En la presentación del libro sobre Mariano Cariñena

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Consejera, Directora General, Antón, Mariano, amigos y amigas:

 

Cuando uno tiene el honor de estar al frente de una institución como el Centro Dramático de Aragón hay que tomar decisiones fáciles y difíciles. Sin duda, una de las más fáciles ha sido mandar a la imprenta este libro que hoy presentamos y que es el cuarto en nuestro cómputo general de publicaciones a lo largo de nuestra corta pero intensa trayectoria.

Ya son cuatro, aunque los tres anteriores estaban relacionados con los textos de nuestros propios espectáculos, “La Agonía de Proserpina”, o “Morir cuerdo y vivir loco”, o con espectáculos de otras compañías, como “Gargallo, un grito en el desierto”. Hoy inauguramos lo que hemos venido a llamar “Colección Trayectorias” y que intentará ser un espacio editorial en el que se cuente la memoria de nuestro teatro, entresacando y analizado periodos relevantes del mismo, o desmenuzando, como es el caso, las peripecias biográficas y profesionales de protagonistas decisivos en ese mismo panorama teatral.

Decía lo de decisiones fáciles… Creo sinceramente que una de las razones que justifican mejor la existencia de un centro dramático es la de intentar poner en marcha proyectos razonables para no dejar morir el recuerdo de los nuestros y de lo nuestro en el ámbito específico de las artes escénicas. Para eso precisamente se creó nuestro Departamento de Documentación, dirigido por el dramaturgo Alfonso Plou, cuya cabeza bulle de iniciativas  y de capacidad para llevarlas a buen puerto.

En esa línea, recientemente nuestro Consejo de Administración aprobó la publicación de un trabajo del profesor Jesús Rubio que enmarcará tres décadas de ese esfuerzo apasionante y que aparecerá al final de la próxima temporada. Y posteriormente, deberán ir llegando otros libros necesarios y, permítaseme la expresión, “justicieros”. Es decir, libros que pondrán las cosas es su sitio, y que nos contarán y analizarán las trayectorias de personas como Pilar Delgado y su compañía “La Taguara”, o la de los primeros años del teatro de la Ribera, o la del Teatro de Cámara, la de Danilo Nieto de Losada y “Tántalo”, la de Angel Anadón al frente de diferentes etapas de este lugar que hoy nos acoge, y un largo etcétera de materias, personas y periodos en los que la mayoría de los presentes coincidiríamos sin dificultad, por encima de nuestras apreciaciones subjetivas, nuestras tendencias estéticas y nuestras amistades o enemistades. Porque, de una manera o de otra, todos somos deudores del magisterio pragmático y diario de esas personas que las lideraron en momentos difíciles, en los que prácticamente no existían circuitos y las subvenciones eran el mejor y el más improbable de los sueños, y en esas compañías heroicas, en donde había que actuar de vez en cuando, pero en donde siempre era imprescindible planchar, pintar, zurcir, cargar y descargar. Allí, sin escuelas regladas ni aulas confortables, en la intemperie de la escasez de los medios materiales, e incluso de los inconvenientes derivados de la situación política de un país que no reconocía tampoco la libertad de sus ciudadanos para producir y gozar de la cultura, aprendimos la mayoría de nosotros este oficio que todavía sigue siendo el nuestro.

Pero permíteme, Consejera, que acerque el plano hacia mí mismo durante unos instantes. Voy a confesar públicamente que muchas veces he pensado en este día. Un día como cualquier otro, pero un día en que muchas personas queridas nos reuníamos en torno a la figura de una persona que lo ha sido todo en el teatro aragonés, y del que me siento personalmente alumno, amigo y compañero. ¡Cuántas batallitas, Mariano, cuántas discusiones, Mariano, cuántas risas, Mariano, cuántos manifiestos, expedientes, órdenes del día…! Nos hemos pasado los últimos veinte años, en compañía de nuestros queridos compañeros de la Escuela Municipal de Teatro, en un permanente rifirafe intelectual que, lo digo sin asomo alguno de jactancia, ha sido un ámbito de reflexión humana y teatral de primerísimo orden en esta ciudad. Me siento, como tú también confiesas en estas páginas, profundamente feliz y orgulloso de haber estado ahí con vosotros, reflexionando sobre cómo debía concretarse un proyecto educativo cambiante y vital, que siempre aspiró a ser útil al teatro y a Aragón.

Mariano: te mereces este hermoso libro escrito por Antón Castro, y te mereces este homenaje que el Centro Dramático de Aragón ha querido hacer coincidir con el Día Mundial del Teatro. Te mereces que estemos aquí y que estas páginas que sintetizan tu pensamiento, condensadas por un periodista que conoce muy bien los entresijos de la creación artística, te perpetúe y perpetúe tu memoria, a ti que aún te queda tanta vida y tanta energía por delante para seguir polemizando, enseñándonos y creando nuevos espectáculos.

Por último, quisiera agradecer muy sinceramente a todos cuantos han colaborado en el libro. Al mencionado Alfonso Plou, las personas que han cedido material gráfico o escrito,  a quienes le han refrescado la memoria a Mariano, en especial a quienes lo hacen habitualmente sin necesidad de que nadie se lo pide, es decir a Marisol Albiac y a Bucho Cariñena, a Angel Lalinde y “Doble Color”, que han realizado propiamente el diseño y la edición, a Ana Muñoz y a Juncal Aparisi, que han desempeñado misiones discretas, pero imprescindibles, y, naturalmente a quien lo ha escrito: Antón Castro.

Muchas gracias.

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