Homenaje

Con algunos de los actores y actrices que pasaron por el NTA

Cuando en 1992 el Nuevo Teatro de Aragón celebraba su décimo cumpleaños con la presentación de un libro de fotografías, ya advertí que si a lo largo de esos años no me había dedicado al teatro como actor era, entre otras razones, por la dificultad manifiesta para aprenderme los papeles de memoria, y que por eso iba a leer unas palabras… En ese sentido, casi otros diez años más tarde, las noticias no son más esperanzadoras.

Quiero daros las gracias de corazón a todos. A los que, con una dedicación conmovedora y una discreción algo más discutible, habéis organizado este acto, y a los que habéis venido a él. También a los que desde lejos han mandado unas palabras, o una pausa, o un aparte, o un silencio cómplice y amistoso. Que nadie se sienta raro. El estar aquí no significa estar de acuerdo con nada. Seguro que nadie os ha pedido un cheque en blanco para el futuro y menos para el futuro del homenajeado. Sólo os han pedido una flor para el recuerdo y la habéis traído. El estar aquí sólo significa que todos valoráis como importante que alguien lleve tantos años en una empresa tan descabellada como ésta y no haya perecido en el intento.

Curiosa profesión… Cuando alguien decide dejarla, sus amigos le dan unos canapés y le animan a que la deje definitivamente.

Siento que efectivamente han pasado los años y creo que he concluido una etapa de mi vida. En 1982 yo era poco más que un soñador despierto, y creía que ciertas metas eran asequibles y que, por tanto, había que pelear duro para conseguirlas. Sin red, es decir, sin certezas de ningún tipo, me embarqué con otros locos en crear una compañía que llenara un hueco en el incipiente teatro profesional aragonés. Allí estábamos Carlitos Martín, Gabriel Moreno, Eusebio Gay, Jesús Baselga, Clarita Pérez, Elena Gómez y yo, convencidos de la empresa y animados ante nuestro primer reto escénico: Los amores de Don Cristóbal y la señá Rosita.

Desde entonces hasta este reciente Shakespeare´s del pasado Noviembre, la compañía ha producido dieciséis espectáculos, de los que yo he dirigido quince. Pero sobre todo, han pasado multitud de personas, muchas de las cuales os encontráis hoy aquí. Vosotros habéis sido la gran varita mágica de este pequeño milagro. En realidad no ha habido otra. El maestro Brook ha escrito que no hay nada en una función de teatro más importante que las personas que la componen, y mi vida profesional me lo ha enseñado con creces. Vuestro talento, vuestro esfuerzo, vuestra lealtad durante el tiempo que estuvisteis con nosotros, hicieron posible que el tren del NTA avanzara siempre hacia delante, a veces a gran velocidad, otras a menos, pero que nunca se quedara parado del todo.

Y yo veo su estela humeante alejarse por los caminos…, porque los trenes de mi memoria siguen siendo de carbón y en los túneles la carbonilla escuece en los ojos. Paradójicamente, os veo subidos en él a todos los presentes, asomados a las ventanillas. Por la del primer vagón veo a mi padre, enarbolando a sus noventa años la bandera de la república española de la dignidad proletaria, y veo también a mi madre llena de globos de colores, y a mi hijo, sonrientes y felices porque la vida es mudanza y alegría, y esta mañana no hay cole, qué caramba, y veo a Paquito Orduna, mi primer amigo del alma, y veo a mi abuela Carmen, que fue la que de verdad me embarcó en esto del teatro, en aquel caserón del número 35 de la calle San Miguel, y veo a todos y todas las que me han querido y os he querido, y, por tanto, veo nítidamente a Nieves, cargadísima de maletas y de prisas, con esa cotidiana percepción surrealista y maravillosa del tiempo y de las cosas, y ese corazón construido de hermosas cicatrices.

