Mariano Cariñena, maestro y amigo

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1.

Allá por 1974 yo formaba parte de un grupo teatral dependiente del Departamento de Latín de la Facultad de Filosofía y Letras de Zaragoza. Recibíamos una pequeña subvención y, como suele suceder en estos casos, nuestra labor nos entusiasmaba tanto que olvidábamos por completo el esfuerzo que también nos exigía. Por ahí andaban Juan Morer, Ana Romero, Mercedes Rueda y Currito Fatás, que poco tiempo más tarde comenzó a dirigir su interés central hacia los temas musicales. No sé cómo ni porqué, pero alguien (creo que fue el poeta Carlos San Miguel) nos aconsejó que Mariano Cariñena nos expusiera sus opiniones sobre los temas que más nos preocupaban sobre la historia teatral. Conseguimos sin demasiada dificultad que, en un aula que nos cedieron durante unas horas en el Colegio Mayor Pignatelli, aquel señor fuera desgranando lo que su experiencia práctica y sus innumerables lecturas habían ido destilando a lo largo de los años sobre temas tan variados como Bertold Brecht, el arte de la dirección escénica o el trabajo de interpretación de los actores.

La verdad es que, ya en ese momento, Mariano me produjo una curiosa sensación: parecía un hombre muy experto y enormemente conocedor en los temas específicos sobre los que había sido requerido. Por otro lado, su cercanía, su sentido del humor y su espíritu socarrón, contradecían la imagen habitual que todo erudito casi siempre posee y/o intenta cultivar con mayor o menor éxito.

Al poco, su compañía, el Teatro Estable de Zaragoza, estrenó en el desaparecido Teatro Argensola, una versión escénica de “El Molinero de Sanssouci”, de Peter Hacks, con Fernando Roy y Juancho Graell encarnando los personajes protagonistas. Aquel espectáculo sencillamente me deslumbró. Fue una lección práctica de lo que su director nos había estado contando meses atrás, y me hizo descubrir de un plumazo la importancia real de lo que significaba el concepto de mise en scène, en donde todos los elementos técnicos y humanos iban en una misma dirección y en donde todas las piezas respondían a un plan coherente y a unos objetivos estéticos e ideológicos muy concretos y reconocibles por el espectador.

De esa manera conocí al hombre y a su obra. Ni por un momento pude intuir entonces que mi trabajo teatral y mi vida iban a estar tan intensamente relacionados con él.

 

2.

En efecto. Hemos sido compañeros, amigos y cómplices durante más de veinte años, compartiendo experiencias diversas y sacado adelante, junto con otras personas también muy queridas, la apasionante aventura humana y profesional que significa la Escuela Municipal de Teatro de Zaragoza.

Una noche reciente en la que sus amigos y exalumnos le quisimos dar un sencillo y caótico homenaje en el Café del Prior con motivo de su jubilación, le recordé que una tarde de 1979, en la oficina de la calle de El Boterón en donde yo trabajaba entonces, y siguiendo las indicaciones de Jerónimo Blasco, a la sazón concejal de Cultura del Ayuntamiento de Zaragoza, habíamos realizado juntos el primer borrador de la futura escuela. Después de discutir y acordar sus líneas maestras, nos olvidamos, lamentablemente, de incluir la asignatura de Interpretación, tan afanados como estábamos en diseñar un Plan de Estudios equilibrado y progresivo, atendiendo a lo que en otras escuelas españolas se impartía. Fue sólo un lapsus al que pusimos de inmediato remedio. Nadie nos había enseñado a inventarnos una escuela de teatro…

Y después, a partir de ese borrador felizmente corregido, que terminó llevándose a la práctica gracias a las voluntades del Alcalde, Ramón Sainz de Varanda, y del propio Jerónimo, vinieron años en los que compartimos la gozosa sensación de estar poniendo en marcha lo que, sin duda, ha terminado siendo el logro más decisivo del teatro aragonés, junto con la reciente creación del Centro Dramático. Por aquellas desvencijadas, apuntaladas y entrañables aulas, surgidas de entre las ruinas del antiguo Gobierno Militar, fueron pasando, en una catarata inagotable de generaciones de chicas y chicos, ansiosos de aprender este hermoso oficio, la inmensa mayoría de los actores y las actrices que hoy nutren las compañías privadas y públicas de nuestro teatro.

