Elegir un taller de tercer curso

En mi caso, las razones para elegir o desechar un determinado texto o idea dramatúrgica, que sirva de soporte para el desarrollo de un Taller de Interpretación de Tercer Curso, vienen siempre determinadas por dos condicionantes.

En primer lugar, que sea un instrumento útil al servicio de un objetivo de aprendizaje actoral. O dicho de otra manera: que no haya dudas de que pueda suponer una dificultad para los alumnos y alumnas, y, en ese sentido, un escollo que deben superar y con el que deben seguir su proceso formativo. Aunque pueda parecer paradójico, creo que casi todos reúnen esa característica. Es decir, que hasta el más deleznable encierra una dificultad, es susceptible de ser leído escénicamente de otra manera -irónica, críticamente, etc-, a como lo pensó su mediocre autor. Y que construir un personaje siempre encierra un cierto nivel de complicación y de oficio, aunque se trate del Capitán Trueno, Hamlet, Luis Roldán o Pinocho… Pero también es verdad que no conviene complicarse la vida, puesto que otros textos, pensados ya desde una perspectiva de renovación, de ruptura con ciertos moldes, o sencillamente perfectos desde los parámetros formales en los que se instalan, aseguran más claramente ese nivel de dificultad al que me estoy refiriendo.

En segundo lugar, no me es posible olvidar el carácter semipúblico que tiene la experiencia puesto que va a ser mostrado su resultado en un aula o en un teatro ante espectadores desconocedores del proceso de trabajo. En ese sentido me planteo también la exigencia de que el resultado sea el mejor posible, incluyendo en ese “mejor” el que el público desde luego no se aburra, y hasta si es posible le guste y participe. Es decir, me parece importante que la Escuela Municipal de Teatro, el curso en cuestión, e incluso el director del espectáculo, es decir, yo mismo, demos una imagen de seriedad, solidez y coherencia.

Dicho esto conviene deshacer un posible equívoco. No creo que la experiencia pedagógica esté exclusivamente centrada en el proceso de trabajo y el resultado sea mera cuestión de imagen. Defiendo con firmeza también el interés pedagógico que debe tener una buena defensa actoral de la puesta en escena, cuantas más veces mejor, y en ese sentido me gustaría que se desterrase para siempre la idea de “función final de curso”, etc. Los alumnos/as deberían asumir el estreno y las siguientes representaciones, concentrados y vigilantes en su propia experiencia, tratando de controlar su vivencia escénica y sacando conclusiones operativas sobre todo ello. Es más, esta peculiar privilegio de situarse frente a un público, es una ocasión irrepetible para hacerlo.

Por eso, aunque recibirlos sea muy hermoso y uno de los aspectos más estimulantes, los ramos de flores, las felicitaciones y los besos, deben ser siempre aspectos secundarios en el balance irrenunciable que cada cual debe hacer.

Con todo eso en la cabeza me planteo empezar un taller. ¿Cómo elijo, por ejemplo, el texto?

Todos los directores tenemos en la recámara unos cuantos que, por las razones más variopintas y subjetivas, se destacan especialmente de entre los demás. Confieso que algunos precisamente los he montado durante los últimos años en los talleres de tercero, por el peculiar espacio de libertad creativa que suponen siempre para el responsable artístico en relación a los condicionantes, casi siempre relacionados con el mercado, que imperan en las células de producción profesionales. Es una verdad innegable que montar un espectáculo en la EMT, y supongo que en la mayoría de las escuelas, tiene un atractivo especial, tal vez superior en algunos aspectos al de hacerlo en una compañía profesional. La Conferencia de los pájaros, de Uddin Attar, Woyzeck, de Büchner, El Impromptus de Versalles, de Molière, Don Juan, que como personaje teatral siempre me fascinó, y con el que trabajamos Benito de Ramón y yo hace ahora unos años, Madame de Sade, de Yukio Mishima, Roberto Zucco, de Koltès, Gestos para nada, de Pepe Sanchis Sinisterra, que se implicó con gran generosidad y el rigor que en él es habitual en el proceso, fueron momentos especialmente bellos e intensos de creación teatral en mi vida personal. Espero tener ocasión de trabajar en el futuro con Romeo y Julieta, de Shakespeare, El misántropo, de Moliére, Seis personajes en busca de autor, de Pirandello, Leoncio y Lena, de Büchner, Los Beatles contra los Rolling Stones, de Jordi Mesalles, y, sin duda muchos más, entre los que me gustaría dar una segunda oportunidad a Victor o los niños al poder, de Roger Vitrac y El Balcón, de Jean Genet.

