Orán (Argelia): Jornadas sobre la vida y la obra de Allolula Abdelkader

Con Raja, la viuda de Alloula Abdelkader

Con Raja, la viuda de Alloula Abdelkader

No sé porqué tengo que desembarazarme para escribir este artículo de lo que ha presidido mi vida fundamentalmente estos días que he pasado en Argelia con motivo de las jornadas conmemorativas del asesinato de Alloula Abdelkader: una emoción intensa. He decidido no hacerlo, no para adquirir a través de mis propias líneas un protagonismo que en nada merezco, sino porque si prescindo de esa emoción, si me limito a reflejar los hechos en sí, a resumir el contenido de las numerosas intervenciones de los especialistas en la obra de este gran escritor teatral, asesinado por el terrorismo integrista el 10 de Marzo de 1994 ante la puerta de su propia casa, falsifico esta crónica de raíz.

La emoción ha presidido muchos de los viajes que he realizado representando a lo largo de estos dos años al Instituto Internacional del Teatro del Mediterráneo (IITM), pero una emoción relacionada con lo mejor y más verdadero del teatro y de sus gentes. Aquella sensación que sentí en Sarajevo cuando entre en el Kamerni Teatar 55 el último día de mi estancia, ese lugar minúsculo en donde la resistencia vital ante el asedio y la ignominia se hacía carne a través de las palabras de Shakespeare, o de Beckett: emoción, profunda emoción, cuando Joseph Aoun, aquel pequeño gran hombre, hermano de la actriz palestina Iman Aoun, me contaba en Jerusalem, como quien cuenta mil veces la misma historia, que aquella polvareda que veíamos a lo lejos desde la terraza de su casa, seguramente sería, un día más, la protesta de unas gentes convertida en pedregada, en intifada… Emoción ahora, cuando me despido en el aeropuerto de Oran de este joven que durante cuatro días ha estado protegiendo discretamente mi vida, adelantándose o retrasándose por las calles, mirando a la derecha y a la izquierda, con ojos escrutadores e inteligentes, que revelaban, no sólo su celo profesional, sino también su deseo, en ningún momento expresado verbalmente, de que dentro de poco, en su propio país, ningún extranjero esté amenazado de muerte por el mero hecho de serlo, por el mero hecho de asistir al homenaje de un hombre admirable y un escritor fuera de serie al que probablemente él todavía no ha leído.

Pero una tarde me escapé y él no se dio cuenta. Utilicé el mismo truco que en Zaragoza inventamos mis amigos de la Universidad de entonces y yo, cuando teníamos la sospecha, falsa la mayoría de las veces, de que la policía franquista nos perseguía. Y me largué. Burlé su acogedora protección y lo dejé sentado en el vestíbulo del hotel creyendo que yo estaba descansando una hora en mi habitación.

Le mentí y no me arrepiento. Me fui a pasear un rato sin su amable y eficaz protección y tampoco se percató de mi regreso. En ese rato me fui a ver la casa donde Albert Camus escribió la Peste, y a conocer esas calles que parecen una mezcla, tamizada por la suciedad y los desperfectos en el piso, de Cádiz y Paris; esa extraña mezcla de arquitecturas y culturas colonizadoras, que no han podido sepultar, sin embargo, el latido profundo de la realmente propia. Y me sentí un poco Allolula Abdelkader, observando situaciones absurdas, conversaciones a voz en grito en las plazas, carreras precipitadas, mujeres comprando en infinidad de puestos ambulantes, todos ellos ilegales, según me informó después mi amigo el policía. Hasta me tomé un café oscuro, oscurísimo, en un bar lleno de hombres también oscurísimos, que fumaban y hablaban sin parar, y entendí mejor  entonces el caudal humanista que encierra su teatro -estuve acordándome los cuatro días de César Vallejo y Federico, del que, por cierto, Alloula quería montar La casa de Bernarda Alba-, los personajes sacados de esta esquina y de esta plaza, ese recorrido  admirable que empieza en la crónica y acaba siempre en el tenue humor y en la poesía. Dos jóvenes se despiden besándose tímidamente en un portal. Me viene a la memoria la anécdota en la que se cuenta la despedida de Alloula a un amigo suyo: “Quedamos aquí, dentro de un año, a las diez”.

