París en Otoño: una oferta teatral abrumadora

 

Escultura de Molière en una de las puertas de la Comedie Française.

Escultura de Molière en una de las puertas de la Comedie Française.

Publicado en “Primer Acto”, Nº 266 (Noviembre-Diciembre 1996)

 

París sigue siendo esa gran ciudad en donde el teatro no es una anécdota, ni un lujo ornamental para turistas, sino un espacio privilegiado de encuentro entre personas, ideas, sensibilidades y opciones estéticas.

Ver las salas a rebosar siempre ha sido algo gozoso. Y todavía más, verlas llenas de un público culto e inteligente, que sigue siendo fiel al teatro, a pesar de que las otras artes del espectáculo, junto con un sin fin de manifestaciones culturales y artísticas, se encuentran también en un momento espléndido y desparraman generosamente su oferta por toda la ciudad.

Alguien que no conozca bien la realidad escénica parisina podría sorprenderse extraordinariamente viendo que no sólo los teatros oficiales están llenos casi siempre (Odéon, Comedie Française, Chaillot, etc) sino que también lo están habitualmente los comprometidos con una línea política y estética, los que ofrecen una programación claramente comercial, los situados en la periferia, etc. Y, porqué no decirlo, el también emblemático y mínimo Teatro de La Huchette, en el corazón del barrio latino, en donde las huestes de Ionesco (que los vigila sonriente desde su tumba del cementerio de Montparnasse, al lado de la de Beckett y muy cerca de la de Baudelaire) noche tras noche desde hace más de cuatro décadas representan La Cantatrice chauve, instantes antes de que Yvette Calvas, una de las actrices más convincentes que hayan visto mis ojos sobre un escenario, se deje asesinar por su empecinado profesor en La leçon, siguiendo, eso sí, las instrucciones escénicas que Nicolas Bataille diera a comienzos de los años cincuenta.

La oferta global parisina suma esta primavera más de doscientos títulos. Es decir, hay doscientas posibilidades  para saciar la sed escénica y contar, de entrada, con suficientes garantías para no salir defraudado, sea lo que sea lo que se está buscando.

 

La oferta clásica.

Los interesados por los textos clásicos están especialmente de enhorabuena. Molière, Shakespeare, Racine, Goldoni, Marivaux, etc, están siendo ampliamente representados, llevados al escenario por los directores más cualificados de la escena francesa e internacional.

Por ejemplo, Georges Lavaudant ha presentado en el Odéon, del que a partir de este momento dirigirá sus destinos, sustituyendo a Lluis Pasqual, su controvertida versión de Le roi Lear, texto muy querido para él y que le ha tentado ya en anteriores ocasiones. El resultado es discutible, con una escena inicial de una brillantez extraordinaria, pero que va perdiendo fuerza, ritmo e interés conforme van pasando las horas de representación. Lavaudant sigue fiel a sus pautas escénicas, continua utilizando de una manera sui géneris los elementos musicales, los efectos luminosos, y sigue consiguiendo mezclas dramatúrgicas muy personales, que unas veces convencen más que otras. Su innegable talento a veces aplasta el de los actores y eso es tal vez lo que ocurre en esta ocasión, en donde hasta Philippe Morier-Genoud, el actor con el que ha trabajado en sus etapas anteriores en Grenoble y en Villeurbanne, termina difuminado, entre truenos y relámpagos y cambios de decorado, en su papel de Lear.

Otras ofertas clásicas de interés son Le misanthrope, de Molière, con puesta en escena de Simon Eine y una interpretación colosal de Thibault de Montalembert en el papel de Alceste, y Léo Burckart, de Gerard de Nerval, con puesta en escena de Jean Pierre Vincent y la reaparición de  Thierry Hancisse, ese joven monstruo escénico (que ya deslumbrara a José Luis Gómez cuando le dirigió hace unos años en La vida es sueño), ambas en La Comedie Fraçaise; Mithridate, de Racine, dirigida por el incombustible Daniel Mesguich, en la pequeña sala del Vieux Colombier; Les femmes savantes, de Molière, con direccion discutible y a veces poco afortunada de las novatas Isabelle Moreau y Gloria Paris, en Chaudron (Cartoucherie); Peines d’amour perdues, de Shakespeare, por el Théatre du Compagnol y dirigido con la inteligencia y la desvergüenza habituales de uno de los hijos pródigos del Soleil: Jean Claude Penchenat; Tout est bien qui finit bien, de Shakespeare, con cuidada dirección de Jean Pierre Vincent; Arlequin, serviteur de deux ames, de Goldoni, con versión y una puesta en escena valiente, imaginativa y contemporánea de Serge Lipszyc, en Ranelagh; L’Ile des esclaves, de Marivaux, puesta en escena de Sissia Buggy, en Espace Marais.

Una veintena más de títulos completarían esta posibilidad de acercarse al teatro parisino de la mano de los clásicos.

 

Las nuevas opciones.

