Huesca: una feria a la deriva

Publicado en “Primer Acto”, Nº 266 (Noviembre-Diciembre 1996)

 

Un puñado de profesionales del teatro aragonés tuvo la idea hace ahora once años de organizar un evento que tuviera como objetivo fundamental la muestra de los espectáculos producidos en Aragón por las compañías de la tierra, en un marco espacial y temporal que permitiera a programadores diversos conocerlos de la mejor manera posible. Zaragoza y Tarazona fueron los marcos elegidos para la primera edición de la Feria que se desarrollaría entre los últimos días de Mayo y primeros de Junio de 1986.

El resultado ya entonces pareció esperanzador y satisfactorio a muchos, en la medida de que perfilaba lo que podían ser las líneas generales de actuación para el futuro. Un total de diecinueve compañías mostraron otros tantos trabajos escénicos y pudieron departir con programadores, venidos básicamente ese año de la propia comunidad autónoma, entregándoles publicidad, dándoles a conocer la filosofía y planteamientos de su trabajo, sus necesidades técnicas, sus cachets, etc. Se contribuía a racionalizar el último momento de la producción teatral, el de la venta y distribución, aspecto éste en el que los impulsores de la idea veían mermada su capacidad, especialmente por la competencia con aquellas compañías y comunidades en las que dicha faceta estaba plena o más claramente desarrollada por la experiencia de muchos años.

A partir de la segunda edición, y por diferentes razones que no viene demasiado al caso enumerar, la feria se ubicó en la ciudad de Huesca. El Ayuntamiento acogió con gran entusiasmo y generosidad la iniciativa y a partir de ese momento iba a asumir la responsabilidad de la organización. El Gobierno autónomo incrementó sus ayudas y todos -instituciones y particulares- comenzaron una andadura esperanzada y que situaba la relación entre ambos en un punto de madurez insospechado poco tiempo antes. La Feria supuso un punto de encuentro tras el batacazo que unos y otros habían recibido el año anterior como consecuencia del estrepitoso fracaso del Centro Dramático de Aragón.

Huesca ofrecía bastantes ventajas. En primer lugar la de contar con un público numeroso y entusiasta que, como era de esperar, acogió extraordinariamente la iniciativa. Durante las primeras ediciones abarrotó las sedes elegidas para mostrar los espectáculos, especialmente los que contaban de entrada con más raigambre y costumbre de ser visitados, como el Cine-Teatro Olimpia y el salón de actos del Colegio de los Salesianos, en donde el Ayuntamiento ya presentaba sus propias programaciones. En segundo lugar, porque el casco urbano de la ciudad es pequeño y muy accesible. En poco tiempo programadores y público podían desplazarse de una sede a otra con lo que se favorecía la posibilidad de mostrar bastantes espectáculos al día, sin las molestias y la pérdida de tiempo en transportes y desplazamientos que este ejercicio acarrearía para todos en una ciudad mayor, como es el caso de Zaragoza. Sitges y Avignon eran referencias en la lejanía.

Pero Huesca tenía también algún inconveniente: sus salas no contaban con la dotación técnica necesaria como para acoger en buenas condiciones algunos espectáculos y mucho menos para simultanear las presencias artísticas en muchos lugares. Para subsanar estos problemas, la organización destinó paulatinamente una partida de gastos a diferentes alquileres de material técnico y a personal especializado en manejarlo. Pero, no cabe duda de que, además de este desembolso y de la progresiva racionalización que este aspecto ha ido logrando, durante estos primeros años fueron la buena voluntad, la paciencia y el compañerismo de casi todos, quienes hicieron posible que la feria se fuera arraigando un poco más.

