Debate sobre la respiración en escena (1)

(En la Escuela de Teatro de Zaragoza organizamos en Mayo de 2002 un debate sobre la respiración. Este fue mi texto de presentación)

 

Cuando empecé a darle vueltas a la cabeza sobre cómo plantearnos este debate, que se me ocurrió llamar “Respirar en escena”, pensé en un primer momento que podría haber tres intervenciones que situaran el asunto de la respiración desde tres perspectivas diferentes aunque complementarias. Yo quería que un científico nos expusiera en líneas generales qué es eso de respirar, es decir en qué consiste ese mecanismo por el cual nos entra el aire en el cuerpo en forma de oxígeno y nos sale convertido en residuo tóxico. Me parecía importante situar el asunto desde el punto de vista de la obviedad, entre otras cosas porque a veces parece que sabemos cosas que en el fondo no sabemos.

En segundo lugar, quería encargarle a un poeta que nos explicara el fenómeno de la respiración como el nexo que nos une en el fondo con la naturaleza misma, que nos hace en realidad naturaleza a nosotros mismos, y que, en ese sentido, nos une también con lo que podríamos llamar “cadena de la vida” en la que podríamos incluir la nuestra propia y la de los demás, estén vivos o muertos, y, por tanto, con la historia.

Y en tercer lugar pretendía que un especialista (un actor, un profesor, un director) se encargara de reconducir el asunto al terreno específico del escenario, y nos desvelara, o intentara hacerlo al menos, como se contempla el fenómeno de la respiración desde la práctica teatral contemporánea.

Pues bien, localicé un científico y antes casi de que me dejara explicarle la idea ya me preguntó que cuánto le íbamos a pagar. Al indagar por un amigo poeta me enteré de que desafortunadamente para él, y para nosotros, había dejado de respirar, o lo que es lo mismo que se había muerto. Solamente el especialista en teatro, aquí presente, quedaba pues en la recámara aceptando mi propuesta de participación. Algún mal pensado podrá extraer de semejante circunstancia conclusiones apresuradas: la ciencia se ha vendido al capital, la poesía ya no existe, y sólo el teatro se mantiene vivito y coleando, aunque como siempre, en su habitual crisis secular.

Vista la situación, y como el planteamiento me parece todavía válido, he decidido erigirme yo en científico durante unos minutos tan solo (sin pretender cobraros por ello), dejar al invitado que cumpla sus funciones, y entre todos encargarnos de poner el punto de reflexión poética.

A lo mío. Reconozco que es fácil hablar de la respiración como mecanismo fisiológico aunque es una facilidad que enmascara en gran medida la importancia, complejidad y profundidad del fenómeno. No deja de ser curioso, si se me permite la expresión, el hecho de que podríamos vivir varios días sin tomar ningún alimento, pero solo podríamos vivir sin respirar unos pocos minutos, puesto que este hecho nos causaría la asfixia inmediata y la muerte. No olvidemos tampoco que nuestros  corazones dependen prácticamente en exclusiva del órgano respiratorio, pues todo el trabajo que realizan se reduce a arrojar por un lado la sangre usada en las vesículas aéreas del pulmón y a recibir por otro la sangre nueva con el fin de distribuirla por todo el cuerpo.

En líneas generales podríamos decir que la función del aparato respiratorio podría compararse perfectamente al del conocido fuelle que sirve para aventar el fuego. Las pequeñas tablillas del fuelle harían la misma función que los huesos del tórax, las costillas y el esternón y la parte del cuero resistente y flexible del fuelle se podría comparar a la función que desempeñan los músculos del diafragma que hace la función de aspirador. Cuando en el fuelle separamos los cogedores de madera, la cavidad del mismo se llena de aire y este proceso sería como el que realiza el aparato respiratorio y que conocemos como inspiración torácica. Cuando juntamos nuevamente los cogedores hacemos que el aire que contiene el fuelle salga al exterior. En el caso del aparato respiratorio sería la función de expiración.

