Nueva York: Broadway, la inquebrantable salud del gigante

Times Square: cruce entre Broadway y la Séptima

Times Square: cruce entre Broadway y la Séptima

Publicado en “Primer Acto”, Nº 270 (Septiembre-Octubre 1997)

 

Desde hace décadas Broadway es toda una poderosa industria del espectáculo que atrae al cabo del año a millones de espectadores. A pesar de que muchos grandes dramaturgos han declarado en más de una ocasión que no están dispuestos a plegarse a sus caprichos y exigencias -Arthur Miller, David Mamet, Christopher Duran, etc-, y que la pujanza e interés de las manifestaciones que se producen fuera de su ámbito -el no menos mítico “off Broadway”-, son numerosas y, en muchas ocasiones, de resultados escénicos extraordinarios, la vitalidad del gigante parece rebosante y manifiesta.

La zona conocida en Nueva York como Theater District, que está atravesada de norte a sur por la famosa avenida, y que discurre entre las calles 41 y 53 aproximadamente, acoge una cuarentena larga de salas en donde se presentan los éxitos comerciales más importantes, y en donde los grandes mitos de la escena y del cine norteamericanos tienen cada cierto tiempo una especie de peaje obligatorio.

 

Las miserias del gigante.-

Broadway es ya un gigante mayor de edad. Su público es variopinto, y una buena parte de él, tal vez el cuarenta por ciento, está compuesto por turistas, familias enteras, o profesionales llegados de cualquier esquina del país o del planeta para pasar unos días de placer o de negocios en la gran manzana que no pueden desaprovechar la oportunidad de ver alguno de sus más famosos musicales. Es casi seguro que la propia agencia de viajes les haya una oferta en ese sentido, junto con las de conocer la Estatua de la Libertad o subir al último piso del Empire State Building, y les haya proporcionado las entradas a unos precios que rondan las doce mil pesetas la butaca después de haber sido revendidas unas cuantas veces.

Si entramos en una sala que acoja un espectáculo de gran éxito no nos será difícil comprobar ese comportamiento primario, a caballo entre la ingenuidad y la grosería, que caracteriza a la persona que va al teatro de manera ocasional y un poco obligado por las circunstancias. Viendo Titanic, el musical más galardonado de esta temporada, no pude dejar de acordarme de mi infancia, cuando en el extinto Teatro Argensola de Zaragoza una señora, para rematar el bocadillo de tortilla, descorchó con gran estrépito y sin el más mínimo asomo de azoramiento por su parte, una botella de gaseosa ante el jolgorio generalizado de sus vecinos, mientras que Paco Martínez Soria hacía de las suyas encima del escenario. Cambien a la señora y pongan a unos japoneses traduciéndose el texto a voz en grito a mi izquierda, y a una pareja de saludables y deportivos novios americanos a mi derecha, comiendo palomitas y bebiendo Coca Cola en esos gigantescos vasos de papel repletos de sonoros hielitos… Son muy pocas las ocasiones en las que alguien solicita silencio ante agresiones como las que describo.

Y es que el silencio es imposible ya de entrada. El sonido de las máquinas que producen el aire acondicionado es un murmullo permanente, aceptado e incluso profundamente agradecido en una ciudad en donde el calor y el frío son extremados y profundamente molestos. A nadie parece importarle demasiado que las funciones comiencen con un cuarto de hora de retraso pues siempre hay que esperar a quienes se quedaron atrapados en mitad del atasco de tráfico o cogieron tarde el metro. Si el tiempo sobrepasa esos quince minutos la reacción suelen ser las típicas palmaditas que en España les pusimos letra hace ya tantos años: “que empiece ya, que el público se va…, etc”.

