Bergman

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Veo las películas de Ingmar Bergman y leo mientras tanto su autobiografía “Linterna mágica”, publicada en España por Tusquets.

Al terminar las páginas de este libro intento recapitular: Bergman es visto desde fuera como uno de los dioses indiscutibles de la creación cinematográfica, sus películas son admiradas, con razón, hasta por otros genios, como es el caso conocido de Woody Allen. Ha ganado oscars, premios internacionales, ha hecho una gran fortuna. Paralelamente su vida como director teatral ha estado plagada de éxitos similares. Precisamente, tal vez sea el caso más relevante de profesional que ha terminado siendo un icono en los dos campos –el teatro y el cine-, sin que pueda distinguirse en ninguno de los dos un brillo mayor o menor.

Y sin embargo, en este libro Bergman parece complacido en manifestar ese lado inseguro de su personalidad, esos momentos de su vida, personal y profesional, en donde no era oro todo lo que relucía. Llevado por una sinceridad indesmayable, que roza a veces la autoflagelación, nos habla con duras palabras de sus fracasos amorosos, de las veces que tuvo que aceptar proyectos que no le interesaban, de las ocasiones en que metió la pata, como cualquier persona normal.

Este libro introduce ese punto desmitificador consigo mismo, y extiende su metodología para hablar de los demás, para reflejar sus lados más débiles. Curiosas son las páginas que dedica a describir la relación que mantuvo con muchos compañeros de trabajo, la discutible belleza de la Garbo, la excentricidad maravillosa de Von Karajan, etc.

Pero, cómo no, el autor de “Fanny y Alexander” destila en todo momento un aire nostálgico sobre una infancia agridulce, que iba a marcar para siempre su vida. Con los comportamientos de sus seres cercanos, muchos de ellos nacidos de la enfermedad mental o del desequilibrio emocional. Así las referencias a su padre, con quien mantuvo un pulso durante muchos años.

El libro acaba con una imaginaria conversación con su madre muerta. Como en sus películas, vivos y muertos se confunden. A esta mujer le solicita las claves de las anomalías familiares, del carácter final de los Bergman. Y esta mujer, una sombra en su cabeza, no sabe ni puede decirle nada.

No deben leerlo las personas que esperan encontrar en él un anecdotario de los rodajes y de las peripecias del genio. Solo los que estén dispuestos a reflexionar en profundidad sobre la soledad del ser humano, sobre los estigmas de las herencias culturales y genéticas.

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