Y, ¿quién es aquel jovenzano, vestido de soldado raso que lee el Mercader de Venecia en el segundo vagón? ¡Menuda pinta! Mirad como, imbuido de sueños y preso de realidades, esboza, mientras desliza su mirada por las palabras de Shakespeare, una dramaturgia propia, inverosímil y compleja. Es de Borja y se llama Benito, y está llamado a ser el maquinista de ese tren cuando yo me jubile anticipadamente. ¡Corre, Benito, escribe pronto “Los Cinco magníficos”, y ya verás lo que son las tortas y las envidias y las injusticias históricas, digeridas con vino nocturno y alevoso y palmaditas de resignación! Móntate aquí y verás Paris, pero también lo que es el frenesí magnífico del teatro, sus múltiples lados; beberás su veneno y olerás su aliento trágico, y escribirás dramaturgias perpetuando esta cadena ferroviaria que conduce hasta “vete a saber dónde”, este fascinante “viaje a ninguna parte”, atravesando túneles en forma de “oscuros lentos”, y parado en remotas estaciones, como ésta en la que yo me encuentro, que tu bautizarás como “pausas tensas”. Te deseo toda la suerte del mundo, y te exijo, si es que a estas alturas me permites que te exija algo, toda la honradez, todo el arrojo y toda la paciencia que seas capaz de reunir. El talento, como el valor, se te suponen. Adiós, amigo, no tengas miedo nunca, y, si tienes alguna duda, fíate de esa intuición agreste, de niño encoloniado y rural, que aún queda por debajo de tu erudita compostura urbana.

El tren se aleja. Me quedo sólo en el andén. En la maleta llevo algunos libros, la fotografía de todos vosotros, y, por si acaso, el traje de arzobispo que me ponía de niño para celebrar misas concelebradas. Escucho, como toda mi vida a Mozart y a los Beatles, y el traquetreo del tren alejándose parece uno de los efectos de sonido que tantas veces puse en los espectáculos. En mi cabeza, la realidad y el teatro se entremezclan una vez más, pero no debo preocuparme: también el maestro Brook nos ha informado de que eso a lo que llamamos vivir “es un intento de leer las sombras, traicionado cada dos por tres por lo que con tanta facilidad creemos real”.

Y en mi soledad me pregunto: ¿porqué me he bajado de un tren del que conozco todos sus ruidos, todos sus pasajeros y la frecuencia exacta de sus retrasos? Algunos, los peor pensados, dirán que porque va a pasar otro a una mayor velocidad y es más confortable que el viejo nuevo teatro que acaba de perderse por el horizonte. Están en su derecho de hacerlo. y de equivocarse haciéndolo.

¿Porqué me bajo, entonces, me preguntaréis mis amigos, dispuestos a creeros la sincera exposición de mis motivos?

Me bajo por las mismas razones que hace casi dos décadas me decidieron a subir: porque me lo pide el cuerpo, porque me da la gana, porque me sale del badajo de los pelicópteros, del colodrillo del alma. Me bajo por ver alejarse hijos y recuerdos, por el placer de decir adiós y emocionarme ante vosotros, para provocar su añoranza y alimentar nuevamente el deseo de volver a subirme en él. Me bajo porque soy bajo, porque soy bizco, porque soy bobo, porque estoy vivo. Me bajo porque soy buzo y porque soy barro. Me bajo…, como veis, por diferentes razones de peso, de paso, de piso y de poso.

Y, una vez abajo, recuerdo imágenes del último espectáculo producido en Aragón que he visto: Dalí, Goya y Buñuel, y me emociono yo solito. Y veo, con la claridad con que se ven las cosas obvias de la vida, que entre todos habéis construido, hemos construido, las sólidas bases de un teatro aragonés en el que firmemente creo y he creído siempre, hasta cuando me parecía un proyecto insuficiente e inmaduro. Porque cada vez veo más talento, porque cada vez hay mejores compañías, mejores actores, mejores textos, mejores productores y mejores empresarios. Porque ahora, como nunca antes, el teatro aragonés es algo más que resistencia y voluntarismo. Porque empieza a ser madurez sensata y creativa, construida con tozuda dedicación, con sagacidad empresarial, pero también con inteligencia y sensibilidad. Y veo también, desde este andén en el que me he quedado ya completamente solo, que por primera vez, desde algunas instituciones esto se contempla como un bien público y como una esperanza, y no como un problema, y creo, hasta que no se me demuestre lo contrario, en la sinceridad de unas políticas que dicen estar dispuestas a apoyarlo con firmeza y decisión.

Todo eso se ve desde aquí, fijaos. Y pienso que para verlo, y para creerlo, ha merecido la pena bajarse un tiempo del tren de mis propios sueños.

Tal vez para propiciar, lo mejor que sepa, si es que me dan oportunidad de hacerlo, que los trenes de los demás pasen más rápidos y sean más confortables todavía. Y si no lo consigo, sencillamente para descansar, ver con tranquilidad el paisaje, respirar hondo, y volver a embarcarme en el viaje fascinante que un día elegí realizar sin saber porqué, ni cómo, ni cuándo. Gracias a todos.

Gracias a todos.

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