Emigrar para ser actores

1. EMIGRAR FUERA DE ARAGON PARA VIVIR DEL TEATRO.

 Zaragoza ha sido siempre un lugar en donde el teatro ha tenido una notable influencia social. Durante el pasado siglo y los comienzos del presente las compañías más afamadas del panorama nacional hacían escala en Zaragoza para presentar su extenso repertorio en las diferentes salas que la ciudad poseía, haciendo las delicias de un público que encontraba en el arte escénico la principal ocupación para entretener su ocio y, en algunas ocasiones, para incrementar su acerbo cultural. Por eso, el público de Zaragoza fue adquiriendo en este periodo una fama particular de entendido y exigente.

Paralelamente, a lo largo de esos años, florecieron las compañías de aficionados, las tertulias teatrales, etc., alrededor de alguna personalidad local, destacada en su profesión específica y amante de las tablas desde una perspectiva teórica, textual, o, incluso práctica. Decenas de grupos, capitaneados siempre por lo que posteriormente hemos bautizado como “animadores culturales o teatrales”, derrochaban esfuerzo e ilusión para suplir la falta de medios técnicos, formación y presupuesto, imitando, eso sí, con demasiada frecuencia los criterios de repertorio de las compañías de Madrid al poner en escena principalmente sainetes, junto a obras de inspiración local, folklórica, etc.

Durante ese mismo período Zaragoza, a diferencia de Barcelona, Madrid, o Valencia, no pudo estabilizar las bases de una mínima industria del espectáculo que permitiera profesionalizar a lo más granado de estas gentes que derrochaban ganas e ilusión y que, en algunos casos, no andaban desprovistos de talento. Para esa minoría de decididos la única solución posible era la emigración a núcleos urbanos en donde esa industria estaba más desarrollada, y en donde las principales compañías y los más influyentes empresarios tenían su asiento. El actor profesional aragonés, para poder serlo, se veía obligado a emigrar siempre, sobre todo a la capital de España.

Tenemos múltiples ejemplos. La actriz Teodora Lamadrid, que llegó a ser una importante figura de nuestros escenarios durante el siglo XIX. Fué una excelente trágica, como trágica, según parece, debió de ser su vida personal, plagada de desengaños y tristezas.

Mucho más tarde, ya en los años cuarenta y cincuenta, nos encontramos triunfando en toda España a la saga de los Montijano, Conchita, Asunción y José, y a Roberto Camardiel. Todos ellos fueron primeras figuras de los escenarios españoles.

El  caso más peculiar y, al mismo tiempo más reconocido por el gran público lo ha protagonizado el turiasonense Paco Martínez Soria. Su figura como actor se puede contemplar de muchas formas. Nadie puede entrar a estas alturas a discutir su popularidad y el inmenso cariño que despertó en una gran franja del público español en general y aragonés en particular. Más discutible sería la valoración si realizáramos un análisis más minucioso y técnico de su peculiar forma de interpretar. El público aragonés fué quien más reconocía y agradecía la creación de un personaje teatral de paleto simpático y despierto que se enfrenta a circunstancias adversas -por ejemplo los peligros y peculiaridades de la gran ciudad-, y siempre sale triunfante utilizando su talento natural, su ingenio y su nobleza baturra frente a la sofisticación imbécil y la hipocresía urbana de los demás. El día de su muerte, al comienzo de la década de los ochenta, media España lloró la desaparición de quien tanto le había hecho reír desde el escenario y desde la pantalla.

No es muy diferente la línea de Antonio Garisa, muy conocido también por el gran público, actor cómico que simultaneó su participación en películas durante los años cincuenta y sesenta, la mayor parte de ellas de una factura bastante endeble, con la interpretación de múltiples personajes de comedia, vodebil y género musical.

Otros nombres de actores aragoneses emigrados, conocidos por el gran público, pueden ser también, entre otros, los de Fernando Sancho, que ha hecho principalmente cine aunque también alguna participación teatral, Pilar Bayona, la Pili que formaba pareja juvenil con Mili y que luego ha intervenido en la puesta en escena de grandes textos como Combate de negro y de perros, de Bernard Marie Koltès. Por último, José Luis Pellicena, zaragozano que ha intervenido en los últimos años en espectáculos de gran empaque cultural y enorme repercusión pública como Contradanza de otro aragonés, Paco Ors, o Marat Sade, de Peter Weis, y dirección de Miguel Narros. En la actualidad Pellicena va a comenzar una gira sudamericana interpretando el personaje de Goya, en la obra escrita por Alfonso Plou y dirigida por Carlos Martín para el Teatro del Temple.