La industria de Broadway genera sus propios mitos y se encarga también de destrozarlos. La concesión de los Tonnys es una fecha especialmente importante en ese ritual. De entrada, el musical o la obra teatral que consiga alguno o varios de estos premios tiene asegurado unos dos o tres años de vida en cartel que es el tiempo de permanencia normal de una producción media que puede haber costado varios centenares de millones de dólares. Algunos espectáculos rompen con creces esa barrera temporal. Ahora mismo The Phantom of the Opera y Les miserables están en la frontera de la década de permanencia y no se notan síntomas de fatiga. Por el contrario, conseguir una buena butaca del primero, un espectáculo escrito por Charles Hart, dirigido por Harold Prince, con la partitura de Andrew Lloyd Webber, lleno de brillantez, de agilidad técnica, de belleza espectacular, puede costarle al perseverante espectador la friolera de las dieciocho mil pesetas, y tarde tras tarde se agolpan a las puertas del Majestic Theatre los espectadores que pugnan por conseguir las últimas entradas que preceptivamente deben salir a la venta. Si los dos musicales citados reúnen calidad suficiente como para seguir más tiempo, uno no puede comprender el éxito del musical que les aventaja y que lleva ya quince largos años en el escenario del Winter Garden Theater: Cats. Como tal, el viejo espectáculo no aporta ya novedad alguna, ni teatral, ni musical, ni coreográfica. Los insufribles ballets de los concursos de nuestras televisiones no tienen mucho que envidiar a una coreografía que a principios de los ochenta ideara Gillian Lynne’s para una música compuesta también por Lloyd Webber. Al público, sin embargo, fundamentalmente aconsejado por las agencias de viaje, no parece importarle tal circunstancia.

Estamos ante un gigante, sí, pero en algunos aspectos con los piés de barro. (Woody Allen retrata su cara oculta de forma brillante en varias de sus memorables películas y especialmente en una de las últimas: Balas sobre Broadway). Una de sus debilidades es la crítica teatral, de notable influencia en la vida de un espectáculo, a veces de importancia decisiva, en especial si se trata de la del poderoso New York Times, auténtico creador de opinión y asesor mayoritario del gusto estético de los habitantes de la ciudad. Su anterior crítico, Frank Rich, era auténticamente demoledor, tanto es así que los magnates del negocio coordinaron una eficaz presión que logró que dejara de sentarse ante su ordenador personal para ametrallarles desde él. Ahora un equipo colegiado se encarga de la tarea con más suavidad y más paños calientes. No es sólo una anécdota divertida y pintoresca el hecho de que los actores no duerman la noche del estreno esperando el contenido de las críticas, especialmente la más temida de todas. Es que a partir de ésta ya puede deducirse qué vida tendrá el espectáculo, cuantos Tonys ganará ese año, y, lo que es más importante, qué tipo de publicidad, o dicho de otra manera, cuántos miles de dólares habrá que invertir en la televisión para presentarlo ante el imaginario colectivo como un producto apetecible e incluso indispensable, contrarrestando así el torpedo emitido desde la prensa.

A veces, la industria recurre a ciertas argucias para perpetuar el interés del público. Hasta principios de Junio Julie Andrews protagonizaba con gran éxito en el teatro lo que ya había sido su gran éxito en el cine: Víctor o Victoria. Excelente puesta en escena de su marido, Blake Edwars, una escenografía preciosa de Robin Wagner, y música de Henry Mancini, que ha recibido desde hace unas semanas todo un nuevo impulso con la llegada de Raquel Welch en sustitución de la primera protagonista. El negocio no se ha resentido sino que, por el contrario, hay miles de espectadores que han visto varias veces la versión que se presenta en el Marquis Theater para establecer comparaciones entre el trabajo de una y otra.

 

Broadway: estética e ideología

Sin duda Broadway es toda una industria y como tal, en absoluto neutra. Es, por el contrario, una industria que se recrea en su estética y que destila ideología por todos sus poros.

