Folleto de presentación

 

 Escribí este texto para el folleto con el que se presentaron en público los proyectos y los objetivos del CDA.

 

Este diseño de Centro Dramático no es el mejor, ni el peor: es el nuestro, el que ha surgido de nuestra peripecia histórica y de nuestra circunstancia. Nos parece que hubiera sido un imperdonable error olvidar totalmente el pasado reciente, las personas que lo han protagonizado, los fenómenos sociales que hemos vivido y que seguimos viviendo y entregarnos fácilmente a recetas ajenas que con toda seguridad producirían rechazo en nuestra comunidad”.

Vicenç Punçola, Representante del Centre Dramatic de la Generalitat de Catalunya.

(Conferencia de Teatros Públicos. Zaragoza, 7 de Mayo de 1985)

 En Aragón se ha ido fraguando a lo largo de los últimos años un movimiento teatral de una importancia creciente. El hecho de que durante el verano de 1997 tres compañías aragonesas compartieran cartelera en Buenos Aires –El Teatro del Temple, El Silbo Vulnerado y Noba Producciones-, es algo más que una coincidencia, y el de que la inmensa mayoría de sus componentes y responsables –actores, técnicos, gerentes y directores-, hubieran aprendido su oficio y lo desarrollaran normalmente en nuestra tierra, supone la constatación de esa realidad. En suma, de un resultado.

 El resultado, por una parte, de una tenaz perseverancia por parte de todos ellos, que han mantenido una senda iniciada por el Teatro de Cámara, primero, y el Teatro de la Ribera después, como primer núcleo de creación escénica con voluntad inequívoca de profesionalismo.

Pero por otra parte, el resultado también de la aplicación por parte de las instituciones públicas unas medidas de protección e impulso del hecho teatral que tienen su expresión en la creación y afianzamiento de los circuitos regionales de exhibición, la creación de festivales y ferias, la concesión de subvenciones a empresas teatrales, etc.

En esta situación todos corríamos el peligro del anquilosamiento, o lo que es lo mismo, de haber llegado al final de un perfil de producción y organización teatral y contentarnos con él para el resto de nuestros días, conformándonos con los, sin duda, estimables resultados obtenidos, pero renunciando a mirar más lejos y a ponernos por delante otro tipo de metas.

Pero los que hacemos teatro desde hace muchos años sabemos muy bien que pocas actividades humanas son tan evolutivas y cambiantes como la que nos ocupa. Que en el teatro, lo que no avanza, retrocede a la larga. Que una compañía que no investiga, languidece. Que un actor que no favorece su formación, precipita su “deformación”. Que un panorama que se complace en sus propios límites, está condenado irremisiblemente a achicarlos.

Por eso, el hecho de que, en una actitud de coraje político y de visión de futuro sin precedentes, la Consejería de Cultura y Turismo del Gobierno de Aragón decidiera hace unos años el estudio de la viabilidad y la posterior creación de un teatro público para nuestra región, supone objetivamente el paso cualitativo más importante de toda la historia de nuestro movimiento escénico.

 

1. Estudiar otros modelos para construir el nuestro.

Cuando en Febrero de 2000 recibí el encargo de realizar un Proyecto de creación de un Centro Dramático para Aragón comencé a investigar sobre la trayectoria de los centros que existían o habían existido en España desde comienzos de los ochenta. Como es lógico, pretendía conocer lo mucho que de bueno habían realizado en sus respectivos territorios, pero especialmente quise saber los errores cometidos, las dificultades sorteadas en el empeño.

En este propósito, no haría falta decirlo, no me guiaba ningún tipo de mala intención, sino más bien la convicción de que de algunos fracasos se aprende más que de ciertos supuestos éxitos. Al fin y al cabo, en Aragón nos habíamos quedado sin un centro dramático allá por 1985, como consecuencia de una serie de errores encadenados y de actitudes discutibles y miopes por parte de casi todos los que de un modo u otro tuvimos una vinculación con su propio nacimiento.