En la persona adulta el termino medio de respiraciones es de dieciocho veces por minuto en estado de reposo, siendo el tiempo de duración de la expiración un poco mas larga que el de inspiración.

La frecuencia de los movimientos en la respiración está en relación directa con el número de latidos del corazón, dependiendo de que si la circulación sanguínea es más rápida o más lenta, también aumentará o disminuirá la frecuencia de las respiraciones.

Todos los ejercicios que requieren un movimiento o esfuerzo exagerado o violento aceleran la respiración.

En la inspiración, cuando tomamos aire para llenar los pulmones, el pecho se levanta y para ello se requiere una acción simultánea de los músculos, que desde la base de las vértebras, el omoplato, las clavículas, la base del cráneo, van a insertarse en las costillas. También intervienen en este movimiento de la inspiración los músculos intercostales externos, y, como resultado final, la caja torácica se agranda lentamente y se endereza.

En el interior del pecho, la bóveda carnosa del diafragma, que se encuentra en contacto directo con la base del pulmón, se va contrayendo cada vez más y tiende a ponerse en horizontal. La a curvatura de la bóveda llega a deprimirse del todo en las fuertes inspiraciones.

La mujer respira casi exclusivamente con el trabajo de los músculos elevadores y en el hombre, por el contrario, la cavidad torácica se ensancha principalmente por la contracción del diafragma, consiguiendo, de esta forma almacenar, una cantidad de aire más elevada.

En la respiración diafrágmica o abdominal se consigue mantener el aire durante más tiempo sin tener que volver a realizar una inspiración.

En el movimiento de la expiración ocurre todo lo contrario que en la inspiración, pues las paredes torácicas que se elevaron al tomar el aire vuelven a bajar de nuevo por su propio peso de forma que el pulmón vuelve de forma espontánea sobre sí mismo gracias a su elasticidad, por lo que la función de los músculos en el proceso de expiración es bajar el tórax, adoptando una posición relajada.

 

 Fenómenos químicos de la respiración.

En cada una de las células de los pulmones, y a través de las mallas que forman los tejidos fibrosos que las tabican, existen unos vasos capilares serpenteando. En su interior, la sangre venosa, lanzada por el ventrículo derecho del corazón, se transforma en sangre arterial antes de retornar al ventrículo izquierdo del corazón.

La delgadez de las paredes membranosas de estos capilares hace que el oxígeno del aire las atraviese, bajo la influencia de la presión atmosférica, con el fin de pasar de una vez a la sangre. Al propio tiempo, mediante un mecanismo opuesto, hace que se desprenda gas carbónico, que disuelto en la sangre se escapa en el mismo momento en el que el oxígeno penetra, y se elimina o exhala a través de las paredes vasculares junto con una cantidad de vapor de agua.

Una vez que la sangre venosa se deshace de su carbono, se carga del oxígeno del aire, cambiando su aspecto de manera inmediata. El líquido que era de un negro azulado se convierte rápidamente de color rojizo. A partir de este momento se transforma en sangre arterial limpia, cuya misión será la de poner en funcionamiento todos nuestros órganos y mantenernos vivos.

La misión del oxígeno es la de distribuirse por todas las partes del cuerpo, penetrando en los vasos, adhiriéndose a los glóbulos, que son innumerables y diminutos cuerpos que forman la base de la misma sangre.

Debido a las pequeñas partículas de hierro que los constituye, estos elementos microscópicos pueden retener momentáneamente el gas aéreo, transportándolo consigo mismo a través del torrente circulatorio; el oxígeno que se divide en millares de átomos da lugar a todas las reacciones que son necesarias para que se realice una nutrición perfecta.

