La Escuela Municipal de Teatro de Zaragoza: una estructura cultural útil para Aragón

Publicado en “Primer Acto”, Nº 262 (Enero-Febrero 1996)

 

La actual estructura de la Escuela Municipal de Teatro nace en 1980, cuando por iniciativa del entonces alcalde de Zaragoza, Ramón Sainz de Varanda -un hombre de talante progresista y que apostó fuerte por la modernización y reforma de los servicios culturales del Ayuntamiento-, su concejal de Extensión Cultural Jerónimo Blasco promovió un concurso de méritos para dotarle de profesorado. Por aquel entonces ya existía una voluntarista Escuela de Arte Dramático situada en el piso superior del Teatro Principal y en donde se impartían una serie de asignaturas teatrales bajo la supervisión organizativa e ideológica de José Giménez Aznar. De inspiración hondamente religiosa y muy conservador en lo político, este hombre, un apasionado del teatro y cuya principal actividad había sido la crítica y la escritura, impulsó contra viento y marea una escuela impregnada de unas esencias teatrales decimonónicas, en donde, lógicamente, la declamación era la piedra angular de su voluntad pedagógica. Entre los profesionales de la ciudad, curtidos en las peripecias del teatro universitario, en los inicios de las compañías independientes, etc, esa estructura aparecía ante sus ojos como anacrónica y las voces de descontento eran unánimes y clamorosas. Por eso, tras el cambio democrático, la reforma de la única célula pedagógica teatral que existía en una ciudad de honda afición y gusto por el arte teatral, fué vista con buenos ojos por el conjunto de la ciudadanía y por los propios alumnos inscritos por aquel entonces.

La estrategia de desmontar lo que había y crear lo nuevo comenzó con un stage que iba a desarrollarse en Mora de Rubielos (Teruel) durante el verano de 1981 y que contó, entre otros, con la presencia de Albert Boadella, José Sanchis Sinisterra y Magüi Mira. La participación de esos tres profesionales, indiscutibles figuras de la escena española, fue un buen apoyo para acometer la anunciada reforma y una palpable demostración de que los rumbos del teatro y de la enseñanza teatral en nuestro país iban por otro lado. Paralelamente el Ayuntamiento acometía otros proyectos de interés capital: la municipalización de su propio Teatro Principal, la creación del Teatro del Mercado como sala alternativa, la creación de los festivales de Teatro y de Títeres y Marionetas, etc, recogiendo así buena parte de las aspiraciones que los profesionales del sector y otras gentes habían ido desgranando en el seno de la Asamblea de Cultura de Zaragoza.

 

Construir una escuela.-

 A partir de entonces, y tras superar esas pruebas iniciales, un núcleo de personas -actores, directores, escenógrafos-, acometieron la gozosa tarea de inventarse una escuela. Mariano Anós, Mariano Cariñena, Fernando Roy, y más tarde Francisco Ortega, que a la postre sería el primer director de la nueva etapa, trazaron un organigrama inspirándose en modelos de otras latitudes y contextos pero en el que estuvo muy presente el análisis de la realidad teatral de la ciudad y la región. Estos cuatro formaron el primer consejo de dirección, al que más  tarde, y durante diferentes periodos, también pertenecieron, Miguel Garrido, Antonio Malonda y Cristina Yáñez.

Inicialmente se organizó el Plan de Estudios en tres cursos, dándole un protagonismo escalonado y progresivo a la Interpretación actoral y dividiendo las tareas de formación en cuatro áreas: Cuerpo, Voz, Teoría e Interpretación. El siguiente paso fue la contratación de un profesorado auxiliar que iba a responsabilizarse de las materias específicas de apoyo, tales como Canto (Mercedes Gota), Esgrima (Javier Arellano), Danza (Susan Burnett y Carlos Blanco), Dicción y Ortofonía (Marissa Noya), Historia del Teatro (Benito de Ramón), Historia de la Música (Javier Armisén), Historia del Arte (Concha Lomba), Mimo-clown (María José Sarrate y Amparo Nogués), Preparación Física (Anabel Hernández) etc. Y, desde el primer momento, se consideró como una necesidad imprescindible para mantener un contacto permanente con la actividad escénica, el que pudiera invitarse de una manera regular a profesionales del espectáculo, nacionales e internacionales, para que impartieran cursillos o dirigieran los talleres de Tercer Curso. Así, a lo largo de estos años, pasaron por la EMT Luigi Ottoni, Joan Ollé, Jordi Mesalles, Pilar Laveaga, Albert Boadella, Heiner Mix Toro, Luis Maluenda, Pepe Ortega, Michael y Ana MacCallion, etc. De los primeros locales se pasó a los del Gobierno Militar, en el corazón de la ciudad, y más tarde, a los del Cuartel de Palafox, compartiendo ubicación a partir de ese momento con las escuelas de folklore, música y danza, todas ellas dependientes de la corporación municipal.

