Escribir en España ya no es llorar

A lo largo de los últimos meses he tenido la oportunidad de revisar un buen número de artículos y materiales diversos sobre la actualidad teatral del comienzo de los años ochenta en nuestro país, y he podido darme cuenta, una vez más, no sólo de que el tópico de que el tiempo pasa con una rapidez alarmante, sino de lo fugaz, selectiva a veces, y caprichosa otras, que es nuestra propia memoria, incluso en asuntos que nos conciernen de manera directa. Porque aquellos años en los que luchábamos con cierto desconcierto por afianzar la democracia recientemente restablecida, y ya con ciertos síntomas de un cansancio y que bautizamos prematuramente como “desencanto”, utilizando el sugerente título de aquella maravillosa película, representaron realmente la ruptura entre un modelo de organización -o desorganización- teatral en España, el nacimiento del teatro público en algunas autonomías como Valencia, Galicia, Extremadura, Andalucía o Cataluña, la muerte definitiva de aquel venerable movimiento que conocimos como teatro independiente, y el asentamiento de las bases de una racionalización normativa, que contemplaba formas claras y transparentes de apoyo a la producción y distribución teatral privada en nuestro país. Casi nada.

Nunca he pensado que fuera necesariamente cierto el dicho de que cualquier tiempo pasado fuera mejor, pero no cabe ninguna duda de que si analizamos nuestro pasado escénico a la luz de lo que se puso en marcha entonces y se ha ido consolidando después, ahora estamos todos bastante mejor, incluidos en el mismo lote los autores teatrales, digan lo que digan los diversos tipos de nostálgicos que en el mundo y en todos los gremios existen. Con ello tampoco estoy diciendo que el punto en donde ahora estamos sea maravilloso y que todos los problemas se han ido resolviendo de manera satisfactoria. No es así, evidentemente.

Por el contrario: han nacido otros nuevos, algunos se mantienen a pleno pulmón y otros parece inevitable pensar que los vamos a tener para rato: conflictos entre la producción privada y la pública, impensables en otros lugares, etc.

Y es que parece bastante claro que no puede solucionarse en apenas veinte años lo que de alguna manera es la consecuencia no de una mala gestión coyuntural (ya sé que es una falacia llamar coyuntura a cuarenta años de dictadura militar…), sino de algo que a lo largo de nuestra historia han sido constantes y resultados de factores culturales, políticos y sociales que nos diferencian inevitablemente en el terreno de la organización dela cultura y de otros muchos, de la trayectoria de países como Inglaterra, Francia o Alemania, en donde el papel del teatro, pongamos por caso, en sus respectivas sociedades tiene una relevancia que aquí no tiene, y me temo que nunca ha tenido. Las razones de esa “diferencia” exceden con mucho los límites de estas líneas apresuradas.

El ejemplo de la autoría teatral.

En el terreno de la autoría teatral, a comienzos de los ochenta se hablaba y se escribía mucho sobre las tres generaciones de autores que entonces coexistían, y de manera especial sobre los problemas que para ver sus textos representados en escena tenían, de manera especial, aquellos que se habían significado contra la dictadura y que la censura les había impedido desarrollar con normalidad su oficio obligándoles en la mayoría de los casos a escribir teniéndola en cuenta, es decir, burlándola a través de unos signos escritos que, desaparecida ésta, se devaluaron con demasiada rapidez y probablemente con grandes dosis de injusticia. También se hablaba de los más jóvenes, que estos sí, lo tenían todavía más crudo para poder encontrar compañías y teatros que confiaran inicialmente en sus propuestas.

De entonces para aquí han cambiado extraordinariamente las cosas. El texto, como valor en sí mismo, ha vuelto a recuperar en toda Europa, el prestigio que en su momento perdió. Y con él, los mecanismos con los que se confecciona. Los cursos de dramaturgia o de escritura, por ejemplo, son ahora una pieza frecuente en la formación integral de los profesionales del teatro (y en esto José Sanchis Sinisterra ha tenido gran parte de culpa), la mayoría de las normativas autonómicas y estatales en materia teatral priman el estreno de textos de autores vivos, algunos centros dramáticos apuestan con iniciativas inteligentes, novedosas (y caras, en muchos casos) por el descubrimiento y la formación de nuevos autores, éstos se han ido asociando en defensa de sus intereses, y han ido cristalizando momentos en el calendario teatral español, como el Festival de Alicante, en donde el autor contemporáneo se convierte en el epicentro de la atención y el interés del público y de los especialistas. Iniciativas todas ellas que, puestas en marcha desde hace años, nos invitan a pensar que el talento tiene ahora suficientes resquicios para manifestarse y que quien no lo posee no debería culpar a las instituciones y culparnos a los demás por no permitir que esto finalmente no suceda.

No es para tirar las campanas al vuelo, desde luego, pero sí es para reconocer que los pasos adelante que se han dado han cambiado la sensibilidad que existe dentro y fuera del teatro hacia la autoría textual, por encima de modas estéticas, tendencias de mercado y gustos particulares.

En el Centro Dramático de Aragón, nuestro Jefe del Departamento de Documentación, el dramaturgo Alfonso Plou, no tuvo que esforzarse demasiado para que entendiéramos desde el primer momento y sin dificultad alguna que el texto es el vertebrador más frecuente del hecho teatral, y que, en consecuencia, formaba parte de nuestra obligación como teatro público tomar decisiones que así lo demostraran.

Del CAT y especialmente de la mano de Emilio Hernández, aprendimos que el trabajo dramatúrgico debe empezar desde la base, y de Doménech Reixach y Manolo Guede aprendimos fórmulas para incentivar la existencia y la estabilidad de las dramaturgias propias de Cataluña y Galicia, y en esa dirección y con ese mismo propósito, decidimos poner en marcha, en nuestra segunda temporada de funcionamiento, algunas iniciativas que sin duda fomentarán la creación textual en nuestra comunidad, tales como la convocatoria de un premio para autores jóvenes, con la posibilidad de estrenar posteriormente el texto premiado, y manteniendo y ampliando los cursos como el que impartió Juan Carlos Onetti en Octubre de 2002, y que han tenido como resultado de momento más visible la aparición de jóvenes autores/as que, como Esmeralda Gómez Souto, ya ha visto sus primeros textos estrenados en el teatro del Mercado, una sala zaragozana de titularidad municipal. No es tampoco una casualidad en este sentido, que de las tres primeras producciones del centro, dos hayan sido espectáculos a partir de textos escritos por autores españoles vivos, como Fernando Fernán Gómez (“Morir cuerdo y vivir loco”) y de nuestro paisano Javier Tomeo (“La agonía de Proserpina”), y de que para las próximas producciones ya estén trabajando un buen número de escritores y/o adaptadores, muchos de los cuales son precisamente aragoneses.

Con todo ello cumplimos, como decía, una obligación. Desde el teatro público debe velarse inequívocamente para que nuestros autores escriban, publiquen y estrenen. Es, por cierto, una de las que nosotros asumimos con menor dificultad y mayor entusiasmo.

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