Hacia una Escuela Superior de Arte Dramático de Aragón.

(Este artículo fue publicado en Heraldo de Aragón el 19 de Febrero de 2002)

 Hace exactamente treinta años yo era un alumno de la primera generación de la Escuela de Arte Dramático. Todos nosotros -chicos y chicas como los actuales alumnos: ilusionados, imaginativos, embargados por el vértigo y la remota esperanza de ser actores-, habíamos superado unas extrañas pruebas de selección y asistíamos por estas fechas a unas no menos extrañas clases de dicción, interpretación y teoría del teatro, de las que personalmente me borré muy pronto. La vida da unas vueltas sorprendentes y unos diez años después el alumno pródigo iba a ser nombrado Director de esa misma Escuela, después de una renovación profunda auspiciada por el entonces Alcalde de la ciudad, Ramón Sainz de Varanda, y encabezada enérgica y sabiamente por su Concejal de Cultura, Jerónimo Blasco.

 Fui muy beligerante contra aquella primera estructura pedagógica que se inventó José Giménez Aznar, y, consecuentemente, ayudé a construir, inicialmente desde fuera y posteriormente desde dentro, lo que ahora es la Escuela Municipal de Teatro (EMT). Allí me encontré con Mariano Cariñena, el que actualmente es Director y al que habrá que ir pensando homenajear como se merece puesto que su jubilación está cercana: es decir, encargándole proyectos sin parar, para evitar que se aburra y para no perder a un gran hombre de teatro. Toda una vida personal y profesional, la nuestra, compartida con Mariano Anós, Rafael Campos, Miguel Garrido, Benito de Ramón, Carlos Blanco, Marissa Noya, Amparo Nogués, Mercedes Gota (otra gran profesional que también se marchará pronto), Anabel Hernández, Carlos Blanco, y, en anteriores periodos, con Antonio Malonda, Yolanda Monreal, Fernando Roy, Susan Burnet, Cristina Yáñez, Javier Armisén, Concha Lomba, etc, etc, etc. Personas todas ellas que han contribuido, contra el viento de la incomprensión y la marea de la falta de apoyo real del propio Ayuntamiento del que hemos dependido y dependemos, a formar al noventa por ciento de los actores y las actrices que esta tierra ha dado en las últimas décadas y que nutren a sus principales compañías.

 Pero llega el momento de que las instituciones decidan el futuro, no solo el de la propia Escuela, sino el de las artes escénicas en su conjunto. En ese sentido se apuntan nuevos proyectos en el horizonte, y esos nuevos proyectos, siendo en mi opinión buenos y necesarios, precisan de una nueva escuela de teatro que de respuesta a las necesidades actuales y futuras, impartiendo enseñanzas oficiales, regladas según la LOGSE, y que permitan acceder a los alumnos a una titulación oficial que contribuya a dar más sentido al esfuerzo realizado durante tres largos e intensos años de sus vidas.

 A principios de los noventa, la EMT perdió ya ese tren. Paradójica y lamentablemente otras escuelas españolas más precarias y recientes accedieron a la oficialización de sus estudios, porque las instituciones de las que dependían comprendieron claramente esta necesidad. Y así estamos diez años después: desterrados en unas magníficas instalaciones, o lo que es lo mismo, desamparados y desatendidos en lo esencial, aunque bien cubiertas las necesidades superfluas.

 Pero ya no basta con eso. La Escuela de Teatro debe conseguir hoy más que nunca el rango de Superior y aspirar a ser una de las mejores de España. Su posición geográfica le permitiría ser la única oficial al norte del país y de esta manera atraería, todavía en mayor medida, a alumnos provenientes de otras autonomías.

 Sin duda, “Operación Triunfo”, como ya lo fueran “Fama” y similares hace bastante años, puede ser un reclamo para muchos jóvenes aragoneses que quieran dedicarse a esta hermosa profesión. Y lo digo sin el menor asomo de ironía. Tal vez ese fenómeno de masas haga razonar ahora a nuestros políticos y constituya un argumento a favor de darle un impulso a la vieja iniciativa, visto que la argumentación, los hechos, y los evidentes resultados por sí solos, no les ha convencido de esa necesidad. Tal vez el simpático esfuerzo de David Bustamante sea más revelador para ellos que la trayectoria del Teatro del Temple, el Teatro de la Ribera, Nasú, Pingaliraina o el Nuevo Teatro de Aragón.

 Creo representar a todos los profesores que han impartido sus clases abnegada y generosamente a lo largo de estos años, incluidos los de aquel controvertido primer periodo, y a todos los alumnos que entregaron todo su esfuerzo y parte de su juventud en nuestras aulas, si reivindico en nombre de todos ellos y porqué no, de las señas de identidad cultural aragonesas, la creación, a partir de la que ya tiene treinta años de existencia, de una nueva Escuela Superior de Arte Dramático de Aragón. Porque todos nosotros sabemos bien que en teatro no hay nunca un punto medio: o se avanza o se retrocede. Y la Escuela, si ahora no avanza en organización, medios, profesorado y ambición pedagógica, irá convirtiéndose poco a poco en un residuo inservible y alejado cada día más de la realidad cambiante de los escenarios.

 Francisco Ortega

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