando que me cayera otro chaparrón, éste todavía más fuerte que el que había dejado en el exterior… Oí voces. Mis padres hablaban con alguien. Me acerqué sigilosamente y a través de una rendija distinguí la figura de una mujer que hablaba mal nuestro idioma. Comprendí que era francesa y que sostenía no sé qué teoría sobre un asunto de poesía.

“Usted, señor Bach, pierde el tiempo pudiendo concentrar su trabajo musical en poemas actuales. Limita mucho su campo poniendo música exclusivamente a textos religiosos de dudosa calidad literaria…”

Miré detenidamente a la señora. Era corpulenta y sostenía entre sus manos unos papeles.

“Yo, señora –contestó mi padre visiblemente molesto-, he tomado una decisión personal, en parte motivada por mi compromiso con el Consistorio de esta ciudad, y en parte motivada por mis propias convicciones.”

“Sebastian es una persona muy religiosa –interrumpió mi madre, tratando de rebajar la tensión del momento-. Desde hace años considera que los textos sagrados son la mejor fuente para su inspiración y…”

“Sí, pero de esta manera se cierra a sí mismo otro tipo de puertas –insistió la mujer-. ¿No le interesa la ópera, señor Bach? Usted, que está capacitado como nadie en el país para la composición musical, ¿porqué renuncia a ese género que podría reportarle otro tipo de satisfacciones?”

A través de la rendija veía cómo mi padre parecía congestionarse. Su gesto se crispaba de una manera que yo conocía a la perfección. Era el primer signo de que la tormenta estaba a punto de descargar. Y así fue en efecto.

“Señora, no tolero que se inmiscuya en mis decisiones –le espetó bruscamente-. Ni siquiera que opine sobre ellas. De la misma manera que yo no opino sobre si debe usted seguir escribiendo esos poemas que nos acaba de leer o debería dejar de hacerlo…”

La francesa bajó la cabeza, humillada y dolida en su interior por este cruel comentario de mi padre, que, no contento con haberla derrotado de un plumazo, proseguía cada vez más enardecido:

“Señora: escriba usted sus poesías inspiradas en temas terrenales, como el amor y todo eso… Yo me inspiro en otras fuentes cuando compongo y cuando interpreto. Cuando la mano izquierda toca las notas escritas, la derecha añade las consonancias y las disonancias a fin de que el conjunto produzca una armonía agradable, para honra de Dios y legítimo goce del espíritu. Como toda música, el bajo cifrado no debería tener otro objeto que la gloria de Dios y la satisfacción del alma. De otro modo, el resultado no es música, sino una charlatanería insustancial…”

Aquella pobre mujer, que admiraba profundamente a Johann Sebastian Bach, prorrumpió a llorar con amargura. Mi padre parecía no darse cuenta de este hecho, instalado en su poltrona de soberbia, y se disponía a continuar su discurso.

En ese momento no pude contenerme. Pequeño y mojado, impelido por una fuerza interior que yo mismo no me conocía, salí de mi escondrijo y le dije:

“Ya está bien, padre. No todos tienen tu talento. No todos tenemos las ideas tan claras. Los seres humanos nos equivocamos a veces…”

Mi madre exclamó algo, sorprendida por mi presencia. Mi padre, encolerizado, le hizo un gesto que significaba lo de siempre: “No hagas nada, Magdalena. De estos espinosos temas de la educación de nuestros hijos ya me encargo yo. Vuelve a tu cocina.”

Después me miró fijamente. De este hombre que tenía enfrente me podía esperar cualquier cosa. Que me llamara “buey”, o “estafador del teclado”, como les solía decir a algunos de sus alumnos, o que me pegara un par de bofetadas. Nunca lo había hecho, pero cualquier día podía ser el primero, y hoy concurrían demasiadas circunstancias favorables para ello… Sin embargo, respiró con profundidad, y adoptando un tono que quería ser solemne, me dijo:

“Martín Lutero nos ha dicho, Johann Crhistian, que cuando la música natural es elevada y espiritualizada por el arte, puede el hombre reconocer hasta cierto punto la perfecta sabiduría de Dios..”

Sentí que las piernas me temblaban. No sé de dónde saqué las fuerzas para contestarle: “¿Acaso eres ya Dios, padre mío? ¿Conoces también algún fragmento de la obra de Lutero en el que se hable de la humildad y la piedad entre los seres humanos…?

(Oscuro)

 

ESCENA SEXTA

(Padre e hija seenzarzan en una agria discusión. A la derecha seguimos viendo en la penumbra a Johann Crhistian Bach.)

 

Padre.-

Si no renuncias al café

No irás ni a bodas ni a fiestas.

Ni siquiera a dar ningún paseo.

 

Rosa.-

¡Muy bien!

Pero beberé café…

 

Padre.-

Escucha niña consentida:

jamás llevarás faldas de última moda.

 

Rosa.-

A esto me puedo acostumbrar fácilmente…

 

Padre.-

Ni te asomarás por la ventana

para ver a la gente pasar…

 

Rosa.-

También lo acepto.

Sólo te pido

que no me prives del café.