La EMT a lo largo de estos años ha tenido relación con otras escuelas nacionales y extranjeras. Por ejemplo, en algunas ocasiónes ha colaborado con el Institut del Teatre de Barcelona, presentando sus talleres en Barcelona, Tarrassa y Festival de Sitges. Ha sido promotora, junto con las de Sevilla, Madrid, Valladolid y Barcelona, entre otras, de la SETAL (Secretaría de Escuelas y Talleres de la Administración Local) y ha estado presente en las reuniones iniciales en las que se estudiaba la aplicación de la LOGSE a nivel nacional. En Londres, en Septiembre de 1987 y en las instalaciones de la Weber Douglas of Dramatic Art se presentó un taller de interpretación de Tercer Curso, y con el Conservatorio de Burdeos se han estado intercambiando alumnos y talleres durante los últimos años gracias a un acuerdo de acercamiento cultural y colaboración entre los ayuntamientos de ambas ciudades.

Puede decirse, por tanto, que la actividad ha sido inmensa, continuada, profundamente enriquecedora tanto para los docentes como para el conjunto del alumnado. Que se ha creado a lo largo de los años una estructura seria y estable de aprendizaje del oficio teatral. Y que de sus aulas han salido la mayoría de los actores que actualmente trabajan en las compañías aragonesas, además de un interesante surtido de jóvenes directores de escena. Por todo ello, es indiscutible que su existencia ha sido capital para cimentar ese avance hacia esa construcción de una industria del espectáculo en esta región que tratábamos de describir en anteriores números de esta misma revista.

 

Las dos caras de un balance.-

Si tuviéramos que hacer un balance de esta actividad todos los que hemos trabajado a lo largo de estos años en el interior de la EMT reconoceríamos haber tenido y tener dos tipos de sensaciones. Las primeras son gratificantes: de puertas para adentro la EMT ha tenido los problemas normales de cualquier estructura pedagógica viva, creada de nueva planta, pero, en líneas generales, el trabajo pedagógico ha sido un privilegio y una experiencia profesional impagable y enriquecedora.

La segunda sensación es de naturaleza diametralmente distinta. Excepto en los momentos en los que Jerónimo Blasco fué concejal delegado, la Escuela ha sido, de puertas para afuera, la gran ignorada en la gestión cultural del Ayuntamiento de Zaragoza durante el largo periodo socialista. Integrada normalmente en el Area de Cultura del mismo -tal vez sería más apropiada decir “difuminada” en su interior-, sus respectivos responsables políticos no quisieron ni supieron defender nunca una estructura que, por su propia naturaleza específica, no les podía reportar ni éxitos políticos ni una imagen pública que les proporcionara prestigio y votos. Podrían contarse anécdotas que sonrojarían al más pintado, que podrían incluirse en las antologías de Luis Carandell y su Celtiberia Show, y que demostrarían el grado de indiferencia y desconocimiento que la vida de la escuela y sus problemas han suscitado en muchos de sus últimos responsables. Ello ha conducido inevitablemente a que, a pesar de que año tras año los alumnos se asoman a los escenarios de los teatros públicos con los montajes de Tercero, y que puntualmente para Septiembre exista una demanda de unas cien personas para ocupar las poco más de veinte plazas de que dispone para inscribirse en Primer Curso, la EMT siga siendo mayoritariamente desconocida en una población muy desatenta secularmente a la actividad creativa o artística.

 

El futuro de la EMT.-

El cambio político ha llegado a la ciudad y a la autonomía. En el programa electoral del PP, triunfador indiscutible por estos pagos, aparecía una inesperada referencia a las escuelas artísticas municipales en el sentido de que serían impulsadas y protegidas. Esta referencia supuso la esperanza de que, al menos, el Ayuntamiento oiría las aspiraciones del conjunto de la escuela y que atendería las peticiones de mejora que de una manera permanente ha estado trasladando su actual director, Mariano Cariñena, a esa institución a través de sucesivos e inútiles informes: racionalización de los contratos del profesorado, estudio de posible traspaso a otra institución de más cobertura territorial y política, como pudiera ser la Diputación General de Aragón, cuyo ámbito de actuación está más en consonancia con el área de influencia de la escuela, desarrollo del Plan de Estudios, de la infraestructura e incremento del presupuesto económico hacia el horizonte y los objetivos de la LOGSE, o, cuando menos, un impulso para mejorar la calidad de la vida académica y su proyección pública.

Como en otros temas, las espadas están en alto, y la esperanza no está perdida. Pero ya en lo concreto ese supuesto impulso se ha traducido en que por primera vez en trece años los talleres de tercero no disponen ni siquiera de una mínima dotación económica y van a ser presentados casi en privado en un aula de la propia escuela, que todavía no han sido pagadas las facturas correspondientes a los talleres del curso anterior, y que la colaboración con Burdeos se interrumpió parece que definitivamente. Tal vez las sorpresas vengan, por tanto, a partir de Marzo. Aunque en realidad sólo serán sorpresas si son positivas y ayudan a mantener con dignidad y ambición una estructura que ha demostrado una pujanza y una utilidad indiscutible en el terreno de la cultura aragonesa, sobre todo si comparamos su trayectoria y su desarrollo con algunos fastos meramente ornamentales, bastantes derroches y muchos delirios personales subvencionados con dinero público durante estos años. Porque no sería ninguna sorpresa precisamente, sino “más de lo mismo”, que el Ayuntamiento de Zaragoza mantuviera hibernada una estructura que, por lo menos hasta ahora, no ha conocido, no ha entendido, no ha apoyado, y que continuara abierta a los ciudadanos por el mero hecho de evitarse los problemas que conllevaría su cierre. El PP tiene la palabra.

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