Para realizar dicho informe hablé con los que en ese momento eran sus responsables, con la mayoría de los que lo habían sido al comienzo de su andadura, y -lo confieso públicamente ahora-, también mantuve conversaciones con profesionales que a lo largo de esos años, y en diferentes periodos, no se habían distinguido precisamente por sus buenas relaciones con los mismos o, incluso, habían discrepado abiertamente con la línea elegida para desarrollar su estrategia de acción cultural. De estos últimos quería conocer precisamente su visión crítica, el origen y el desarrollo de sus desencuentros.

Ni que decir tiene que a todos ellos les estoy profundamente agradecido, porque de la visión de conjunto que me brindaron, extraje una serie de enseñanzas y concreciones que posteriormente sirvieron de base sólida para la confección del encargo institucional que yo había recibido unos meses antes.

 

2. Integrar a los profesionales.

Conocida y valorada la trayectoria de todos los centros dramáticos españoles, introduje en el citado Proyecto seis reflexiones a modo de conclusión o diagnóstico a tener en cuenta para construir el nuestro. De entre ellas había una que me sigue pareciendo importante recordar ahora, cuando llevamos tan apenas dos meses de intenso trabajo en el que se ha creado el equipo humano del Centro Dramático de Aragón, hemos puesto en marcha las dos primeras producciones y muchos otros proyectos de diversa índole. El epígrafe decía lo siguiente: “La integración de los profesionales de la zona en la gestión de cada uno de los centros, supuso una condición imprescindible para conseguir la estabilización del mismo”.

Y ya en la exposición decía:

Con algunas reservas y matices, podemos asegurar que sólo los centros dramáticos que nacieron al calor de un debate inicial serio con los profesionales de la zona, y se desarrollaron integrándolos de una manera especialmente activa a éstos, han terminado asentándose en la práctica.

Esto ha exigido dos tipos de esfuerzos. Por un lado, el de la propia institución al considerar que sus profesionales son los que son, no los que les gustaría que fueran, venciendo la tentación de la importación de unos “talentos” que en muchas ocasiones sólo lo son por la originalidad de vivir fuera, de haberse marchado a tiempo, o de salir mucho en la televisión nacional. Lo cual no contradice el criterio, que también debe asumir, de poner al servicio  de estos profesionales, y del teatro en su conjunto, los medios técnicos, económicos y humanos adecuados, para hacer que el nivel del conjunto mejore y que los profesionales desarrollen en mejores condiciones su oficio.

El segundo esfuerzo compete a los propios profesionales. Sólo se han asentado los centros dramáticos implantados en los lugares en donde los profesionales han comprendido que el teatro en su región es algo más que su propia compañía o su propia trayectoria individual, y que un Centro Dramático puede ser el ámbito que posibilite adecuadamente su propio reciclaje, el mejoramiento del nivel artístico y de producción del sector, y, por tanto, el de cada uno de ellos.

En resumen, los requisitos para cocinar un buen guiso eran: generosidad por parte institucional y amplitud de miras por parte de los profesionales, o lo que es lo mismo, confianza mutua, en dosis equilibradas.

 

3. Ambos esfuerzos se han dado en Aragón.

A través de sucesivas reuniones entre los responsables institucionales, con el Consejero de Cultura y Turismo a la cabeza, en el interior de la Mesa del Teatro auspiciada por el Director General de Acción Cultural, y en otros ámbitos, se ha explicado y debatido de manera exhaustiva qué es, para qué sirve y cuáles van a ser los objetivos que el Centro Dramático de Aragón persigue.

No cabe duda que este debate también ha habido tensiones, similares por otra parte a las registradas al comienzo del funcionamiento de los demás centros, pero la dialéctica de la propia situación ha impuesto finalmente su criterio, basado en la sensatez y en el análisis compartido del fenómeno de la necesidad de crear un teatro público en Aragón. Se ha producido, en mi opinión, ahora en nuestra tierra lo que la revista teatral “El Público” calificara en 1985 como “pacto entre el poder y los creadores”.