Con personas del mundo teatral argelino

Con personas del mundo teatral argelino

Traté de reflejar esas sensaciones en mi intervención: “Allolula Abdelkader representa como pocos el espíritu del Instituto al que yo represento. Porque escribe un teatro que refleja la tensión y la complejidad de la sociedad argelina, sin maquillajes ni subterfugios. Porque sus personajes son, como quería Federico García Lorca:  huesos y carne en el cuerpo, pero poesía por dentro. Porque sus procedimientos dramatúrgicos están extraídos fielmente de una tradición propia, del teatro en la calle, en la plaza, hecho sin esa sofisticación burguesa, ilusionista y alienante, que preside gran parte del teatro de consumo occidental y que ustedes han empezado a conocer a juzgar por lo que emite su propia televisión. Pero, porque al mismo tiempo que es fiel a todo esto, escribe en parámetros universales, proyectando una ideología que alienta una renovación en el espectador. Porque es un extraordinario dramaturgo brechtiano”.

Cuando me bajé del estrado, su viuda Raja me dió las gracias emocionada también. ¡Qué mujer! El día anterior ella había abierto las Jornadas haciendo públicas unas notas escritas por su marido y que él mismo nunca pudo leer. Tras ella, Omar Fetmouche, director teatral y representante del IITM en Argelia, expresó sus inteligentes opiniones acerca del estatuto del texto, en sí mismo, en el teatro de Alloula, y sobre la dimensión de la palabra como elemento protéico. Habló de Brecht y de su influencia, utilizando imágenes extraidas de diferentes piezas de su amigo. En estos mismos términos abundó Ghaouti Azri poco después. Y otras personalidades, tales como el periodista y escritor teatral Ahmed Cheniki, o el director teatral francés Jean Yves Lazennec, analizaron diferentes aspectos de sus textos  y de su inmensa fuerza escénica, demostrada tantas veces en su propio país, y no hace mucho en la edición del Festival de Aviñón de 1995.

Antes de que nadie hablara de su teatro, todos los asistentes a las Jornadas estuvimos honrando la memoria del escritor ante su propia tumba. El cementerio de Oran es inmenso y, al ser viernes, y, por tanto, día de fiesta, estaba lleno de gente que cambiaba afanosamente flores y limpiaba  sepulturas. Al lado de la suya, la de Sirat Boumediene, actor, amigo y colaborador infatigable, al que yo le dediqué el mejor de mis silencios y los demás su sentida oración.

Pero faltaba lo fundamental. La Fundación Alloula pretende mantener viva la imagen del escritor y productiva su obra y su enseñanza. Para ello ha elaborado un ambicioso plan de trabajo para el que esperan conseguir los apoyos nacionales e internacionales que sin duda merece. Entre otras muchas actividades han reconstruido la compañía que durante un periodo largo de tiempo, concretamente desde la muerte de su director, había interrumpido su actividad. El broche del encuentro lo puso la representación de una de las escenas más emblemáticas de su obra Los generosos (Primer Acto, Nº 266), la del cocinero Akli y el portero Menuar, en donde se nos cuenta esa hermosa donación que hace el primero de su propio esqueleto, y que nos sirve, como decía al principio de estas líneas, para entender a las claras la dimensión humanística de su teatro y de su pensamiento.

Era la primera vez en mucho tiempo que sus amigos no veían esta escena y un escalofrío invadió el patio del teatro Nacional de Oran desde el comienzo. Las lágrimas de todos, en especial las de su hermana Amina, con quien tanto hablé y a quien tan presente tengo en mi memoria ahora mismo, y el abrazo del público con los actores sobre el escenario, empezaron a ser los últimos recuerdos de un país en donde mi seguridad personal parece que corría algún peligro. Pero todavía tengo otro.

Miré hacia atrás. Allí, camuflado en su butaca, estaba mi guardaespaldas, también llorando. Tal vez era la primera vez que veía una escena de la obra teatral de Alloula Adelkader, el mejor autor teatral de su país. Me siento feliz de haber sido yo, involuntariamente, quien se lo presentara.

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One Comment en “Orán (Argelia): Jornadas sobre la vida y la obra de Allolula Abdelkader”

  1. Abdelkhalek DERRAR Says:

    No sé si va a ser justo por mi parte hablar de la refleccion de uno a quien no conozco pero tengo, primeramente, que agradecerle por su intrés-humano y cultural- a un dramaturgo nuestro considerado como patrimonio nacional.
    A proposito de este articulo, pienso que su autor acerto en presentar sus sentimientos y su vision profunda de una situacion que no le es muy familiar y con la cual se comporto de una manera muy profesional.


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