En relación a lo primero, en sus escenarios priman, por encima de cualquier otro elemento, la espectacularidad y la eficaz utilización de la técnica, entendiendo esto no como un demérito sino como una mera constatación de estilo. Hay que añadir que la técnica se utiliza habitualmente con una sabiduría escénica fuera de toda duda y es consecuencia de una implacable y rigurosa planificación, que no excluye, sino que da por supuesto, el talento de quienes la utilizan. La mayor parte de sus salas están equipadas a la última en lo que a avances tecnológicos respecta y es posible ver en ellas cambios de decoración auténticamente impensables en la mayoría de los escenarios europeos. Es una técnica que no se oculta sino que se enorgullece de sí misma y que deja ver frecuentemente sus tripas para admiración de un público sediento mayoritariamente de este tipo de novedades y poco dispuesto a gozar de otra manera. Por eso, los cambios más inverosímiles de decoración no se hacen secretamente, más en la línea de lo que se estila por estos pagos, sino que, como tales, forman parte de la espectacularidad misma y muy pocas veces se hace una pausa o un oscuro para propiciarlos. Por el contrario, ver subir y bajar telones, girar escenarios, desaparecer masas de personajes tragados en las profundidades de las tablas, mientras emergen en escasos segundos inmensos palacios, frondosos bosques, barcos o aviones, etc, se convierte en un fin en sí mismo, algo que agota y cansa si se mira con ojos menos ingenuos. The Phantom of the Opera y Les Miserables siguen siendo también en esto los más espectaculares de los montajes, de ahí en parte la explicación de su longevidad, seguidos a cierta distancia por otros que empiezan también a estabilizarse en la cartelera. Así, por ejemplo, Miss Saigon, Beauty and Beast, Grease!, Smokey Joe’s Cafe o Rent.

Brodaway genera ideología. O lo que es lo mismo: es un espejo diáfano de la ideología dominante americana, feliz consigo misma, fundamentalmente acrítica con los valores morales dominantes. Y, en esa misma proporción, capaz de adaptar a su seno textos tan poco coincidentes con ella y tan inesperados, (aunque sea esta la segunda vez que se pone en escena) como pueda ser el mismísimo Candide que Voltaire escribiera en 1767 en forma de narración breve y que este año se presenta en el Gershwin Theater, dirigido por Harold Prince con la música que escribiera hace unas décadas Leonard Berstein, rebajados convenientemente los grados de escepticismo que el filósofo francés albergaba sobre la construcción de Europa y las posibilidades de que la bondad humana resplandecieran sobre la faz de la tierra, y convertido en poco más que un cuentecito dramático para todos los públicos, muy colorista y espectacular, dentro de unas claves de puesta en escena ingenuísta, a caballo entre el comic y la pintura naiff.

Aquí estos ejercicios de prestidigitación dramática son frecuentes si van cargados de sus convenientes vacunas contra la depresión y el pesimismo.

 

Un espacio para el rigor y la apuesta.

Pero en Broadway no todo es fruto de una sabia combinación entre pirotecnia y talento, aliados en una fórmula comercial, sino que también es fácil encontrar auténticas e indiscutibles obras maestras, excelentes ejercicios de estilo, lecturas sorprendentes de textos clásicos del teatro universal, y rigurosas puestas en escena. Aquí el buen teatro puede ser también un gran éxito y generar abundantes ganancias.

Un público más cultivado y más genuinamente neoyorkino gusta de otro tipo de relación, de corte más intelectual y más profundo, con el texto dramático, servido muchas veces con verdadero talento por directores e intérpretes asumiendo incluso cierto margen de riesgo e investigación. Cada temporada es posible ver dos o tres perlas cultivadas de estas características. Si hace un par de años Kathleen Turner nos deslumbraba (a pesar de la controversia que se desató en algunos círculos de opinión sobre su idoneidad para encarnar un personaje con el que, a juicio de muchos puristas, no parecía coincidir en la edad) interpretando el personaje de Yvonne en Indiscretions, una adaptación llena de belleza, de sutileza y de talento, de Les Parents Terribles de Cocteau, dirigida admirablemente por Sean Mathias, o el año pasado David Saint dirigía una memorable versión titulada Tartuffe, born again, a partir de la obra de Molière, convertido allí el protagonista en un astuto y carente de escrúpulos predicador televisivo, este año el montaje estrella es una nueva versión escénica del emblemático texto de Ibsen A Doll’s House (Casa de muñecas).

