Ha muerto Jordi Mesalles

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Siempre pensé que era un director teatral como la copa de un pino, y siempre creí –creímos-, que su talento indiscutible y su peculiar inteligencia y sensibilidad no se llevaban bien con otros aspectos de su forma de ser. No sabía venderse, algo imprescindible en un mercado cultural a veces tan mezquino como el mercado a secas. Metió mucho la pata, enfrentándose con demasiada frecuencia con las instituciones de su tierra, que, como las de todas partes, pasan siempre la factura por los presumibles actos de desacato. Y esa incontinencia verbal le llevó a situarse en una especie de marginalidad supuestamente voluntaria, que, en opinión de los que lo conocían más, le laceraba por dentro y lo alejaba por fuera.

Así las cosas, en los periodos otoñales la depresión en la que vivía sumido subía unos enteros en su intensidad habitual. Ayer se lo encontraron muerto en la bañera de su casa, y cualquier hipótesis, a estas alturas de una tarde lluviosa y desapacible, es desgraciadamente posible.

Recordaré siempre sus carcajadas. No he oído jamás algo parecido, no pasé nunca tanta vergüenza en algunos restaurantes. Cuando se reía, las gambas se removían en el plato, y las señoras de las mesas de al lado creían llegado el fin del mundo.

Recordaré también su biblioteca y su videoteca, desmesurados exponentes de su codicia intelectual. Centenares de libros, de discos, de vídeos y los antiguos cassetes, se apilaban de manera caótica en su piso de la calle Aribau, encima de los cines donde mi padre mataba sus juveniles ratos y en donde él vivió durante algunos años. Era un caserón inmenso, con partes amuebladas y partes desérticas y frías, que respondía muy bien a esa mezcla estética y espiritual que los de nuestra generación hemos cultivado con desigual fortuna, mitad burguesa, mitad permanente mayo del 68. El, además, se dejó siempre el pelo muy largo, en homenaje permanente a aquellos años magmáticos en los que se impregnó de poesía y rock and roll.

Escribió poco pero también en este terreno mantuvo algo más que la compostura. Su obra “Los Beatles contra los Rolling Stones” se estrenó en el embrión de los que después terminó siendo el Teatre Nacional de Cataluña. Era un bello manifiesto sobre el mantenimiento de una supuesta virginidad revolucionaria a partir de la metáfora de dos juventudes, la pija y la suburbial, que coexistían en su ciudad y que representaban dos maneras de ver el mundo. La obra desencadenó la primera dimisión de importancia de un dirigente de teatro público en territorio español, Xavier Fábregas, un intelectual íntegro que decidió proteger el estreno contra las pretensiones del político de turno que, después de leerla, se le ocurrió que era conveniente dulcificar algunas expresiones. Ese acto reflejaba bien a las claras que cierta forma de censura había penetrado en la España democrática, en este caso a través de la acequia de un partido nacionalista más de derechas que la Virgen del Perpetuo Socorro. Muchos años después yo le traduje el texto al castellano para montarlo con los que entonces eran mis alumnos de tercer curso de interpretación.

Dirigía con brillantez, oficio y precisión. Me gustaban su fuerza escénica y su pulso para dirigir a los actores. Su mano pedagógica, entrenada durante tantos años en el Institut del Teatre de Barcelona, se le notaba siempre en escena, y se puede decir que no todo lo que hizo era genial, pero siempre contenía un elevado nivel de interés y calidad.

Mañana sus amigos han organizado un acto en ese lugar emblemático de las artes escénicas catalanas. Yo no estaré porque ni mi espalda ni mis obligaciones, me lo permitirán, pero mi corazón estará allí, junto a ellos y junto a Mariona, su compañera. Una noche fascinante nuestros ojos se reflejaban en un río que brillaba de manera enigmática. Juanito cantó de pronto una canción menorquina, y yo una de La Bullonera:

“Una noche de carnaval,
Mientras lucía la luna,
Se me acercó una muchacha
Que iba vestida desnuda…”

Jordi miraba hacia la luz, con una sonrisa que me pareció teñida de esperanza. Prefiero recordarlo así.

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