Informe sobre (algo más que) una legislatura. El teatro en Aragón.

Publicado en “Primer Acto”, Nº 260 (Septiembre-Octubre 1995).

 

1.-Los éxitos del Real Zaragoza como bálsamos contra el desánimo.

Los aragoneses de a pié andamos sumidos desde hace tiempo en una permanente zozobra y desencanto, cuyo origen habría que buscarlo en algunos episodios de nuestra historia regional durante la transición a la democracia y la consecuente frustración al quedar relegados a autonomía de segunda división. También, en las últimas actitudes de algunos destacados políticos de la tierra, enmarcadas, y parece que consentidas, en el quehacer global y las estrategias de los partidos a los que pertenecen. Las corruptelas y escándalos a nivel nacional parece que tienen aquí un exacto correlato local o regional, y la consecuencia de todo ello es una evidente desmoralización de las conciencias y de los ánimos generales en una población ya de por sí bastante descreída hacia las promesas que secularmente se le hacen desde dentro y desde fuera de sus lindes. Además, durante la última legislatura, la escena política se vio inesperadamente alterada por la entrada en escena de un nuevo personaje, parece que extraído del más ínfimo teatro de barraca: el tránsfuga. Se trataba de una mezcla de histrión y payaso surrealista, aunque sin el menor atisbo de gracia o sentido del humor. Finalmente, como le ocurre al bufón que interpreta Woody Allen en una de sus primeras películas, sus cantos, discursos y cabriolas terminaron siendo inaguantables para todos, especialmente para los sufridos votantes, que expresaron inequívocamente su rechazo castigando con dureza a los socialistas que dependían de ellos para poder gobernar tanto en el Ayuntamiento de Zaragoza como en el Gobierno de Aragón. A partir de ahí, tanto uno como otro, junto con la mayoría de instituciones locales y provinciales, se convierten en feudo del Partido Popular, aliado con el PAR, de inspiración regionalista.

En aquel contexto, preludio de la debacle, no era de extrañar que en las escasas ocasiones en que había motivos colectivos para alegrarse, el júbilo fuese extraordinario, exagerado, contagioso, patológico… Solemos ser desde hace tiempo una región que sólo accede a las páginas de los diarios nacionales y los noticiarios de las televisiones para explicar nuestras desgracias, y, en el mejor de los casos, para demostrar lo cariñosamente hospitalarios que somos recibiendo a papas, reyes, militares y obispos. Por eso, no tiene que extrañarle a nadie que cuando el Real Zaragoza consiguió un éxito espectacular ganando la Recopa, las masas decidieran organizar, o, mejor dicho, improvisar, un inclasificable y emocionante “happening”, con la participación activa de ciento cuarenta y cinco mil personas, en honor de sus héroes del Olimpo y en desagravio de las atrocidades y el mal teatro a que nos tenían acostumbrados los transfugas y sus compañeros de reparto.

Causará un cierto grado de sorpresa saber que, a pesar de los pesares, el balance en la gestión realizada por los departamentos de cultura de algunas instituciones en materia teatral no se resintió en demasía de esta lamentable situación, sin duda porque sus líneas de actuación estaban ya seriamente trazadas desde anteriores legislaturas. ¿Qué ocurrirá a partir de ahora con el Partido Popular instalado como fuerza hegemónica indiscutible?

 

2.- El Ayuntamiento de Zaragoza: un balance deficitario.

El que pinchó de forma estridente fue el Ayuntamiento de Zaragoza. Su gestión cultural ha sido nefasta durante los últimos años, atenazada, aunque no justificada, por la escasez de presupuesto. Conviene recordar que las primeras corporaciones municipales democráticas se distinguieron en esta ciudad precisamente por su utilización de la cultura como banderín de enganche con la ciudadanía, incentivando actividades, promoviendo estructuras, municipalizando teatros y servicios varios, con una energía que asombró a propios y extraños. Más tarde comprobamos que esa “utilización” era demasiado literal… Las últimas corporaciones no dudaron en seguir una línea política en donde, por ejemplo, se primaron iniciativas desmesuradas, contestadas abiertamente desde diferentes ámbitos, como la de la construcción de un reluciente y soberbio Auditorio, dotado de una acústica envidiable para escuchar orquestas sinfónicas, pero arquitectónicamente insuficiente para solucionar el problema que Zaragoza tiene planteado desde siempre a la hora de acoger espectáculos de grandes dimensiones, como pueden ser, por ejemplo, las representaciones de determinadas óperas, o ballets, etc.

