En la muerte de Miguel Garrido

Miguel dandole instrucciones a una alumna del Instituto del Teatro, de Sevilla.

Miguel dandole instrucciones a una alumna del Instituto del Teatro, de Sevilla.

Los que conocimos, trabajamos y quisimos a Miguel Garrido Ramón nos hemos sumido en una profunda tristeza al conocer su muerte, acaecida el pasado domingo, día 20 de Enero, en Vitoria, ciudad en la que residía desde hacía un tiempo.

Miguel fue profesor de Mimo y Clown en la Escuela Municipal de Teatro de Zaragoza desde Noviembre de 1985 y durante dos largos periodos temporales. También impartió clases durante bastantes años en el Instituto del Teatro de Sevilla y en otros ámbitos pedagógicos del estado. Puede decirse que ha sido uno de los grandes maestros españoles y que en sus clases se han formado innumerables alumnos y alumnas a los que él supo transmitir, además de una base técnica excelente, un gusto por el teatro bien hecho y un gran respeto por la tradición teatral.

Su vinculación con Zaragoza había comenzado diez años antes, cuando el Teatro de la Ribera le propuso impartir un cursillo entre sus propios actores. Eran los años del teatro independiente, un ámbito de creación artística y un modo de producción teatral que él nunca abandonaría del todo a pesar del paso del tiempo.

Fue un excelente y meticuloso director de escena. Se vinculó de manera especial a la compañía Eterno Paraíso, radicada en Vitoria, y dirigió alguno de los últimos trabajos de la compañía Nasú, de Zaragoza. Entre sus momentos profesionales más destacables estaría también la colaboración con la compañía de José Luis Gómez, poco después de haber terminado su formación en la escuela de Essen, en Alemania.

Fue un payaso que decidió no serlo desde que un día conoció en sus propias carnes el pánico escénico. Ese temor le impidió ser, sin duda, un genio de los escenarios. Pero afortunadamente supo canalizar su sabiduría hacia la enseñanza, elaborando con el paso de los años una metodología propia que sus alumnos más destacados deben encargarse ahora de transmitir.

Fue un hombre peculiar, dotado de un enorme sentido del humor, pero también encerrado en sus propios laberintos personales. Una lesión física le impidió proseguir su trabajo docente con normalidad en Enero de 2003, y esa distancia con la realidad de la vida, de los escenarios y de las aulas, le precipitó al vació de la soledad y la depresión.

La Escuela le estará siempre en deuda por el magisterio que en ella impartió y porque contribuyó a afianzarla y a darle unos cimientos pedagógicos. Su directora, Marissa Noya, desolada, me transmitió ayer la noticia. Sé que esa desolación es compartida ahora por todos los compañeros y compañeras de la Escuela, por quienes en la actualidad no estamos en ella, y por infinidad de alumnos y alumnas. Murió el domingo de manera voluntaria, pero en realidad se había marchado hace tiempo, desde que decidió dedicarse de manera exclusiva a repasar en su cabeza las pantomimas de Etienne Decroux y de Jean Louis Barrault. El mundo había dejado ya de interesarle.

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2 comentarios en “En la muerte de Miguel Garrido”


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