Aparece el teatro (y 4)

Así, pues, me quedé un poco solo, y, sin embargo, recuerdo esta época como una de las más intensas de mi vida: hice teatro, escribí, leí, y tuve alguna que otra experiencia sentimental.



Ramón del Valle Inclán

En el mes de Abril, todavía en el colegio, había organizado ya la revista “Mola 1-3”, que pretendía ser un punto de colaboración entre los alumnos y alumnas de los colegios de Jesuitas y del Sagrado Corazón, separados en realidad por una calle. Salieron dos números tan sólo, pero la experiencia tuvo bastante eco en ambos colegios y los artículos que fueron publicados creo que expresaban bastante nítidamente el nivel intelectual y la opinión de los chicos y las chicas de nuestra edad sobre los temas que nos interesaban. Siempre pensé que esta revista podía y debía ser la alternativa a la que se editaba desde el propio Colegio en la que se daba una imagen paternalista y manipulada de esos mismos problemas, aunque yo, en algún momento, también colaboré en ella.

Paralelamente, me convertí en el coordinador de las actividades de un grupo de teatro que formamos y que se llamó “Medina-Al-Baida” (La ciudad blanca), nombre que nos había sugerido Angel C., catedrático de Historia de la Universidad y padre de Javier, unos de mis compañeros y amigos por aquel entonces. Con este grupo aficionado nos presentamos en Marzo de 1971 a un certamen que organizaba Delegación Provincial de la Juventud, un organismo de corte fascista. Representamos “Los árboles mueren de pie”, de Alejandro Casona, con la eficaz dirección de Pedrito, que también sabía de estos temas artísticos o que al menos parecía saber, y obtuvimos el segundo premio. Yo interpreté, creo que con una cierta corrección, el personaje del Señor Balboa. De los principales personajes se hicieron cargo Gerardo Z. y Cristina N. , guapos, glamourosos y buenas personas, que poco tiempo más tarde iniciaron una relación sentimental que a todos nos tenía bastante fascinados.

Aquella experiencia fue muy gratificante. Perder fue triste, pero yo personalmente me llevé una gran sorpresa cuando comprobamos la gran calidad de la puesta en escena de la obra ganadora, “Farsa y licencia de la reina castiza”, de Valle Inclán, que había hecho Danilo Nieto de Losada, quien años más tarde dejó el teatro para ejercer la Medicina y se convertiría en un excelente amigo. A pesar de su modestia de medios, y de la distorsión que la memoria juega a favor de las cosas buenas convirtiéndolas en mejores, quiero creer que aquella representación de los ganadores, que se llamaban “Tántalo” y que ya arrastraban una cierta experiencia, fue para mí una excelente lección de pulcritud y acabado escénico que siempre he mantenido como un referente en el recuerdo.

Pero, además de actor, yo había tomado la decisión de dirigir. Lo hice por primera vez poniendo en escena nada menos “Todos eran mis hijos”, de Arthur Miller, una de las obras claves de la dramaturgia norteamericana, en donde se buceaba sobre algunos aspectos de la mala conciencia social de aquel país. Un texto difícil y hermoso que ahora se me antoja como absolutamente inalcanzable para nuestras propias capacidades artísticas. El resultado no fue del todo malo, y siempre he tenido la extraña sensación de haber hecho algo por lo menos aceptable sin tener los conocimientos ni la técnica adecuados para hacerlo. Es decir, que debí saber sacar, y poner al servicio de un proyecto teatral, un caudal de cierta capacidad creativa que tenía en la intuición su principal fuente e inspiración. Este extraño y sorprendente autodidactismo creo que me ha seguido acompañando, de una u otra manera y con desigual fortuna, el resto de mi vida profesional.

Para ensayar estos espectáculos y una puesta en escena de “Madrugada”, de Buero Vallejo, utilizábamos el pequeño teatro del Colegio del Sagrado Corazón. En realidad era un teatro a la italiana en miniatura, pero bastante bien dotado para ser un simple salón de actos. Siempre me acordaré de su pequeño telar y de sus rudimentarios focos, pero, al mismo tiempo, muchas veces a lo largo de mi vida profesional he echado de menos un espacio así, tan recoleto y acogedor, para ensayar.

(Fue publicado en Roberto Zucco el día 11 de Febrero de 2006)

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