 

2. VIVIR DEL TEATRO EN ARAGON.

En Zaragoza, durante los años sesenta, tiene su nacimiento, al igual que ocurrió en otras ciudades españolas, el movimiento del Teatro Universitario. En esos años y en ese ámbito coincidieron una serie de personas, de marcada ideología progresista, que iban a cambiar el panorama del teatro aragonés, superando en ambición y planteamientos el teatro de aficionados que hasta ese momento se hacía en la ciudad. Ese Teatro Universitario, por diferentes razones, derivaría años más tarde en Teatro de Cámara, y después en Teatro Estable. Pero allí surgieron nombres de actores y actrices de gran importancia para la vida teatral aragonesa y que todavía siguen actuando con frecuencia en nuestros escenarios: María José Moreno, Eduardo González, Rosa Vicente, Angela Domingo, Mariano y Javier Anós, Pilar Laveaga, son algunos de ellos. Por primera vez el oficio de actor es considerado en una dimensión europea, en la línea filosófica de lo que en ese momento se practicaba en los teatros estables europeos más pujantes: el Berliner Ensemble, el Teatro Nacional Popular o el propio Piccolo de Milano.

Pero no sería hasta la mitad de la década de los setenta cuando en puridad podemos hablar de actores profesionales residiendo y trabajando en Aragón. Los hermanos Anós, junto a Pilar Laveaga y algunos otros, como Juan Graell, fundan en   el Teatro de la Ribera, una compañía que asumía el perfil de “independiente”, término que definía a todo un movimiento estatal de claras connotaciones progresistas en lo formal y de antifranquista en lo político. Esa compañía fue pionera en el propósito de profesionalizar a sus miembros -no sólo a los actores- contribuyendo a poner las bases de una estabilización de la actividad escénica en esta comunidad. Después serían otras compañías, como Mosca Teatro, Nuevo Teatro de Aragón, Tántalo, La Taguara, El Silbo Vulnerado, el propio Teatro Estable las que complementaron esa labor e incluso repescaron a actores aragoneses que habían desarrollado su trabajo en otras latitudes, como Luisa Gavasa, Pilar Doce o Carlos Vega. Los nombres de los actores Ricardo Joven, Margarita González, Agustín de Miguel, Gabriel Latorre, que también ha hecho bastante cine y televisión, Santiago Meléndez, Luis Felipe Alegre, etc., están indisolublemente unidos a este periodo.

Uno de los casos más perseverantes en esta dirección ha sido el de la actriz Pilar Delgado, hija también de actores, de una generación anterior y fallecida hace sólo unas cuantas semanas. En su momento fue fundadora de La Taguara, una compañía que sirvió también de escuela para alguno de los nombres mencionados anteriormente. Posteriormente fueron frecuentes hasta el final de su vida sus colaboraciones en espectáculos del Teatro de la Ribera. En la memoria del público aragonés quedará siempre su voz poderosa, su gesto medido aunque arrebatado y expresivo, y, por encima de otras grandes virtudes, su tenacidad para seguir siendo actriz sobrellevando dignamente la enfermedad y su tozudez por hacerlo preferentemente en su propia tierra.

Por último, es preciso destacar la irrupción en el panorama teatral aragonés de un buen número de actores y actrices salidos de las aulas de la Escuela Municipal de Teatro de Zaragoza. En algunos casos han decidido afincarse fuera de Aragón. Estos son los casos de Gabriel Moreno, Balbino Lacosta, Mariano Gracia, Ana Labordeta, y algunos otros, que en la actualidad ya presentan un importante palmarés de colaboraciones en repartos de compañías privadas o institucionales como el Centro Dramático Nacional o la Compañía Nacional de Teatro Clásico. Otros, por el contrario, han contribuido a afianzar su actividad profesional en Aragón, enrolándose en las compañías más pujantes de la tierra. Citarlos a todos sería imposible. He aquí algunos nombres: Pedro Rebollo, Cristina Yañez, Rosa Lasierra, Joaquín Murillo, Pilar Molinero, Cristina de Inza, etc.

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