El Belasco Theater, uno de los más reputados de Broadway, acoge la adaptación realizada por Frank McGuinness y dirigida por Anthony Page. Una puesta en escena muy sencilla de la obra de Ibsen subraya lo que en ella existe de melodramático y tragicómico. Por eso a muchos ha sorprendido la encarnación que del personaje de Nora Helmer ha hecho la actriz Janet McTeer, que acentúa estos aspectos, para algunos críticos de manera excesiva. A pesar de estos reparos, la actriz ha conseguido el Tony al mejor personaje femenino en la sección de obras ya presentadas con anterioridad, junto con otros muchos reconocimientos y galardones. Sin duda, A Doll’s House encierra un gran interés como propuesta.

Hay otros espectáculos de interés y rebosantes de rigor y de audacia aunque, por razones de espacio, selecciono solamente dos, sin olvidar la puesta en escena que de Master Class, texto de Terrence McCnally sobre la vida de María Callas, se sigue presentando en el Golden Theatre, versión a mi juicio inferior a la que de la obra dirigió Roman Polanski en Paris y protagonizaba Fanny Ardant este pasado invierno.

El primero es la puesta en escena que ha hecho Barry Edelstein del texto de Arthur Miller All My Sons (Todos eran mis hijos), cuando se cumple el cincuenta aniversario de su estreno, que se presenta ahora en Raundabout Theatre, en pleno Times Square. A pesar de la encarnación más que discutible, llena de guiños al público, que John Cullum, un actor de amplia experiencia televisiva y cinematográfica, ha realizado del atormentado personaje protagonista, el resto del reparto está magnífico, apostando muy fuerte por la construcción sicológica de los personajes. Un sencillo decorado ideado por Narelle Sissons, a caballo entre el realismo y la evocación simbólica, facilita y propicia esta revisión actualizada de uno de los textos más emblemáticos del teatro norteamericano de todos los tiempos.

En el Music Box se presenta Barrymore, una eficaz, rigurosa y brillante dramaturgia de William Luce sobre la vida personal y profesional del mítico actor John Barrymore, nacido en 1882 y muerto en 1959, estrella indiscutible de los teatros americanos e ingleses, y del que se recuerdan con especial cariño sus creaciones de algunos personajes shakespirianos. Extraordinaria escenografía del prolífico Santo Loquasto. Magníficas también la iluminación de Natasha Katz y la dirección de Gene Saks. El trabajo de todos ellos queda realzado por la sobresaliente interpretación del genial actor Christopher Plummer, ganador indiscutible del Tony a la mejor interpretación masculina.

 

1997: todo sigue bien en Broadway.

Decíamos al principio que, en todo caso, los signos son de estabilidad y crecimiento. La ceremonia de entrega de los Tonys este año ha seguido seguida por un número masivo de espectadores televisivos, mucho más grande que en años precedentes. Las polémicas han sido menores aunque las opiniones son, como siempre, para todos los gustos.