Pero el deterioro de la actividad municipal en materia teatral tiene en el pequeño teatro de la Plaza de Santo Domingo, el Teatro del Mercado, su más desdichado emblema. Todos recordamos cómo en esa sala de doscientas butacas, reconvertida para usos teatrales por el arquitecto Daniel Olano en 1980, gracias a una iniciativa del Teatro de la Ribera, dio cabida durante los primeros años de funcionamiento a un público joven y que poco a poco se fue curtiendo como espectador exigente. Me viene a la memoria que de allí se marchó, llorando de emoción, Rafael Alberti tras el recital de José Luis Pellicena sobre textos de su Arboleda perdida, y que por su escenario han pasado la mayoría de los actores españoles o extranjeros que han tenido un buen monólogo en su repertorio: Franco de Francescantonio, Albert Vidal, Pepe Rubianes, Miguel Barceló, Angel Pawlowski, José Luis Gómez… También se han podido ver los espectáculos producidos por la inmensa mayoría de las compañías nacionales alternativas. Su escenario también ha acogido los espectáculos de compañías aragonesas -en algún caso los primeros-, como Tabanque, El Silbo Vulnerado, Teatro del Alba, Nuevo Teatro de Aragón, Tranvía Teatro, Teatro Imaginario, Titiriteros de Binéfar, etc, que han ido surgiendo durante estos dos últimos lustros. Hoy el Teatro del Mercado alterna en su interior las proyecciones de la Filmoteca Municipal -cuya gestión es magnífica y que a estas alturas debería tener un local de exhibición propio-, con las representaciones de grupos de institutos, actuaciones de magos, humoristas, etc, junto con las de alguna compañía aislada de mayor o menor interés, y el frío sobrecogedor de las butacas, habitualmente abandonadas por un público al que se la echado literalmente de allí y que era, si se me permite la expresión, el mejor público de la ciudad. Lo que fue una de las salas alternativas pioneras en el estado español ha terminado siendo un local sin ningún prestigio, marginal, casi inservible y desahuciado.

Poco más a nivel municipal. Esa falta de presupuesto global, consecuencia y reflejo de la escasa importancia que se le ha dado en los últimos tiempos a favorecer manifestaciones de la cultura más viva, ha tenido otro tipo de consecuencias. En primer lugar la desaparición de el Festival Internacional de Música, Teatro y Danza, por el que habían pasado en años anteriores nada menos que el Berliner Ensemble, el Piccolo Teatro de Milán, Jean Moreau, Marcel Marceau, Tadeusz Kantor, el Living Theatre, y tantos otros artistas individuales y colectivos de enorme prestigio e influencia. En segundo lugar, que el Teatro Principal sigue exhibiendo una desigual programación intermedia entre lo artístico y lo comercial, que aparea sin rubor en un mismo mes por ejemplo a Arturo Fernández y a Els Joglars, a Alonso Millán y a Jean Paul Sartre… Y, en último lugar, que la Escuela Municipal de Teatro sigue abierta, aunque hibernada, a pesar de que, hoy por hoy, es la única estructura pedagógica teatral seria que existe, no sólo en Zaragoza, sino en todo Aragón, y que de sus aulas han salido la inmensa mayoría de los actores y actrices que desde hace años integran las compañías profesionales.

 

3.- El Gobierno de Aragón y las diputaciones provinciales intentaron racionalizar la actividad teatral.

Sin embargo, desde el Gobierno Autónomo fundamentalmente, y desde las diputaciones provinciales, se dieron pasos firmes para estabilizar una estructura teatral lo más sólida posible.

