El público tiene la última palabra.

Tres compañías aragonesas en Argentina.

Me gusta mucho recordar un dato que me parece mucho más significativo que una simple anécdota: en el verano de 1997, tres compañías profesionales aragonesas (El Silbo Vulnerado, Teatro del Temple y Noba Producciones) coincidieron en la cartelera de Buenos Aires presentando sus espectáculos. Si hubieran sido tres madrileñas, o tres catalanas, la noticia hubiera sido destacada, sin duda, en las portadas de los telediarios de la mayoría de la televisiones. Sin embargo, el asunto pasó desapercibido por completo, excepto para aquellos que se subían por la noche a los escenarios de la capital latinoamericana.

No era una anécdota sin más: era una prueba de que en nuestra comunidad algunas compañías y bastantes actores estaban demostrando una madurez artística y empresarial creciente, y las instituciones afinaban la puntería con algunas medidas, como la creación de las concertaciones bianuales y el mantenimiento de las subvenciones, que favorecían ya esa prometedora realidad y este evidente crecimiento.

Tenemos casi siempre tiene la tendencia a ver las cosas peores de lo que son, y nuestro carácter e idiosincrasia son demasiado proclives a no valorar los logros si no es a la luz de las carencias. Con un mínimo de objetividad en la mirada podía  apreciarse ya en ese momento que desde hacía tiempo en Aragón se estaban construyendo algunos espectáculos teatrales de indudable calidad artística, y que algunas de nuestras compañías eran consecuentemente invitadas a muestras y festivales nacionales e internacionales de indiscutible renombre e importancia. Que nuestros actores y actrices recibían galardones, y su trabajo, críticas elogiosas. Que había también un puñado de autores, ligados en la mayoría de los casos a alguna de estas compañías, que estrenaban con cierta frecuencia y que también ganaban premios. Es decir, había razones más que suficientes para sentirse esperanzados. Se había llegado a un límite, se habían cumplido unos objetivos, impensables unos pocos años antes. A partir de ahí había dos caminos: conformarse o dar un paso hacia delante.

 

El nacimiento del CDA.

Más o menos en ese contexto y para dar ese paso nació el Centro Dramático de Aragón (CDA): como una apuesta del Gobierno de Aragón para elevar el nivel en su conjunto, y para potenciar la creación de unas señas de identidad aragonesas en el marco específico de las artes escénicas.

Ya el anuncio de su aparición, y, lógicamente, su aparición misma, fue objeto de múltiples polémicas, algunas de ellas estériles y malintencionadas. Conviene olvidarse de aquello y rescatar  para la memoria de nuestro teatro  que, por encima de todo, fue un momento de sinceridad y de debate, algo que no ocurría por estos pagos desde hacía muchos años, prácticamente desde que en 1985 se abortó un proyecto anterior de centro dramático para nuestra comunidad. En esta ocasión, hubo quienes lo cuestionaron desde el primer momento y sin contemplaciones ni matices: ahí están las hemerotecas par demostrarlo. Hubo quienes, por el contrario, vieron en él una herramienta (palabreja que solemos utilizar bastante abusivamente) que podía servir para potenciar el trabajo de todos. Hubo algunos, y algunas, más realistas, que pensaron que esto de “la herramienta” era algo esperanzador, pero que la creación de un teatro público en nuestra comunidad tenía también sus peligros, especialmente para quienes se sentían acomodados en esos objetivos conseguidos, porque inevitablemente iba a poner al descubierto algunas anomalías que se empezaban a tomar como normales: el clientelismo, la excesiva atomización, la dudosa calidad escénica de algunos productos, la imposible viabilidad empresarial y comercial de algunos proyectos, etc.. Hubo, por último, quienes se limitaron a esperar acontecimientos.

Personalmente creo que el tiempo pone a todo el mundo en su sitio, y que en Aragón pasará, o está ya pasando, lo que, en mayor o menor medida ha ido ocurriendo en aquellas comunidades españolas en donde, a mitad de los ochenta, se crearon los teatros públicos que todavía funcionan, y que la serenidad se irá imponiendo en el análisis.

Por eso, quiero apuntar ahora nueve puntos de reflexión que podrían servir de base para la continuación de ese debate.

