Aparece el teatro (1)

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En Octubre de 1969 se celebraron los Juegos Olímpicos de México, fueron detenidos John Lennon y Joko Ono por posesión de marihuana, Jacqueline Kennedy, la viuda del Presidente de los EEUU asesinado en Dallas, se casó con el millonario griego Aristóteles Onassis. En España el estado de excepción se mantenía en Guipuzcoa tras el atentado que ETA había perpetrado contra el policía Melitón Manzanas en pleno verano, como paso previo para extenderlo a todo el territorio nacional a comienzos de 1970.

En ese otoño comencé Sexto de Bachillerato, teniendo pendiente todavía una asignatura del año anterior: nada menos y nada más que Formación del Espíritu Nacional, la popular “FEN”, en donde un pintoresco personaje llamado Angel de Lorenzo del Río, que esgrimía de vez en cuando sus múltiples carnets de falangista y no cesaba de contar paparruchas, intentaba explicarnos sin demasiado éxito las virtudes del régimen de Franco. Estábamos a las puertas de que el Consejo Nacional del Movimiento aprobara la legalización de las llamadas “asociaciones políticas”. Es decir, seguían prohibidos los partidos políticos, pero se permitía la creación de otras cosas, menos peligrosas y más descafeinadas, como prueba de lo que algunos llamaban “apertura”.

Ese mes también se estrenó en España uno de los espectáculos teatrales más importantes del final de los sesenta: la versión que dirigió el polémico Adolfo Marsillach de “Marat-Sade”, del autor alemán Peter Weis, y que el director británico Peter Brook había estrenado cinco años antes. Los que tuvieron ocasión de verlo siempre lo recuerdan como una de las páginas más importantes de sus vidas como espectadores, y en él Marsillach dio una nueva prueba de su capacidad para sorprender y su interés por trasladar a nuestro país los éxitos más importantes del panorama internacional.

En mí, desde hacía tiempo, había ido creciendo un interés y una curiosidad por el teatro, nacida en parte por la envidia que siempre me habían producido mis compañeros de Jesuitas, cuando interpretaban “El Divino Impaciente”, escrita por el dramaturgo gaditano José María Pemán en 1933 y estrenada en el teatro Beatriz, de Madrid, en donde se contaban los episodios más significativos de la vida del fundador de la compañía, San Ignacio de Loyola con un tufillo antirrepublicano y reaccionario inconfundibles. Recuerdo perfectamente a mi compañero Pedrito R. con una calva postiza increíble recitando el texto de San Francisco Javier, o a Gerardo Z. encarnando el personaje del Santo fundador, ayudados por algunas chicas del colegio cercano. La presencia turbadora de estas jóvenes actrices le confería al asunto un interés mayor, si cabe.

Siempre digo que esta envidia malsana y los juegos infantiles que mi abuela Carmen y yo desarrollábamos en la casa de la calle San Miguel, supusieron en la práctica el germen de mi posterior vocación profesional. Estoy convencido de ello, y, salvando las distancias, me alegré saber después que a Louis Jouvet, toda una institución en el teatro francés, le pasó algo parecido, según cuenta en su libro “Testimonios sobre el teatro”. El teatro se presentaba también para mí como una intuición, como algo poderosamente atrayente y misterioso, como una práctica artística que encerraba aspectos diversos que me parecían muy sugerentes y cautivadores. El hecho de que participaran chicas ya lo hacía irresistible.

Lo cierto es que, casi paralelamente, comencé a hacer teatro de aficionados y me convertí en un espectador asiduo de las funciones que se presentaban en el Teatro Principal. En poco tiempo vi mucho teatro y me convertí en actor, primero, y director de escena, poco tiempo después.

(Publicado en Roberto Zucco el 5 de Febrero de 2006)

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