A caballo entre lo que llamaremos nuevas opciones y el apartado anterior nos encontramos con Elseneur, un sorprendente espectáculo llevado a cabo por el actor canadiense Robert Lepage que se presenta estos días en Créteil. Justo en el momento en que Brook y su compañía acaban de terminar sus representaciones de Qui est là, un riguroso trabajo de síntesis dramatúrgica a partir de Hamlet y que no ha entusiasmado en la medida de otros trabajos anteriores del director inglés, Lepage realiza un “tour de force” interpretativo encarnando él sólo los principales personajes de la obra de Shakespeare. El resultado es impactante, no sólo por el ingenioso y eficaz uso de proyecciones y diversos efectos, sino por las propias excelencias actorales de su único intérprete.

Por lo demás Bernard Marie Koltès sigue siendo uno de los autores que más interesan a los nuevos directores. Acaban de verse dos versiones excelentes de dos de sus textos más conocidos: Dans la solitude des champs de coton, con dirección nuevamente de Patrice Cherau e interpretación de éste y de Pascal Greggory, que hace poco pudo verse en España, y Roberto Zucco. Se anuncian otras y se mantiene en escena una de sus primeros textos: La nuit juste avant les forets, dirigido por Cristophe Gervot e interpretado por un excelente actor: Airy Routier.

Especial interés tiene también Imprecatións IV, que se representa en el Théatre de la Bastille. Michel Deutsch firma la puesta en escena de su propio texto. Se trata de una desencantada reflexión sobre el horizonte de Europa, o sobre esa “Europa de los mercaderes” de la que alguien hablaba no hace mucho. Lo original es que esta reflexión se produce a través de la mente enloquecida de un ciudadano llamado no por casualidad Lear y en una entrevista que realiza una joven y minifaldera periodista. Ambos terminan inmersos, como cantantes y  protagonistas, en un esperpéntico concierto de rock… Un espectáculo sorprendente, construido a partir de unas imágenes sencillas y precisas, de una gran belleza expresiva, y, sobre todo, de un excelente trabajo interpretativo de André Wilms.

A pocos metros del Thèatre du Soleil, en la Cartoucherie, Antonio Díaz Florian sigue apostando en L”Epée du Bois porque lo español y los textos españoles sean conocidos: lo consigue pues las colas son frecuentes a las puertas de su teatro. Ahora mismo alterna una versión de Le retable d’El Dorado, de José Sanchis Sinisterra, cuyo prestigio es cada día más sólido en toda Europa, con La controverse de Valladolid, de Jean Claude Carrière, guionista habitual de Peter Brook y autor real de las memorias de nuestro Luis Buñuel.

Vaclav Havel tiene desde hace años una presencia peremanente en los escenarios parisinos. Dos de sus textos más hermosos, Les letres a Olga y Petition, comparten con un enorme éxito la sala teatral de Neully-Sur-Seine, llevados a escena por Robert Bensimon, en mi opinión, un director de gran talento que ha vertido sobre el escenario con una hermosa sencillez toda la ternura y la precisión poética de ambas.

Hablábamos antes de Ionesco. Beckett también es recordado ahora mismo: en la pequeña salita Molière–Maison de la Poésie, hasta hace muy poco pequeño tallercito artesanal de Paco Ibáñez a muy pocos metros del Centro Pompidou, se presenta la puesta en escena que el propio autor hizo de su obra La Derniere bande, interpretada por Pierre Chabert. Comparte los días con una prodigiosa lectura escénica, realizada por Marc Zammit, de Les chants de Maldoror.

Otras ofertas renovadoras lo son sobre todo por el concepto de puesta en escena que han dibujado sus directores, utilizando en ocasiones textos de una gran calidad, más o menos conocidos por el gran público. Así, por ejemplo, nos encontramos con la puesta en escena de Mathias Langoff de La danse de la mort, de Strindberg (Comedie); L’Homme difficile, de Hugo von Hofmannsthal, dirigido por Jacques Lasalle (La Colline); Napoleon ou les cents jours, de Vristian Dietrich Grabbe, dirigida por Bernard Sobel (Gennevilliers); Woyzeck, de Büchner, con dirección de Gilles Bouillon (Artistic Athevains); Trois femmes grandes, de Albee, con dirección de Jorge Lavelli (L’Atelier); Camus… Sartre… et “les autres”, texto y dirección de Jean François Prévand (Oeuvre); Le Cercle de craie Caucasien, de Brecht, con dirección de Yvan Garouel (Lucernaire); La Visite de la vieille dame, de Friedrich Dürrenmatt, dirección Régis Santon, con una interpretación excelente de  Line Renaud (Palais Royal)…

Nunca un etcétera se me antoja tan injusto como en esta ocasión…

 

La “sorpresa” del Théatre du Soleil.