Sucedió como en muchas otras ocasiones. A juicio de la inmensa mayoría de los profesionales a los que he pedido opinión para redactar este informe, el poder, el sentido, la orientación de la feria se fué trocando paulatinamente en otra cosa, en algo diferente a lo que en principio se pensó de ella. Tal vez el cambio de preposición lo pueda aclarar todo: de Feria de Teatro de Aragón se paso a Feria de Teatro en Aragón. Es decir, la feria fur abriendo sus puertas para que otras compañías, venidas de otras comunidades autónomas, preferentemente de Cataluña, Andalucía y Madrid, mostraran también sus productos de cara a abrir el campo de interés del mayor número de programadores. En su momento este cambio de preposición y de sentido parecía a muchos “el impuesto” que había que pagar para que la feria se mantuviera viva -es decir, para que las instituciones continuaran subvencionando sus actividades y su existencia-, aunque representara perder por el camino bastantes de las esencias iniciales y gran parte de su utilidad. A otros ya les pareció inadmisible la nueva situación, a pesar de que el engendro crecía en dimensiones, logrando hasta el apoyo del Ministerio de Cultura. Tal vez una falta de sintonía y una cierta incapacidad de reunirnos como profesionales afectados directamente por la nueva situación, contribuyeron, como suele ocurrir siempre, a que las instituciones que financiaban el evento impusieran sus criterios, colocando al frente de la misma a personas que sí que tenían las ideas bien claras sobre lo que querían. Y el proceso de alejamiento se fue agigantando cada vez más.

Durante los últimos años la tendencia marcada por la dirección es inequívoca, tanto en lo cuantitativo como en lo cualitativo. Las compañías aragonesas se han ido viendo relegadas a un lugar secundario, tanto a nivel de horarios como de espacios para mostrar sus trabajos, con las consiguientes excepciones puntuales o no tan puntuales. Han pasado de ser las que protagonizaran la feria a quienes acompañaban a esas otras compañías “serias”, en opinión de los dirigentes. Por eso, cada uno habla de la feria según le ha ido en ella, valga la expresión, pero la opinión generalizada entre la mayoría de los profesionales y colectivos ha sido y es francamente negativa. Y son muchos los que en ese contexto de análisis recuerdan que la feria cuesta mucho dinero, que ese dinero sale de las arcas de los contribuyentes, y que el presupuesto que las instituciones destinan a usos teatrales, y más específicamente, a subvencionar y promover el teatro profesional aragonés, es muy reducido. Y que, por tanto, la feria, desde esa perspectiva, es un gasto bastante desproporcionado e inútil.

 Y llegamos al último capítulo. Desde hacía muchos meses se sabía que el Ministerio no quería saber nada de la Feria y que, por tanto, iba a retirar su ayuda, con lo que se perdía, sin duda, uno de los pilares fundamentales, tanto a nivel económico, como de prestigio y proyección nacional. Durante unos meses tampoco estuvieron muy claras las intenciones del Gobierno de Aragón, si tenemos en cuenta la actitud, las declaraciones públicas y las confesiones privadas de técnicos y, sobre todo, de algunos responsables políticos. Tan sólo el Ayuntamiento de Huesca parecía mantenerse firme en seguir apoyando la idea y su técnico cultural y director, Javier Brun realizaba las tareas normales de preparación y contratación. Y, después de tanto suspense, finalmente se anunció la undécima edición entre los días 12 y 16… ¡del mes de Noviembre!.

En Huesca, en el mes de Noviembre hace un frío de campeonato. En el mes de Noviembre hay que descartar, por tanto, cualquier actividad que no sea ir al teatro, refugiarse en el hotel, o tomarse una copa cerca de cualquiera de estos dos lugares, con lo cual toda intención de realizar acciones festivas, en la calle, o tomarse tranquilamente un café en el parque se desvanecen por completo. En Noviembre la mayoría de las compañías aragonesas tenían sus compromisos ya adquiridos, o no tenían espectáculo. Pero eso, en el fondo, nadie lo ha tenido en cuenta y nadie parece haberle importado, y uno de los aspectos más lamentables ha sido en la última edición la ausencia de casi todas las compañías, junto con la pintoresca exclusión de alguna en base a misteriosos criterios, que precisamente contaban con subvenciones del propio gobierno de Aragón o, lo que es particularmente paradójico, de aquellas que disfrutan un régimen de concertación con el mismo.

