Aparece el teatro (2)

El dramaturgo franquista José María Pemán

La primera vez que pisé el Teatro Principal de Zaragoza fue el 26 de Enero de 1969 para ver “La hora de la fantasía”, de Ana Bonnaci. No recuerdo absolutamente nada de la interpretación, ni del texto, ni de la puesta en escena. Pero me debió gustar porque así consta en las algunas notas manuscritas y porque a partir de ese día fui al teatro en numerosas ocasiones. Casi siempre pedía a la taquillera una butaca de la primera fila, concretamente la primera de los números pares, justo al lado del pasillo, y ella solía dármelas con una sonrisa de complicidad. Como trataba de no perderme las funciones de estreno, solía coincidir con el crítico de Heraldo de Aragón, el periódico por antonomasia de la región aragonesa, Don Pablo Cistué de Castro, que se sentaba justo en las primeras butacas del lado impar. Jamás intercambié ninguna palabra con aquel venerable anciano, pero llegamos a tener una buena relación de vecindad, un poco decimonónica, puesto nos saludábamos respetuosamente con una ligera inclinación de la cabeza. Entendí también que ir al Teatro Principal era, además, un acto social que tenía también sus requisitos.

Hacerlo se convirtió para mí en una costumbre y en un rito. Recuerdo que solía acudir con traje y corbata, imitando también en esto a mi referente intelectual, Pedrito R., que iba vestido así hasta para hacer gimnasia. En el ambigú me solía comprar un paquete de chocolatinas redondas de la marca Nestlé y logré una práctica envidiable cuando durante la función había que quitarles el papel de plata que envolvía cada porción con una destreza increíble, impidiendo así que esta operación provocara cualquier ruidito que hubiera molestado a las personas que ocupaban las butacas cercanas.

Durante aquellos años me tragué de todo. Obras buenas y malas, bien hechas y mal hechas, vi actuar a las compañías y a los actores más importantes del país, pero también a las de relleno y a los actores más histriónicos e insoportables. Reconozco que ver todo eso me formó enormemente como espectador, proporcionándome un criterio cada vez más maduro para valorar el hecho teatral y para conocer muy de cerca, desde la primera fila, cómo trabajaban casi todos los actores españoles. Empecé a amar esta maravillosa profesión y a degustar los textos de algunos autores, como Valle Inclán, Jean Paul Sartre, Harold Pinter o Albert Camús, que todavía hoy me siguen interesando profundamente. La cercanía con el escenario me proporcionaba también una perspectiva muy cercana sobre la puesta en escena, es decir, de las entretelas del asunto, que fue desde el primer momento lo que más me interesó.

Por eso -no recuerdo cuál sería el mecanismo de acercamiento-, solicité mi entrada en un grupo de aficionados que ensayaba en el local de una asociación cultural llamada ANADE y que tenía su sede en una calle del centro de la ciudad. Esta asociación estaba dirigida por un joven rubio y espigado llamado Miguel A. A. que era sobrino nada menos que del fundador del Opus Dei, José María Escrivá de Balaguer, y que seguía más o menos sus consignas espirituales, aunque parecía bastante amable y tolerante y nunca le oí hablar de esta relación familiar. Allí conocí también a un tal Enrique O. que, a la postre, iba a ser mi primer director de escena.

Creo que al principio me asignaron un papel irrelevante en una obra corta titulada “Clemente el Bonito”, cuyo autor era Pedro Pérez Fernández, un libretista de zarzuela y escritor de sainetes cortos de dudosa gracia, que no pasará precisamente a los anales del arte escénico. Pero por no sé exactamente qué circunstancias al poco tiempo me vi yo haciendo el personaje de Clemente, o sea el protagonista. Es decir, nada más llegar, me confiaron la principal responsabilidad.

A los ensayos, de los que he olvidado todo, sucedió la única representación que debió hacerse un domingo por la tarde ante el resto de los miembros de la asociación, amigos y familiares de los actores. El decorado, que era una especie de libro abierto y estaba situado detrás de nosotros, se cayó en mitad de la obra, semiaplastándonos a los esforzados intérpretes. Este accidente escénico y una vaga sensación de calor sofocante, puesto que la obra se hacía en una sala abarrotada de reducidas dimensiones, ya que la asociación carecía de Salón de Actos, son mis únicos y nebulosos recuerdos, porque la sensación de interpretar un personaje, los nervios anteriores, los comentarios del público o mi propia valoración posterior se han borrado casi por completo de mi memoria. De lo que sí estoy seguro es de que aquella experiencia supuso un acicate para seguir haciendo teatro y seguir asistiendo a las representaciones del Teatro Principal.

(Fue publicado en Roberto Zucco el 7 de Febrero de 2006)

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