Sin duda una de las mejores alegrías las recibe el espectador en el tantas veces admirable teatro de la Cartoucheríe de Vincennes. Entendámonos. ¿A estas alturas de su trayectoria, la tropa de Ariane debe demostrar algo todavía? Es evidente que no, y que sus trabajos pertenecen ya a lo mejor de la tradición contemporánea de la puesta en escena, constituyendo esta compañía uno de los ejemplos más sólidos de coherencia ideológica y estética. Nadie puede dudarlo, pero también es obvio que los últimos espectáculos, y más en concreto, las dos partes de La ville parjure, no habían sido pasos adelante dentro de esa trayectoria admirable. Parecían, más bien, la consecuencia de un cierto cansancio, de una cierta fatiga.

Le Tartuffe es, en mi opinión, un reencuentro nuevamente con lo mejor y más fresco del Soleil con ese espíritu, esa indefinible capacidad de seducción que sus actores ejercen sobre el espectador, esa peculiar forma de contar escénicamente historias, a partir de un lenguaje enormemente depurado, original, resultado de trabajos anteriores. Como en los buenos tiempos, hay un trabajo actoral irreprochable. Ya no están Jean Claude Penchenat, ni Philipe Caubere, ni Georges Bigot…, actores que fueron emblemas de la casa y que decidieron en su día tomar otros rumbos, con los inevitables malos entendidos, los inevitables desgarros. Pero ahora hay, ¡otra vez!, jóvenes actores, de una calidad técnica espléndida, todavía desconocidos por el gran público. Y entre ellos, dos que están llamados a ser nombres propios del Soleil: Brontis Jodorowsky (Orgon) y Shahrokh Messhkin Ghalam (Tartuffe).

En cuanto a la versión escénica habría que destacar la sutileza de Ariane Mnouchkine para desplazar la fábula contra “los devotos”, que en su día tantos problemas le iban a traer al propio Molière, hacia los integristas e intolerantes religiosos actuales, desdichados protagonistas de infinidad de titulares de la prensa de todo el mundo. No es anecdótico resaltar que, como consecuencia de ese desplazamiento, por primera vez, en esta isla de la tolerancia y del humanismo progresista que ha sido siempre el Théatre du Soleil, los actores se vean obligados a registrar a la puerta carteras y bolsos, por temor a las reacciones de estos “devotos” contemporáneos, que han conseguido, además de sembrar el pánico y la desolación, que las papeleras de los sectores céntricos de París se encuentren taponadas para evitar posibles nuevos atentados terroristas.

 

La posibilidad de divertirse.

La oferta de la diversión escénica no es menos suculenta. La comedia, el vaudeville, el teatro musical, etc, tienen más de un centenar de exponentes, aunque no todo lo que se presenta posee, lógicamente, la misma calidad. Con todo, es necesario reconocer que desde la oferta privada se presentan excelentes espectáculos y que, en París, lo comercial no es sinónimo de falta de rigor o cicatería de medios. Nunca lo ha sido, por otra parte. Los empresarios han superado viejas diferencias y han dado una batida importante de imagen pública a sus productos, han editado una excelente guía de salas privadas, en donde recogen las características técnicas de las mismas, su historia y su ubicación, acompañándola de importantes reducciones en el precio de las localidades para los espectadores que poseen el “carnet de la fidelidad al teatro privado”. El éxito de su empeño ha sido formidable y, sin duda, un ejemplo a seguir por otras latitudes.

Abundan las versiones de obras de Feydeau (varias de Feu la mere de madame, por ejemplo), y de Labiche. Pero tal vez haya tres magníficos ejemplos no sólo de la dignidad sino también de la versatilidad de este género. El primero es Lapin, lapín, de Coline Serrau, que, dirigida por Benno Besson, se representa desde hace tiempo con un éxito inmenso de público en el Teatro de la Porte Saint-Martín. El segundo es Cinema parlant, de Julien Vertet y dirección de Daniel Colas, nada menos que en el teatro de Les Mathurins, donde Camus leería a sus actores Calígula y en donde nuestra María Casares debutó como actriz ante el público francés. El tercero lo es por dos motivos: por su apreciable factura y porque se trata de una ácida crítica política, desde una perspectiva progresista, y no por ello menos comercial y desternillante. El título lo dice todo: Hirochirac mon amour…  Puede verse en el Theatre des 2 anes.

Ni que decir tiene que los míticos teatros de revista, varietés y espectáculos musicales siguen poniendo día tras día el cartel de no hay entradas, complaciendo la curiosidad del turista que se deja caer indefectiblemente por Pigalle, Champs-Elysées, etc. Tal vez más de uno descubra una joyita: A drum is a woman, un espectáculo  de jazz, presentado por Manu Dibango y que ha dirigido el mejor Jérome Savary con el cariño que pone cuando le gustan las cosas que hace. Este no hay duda que le ha gustado y las notas de Duke Ellington resuenan rejuvenecidas en el Teatro de Chaillot. Se oyen casi desde la mismísima Tour Eiffel y se desparraman como los rayos del sol que alegran estos días las calles de Paris.

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