En primer lugar organizando Festivales, campañas, circuitos, y la Feria de Huesca. Balance desigual, especialmente en el caso de la Feria, que cada edición se parece más a una muestra convencional o a un festival, y se aleja del espíritu con el que surgió con el impulso, por cierto, de los propios profesionales. El cambio de nombre lo dice todo. De Feria de Teatro de Aragón se ha pasado a una Feria de Teatro en Aragón, en donde el cambio de preposición es toda una declaración de intenciones de poner casi exclusivamente la cama… Pero es indiscutible que, a partir del resto de iniciativas, el público aragonés, a través de sus propios ayuntamientos en muchos casos, ha tenido oportunidades de ver teatro de una forma continuada y en unas condiciones técnicas hasta ahora impensables. Más discutibles son los criterios que primaron a la hora de seleccionar los espectáculos. No es un dato anecdótico el que las compañías aragonesas tuvieran que reivindicar en más de una ocasión, y con mayor o menor constancia y mal humor, que a la hora de integrarse en estas programaciones se merecían un trato preferente, al menos similar al que reciben otras compañías en el resto de sus propias comunidades autónomas.

En segundo lugar, hay que constatar la intervención en las producciones a través de ayudas, subvenciones, y concertaciones, si bien es verdad que la cuantía económica total que se destina a ello -algo más de treinta millones de pesetas-, es, a todas luces, insuficiente, sobre todo si comparamos estos números con los de la Feria de Huesca y su más que dudosa rentabilidad. A pesar de ello las concertaciones, recientemente implantadas, son la estrella de la legislatura que acaba de morir, reconfortada sólo por las cabriolas de los tránsfugas-bufones. Sin duda un paso adelante, enormemente positivo, para estabilizar el trabajo de quienes han ido demostrando perseverancia, trayectoria y calidad, y a quienes es frecuente verles en salas y teatros de toda España. La administración autonómica intentó corregir de esta forma, concentrando el dinero público en proyectos bianuales, su propia tendencia inicial a repartir entre muchos la miseria, contribuyendo decididamente a que existieran muchos miserables y pocos profesionales. Como todas las reconversiones -sería injusto olvidarlo-, sin duda ha tenido su lado traumático para muchos de los reconvertidos y especialmente para los aniquilados durante el proceso, o en vías de serlo.

 

4.- Hacia una industria teatral aragonesa.

Tal vez, desde el resto del Estado, no se recuerde que durante los años sesenta y setenta hubo aquí, fundamentalmente vinculado al movimiento político de izquierdas en la Universidad de Zaragoza, una actividad teatral muy peculiar y valiosa. Nombres como Juan Antonio Hormigón, Mariano Cariñena, Mariano Anós, Rosa Vicente, Pilar Laveaga, Alberto Castilla, Juan Antonio Quintana, Eduardo González, María José Moreno, y algunos otros, nos remiten a un periodo de gran intensidad teatral y a algunos espectáculos dirigidos e interpretados por ellos, en los parámetros de una inspiración brechtiana, que todavía no han sido estudiados y valorados a la luz de su importancia. De allí nacerían el Teatro Estable, primero, y el Teatro de la Ribera después,  éste último como colectivo pionero en el movimiento nacional que conocemos como teatro independiente. Ambos grupos han sido también cantera y escuela de formación obligada de quienes fundaron posteriormente las compañías reseñadas al principio.

La actividad teatral en Aragón desde la muerte de Franco ha sido ininterrumpida y ha producido espectáculos que han frecuentado los circuitos nacionales, las programaciones de festivales e incluso han sido vistos en otros países y continentes. Buena muestra de esta incesante actividad han sido las producciones de la última temporada, entre los que habría que destacar, tal vez, las siguientes: Amargo, del Teatro de la Ribera, sobre textos de Lorca y dirección de Pilar Laveaga; Terminal, del Teatro del Alba, con guión y dirección de Santiago Meléndez; la versión de Tabanque de Días felices, de Beckett, con puesta en escena de John Strasberg, como director invitado; Caricias, de Sergi Belbell, por la compañía Teatro Imaginario, con dirección de Alfonso Desentre; La metamorfosis, de Franz Kafka en versión de Benito de Ramón, dirección de Paco Ortega, con Tony y María Isbert, y Alfonso del Real, como actores invitados, por el Nuevo Teatro de Aragón; la puesta en escena del texto de Alfonso Plou, Rey Sancho, con dirección de Carlos Martín por parte del Teatro del Temple; la coproducción de Entremeses del siglo de Oro, con dirección de Alberto Castilla, entre El Silbo Vulnerado y Tantalo Teatro (que con el montaje de Danza macabra, de Strindberg, y dirección de Danilo Nieto, festejaba sus veinticinco años de initerrumpida actividad) y, por último, la producción de Tranvía Teatro, Opereta de calderilla, con texto y dirección de Rafael Campos.