La utilidad de los talleres.

Cuando estuve montando precisamente un Taller de Interpretación de Tercer Curso en el Institut del Teatre de Barcelona, en el segundo cuatrimestre del curso 1992-93, tuve la oportunidad de participar en los debates que algunos profesores sostenían sobre algunos aspectos pedagógicos de indudable importancia. Uno fue precisamente el del sentido y alcance de los talleres de tercero, justo en la antesala de la reforma que imponía la LOGSE y que iba a instaurar un cuarto curso

La opinión mayoritaria era la de quienes creían que un Taller de Tercer Curso no es un lugar de exhibición personal del profesorado, de liberación de sus propios fantasmas, el lugar donde el director puede hacer lo que en otros sitios le es imposible, etc, sino un momento pedagógico, tal vez el más importante, en la medida que supone una experiencia de síntesis y recogida de resultados, dentro del desarrollo y evolución del alumnado. Se ponía así un punto de cordura a un cierto exceso, elevado ya a la categoría de costumbre, admitida como mal inevitable, que había ido transformando poco a poco a los talleres en sutiles y subterráneas competiciones entre los propios directores de escena encargados de realizarlos, perdiendo de vista lamentablemente, o dejando en un segundo plano, los intereses del alumnado que no tienen que ser otros que “seguir aprendiendo” hasta el final.

Y esa sigue siendo mi opinión. No debemos caer nosotros en ese mismo error. En Barcelona yo dije algo todavía más radical en el informe que me solicitaron al final de mi estancia: que los talleres que se programaban cada año, puesto que eran dos o tres cada cuatrimestre, debían estar coordinados y ser complementarios entre sí, y que el alumnado debería integrarse en uno o en otro en función de sus propias necesidades y de sus carencias, en absoluto por su capricho, por simpatía con el profesor, o porque ya supiera resolver más o menos bien determinado tipo de papeles y eso supusiera una garantía para el director que de esta manera soluciona brillantemente “sus” problemas de reparto. En una palabra, que tanto en la inclusión en un taller o en otro, como en la asignación de tal o cual personaje, el criterio tenía que ser, por encima de cualquier otro, el estrictamente pedagógico.

Por tanto, creo que los profesores tendríamos que refrenar nuestros deseos concretos, nuestros gustos personales y nuestro capricho, y decidir la naturaleza y el título del taller en función de las necesidades, carencias y peculiaridades del curso en cuestión, en una decisión a la que no pueden ser ajenos el Tutor de ese curso y el Jefe de Estudios.

El incierto futuro de los talleres.

No quisiera perder esta ocasión para lamentarme de la situación actual de los talleres en lo que respecta a su proyección pública, que lleva implícita la de la propia Escuela, y en relación a su dotación económica, que cada vez es más exigua.

Como algunas otras cosas en la EMT, los talleres están sometidos a un peligroso proceso de empobrecimiento. Hace pocos años la asignación económica de cada uno era el triple que la actual. En ese momento era posible plantearse la construcción de una modesta escenografía, el diseño de un vestuario, etc. Ahora, cada vez más, nos vamos acostumbrando a ver materiales reciclados de otros montajes, elementos de atrezzo del propio Teatro Principal, etc. No hace mucho los talleres se veían fuera de nuestra ciudad, representando el trabajo de la Escuela y de la propia ciudad en otros lugares y acontecimientos, tales como la Expo de Sevilla, en donde se llevó un espectáculo pensado para la ocasión, Barcelona, comunidad de Madrid, Festival de Sitges, Tarrassa, Londres, provincia de Zaragoza, Teruel y Burdeos, en donde existía una cierta política de colaboración e intercambios, por cierto también desaparecida.

En este sentido, los talleres me parecen un exponente claro de que, poco a poco, vamos perdiendo batalla tras batalla en la dirección de consolidar a la EMT como un centro docente que de respuesta a las verdaderas necesidades teatrales de la ciudad y de la región, y, desde luego, que esté en la línea de los mejores de este país. A eso y no a otra cosa es a lo que deberíamos aspirar.

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