Es evidente que no debemos quedarnos estancados. Los pactos, como las declaraciones de amor, hay que desarrollarlos y cultivarlos con cierta frecuencia para que no decaigan y se marchiten con el transcurso del tiempo.

Por otra parte, las cifras están ahí. En estos momentos hay trece actores aragoneses integrando ya los repartos de los dos primeros espectáculos –“Ricardo III”, de Shakespeare, y “La Agonía de Proserpina”, de Javier Tomeo-, y decenas de profesionales formados en la tierra colaboran en sus respectivas producciones. De ese número total de personas, un buen porcentaje residía y trabajaba en Madrid o Barcelona de manera habitual, con lo que el objetivo complementario de frenar o paliar la emigración parece que está en una buena dirección.

Completar los repartos, a través de sus correspondientes audiciones públicas, realizadas con la más absoluta de las transparencias, y en donde se ha dejado, como no podía ser de otra manera, la capacidad de decidir a los directores con absoluta libertad, ha sido una magnífica tarea que ha revelado el excelente nivel de nuestros actores y actrices, pero que ha creado indirectamente situaciones inesperadas e incluso molestas para algunas compañías que han tenido que acomodarse a la nueva realidad y buscar soluciones. Pero otros proyectos, como la puesta en marcha de las coproducciones, los cursos y encuentros para profesionales -como el recientemente impartido por el actor italiano Franco de Francescantonio-, las publicaciones, el encuentro entre autores teatrales aragoneses y andaluces, organizado en colaboración con el Centro Andaluz de Teatro (CAT), los “Encuentros sobre Teatro Público en España”, etc., pretenden también reforzar, sin duda, las relaciones, servir de instrumento de aprendizaje, y paliar en cierto modo las molestias ocasionadas.

Esta concertación de esfuerzos debe constituir la base energética que propicie el objetivo general más importante que nos proponemos: elevar el nivel del teatro profesional aragonés en su conjunto, contribuir a asentarlo empresarialmente y a darle una proyección nacional e internacional, propiciando para ello los intercambios con otros centros dramáticos similares e integrándonos cuanto antes en redes y circuitos nacionales e internacionales de teatros públicos.

La creación de un archivo documental, a través de los mecanismos que las actuales tecnologías nos aportan, debe ser lógicamente el propósito que complemente y ubique históricamente los esfuerzos anteriores. Sólo de esta manera cumplimos con un planteamiento global de la actividad escénica que Jean Vilar definía hace años como  “servicio público” y que se desarrolla como es bien sabido en tres dimensiones complementarias: la producción, la exhibición y la documentación.

 

         4. El público.

 

 Criado.-        El público.

Director.-      Que pase.”

 

                  (“El Público”, Federico García Lorca, 1933)

 

Como es lógico pensar, el público aragonés debe ser el principal beneficiario de toda esta vasta operación cultural.

Tenemos que ser inteligentes y audaces y diseñar campañas de captación y formación, tanto en ámbitos rurales como en urbanos, similares a las que en otros lugares de España y de Europa llevan poniéndose en marcha desde hace muchos años con notables resultados. Para hacerlo, hemos puesto en marcha un ambicioso estudio en el que pretendemos integrar la visión complementaria de sociólogos, animadores culturales, organizaciones diversas y profesionales.

 En este terreno, y en los expuestos anteriormente, tenemos mucho que aprender y muchas metas que conseguir. Lo estamos intentando con toda nuestra ilusión y el mayor de los esfuerzos, conscientes de la responsabilidad que hemos asumido y nuestros Estatutos recogen, de “favorecer, desde el ámbito del teatro, la consolidación de las señas de identidad aragonesas”.

                                                                                

                                                                  Francisco Ortega

                   Director-Gerente del Centro Dramático de Aragón.

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