 

Padre.-

Y no tendrás

cintas de oro y plata

para satisfacer tu coquetería…

 

Rosa.-

Me conformo con una tacita.

 

Padre.-

¡Maldita educación!

¿Es que no logras entender mis razones?

 

(La hija, visiblemente enfadada, se marcha de la habitación dando un empujón a su padre.)

 

ESCENA SÉPTIMA

(El padre queda solo. Pasea por la habitación como un oso enjaulado. No cesa de mirar, atormentado, la cafetera y la taza.)

 

Padre.-

Estas hijas con la cabeza tan dura

no es fácil ganárselas.

Pero algún punto débil habrá.

El que lo encuentre triunfará…

 

ESCENA OCTAVA

(La hija vuelve a entrar en la habitación.)

 

Padre

Haz lo que te ordeno…

 

Rosa.-

En todo menos en lo del café…

 

Padre.-

¡Está bien!

Hazte a la idea que no tendrás nunca marido.

 

Rosa.-

¡Eso si que no! ¡Yo quiero un marido!

 

Padre.-

¡No lo tendrás jamás!

 

Rosa.-

Si no renuncio al café…

¡Café, te digo adiós!

Querido padre: no beberé ni uno más.

 

Padre.-

Entonces podrás casarte.

 

ESCENA NOVENA

(La hija está radiante de felicidad. Acompaña a sentarse a su padre en su sillón e incluso pretende que se ponga a bailar.)

 

Rosa.-

Hoy, por favor, querido padre,

Hazme el honor…

¡Un marido, un marido!

Me tiembla hasta el corazón.

En lugar de tomar café

Quisiera, antes de irme a dormir,

recibir en mi cama a un amante.

 

(Padre e hija descansan abrazados en el sillón. Oscuro lento.)

 

ESCENA DECIMA

(Johann Crhistian Bach parece haberse calmado definitivamente. Pasea ahora por su habitación fumando un cigarro. En sus manos mantiene un pequeño libro. Parece muy concentrado en su lectura.)

 

Joahnn Crhistian Bach.-

“El segundo día de mi estancia en Hamburgo salí con objeto de hacer compras para mi tía abuela, y, al regresar a casa, al pasar por la iglesia de Santa Catalina, entré un momento para contemplar el órgano. (Se escucha muy suavemente las notas de una composición para órgano de Johann Sebastian Bach.) Cuando abrí la puerta oí que alguien lo tocaba y, de pronto, desde la oscuridad, llegó hasta mí una música tan maravillosa que pensé estaría un arcángel al teclado. Pero el organista quedaba invisible a mis ojos. No sé cuanto tiempo permanecí escuchando en la iglesia, pues no era más que oídos y parecía haber echado raíces en las losas, pedida completamente la noción del tiempo.”

(Después de meditar unos instantes.) Mi madre –la jovencita Ana Magdalena Wülken, quince años más joven que ese arcángel que tanto admiraba-, no perdió la noción del tiempo durante unos minutos… Desde aquel día la perdió para siempre.

Pobre madre… Nunca conocí ejemplo tan claro de amor y de entrega hacia nosotros, sus hijos. Especialmente hacia el desgraciado de Heinrich, un enigma en la inmensa familia de los Bach. Amor y entrega hacia mi padre. Siempre ahí: firme, callada, amorosa, dispuesta a comprenderle, a soportar ese humor imprevisible, esa exagerada obsesión por el orden doméstico y por la exactitud, esa brusquedad que se reflejaba a veces en la misma expresión de su rostro, en aquel mentón ancho, en aquellas cejas fruncidas, y que tanto nos asustaban de niños, incluso cuando trataba de ser amable y nos besaba en la frente a mi hermano Christoph y a mí, antes de dormirnos.

Una vez mi hermano comenzó a gritar en mitad de la noche. Sus alaridos despertaron a toda la familia, y a mí de manera especial, porque por aquel entonces compartíamos la misma cama. Mis padres se levantaron y aparecieron asustadísimos en nuestra habitación. Mamá nos abrazó a los dos, diciendo: “Ya ha pasado, ya ha pasado”, con un tierno y musical susurro. Cuando nos volvimos a quedar solos, le pregunté a Christoph por la razón de sus gritos: “Estaba soñando con las manos de papá”, me dijo avergonzado, y entonces se puso a llorar en silencio, preso de un ataque de irrefrenable histeria.

Y es que, efectivamente, esas manos enormes por las que mi madre sentía una auténtica devoción, a nosotros nos inspiraban terror.

Aquel organista que poco tiempo después pediría la mano de mi madre no estaba solo en el mundo. Johann Sebastian traía con él cuatro hijos, fruto del primer matrimonio con María Barbara. Al aceptarle como marido los aceptaba también a ellos. Y así fue. Jamás sentimos ninguna diferencia en el trato. Todos fuimos siempre iguales para ella.

(Se sienta. Comienza a saborear pausadamente una taza de café.)

