Teatro en Berlín (2)

En la tumba de Brecht

En Berlín es fácil coger taxis. A veinte metros del Hotel Anglaterre hay una parada, justo al lado de una estación de metro. Elegimos ese medio de transporte porque tenemos cierto temor a perdernos en una ciudad subterránea que nos imaginamos inmensa y repleta de carteles en alemán.

Sin embargo, estamos bastante cerca de la casa en la que transcurrieron los últimos años de la vida de Bertold Brecht y de la que fue su compañera sentimental y profesional, la actriz Helene Weigell.

En su exterior nada indica que esa mítica pareja residió allí. No hay grandes carteles ni una publicidad específica. Sólo el número del portal, 125 de Chauseestrasse, es el dato que nos induce a penetrar. Ya dentro, efectivamente, fotografías de ambos y carteles del Berliner Ensemble, nos indican que no nos hemos equivocado.

Como ya sabíamos, la casa de los Brecht puede ser visitada cada media hora en grupos reducidos. Como es a primera hora de la mañana, los únicos visitantes somos Félix, Sara y yo, y una chica joven. Compramos el ticket y una señora de mediana edad, que sólo habla alemán y algunas palabras de inglés, nos introduce en la vivienda.

Qué fuerte emoción. Vemos la biblioteca de Brecht. La gran dependencia en la que él trabajaba. Suelo de madera, una mesa pequeña, ubicada cerca de una ventana, cuadros de motivos chinos, a los que él se refiere en sus poemas. Nuestra anfitriona desaparece, vista la inutilidad de sus explicaciones, y sólo nos indica que no se pueden hacer fotos. No le hacemos demasiado caso.

Me acerco a la biblioteca. Cojo un libro: “Fausto”, de Goethe. El ángel negro me acaricia el oído: “Y si te llevas un libro de la biblioteca de Brecht…”. Dudo unos instantes porque el ángel bueno tarda en aparecer. Aconsejado por éste, no cojo el libro, por respeto a su propietario y por la confianza otorgada a unos visitantes a los que se deja solos. Me imagino qué pasaría, pongamos por caso, en la casa-museo de Lorca si las medidas de seguridad y la confianza depositada fueran las mismas.

Bajamos al piso inferior. Son las dependencias de Helene Weigell que sobrevivió a su marido unos quince años. Esos tres lustros se notan. Aparecen allí los primeros electrodomésticos. Por ejemplo, un destartalado televisor. Un gran ventanal separa la vivienda de un pequeño huerto/jardín, que ella cuidó hasta su muerte en 1971.

Cuando salimos nos encontramos con el agradable frescor de la mañana berlinesa. Sara, Félix (que han venido al estreno de la obra de Víctor Mira) y yo estamos embobados. Participamos de uno de esos momentos en los que se mezcla un profundo respeto y la fascinación más inmensa.

Todavía nos queda tiempo para recorrer Dorotheenstätischer Friedhof, el pequeño cementerio que se extiende contiguo a la casa recién visitada. Ahí están sus tumbas, y muy cercana también, la de Heiner Müller, dramaturgo y uno de los últimos directores del Berliner Ensemble, la compañía que fundaran ellos en 1949. Nos hacemos abundantes fotos, esta vez sin temor a ser descubiertos.

El resto de la mañana prácticamente la dedicamos a pellizcarnos: hemos estado en completa libertad en casa de Bertold Brecht y Helene Weigell.

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