Sin que nadie parezca muy entusiasmado ni puedan explicarse muy bien las razones, Titanic es el musical que más Tonys ha conseguido. Sorprende, por cierto, que entre ellos esté el de la mejor escenografía, concedido a Stewart Laing, puesto que en ella, precisamente, se ejemplifica muy bien esa fatua grandiosidad que hace unas líneas significaba, sin que se aporte en este terreno, ni en nigún otro, ninguna novedad especial. Chicago, A Funny thing Happend on the way to the forum (ahora con la popular Whoopi Goldberg como protagonista), Steel Pier, The last night of Ballyhoo, The Life, son algunos otros que acaban de comenzar su andadura y que han conseguido premios o nominaciones. Tal vez el mejor de todos sea la versión de Jekyll & Hyde, escrita por Leslie Bricusse, dirigida por Robin Phillips, con música de Frank Wildhorn que se presenta en el Playmouth Theatre. En él sobresale el excelente trabajo interpretativo de Robert Cuccioli, un joven actor y cantante de portentosas actitudes, pero que no ha sido ni siquiera nominado para el premio. Ya se lo darán en otra ocasión.

De momento, por tanto, no hay novedades. El gigante se despereza todos los días a las ocho de la tarde. Riadas humanas se precipitan hacia las puertas de sus teatros llegados desde todos los rincones de la ciudad más enorme del planeta y se aprestan a sacar partido de esas dos o tres horas que han comprado, con mayor o menor dificultad, para que los mejores directores, técnicos, escenógrafos, actores y músicos, nacidos en el país, o importados de cualquier parte del mundo, les hagan olvidar sus problemas cotidianos. Esa riada humana ya es un espectáculo fabuloso en sí mismo, inimaginable en otros lugares, y sólo comparable en nuestro país a las salidas o las entradas masivas de los hinchas a los campos de fútbol. Es un acontecimiento que no por repetido diariamente deja de ser un milagro del que se pueden extraer todo tipo de conclusiones diferentes.

Yo prefiero sacar la mía, seguramente impregnada de un optimismo excesivo y de cierta ingenuidad: Nueva York es uno de los lugares en el mundo en donde, para mucha gente, el teatro todavía ocupa una parte importante de sus vidas.

“Si algo define este Nueva York de finales del milenio y la diferencia de otras ciudades en el planeta, es ser, más que ninguna otra, un lugar de encuentro de culturas, de etnias, de expresiones artísticas, convenientemente mezcladas. Incluso en el interior de la urbe las fronteras se están empezando a borrar. Litle Italy no es ya el getto de emigrantes italianos que era a principios de los cincuenta, el barrio chino el de los chinos, pongamos por caso. Italianos, chinos, colombianos, puertorriqueños, indúes, hispanos, se mezclan entre sí, buscan su plena integración en unas coordenadas culturales americanas a las que se quieren adapta, incluso a costa de perder unas raíces que cada día se van diluyendo en la noche de los tiempos. América devora cada de vez con más fruición a sus hijos adoptivos y éstos cada día oponen menor resistencia. De los compartimentos estancos se ha pasado a la gran mezcla, al magma intercultural. Hay excepciones, sin duda, pero, en cualquier caso, la tendencia empieza a ser claramente esa.

En una ciudad así, cada vez más emblemática de lo que podemos imaginar como torre de babel, y cada vez más cerca de esa megalópolis que se nos mostraba en Blade Runner, tanto en su extremo de sofisticada tecnología y confort al alcance de unos pocos y de degradación de las condiciones de vida de unos muchos, el teatro sigue siendo un lugar privilegiado de encuentro, una expresión veraz de las contradicciones y particularidades de esta ciudad que fundaran los emigrantes holandeses en… Lo cual no es ninguna novedad. El teatro hispano fue la bandera de expresión de una comunidad sojuzgada, enorme en importancia cuantitativa y cualitativamente hablada, pero relegada a la condición de secundaria; el teatro de guerrilla nació al calor del impulso de Julien Beck y Judith Malina, y tantos otros, en aquellos años sesenta en los que la bandera contra la guerra del Vietnam y a favor del pacificismo se enarbolaba con auténtica pasión; en donde también nació lo que hoy conocemos como teatro de calle, y el Bread and Puppet nos maravillaba con su capacidad de convertir las aceras y las calzadas en inesperados y sorprendentes escenarios teatrales. Y muchos más ejemplos.

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