Para Johann Sebastian Bach, sin embargo, no lo fuimos. Mi madre siempre me dijo, y así lo reflejó en su Crónica, que, cuando yo nací, la cara de mi padre rejuveneció y su corazón se llenó de alegría… Por mi parte jamás llegué a sentir nada de eso.

Por el contrario, yo veía como la mayor parte de las atenciones iban para Friedmann, que pasó a ser para él como una especie de ayudante fiel e imprescindible, haciendo poco a poco las funciones que mi madre había realizado durante años, relegándola a un segundo plano. Mi hermano jamás levantó la voz para contradecirle, nunca osó cuestionar su indiscutible autoridad. Fue un hijo ejemplar y complaciente.

Por eso, el final elegido para esta Cantata del Café siempre me ha sorprendido (Lee el Recitativo número 9.): “Ahora el pobre viejo –escribe mi padre-, va en busca de un marido para su hija díscola. Pero ella hace saber de una manera taimada que ningún pretendiente entrará en la casa, si antes no promete y lo ratifica en el contrato nupcial, que le será permitido prepararse un café cuando le plazca…”

(Levanta los ojos del texto. Parece como si hablara para sí mismo:)

Cuando escucho esta Cantata que nació conmigo, pienso que nuestros destinos están indisolublemente cruzados. A veces pienso que soy yo esa mujer que se enfrenta a su padre por una simple taza de café…

En su opinión, esta hija díscola termina saliéndose con la suya… Para mi padre la relación con los hijos es una batalla en la que los padres pierden de manera inevitable…

(Oscuro.)

 

ESCENA UNDECIMA

(La hija y el padre penetran en la habitación. Mientras cantan, se van despojando de sus trajes.)

 

Padre e hija.-

El gato nunca pierde al ratón.

A las jovencitas les encanta el café.

La madre adora el café,

la abuela también.

¿Quién puede condenar a una hija por ello?

 

(Cuando han acabado de desvestirse se sientan en una actitud pacífica. Los dos reflejan en su rostro el gesto de la victoria. )

 

ESCENA DUODECIMA

(Los cantantes han terminado de interpretar. Mientras se despojan de sus ropas, escuchan atentamente las últimas palabras de Johann Christian Bach que, saliendo del ámbito escénico que le ha sido propio hasta este momento, penetra en el espacio escénico donde se ha desarrollado La Cantata del Café.

 

Johann Christian Bach.-

Asistí a su muerte hace exactamente veinte años. Vimos desmoronarse su figura en pocas semanas. Se había quedado prácticamente ciego, la situación económica por la que atravesábamos en ese momento era bastante precaria, y de él se habían olvidado casi todos. En nuestra casa lo único que sobraba eran libros e instrumentos musicales. Algunas buenas personas ayudaron a mi madre a sobrevivir durante los años siguientes. La familia Bach se desintegró por completo y tengo la sensación de que los que quedamos vivos moriremos como él: olvidados, empobrecidos y solos. Somos una estirpe maldita. La música circuló por nuestras venas como un veneno de efecto seguro e implacable.

Olvidados, solos… El recuerdo de Heinrich centra estos días mis pensamientos. Mi hermano era débil mental cuando intentaba razonar sobre las cosas normales de la vida. Me parecía un genio, sin embargo, cuando tocaba el clave en aquellas oscuras tardes otoñales de Leipzig, en las que también mi hermanastra Catharina Dorotea y mi madre se animaban a cantar. A mí me parecía el mejor de todos mis hermanos. Mejor incluso que Carl Philip, o que Friedmann. Su música, que parecía salida de no sé qué extraño caos interior, se adelantaba a la que ahora escuchamos con toda normalidad. Se adelantó a su tiempo, se adelantó a mi padre y se adelantó a la muerte que volverá a reunir a esta familia poblada de misterios, de preguntas sin respuesta.

En cuanto a mí… Poco espero de la vida. En realidad tal vez soy el único de esa familia que se sabe huyendo de algo…, de alguien. A través de las mujeres, de los países, de la música que escribo, del alcohol que ingiero, estoy escapándome de las alas de ese arcángel que creyó ver mi madre sentado en el órgano de aquella iglesia de Hamburgo. Huyo de esas manos que aterrorizaban a mi hermano, de ese padre que no supo ser nunca cariñoso conmigo y que de una manera inevitable nos eclipsó en vida.

(Con una amarga sonrisa entre los labios.) Nos volverá a eclipsar cuando su música sea de nuevo valorada y la historia lo restituya.

Entonces volveremos a ser, solamente. Los hijos de Johann Sebastian Bach.

(Los cantantes, ya despojados de los trajes que utilizaron en La Cantata, y el actor que ha interpretado a Johann Christian Bach, se aproximan en grupo donde se encuentra el pianista. Este comienza a tocar una variación jazzistica de un tema de Johan Sebastian Bach. La luz los reduce a siluetetas. Oscuro lento.) 

FIN de la “Cantata del Café”

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One Comment en ““La Cantata del Café” (Versión para adultos)”

  1. José Manuel Says:

    Muy ameno el planteamiento. Muy bien introducido ése plano de fondo histórico, con la letra de la cantata, tan simpática, tan amena y familiar… Gracias.


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