El segundo aspecto llamativo es que en esta última edición los platos fuertes, destacados además de esta manera por la organización de la Feria y por buena parte de la prensa, han sido compañías todavía más marcadamente comerciales que en años anteriores. Esas que ciertamente no tienen necesidad de ferias y que tienen su espacio propio en circuitos, salas y teatros comerciales. Hay quien piensa que la selección de estas compañías refleja bien a las claras la línea que el nuevo equipo de gobierno quiere seguir en lo sucesivo, desmarcándose de la línea que el director, Javier Brun, ha llevado hasta ahora y que consistía en invitar preferentemente a compañías de Barcelona, de un perfil no tan comercial. Hay quien dice…

Hay quien dice -la mayoría-, que todo ha terminado siendo un disparate. Hay quien dice que es lamentable que a nadie se le pague ni un tanto por ciento de su cachet normal, puesto que los recortes no hacen posible tal dispendio. Hay quien dice que esta edición de la feria es el exponente de una guerra abierta entre los sectores que la apoyan y dirigen, y que ha sido posible como consecuencia de una resistencia numantina, para poder seguir dirigiéndola al precio que sea y no importa de qué manera, de uno de estos sectores, y que, desde ese ángulo, su llamada y agradecimiento a un voluntariado integrado por jóvenes aprendices de teatro de la ciudad para que realicen gratuitamente las tareas de organizarla, en el más puro estilo olímpico, es sencillamente, además de patético, un acto de desfachatez encubierta.

Hay quien dice que muchos de los aspectos que conforman la política cultural, y más específicamente la teatral, entre ellos esta misma Feria, necesitan de un debate reflexivo y sereno por parte de todos los sectores implicados y que sólo en el seno de ese debate podremos saber si todos jugamos a lo mismo o si esta realidad de la Feria, inventada, sacada adelante e impulsada desde una filosofía de mejorar y dar a conocer el teatro producido en Aragón, va a diluirse tarde o temprano, ahogada entre pequeñas ambiciones, gestos de arrogancia y una evidente incapacidad de todos por solucionar nuestros propios problemas y consentir atropellos.

Hay quien dice, por último, que sería una lástima que la Feria tarde o temprano muera y que, finalmente, quienes la inventaron y le dieron el impulso primero, fueran, una vez más los más perjudicados por esta decisión y los únicos que llorasen en su funeral.

 

Primer Acto ha recabado la opinión de algunos profesionales aragoneses sobre el pasado, el presente y el futuro de la Feria. Como quiera que las opiniones de quienes han aceptado nuestra invitación exceden con mucho el límite de espacio disponible nos hemos visto obligados a extraer lo fundamental de sus reflexiones.

Pilar LAVEAGA. (Actriz y directora del Teatro de LA RIBERA. Zaragoza) La Feria de Teatro de Huesca fue creada por las Instituciones aragonesas a propuesta de la Asamblea de Grupos de Teatro aragoneses para promocionar y difundir en España el trabajo teatral aragonés. Pero esta “valiosa” razón de ser se ha ido difuminando año tras año, hasta llegar a su actual configuración: una muestra variada y heteróclita de estilos, puestas en escena, calidades, compañías comerciales, compañías de grandes medios, alternativas, de pocos recursos… en un revoltijo multiforme con una representación aragonesa que ha descendido en muchas ocasiones al 40% y que tampoco ha obtenido en general un número importante de contrataciones que fundamenten para la mayor parte de las compañías aragonesas, incluidas las concertadas, su continuidad. De acuerdo con esta valoración aparecen dos posibilidades: volver a una Feria Aragonesa del mismo modo que existen la Feria Gallega, la Feria de Tárrega en Cataluña, y la Feria del Sur en Palma del Río o su transformación en un Festival de Teatro para no privar al magnífico público oscense de una Fiesta Teatral de la que era verdadero creador con su respuesta mayoritaria y entusiasta. (…)

