Eduardo Haro Tecglen

 

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Yo creo que Eduardo Haro Tecglen es uno de los intelectuales españoles de los últimos años que más reacciones encontradas ha sido capaz de generar. La gente de mi gremio –el teatro-, en general lo odiaba, porque desde las páginas del diario EL PAIS se había dedicado a fusilar de manera casi sistemática la mayoría de los espectáculos producidos en España durante los últimos años, y especialmente los producidos con dinero público. Respondía de esta manera a un concepto del teatro que tenía en el autor el eje vertebral del hecho escénico, relegando al director a un espacio secundario. Esa teoría de la preeminencia del texto sobre los demás elementos Haro la había defendido siempre sin ningún tipo de complejos y con la máxima claridad intelectual y expositiva, granjeándose lógicamente la antipatía del sector -actores, escenógrafos y sobre todo, directores-, representados estos últimos por el inefable Juan Antonio Hormigón, Secretario General de un esperpento clientelista llamado Asociación de Directores de Escena de España (ADE). En una memorable polémica, uno y otro se enzarzaron hace años en una discusión de la que Haro salió claramente vencedor por puntos.

A mí me hizo críticas de varios tipos, buenas, regulares y malas, pero hubo una, allá por los años ochenta, que se titulaba “Pecar por exceso” que tuvo una enorme influencia en mi autoestima. Fue curioso por varias razones, pero una de las principales era que se trataba de la primera vez que un espectáculo mío se presentaba en un teatro relativamente prestigioso de Madrid. Yo, por aquellos años, era un jovenzano lo suficientemente ingenuo y/o estúpido como para creerme alguien importante, un “valor emergente”, y la crítica en cuestión venía a decir de forma concisa, meridiana y muy pedagógica, que esa soberbia juvenil se notaba demasiado en el propio espectáculo, en donde él percibía una necesidad absurda de demostrar al mundo mi propio talento. Fue, por tanto, una cura de humildad, que, en un primer momento me escoció sobremanera, pero que después le he agradecido a lo largo de toda mi vida.

Mucho tiempo después lo conocí personalmente, cuando se presentó en el Teatro de la Abadía un espectáculo producido por la entidad que yo dirigía. No me hizo ni caso, a pesar de que yo iba asesorado por amigos comunes que me habían advertido e informado de sus fobias y filias particulares. No me importó, porque a pesar de su displicencia, que me pareció un mecanismo de defensa frente al frecuente peloteo de un sector artístico del que desconfiaba plenamente, estuve a distancia corta de un hombre al que siempre he admirado, desde los tiempos en que escribía unas editoriales memorables en la revista “Triunfo”. En ellas, cuando hablaba de la crisis de Indochina, pongamos por caso, todos sus lectores entendíamos a la perfección que en realidad nos estaba hablando de la necesidad de que España tuviera un régimen de libertades democráticas. Es decir, practicaba, de un modo inteligente y exquisito, un doble lenguaje, lleno de ideas y complicidades que provenían de un concepto ético de las relaciones sociales, de la vida misma y del concepto de ciudadanía.

Llegó la democracia y Haro Tecglen, refugiado en su columna de crítica teatral, desempeñó un papel similar al que algunos intelectuales españoles, como Unamuno y Ortega, cumplieron tras el advenimiento de la Segunda República. Ese emblemático “no es esto, no es esto…” se convertiría a partir del primer gobierno democrático de la monarquía en su actitud personal. Especialmente crítico con los partidos de izquierdas –él juzgaba que su praxis diaria devaluaba con frecuencia su tradición histórica, su patrimonio moral y hasta sus propias siglas-, escribió libros memorables, como “El niño republicano”, en donde se definía, para irritación de muchos, como un “rojo”. Es decir, una persona integralmente de izquierdas, miembro de una especie de parque jurásico en extinción en el que, por cierto, yo también me siento incluído.

Esa conjunción entre el análisis y la melancolía, entre lo nuevo y lo viejo, entre su conocimiento del teatro de vanguardia y su amor por los procedimientos escénicos tradicionales, se convirtieron ya para siempre en los polos dialécticos de su pensamiento, llegando a veces hasta los extremos de la paradoja. La muerte horrible de uno de sus hijos, encenagado hasta las cejas en el mundo de una modernidad ferozmente autodestructiva, fue el elemento que elevó su desencanto hasta un límite que su cortesía, su aspecto bonachón y una cierta elegancia colonial, apenas desmentían.

Ayer telefoneé a una queridísima amiga común: Emma Cohen. Imaginaba que Fernando Fernán Gómez, con quien Haro Tecglen firmó un libro de conversaciones, y ella misma, vivían un día de intenso dolor. La voz de Emma, habitualmente juvenil y contagiosamente optimista, estaba tamizada por la enorme tristeza que les había provocado la desaparición de un gran amigo con el que tantas tardes compartieron conversación, recuerdos, inteligencia y una magnífica tortilla de patatas.

Ayer murió Don Eduardo Haro Tecglen, periodista, escritor, republicano, y uno de los “rojos” más ilustres que este país ha tenido.

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