El BV80 y los primeros pasos de la libertad.

Hubo un periodo de la historia reciente de esta ciudad que recuerdo como si fuese una especie de Mayo del 68. Sé que exagero, y que los historiadores profesionales podrían recriminarme tan flagrante y anticientífica inexactitud. Asumo los riesgos: pero para mí, insisto, lo más parecido al Mayo del 68 en Zaragoza, una ciudad habitualmente estabilizada en una cierta rutina ambiental, fue el periodo que va entre 1979 y 1984.

Me consuela pensar que tampoco los historiadores franceses e internacionales tienen demasiado claro a estas alturas del partido el significado exacto de aquella revuelta, festiva y comprometida al mismo tiempo, aquel caos organizado, aquella conjunción telúrica entre el azar y lo que bastante después bautizaron los que tenían precisas lecturas, como fuerzas del trabajo y fuerzas de la cultura. Ya no me refiero sólo, naturalmente, al significado local, esto es, parisino y/o francés, sino al universal, que nos afectaría de una manera u otro a todos los demás, y de manera especial a quienes, huérfanos de libertad y libertades, necesitábamos ejemplos y horizontes accesibles. Por tanto, mientras se ponen de acuerdo, déjenme recrearme en mis excesos verbales.

Éramos jóvenes, estrenábamos democracia, nos gustaba el vino, hacíamos nuestros pinitos en política clandestina (creíamos que habíamos sido decisivos en la caída de franquismo, olvidando tan pronto lo evidente: ese señor con botas se había muerto esperpénticamente en la cama, pero de “motu proprio”…), éramos arrogantes, éramos razonablemente felices. Pero, como siempre pasa, de esa felicidad solo nos damos cuenta con carácter retroactivo. Esto es, cuando ya no lo somos, o cuando ya casi tenemos asumida nuestra dosis diaria, para nuestra desgracia.

Salíamos de un oscuro túnel de falta de libertad y de libertades. Aprendimos a vivir, a votar, a no votar, a criticar en los periódicos, en las asambleas, en los debates. En parte fue sencillo, porque teníamos muchas ganas de hacerlo, pero también difícil, porque tuvimos que adaptarnos el ritmo de pensar y expresar casi a la vez nuestros pensamientos, superando esa personal dislexia que provoca tantos años de censura y autocensura. Vivir la libertad, como aprender a montar en bicicleta, tiene también sus dificultades. De hecho ya lo intentábamos desde hacía años en fábricas, facultades y actos culturales, pero con reservas, a modo de entrenamiento, mirando en el cineclub de turno a ese señor de la gabardina que, inequívocamente era un agente de la temida brigada político-social, cruel y verdadera, pero también imaginada, magnificada, convertida en omnipresente por nuestro propio miedo.

De aquella época, como de todas las importantes, cada uno recuerda las suyas, y yo tengo dos muy presentes todavía.

El primer pleno municipal en Zaragoza que vi desde un cuartucho a modo de “gallinero”, cuando Ramón Sainz de Varanda (el alcalde que le hablaba siempre en latín a ese Papa que se acaba de morir y que tanta afición le cogió a venir por aquí), en una onda similar a la de Tierno Galván en Madrid, e incluso, salvando las distancias, a la de François Miterrand en París, se dirigía a la oposición en términos de firmeza política un poco jacobina, no exenta, sin embargo, de cortesía personal, con un cierto toque balsámico, made in Compañía de Jesús. Tierno Galván y Sainz de Varanda nos sorprendieron a todos los españoles en general, y a los zaragozanos y madrileños en particular, con un nueva manera de ser alcaldes, representando ambos un similar personaje popular y populista, que parecía que habían ensayado años antes en el grupo teatral de Alfonso Guerra, sin que de esto se enterara Felipe González.

