Delaguarda

Estos días se presenta en España un espectáculo distinto, un trabajo escénico con el que tengo una relación emocional y personal muy especial. Se trata de “Villa, Villa”, que presenta la compañía argentina Delaguarda, bajo la dirección de Pichón Baldinu. Mañana lo veré por sexta vez en la Muralla Arabe, de Madrid, y sugiero que hagáis lo mismo si tenéis la oportunidad.

Los y las que no podáis verlos en directo, podéis conformaros entrando en su página web (www.delaguarda.com) y disfrutar con una de las más útiles (específicamente dedicada a técnicos y programadores culturales) y bonitas y asequibles para cuaquier aficionado que existen en la red.

Para empezar, el espectáculo se podría definir como “aéreo”, porque buena parte de las acciones ocurren por encima de la cabeza de los espectadores, que, por otra parte, están, durante todo su desarrollo, de pie, desplazándose por un espacio acotado junto con los actores y actrices.

Se podría decir también que es un teatro de imágenes, en la medida en que carece de texto propiamente dicho, y una sucesión de escenas sin argumento aristotélico tradicional, se van superponiendo unas con otras. Imágenes, como digo, de una potencia extraordinaria. En particular me parecen especialmente sobrecogedoras las de una especie de peculiar y dramático naufragio que sucede en las alturas, en mitad de un vendaval de viento y agua.

Se podría decir también que es teatro en donde se invita al espectador a “vivir” junto a los actores, no solo a ver lo que estos hacen, pero que el grado de integración en el espectáculo lo decide el propio espectador. Si quiere participar lo podrá hacer de manera entusiasta, mojándose con el agua que moja a los artistas y oliendo el sudor que emana de sus cuerpos. Si quiere permanecer a una cierta distancia, también lo podrá hacer sin que nada ni nadie violente su decisión.

Estas características, sin embargo, no explican el fenómeno de catarsis que el espectáculo finalmente provoca. El público, cuando abandona el recinto en donde se ha presentado, tiene la sensación de haber participado en una fiesta de alegría desmedida y sabio control técnico. La música, racial y hermosa, ha ido subrayando cada punto envolviendo a todos en un mundo de referencias poéticas, étnicas, en donde una especie de locura controlada ha presidido el ir y venir de los cuerpos, de las voces, de las sensaciones. Supongo que Argentina -su cultura, sus tradiciones populares, su folklore-, está por debajo de todo lo presenciado y escuchado, en un totum artístico bello y a la vez inquietante, salvaje y armónico, onírico y racional, que destila una pureza original, un aire de sinceridad que casi todas las compañías profesionales especializadas en este tipo de teatro fronterizo han ido perdiendo por el camino.

Esa pureza es la fuerza interior que hace de esta “performance” un momento insólito y hermoso para quien tiene la suerte de asistir a ella. He tenido, como decía al principio, la suerte de verlo varias veces: en Nueva York y Buenos Aires, con públicos cada vez muy diferentes. La sonrisa que todos los espectadores exhiben a la salida -turistas en Braodway, gente que repite, niños con sus padres, adolescentes con ganas de marcha-, es siempre similar, y contrasta con la maravillosa suciedad que queda abandonada en el lugar en donde todos ellos fueron felices durante sesenta minutos.

(Fue publicado en Roberto Zucco el 12 de Diciembre de 2005)

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