En la muerte de Franco de Francescantonio

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Pocos espectáculos me han impactado tanto a lo largo de mis años de espectador como la versión que hizo Franco de Francescantonio (Roma, 1952-Florencia, 2005) de “Carta al padre”, de Kafka. La suerte y la casualidad quisieron que al poco tiempo, Joan Ollé, con quien compartíamos una entrañable amistad, me lo presentara en su casa de Barcelona. Le hablé en repetidas veces a Franco de esa conmoción, y de lo mucho que su lección había influido en “el momento íntimo”, ejercicio que yo hacía con mis alumnos de la Escuela de Teatro de Zaragoza.

Franco fue siempre un estudioso del teatro y de sí mismo dentro de él. Por eso cultivó con enorme dedicación la faceta pedagógica, paralela a su carrera como actor de cine y, sobre todo, de teatro en Italia y en España, especialmente en Barcelona. Allí también coincidí con él como profesores ambos del Institut del Teatre, y solíamos prolongar nuestras impresiones docentes hasta altas horas de la madrugada. Sus artes culinarias favorecían, sin duda, el intercambio. Exigente consigo mismo y con sus alumnos, desarrolló una portentosa capacidad de comunicación escénica, cultivando su cuerpo y su voz. Bailaba y cantaba como el mejor de los bailarines y el más virtuoso de los cantantes. Esa doble capacidad dejó impresionada a Pina Bausch que siempre quiso incorporarlo a su elenco.

Pero aunque integró repartos y compañías (el Piccolo Teatro de Milano, entre otras), siempre siguió prodigándose más en los espectáculos unipersonales que él pensaba e interpretaba. Además del mencionado, hay que recordar, entre otros, su reciente trabajo sobre “Confessione”, de Leon Tolstoi, y el que puso en escena a partir de textos de Gabriele D´Annunzio y que tuve la suerte de ver en el Festival de Almada y después en Eslovenia, donde le enuncié que se estaba cociendo el Centro Dramático de Aragón, y fantaseamos con la hipotética organización de un curso para actores en el momento que se creara. La fantasía se cumplió y Franco impartió el primer curso de la nueva institución sorprendiendo a todos los que se matricularon en él por el nivel de rigor y de exigencia, y, también, porqué no decirlo, por la capacidad de seducción profesional que él mismo cultivaba como sutil y eficaz arma pedagógica.

En la madrugada de antes de ayer Franco murió en un hospital de Florencia, víctima de una larga enfermedad que siempre llevó con una dignidad extrema y que no le impidió desarrollar su trabajo prácticamente hasta los últimos momentos. Murió un actor polifacético, un extraordinario hombre de teatro y una persona irrepetible.

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