 

  1. En ningún lugar se ha creado un centro dramático sin que existiera previamente un tejido profesional, por muy endeble que fuera, integrado por actores y compañías. Y donde se ha hecho sin él, el proyecto ha fracasado más o menos estrepitosamente. El CDA, por tanto, debe no olvidarse nunca de su origen, y sentirse, por tanto, como la consecuencia de la creciente consolidación de nuestro teatro aragonés, fomentando iniciativas para que siga consolidándose.
  2. Se equivocan del mismo modo los defensores a ultranza del teatro público y los del teatro privado, si su defensa parte de la creencia en la “superioridad moral” del uno sobre el otro. Es decir, no es verdad que el teatro creado desde lo privado asegure la “independencia artística” de sus productos escénicos por el mero hecho de no depender de la financiación pública (algo que, por otra parte, sería también muy discutible puesto que la mayoría de los espectáculos privados, producidos en nuestra comunidad, reciben algún tipo de subvención directa o indirecta de las diferentes instituciones). Con frecuencia ocurre exactamente lo contrario: el mercado impone unas leyes que frecuentemente ahogan la creación o, al menos, la restringen a unos cánones comerciales y/o de mera supervivencia.
  3. Sin embargo, no es verdad tampoco que desde lo público se garantice necesariamente la calidad. Es necesario recordar de manera permanente que en muchas ocasiones, al amparo de lo público, se han cometido abusos privados, y/o se han construido biografías artísticas artificiales, y se ha dilapidado un dinero que podría haberse empleado de formas más razonables.
  4. Como opinaba José Monleón hace diez años “quizá sea mejor hablar de interés público y de interés privado, concediéndoles idéntico respeto pero situándolos en sus diferentes esferas. Un teatro puede ser administrativamente público y estar al servicio del interés privado de su director o de su equipo de directores; paralelamente la historia del teatro está llena de ejemplos de empresas privadas cuya labor merece la calificación de interés público”. (Primer Acto, nº 249. Mayo-Junio 1993).
  5. Es un síntoma de normalidad conseguir que coexistan en una misma comunidad el teatro público, el privado profesional y el aficionado. Eso es lo que ocurre precisamente en Cataluña, Madrid, lugares que precisamente por eso (o, tal vez, como impulsores de eso…) siguen estando a la cabeza de la producción teatral, y, cada vez más, en Andalucía y Galicia. Y es un síntoma de madurez y de honradez saber clasificarse sin complejos en cualquiera de las tres catalogaciones, pero con todas las consecuencias que tal decisión implica.
  6. En Aragón las tareas y objetivos del CDA deben ser al menos tan claras en defensa de la creciente “profesión teatral” como la definición de profesionalidad de algunas compañías que optan abusivamente a ser subvencionadas y que, en puridad, deberían asumir su meritoria personalidad de aficionadas.
  7. El CDA debe marcarse la producción de un tipo de espectáculos inalcanzables para las compañías privadas, no sólo por los medios de los que dispone, sino por la especificidad artística de su repertorio.
  8. Las compañías deben esforzarse por hacer cada vez un mejor teatro, que, a su vez les permita la supervivencia de sus miembros y la estabilidad y coherencia de su proyecto, entendiendo que las subvenciones deben darse sólo a aquellos proyectos más importantes y rigurosos, y aquellas trayectorias probadamente más consolidadas.
  9. Establecidos los tres parámetros de la clasificación (teatro público, privado y aficionado), deberíamos superar toda tentación endogámica y excluyente, sin olvidar en ningún caso que el teatro que hacemos no es para nosotros, sino para el público. Debemos establecer las relaciones adecuadas entre cada uno de ellos, de cara a construir entre todos un teatro aragonés mejor, más exportable fuera de nuestros confines regionales, y que atraiga a una franja poblacional cada día mayor (y con un nivel de creciente exigencia) en nuestro propio territorio.

O dicho de otra manera: entre todos deberíamos conseguir que el teatro recuperara un lugar central en la vida cultural, y en el disfrute de los ciudadanos y ciudadanas de Aragón, arrimando el hombro cada cual desde el lugar que le corresponda, quiera estar y, sobre todo, verdaderamente esté (por su talento, su capacidad organizativa, empresarial y comercial, y por su ambición artística).

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