 Benito de RAMON (Dramaturgo del Nuevo Teatro de Aragón. Profesor de la Escuela Municipal de Teatro de Zaragoza) (…) Y así las cosas, tal vez no resulte tan extraño, ni parezca tan exagerado lo que algunos de los nuestros empiezan a sentir cuando afirman que lo que últimamente padecemos es, casi, casi, una “Feria de Teatro contra Aragón”. Máxime, si tenemos en cuenta que el nivel de contratación global obtenido por las compañías aragonesas en la Feria nunca se ha acercado ni por asomo a los mínimos-pésimos establecidos en un principio; y, sobre todo, casi acabamos de darles la razón cuando constatamos que el capítulo de inversión económica destinada a su mantenimiento ha venido siendo superior al montante total destinado a las ayudas a la producción teatral en nuestra comunidad. Pero, a pesar de los pesares, y, teniendo en cuenta los tiempos que corren -malos para todo lo que tenga que ver con ayudas institucionales al teatro-, todavía hay algo en lo que la inmensa mayoría de nosotros estamos de acuerdo: pensamos que no sería bueno, ni tampoco medianamente inteligente, dejar morir, o peor, matar la Feria de Huesca.

Rafael CAMPOS (Director del Teatro de la ESTACION. Profesor de la Escuela Municipal de Teatro de Zaragoza) Un análisis de la Feria requeriría más espacio y atención, pero lo que sí parece cierto es que, en todo caso, ha perdido la razón de ser original: la de que fuera un escaparate de nuestro teatro. La pérdida de ese carácter ha originado en la práctica un escaso interés para la mayoría de las compañías aragonesas, que pocas veces han conseguido de la feria una ocasión para dar a conocer su trabajo fuera de nuestra Comunidad. Este proceso de deterioro ha llegado hasta el actual momento, en que, desde mi opinión, la Feria de Teatro de Huesca no ofrece a nuestro teatro un interés comparable a los ingresos que consume del ya de por sí escaso capítulo presupuestario que se dedica al teatro. Mucho menos con su actual estructura de funcionamiento.

Luis BITRIA. (Director de LA RUEDA TEATRO. ZARAGOZA) En estos momentos la Feria de Teatro es una noria de vanidades y orgullos malentendidos que ha perdido la orientación y carece de objetivos y fundamentos. Pero eso no es lo peor de todo. Lo realmente absurdo es que no sirve para nada. Es un acto inútil. Habrá quien pensará que diecisiete millones es poco para tal evento, pero yo pienso que mil pesetas del erario público destinadas a esa idiotez es un despilfarro imperdonable. (…)Yo supongo que la sensación de abandono, de tristeza, de frialdad y de fracaso que ha rodeado la XI Feria será la misma que habrán sentido los asistentes y participantes. Me los imagino alejarse, bajo la lluvia y el frío, a sus lugares de origen. A unos bajo los sones de una sardana, sonriendo irónicamente mientras piensan “estos aragoneses son tontos del culo”, y a otros diciendo “el rodaballo estaba un poco jasco este año, veremos el que viene”.