Allí yo fui director primero, y Mariano después, ya para seguir asumiendo el cargo durante casi dos largas décadas.

 

3.

A lo largo de ese tiempo, en ese lugar y posteriormente en las actuales instalaciones del Antiguo Cuartel de Palafox, a donde llegamos en 1991, tuvimos la oportunidad de hablar y discutir hasta la saciedad. El teatro y su enseñanza han sido una actividad fascinante, que, como sabemos Rafael Campos, Miguel Garrido, Mariano Anós y tantos otros, nos ha enseñado mucho a los propios profesores. Aquellos nuevos muros, también de origen castrense, escucharon, imperturbables, innumerables conversaciones sobre pedagogía teatral, en un clima de permanente respeto intelectual, en donde, sin embargo, la abierta y apasionada discrepancia estuvo siempre presente en las reglas del juego.

Mariano Cariñena se afanó en coordinarnos y estimularnos en ese día a día, incluso cuando la tarea tuvimos que hacerla entre la incomprensión y la polémica. Supo también pelearse con las instituciones, consiguiendo pequeñas y grandes conquistas (entre las que habría que destacar la contratación permanente de la totalidad del profesorado), que fueron sedimentando lo que la Escuela ahora es, y ponerla en la dirección de lo que, sin duda, debería ser: una escuela oficial, con las enseñanzas regladas, y que, por tanto, esté en condiciones de dar oportuna respuesta a las necesidades que en este sentido tiene todavía nuestro teatro y nuestra comunidad. El no haber estado de acuerdo siempre con su manera de pilotar el barco y con el rumbo ocasionalmente elegido, no es óbice para estar convencido de que su labor ha sido insustituible y que su esfuerzo y dedicación a la empresa merecen que todos los que amamos esta profesión le reconozcamos su generoso magisterio y su indiscutible liderazgo.

Tal vez las tareas de la Escuela fueron uno de los obstáculos para que otro de sus frentes de lucha, el Teatro Estable, otra página de honor de nuestra historia escénica y digno continuador de aquel combativo Teatro de Cámara, siga vivo en la actualidad. La experiencia terminó hace unos años, pero, además de haber sido lugar de formación de técnicos y actores durante varios lustros, hizo posible la puesta en escena de algunos de los espectáculos más recordables y emblemáticos, incorporando a su repertorio, y a la memoria del teatro aragonés, autores como Fernando Arrabal, Heinrich Von Kleist, Leopold Wagner, Ferdinand Bruckner, Arthur Schnitzler, Bernanrd Shaw, o el propio Peter Hacks. De esa labor divulgativa, absolutamente original y meritoria en el contexto del estado español, todos hemos aprendido y disfrutado.

De todo esto se habla en este hermoso libro escrito por Antón Castro, instrumento imprescindible para comprender mejor y dar a conocer a las nuevas generaciones de amantes del teatro, la estatura humana y profesional de Mariano Cariñena, director, escenógrafo, escritor, pintor, actor, adaptador, profesor, melómano impenitente, internauta crepuscular, amante de los perros, pésimo jugador de ping-pong… Es decir, maestro de todos nosotros, amigo y compañero inolvidable, que sigue siendo, como aquel día en que le conocí en el Pignatelli, a pesar de su dilatada e indesmallable dedicación al arte escénico, un hombre sabio y sencillo.

 Francisco Ortega

Director-Gerente del Centro Dramático de Aragón.

 

(El libro se presentó en el Salón de Te del Teatro Primcipal de Zaragoza, el 24 de Marzo de 2004)

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