Es difícil hablar de un “teatro aragonés” con señas de identidad reconocibles y algo más que coincidencias en la búsqueda de una estética y un lenguaje específico, pero todos estos trabajos escénicos participan del anhelo de encontrar un público teatral diverso y plural, y están concebidos y llevados a la práctica con una inequívoca voluntad profesional, con un nivel de autoexigencia cada vez más firme en el acabado artístico, y todo ello, a partir de la consolidación de estructuras empresariales que pelean arduamente por su estabilidad. Sin duda, toda esa actividad, situada en sus justos parámetros, puede sorprender por su contundencia, perseverancia y, en muchos casos, calidad, precisamente por no ser globalmente bien conocida por el público y la crítica del estado español.

 

5.- Un lugar de encuentro entre instituciones y profesionales.

Ese proyecto podría llamarse Centro Dramático de Aragón. A principio de los ochenta hubo un intento de fundar una estructura coincidente al menos en el nombre, pero fueron precisamente los objetivamente más interesados en su construcción quienes protestaron con más contundencia por la forma que se empleó para elegir a su director. Aquella pirueta, un lamentable error formal, y, por tanto, político, del gobierno de Aragón, coincidió con la inmadurez y la torpe falta de cohesión de las compañías y los particulares, y puso el listón de la comunicación entre éste y aquellas a una altura insuperable. El asunto se olvidó por ambas partes y lo que es más grave: como le ocurriera al protagonista de Carta al padre, “se perdió la facultad de hablar…”

Muchos son los que creen ahora que este Centro debería ser un lugar de encuentro entre voces y voluntades diversas, un paso cualitativo de importancia decisiva para mejorar el nivel tecnológico de las salas teatrales, para solidificar las compañías ya estabilizadas,  y para incrementar las posibilidades de trabajo a los actores de la tierra en condiciones dignas. Que fuera en definitiva un equilibrado espacio de experimentación y difusión. Es decir, que desde el comienzo, el Centro estuviera inspirado en exquisitos criterios de racionalidad, posibilismo y sensatez, y por la renuncia expresa a cualquier tipo de tentaciones monumentalistas.

Esta era y es la asignatura pendiente. La ruptura entre estructuras institucionales y colectivos de producción aún no ha cicatrizado del todo. La falta de unión en defensa de los intereses comunes por parte de estos últimos sólo ha emergido en casos de auténtica necesidad y siempre ha obedecido a criterios de defensa del sector amenazado, nunca para imaginar y proyectar juntos de una forma relajada y alegre. Justo en el momento en que, tanto desde los despachos públicos como desde los locales de ensayo, al finalizar el periodo político anterior comenzaba a hablarse un idioma coincidente en muchos matices de importancia, que existía una voluntad similar de afianzar seriamente lo que todavía es un atisbo de industria del espectáculo, se produjo el gran vuelco electoral, sumiendo a todos en un mar de interrogantes y, porqué no decirlo, de cierta inquietud. Y es que nuevamente, la pelota ha caído en el tejado de unos políticos diferentes, que no cesan de hablar y recomendar austeridad como contrapunto a los evidentes dispendios anteriores, y que, en materia teatral, todavía no han dicho nada sobre los grandes líneas de actuación y sobre el gran punto del debate que no es otro que el de si se afianzará, estimulará y protegerá, en qué medida, de qué manera, con qué criterios y con cuántas pesetas, el incipiente sector del espectáculo o será abandonado sencillamente a su suerte, esto es, a la intemperie del mercado.

Sería una desgracia irreparable que, en este nuevo contexto, nuestra exasperante inercia individualista junto con nuestra proverbial tozudez, se aliaran con un cierto desdén institucional, y que todo ello terminara dando al traste con lo que podía haber sido, a partir de ahora, una sensata y apasionante aventura de madurez compartida.

Explore posts in the same categories: Artículos en Primer Acto, Teatro en Aragón

Deja un comentario

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s


A %d blogueros les gusta esto: