En la muerte de Marcel Marceau

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En la tercera edición del extinto Festival de Teatro de Zaragoza, Pirula Ariza, Angel Anadón y yo tuvimos la oportunidad de oro de traer al Teatro Principal, entre otras grandes artistas y compañías internacionales, a Philipe Caubere, protagonista de “Molière”, la película de Ariane Mnouchkine, al Berliner Ensemble, que era la primera vez que visitaba España, al Piccolo Teatro de Milán, con Ferrucio Soleri a la cabeza, y a Marcel Marceau, el gran mimo francés que ha muerto hace apenas unos días en París. Fue una edición memorable, que el público respaldó con una afluencia masiva y con la que pretendíamos presentar diversas estéticas ya asentadas en el panorama europeo de las artes escénicas.

Era Junio de 1982, Marcel Marceau tenía entonces 59 años y ya había quien bromeaba con su longevidad y con su teórica falta de recursos físicos para mantenerse encima de un escenario. El día de su presentación había, sin embargo, una expectación extraordinaria, y pasaron muy pocos minutos para que todo el mundo nos diéramos cuenta de dos cosas: este hombre se encontraba en plena forma, por una parte, y su presencia seguía siendo conmovedora, divertida y muy hermosa, por otra. Hora y media duró aquella exhibición de talento escénico, mostrado fundamentalmente a través de ese personaje “Bip”, que había creado en 1947, extraído de “Las grandes esperanzas”, de Dickens, y que él en algún lugar había definido como una especie de “don Quijote que se bate con los molinos de la vida actual”.

Con él tuve dos encuentros en apenas unas horas. El primero tuvo lugar en el llamado Salón de Té, del Teatro Principal, en una especie de rueda de prensa previa a su actuación organizada en colaboración con la Escuela Municipal de Teatro. Allí mostró un cierto punto de insolencia: nada parecía gustarle, ni la disposición de las sillas, ni la hora en que se realizó, ni el carácter de algunas preguntas. Pero al día siguiente tuve la oportunidad de pasear con él por las calles de Zaragoza. En la corta distancia me pareció otro hombre. Aproveché para conocer de primera mano aspectos de la estela que había dejado en él Charles Chaplin, a quien admiraba desde niño y con quien coincidió una sola vez. En realidad había mucho de “Charlot” en ese desvalido héroe que defendía a los débiles y se entretenía abriendo flores en mitad de un jardín que solo existía en nuestra imaginación de espectadores.

Hablamos también  de la personalidad de Jean Louis Barrault, en cuya compañía estuvo a lo largo de mucho tiempo, y con el que hizo varias colaboraciones memorables, entre ellas en la película “Les enfants du Paradis”, que en 1945 ambos rodaron bajo las ordenes de Marcel Carné y en donde coincidió con una Maria Casares espléndida. Hubo mucho tiempo también para hablar también del maestro directo de ambos, Ettiene Decroux, en cuya escuela aprendió gran parte de una técnica que el paso del tiempo había ido elaborando y que los zaragozanos teníamos ahora la ocasión de disfrutar.

Pero lo que más recuerdo de aquellas horas en las que nos dimos una vuelta por los alrededores de La Seo y nos comimos unas gambas que le volvieron literalmente loco en “Belanche”, fue su profunda admiración por Goya, y su exhaustivo conocimiento sobre la guerra civil española de la que me dijo que representaba para él un paradigma del horror y que incluso le había inspirado un texto que desconozco si finalmente terminaría publicando. La guerra y el fascismo eran temas que oscurecían su paleta de pintor de caracteres. No en vano, cuando apenas contaba con quince años, él y su familia abandonaron Francia huyendo de los nazis, como muchos otros practicantes de la religión judía.

Me habló mucho de su propio arte, del mimo, que él contribuyó como nadie a actualizar y a mantener vigente en el siglo XX. Se sentía modestamente heredero de una gran tradición teatral considerada siempre como menor en relación a los géneros clásicos representados por el teatro de texto. El había dignificado y elevado a los altares de las mejores y más exigentes citas artísticas del calendario anual de muestras y festivales de todo el mundo ese lenguaje basado en el silencio y en el gesto. Hace poco leí unas declaraciones suyas en un periódico español: “El arte del mimo es el grito desgarrado del alma entre el bien y el mal con la esperanza de que el bien sea mayoritario”. Es exactamente el resumen que yo saqué de sus palabras de aquella tarde de verano en Zaragoza.

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