Cuando pensaba sobre que enfoque deberíamos darle al debate de hoy y veía las imágenes de estos magníficos actores que se dirigen directamente al público que los rodea y con un ritmo interpretativo creciente van refiriendo las razones por las que el pueblo de francés hace unos centenares de años se dirigió a la Bastilla, recordaba unas palabras escritas en su “Carta a los actores” por Valere Novarina:

“Algún día un actor tendrá que donar su cuerpo a la medicina para que lo diseccionen, para que se sepa por fin qué ocurre en el interior de este cuerpo cuando actúa. Para que se sepa cómo se constituye el otro cuerpo. Porque el actor actúa con un cuerpo que no es el suyo. Con un cuerpo que funciona en otro sentido. Un cuerpo nuevo que entra en juego. ¿Un cuerpo nuevo? ¿O una economía diferente del mismo cuerpo? Aún no lo sabemos. Tendremos que abrir cuando esté actuando…”

Es evidente que los actores que hemos visto en este vídeo, en el momento de interpretar sus papeles no tenían en cuenta nada de lo que acabo de decir, de la misma manera que Luis Amstrong tampoco se interrogaba a sí mismo sobre lo que era el fenómeno de la expiración cuando tocaba la trompeta, o Indurain no se planteaba racionalmente cuál era el siguiente paso respiratorio después de dar una nueva pedalada en su ascensión al Tourmalet. Estos actores pertenecientes al Theatre du Soleil, acostumbrados por tanto a realizar ejercicios respiratorios en donde el yoga por cierto tenía para Ariane Mnouchkine un enorme protagonismo, han establecido de una manera clara y que provisionalmente podríamos llamar “natural” una relación entre las palabras pertenecientes a un texto que otra  persona ha escrito y las peculiaridades de su propio cuerpo en ese preciso momento. Es decir, al pronunciarlas, la arquitectura muscular de estos actores ha adoptado un grado de tensión-relajación adecuado, la voz ha ido incrementando el volumen y la intensidad, sin olvidar jamás el cuidado por  mantener una dicción perfecta, y, obviamente, en ese proceso, la respiración se ha ido acomodando a los imperativos estéticos y expresivos que el director, en este caso directora, ha impuesto.

¿Acomodando la respiración a los imperativos estéticos, o acomodándose los imperativos estéticos a la respiración? ¿No habrá sido el texto el que se ha ido acomodando a la frecuencia creciente de la inspiración-expiración y de los latidos de sus corazones?

Incluso en esa relación de ida y vuelta, o de vuelta e ida, que vamos llamar groseramente “relación palabras-cuerpo” para producir un sentido escénico, me atrevería a decir que a veces la respiración ha aparecido como un elemento estético más: el aliento revolucionario se ha hecho palpable, visible, audible, y, por tanto, en cierta medida, contagioso. ¿No se os ha acelerado el corazón alguna vez en el teatro cuando la intensidad emocional, estética o racional de lo visto allí os ha conmovido emocional, estética o racionalmente? La pausa, breve pero perfectamente intercalada, ha servido para que el actor respirara, el personaje pensara y el público asimilara, como por otra parte siempre ocurre en el teatro.

Yo supongo que en cierta medida la intervención de Mariano va a ser un poco “ese abrir el cuerpo del actor”, que pedía Novarina, sin necesidad de realizar ninguna operación quirúrgica con ninguno de sus alumnos como conejillo de indias, y, por tanto, sin derramamiento alguno de sangre. Es decir, espero que entre sus palabras y las nuestras posteriores aclaremos las provocadoras de Louis Jouvet cuando decía que “el texto es la respiración escrita”, y que yo creo que en su aparente  sencillez contienen y tal vez explican muchos misterios del oficio de interpretar. Espero que nos aclaremos, por último, si eso que llamamos respirar y que todos sabemos hacer tan bien –otra cosa es que lo hagamos correctamente- que ni siquiera nos damos cuenta que lo hacemos, es esencialmente lo mismo fuera de un escenario que dentro de él, y, si no es así, cuál es el sentido de la diferencia.

Como es habitual, después de su intervención todos podremos discrepar o darle la razón de una manera ordenada.

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