Sea como fuere, parecía como que de la mano de estos señores se hubiese tomado en ese momento, y de manera educada, algún palacio de invierno. Y en cierto modo era así, porque el ayuntamiento, como símbolo institucional, reflejaba a la perfección los aspectos más coercitivos y cercanos del sistema anterior, y seguramente de todos los sistemas. Todas las multas ahí se pagaban, a modo de signo inequívoco de sanción y penitencia contra los que habían aparcado mal el auto, es decir, quienes habían desafiado el orden fascista en cuanto al tráfico se refiere. Allí también eran históricamente citados quienes habían nacido con el dudoso privilegio de tener que servir al glorioso ejército español, elemento vertebrador por excelencia de una patria unida en contra de sus propios ciudadanos. El sólo hecho de ir intimidaba, porque la razón no podía ser nunca buena. Por unos instantes, en aquel pleno municipal que siempre regresa a mi memoria, me hice la ilusión de que éramos compañeros de trinchera de “Dani el Rojo”, y habíamos descubierto como él las playas que existían por debajo de los adoquines de Zaragoza. Años más tarde comprobamos que esas aguas no eran marinas, sino las residuales que iban a parar al Ebro, pero aquel caserón fue de pronto un poco nuestro, de que la mili y las multas de tráfico eran vestigios del pleistoceno medio, e incluso de que las esculturas de Pablo Gargallo, antes tan solemnes y disuasorias, se les había puesto un aspecto servicial y hasta simpático.

Qué ingenuos.

Y me acuerdo especialmente bien de otra cosa: de las noches. (¡Cómo no voy a acordarme si el insomnio actual es un tributo que pagaré de por vida!). De las noches y las madrugadas, con muchos botellones interiores y pocos exteriores, en proporción inversa a la actual. Con una asociación entre los grados de la ginebra y los de la profundidad de la conversación. Delirio y reflexión, por tanto. Alcohol y marxismo de recetario, pero útil para ir transformando el mundo mientras nos reíamos un poco del propio mundo. Sexo (sí, sexo, por fin!!!) y debate sobre formas y fondos de la cultura. Unión de placer y responsabilidad cívica. Una moderada orgía de optimismo y compromiso.

Y ese deporte nocturno se practicaba en esta ciudad de manera especial en algunos ateneos de la libertad. Es decir, en algunos bares.

Para mí fueron tres: el Bonanza, el Colores y el BV80.

Los tres tenían diferencias y parecidos, personalidades y clientelas distintas, pero también comunes. No eran impensables los trasvases (de gente, claro), las dobles y las triples militancias. En los tres se hablaba. En los tres se bebía. En los tres se fumaba. En los tres las parejas estables e inestables comenzaban las maniobras de acercamiento sin que ninguna trompeta celestial, excepto las de Miles Davis o Chet Baker, se escuchara en las alturas. De los tres se salía muy tarde, eso sí, con el mundo y nuestras vidas relativamente arreglados y compuestos. Espejismos. Pero los espejismos sólo se producen cuando hay luz, mucha luz y mucha sed, sin duda. Y aquellas maravillosas noches estaban muy bien iluminadas, y eran muy, muy, pero que muy sedientas.

No quiero recordar lo obvio: en el BV80 se participaba interactivamente en actos culturales, en representaciones teatrales de marcado carácter vanguardista, en conferencias liberadoras que provocaban acalorados debates, en excelentes exposiciones pictóricas que suscitaban reflexiones y teorías. Se escuchaba también a músicos que después han triunfado, y otros que triunfaron menos pero que supieron también poner corcheas a esa energía colectiva liberadora.

En algún lugar he escrito que a un bar nunca se va para beber. Se va para ver al dueño. Sé que otra vez exagero: lo mío, por lo que se ve es un vicio ya arraigado. Pero quiero decir y digo que la coca cola con ronbacardí es igual en todos los bares, pero la manera de servirla no. Y la manera de pedirla, tampoco. Y el ambiente en que se bebe… Y la disposición de las mesas que permite ver los bosques, o no verlos… Y la disposición de las almas… Y… En fin…

Quiero decir y digo que Manolo, Ángel y el pintor Blasco Valtueña, las tres personas que en aquellos tiempos regentaban esos lugares, ahora de culto, ahora objeto de reflexiones y de libros, en aquel momento se la estaban literalmente jugando, y ganaron. Le ganaron a la historia un pedacito de libertad. Nos pusieron la cama para realizar nuestros afanes amorosos, políticos e intelectuales, para seguir lo que enfáticamente llamábamos “línea correcta”, en cuanto a lo lúdico se refiere. Sin ellos todo hubiera sido peor y, desde luego, diferente. Fueron pioneros, exploradores, aventureros. Decirlo es fácil. Hacerlo no. Y ellos, como creían en lo que hacían, lo hicieron.

Zaragoza, 9 de Abril de 2005.

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