Carlos MARTIN. (Director del Teatro del TEMPLE. Zaragoza) La Feria de Huesca sirvió para que “nuestra tierra” exhibiera una vez más su inmenso Complejo de Inferioridad, criticando hasta la vergüenza los propios espectáculos y, alabando hasta el ridículo, propuestas irrisorias y comerciales, aparentemente provocativas, cada vez más cercanas a las teleseries. La Feria de Huesca no sirve para vender, porque en las ferias no se vende, se muestra, y qué vamos a mostrar nosotros ¡si en Aragón el teatro no existe! ¿Existe un Centro Dramático que con su poder cierre la boca de los “críticos” y “programadores” impertinentes, instrumentalizados e interesados? No. ¿Existen subvenciones o concertaciones comparables a la media nacional? No. ¿Existe un afán competitivo acompañado de operaciones de marketing y seguimiento eficaces? No. ¿Existen distribuidores eficaces? No. Entonces el Teatro en Aragón no existe y la Feria de Teatro tampoco. (…)

Alfonso DESENTRE (Actor. Director del Teatro IMAGINARIO. Zaragoza). (…) La Feria debe volver a contar con todo el apoyo de profesionales e instituciones. Debe recuperar e incrementar su presupuesto; pero no, como ya se ha ido anunciando, para la contratación de espectáculos “más importantes” (esto es, macro espectáculos, espectáculos “con tirón” de repartos televisivos, teatro comercial sin tapujos, en definitiva) sino para dotar de medios, infraestructuras, servicios, difusión y condiciones dignas de contratación, la exhibición del teatro profesional hecho en Aragón y de los espectáculos más vivos, honestos, rigurosos y valientes del estado español. (…) Esta última edición ha acentuado los males endémicos de la Feria. Ha descendido la presencia de programadores, la incidencia en el público oscense considerablemente menor, la programación híbrida, sin responder a un proyecto claro o como si respondiese a varios y contradictorios, siendo los espectáculos comerciales programados en el Olimpia -los que supuestamente iban a actuar de “tirón” para público y programadores “de nivel” los que con alguna honrosa excepción han defraudado más claramente toda clase de expectativas. (…)

Damián TORRIJOS. (Escritor. Autor teatral. Director del Grupo GALADRIEL. Huesca.) Lo que más me inquieta de la Feria es su aparente falta de criterios. No sé (no sabe nadie) con qué tamiz se purgan las compañías, o quién y con qué derecho, al margen de evidentes patologías mesiánicas, dicta la moda teatral. Sólo veo una diferencia entre la Feria y el avance de primavera de El Corte Inglés: conozco los accionistas de El Corte Inglés. No creo, en todo caso, que la Feria de Teatro defienda los intereses de los profesionales aragoneses. Creo que su morbosa querencia de lo exótico y el relumbrón constituye un peligro serio para la concepción misma de un teatro aragonés. Al margen de otras decisiones sublimes (quién y cómo dirige la feria), la duda es clara: o se es una feria o no. O priman los criterios comerciales y que cada cual se las componga, o se actúa desde un dirigismo más o menos atinado (pero siempre censurable). O Feria, o Festival, o Juegos Florales, pero nunca una farsa para bien de pocos o de los mismos. Si no fuera porque pago a escote tanto desatino me quedaría el consuelo de añadir que la Feria de Teatro en Aragón me importa un bledo.

Mariano CARIÑENA. (Director del Teatro ESTABLE. Director de la Escuela Municipal de Teatro de Zaragoza.) (…) Todo ha transcurrido en un progresivo paso del mal al peor y así ha de seguir mientras la promoción del teatro esté en manos de políticos que tienen muy severas dudas sobre la conveniencia de promocionar tal cosa y mientras el reparto de la miseria esté en la de funcionarios de cuestionable documentación teatral, que actúan en función de sus gustos (?) personales, de sus simpatías, amistades y otras vinculaciones afectivas con los grupos teatrales mendicantes. Así, visto desde fuera, tras unos cuantos años sabáticos consecuencia de haber caído en desgracia, la impresión sobre la feria es la de que inicialmente fue víctima de un intento de asesinato administrativo. Al fracasar este intento, por la actitud del Ayuntamiento de Huesca al que interesaba realmente mantener el invento, se sustituyó la defenestración por una colaboración que al menos garantizaba el control de éste por parte de los frustrados ejecutores de la sentencia de muerte. El resultado ha sido la feria de este año. (…)

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