Programa de mano de “Madame de Sade”, de Yukio Mishima.

Marqués de Sade

A favor de la tolerancia.

A pesar de la imagen que sus múltiples detractores han ido destilando, Donatien Alphonse François, Marqués de Sade (1740-1814), no pretendía con sus obras magnificar la figura del mal, corromper nuestras costumbres, pervertir nuestro pensamiento. Utilizando -eso sí-, ejemplos y metáforas, tensados hasta el límite justo de la provocación, su mensaje final es muy otro y pudiera resumirse de esta forma: no existe peor mal que la intolerancia.

A partir de aquí, efectivamente, realiza una exquisita disección sobre los comportamientos sociales, sobre la psicología humana -con las incipientes herramientas que todavía aportaba esa ciencia en pleno siglo XVIII-, pero con su acento particularmente perspicaz para la observación de sus semejantes.

Sade lucha contra la intolerancia pero sobre todo contra los intolerantes. Entre estos últimos su objetivo favorito, como le ocurría a Molière, es el gremio de los hipócritas. Sólo hay otros individuos aún peores: los que se creen mejores que los demás. Y, a su vez, hay otros todavía peores: los que aspiran, generalmente utilizando la fuerza de las armas o de la coacción, a que los demás piensen, opinen y se comporten como ellos. De siempre esta raza humana ha tenido muy clara la clasificación moral entre lo bueno y lo malo. A partir de su certeza ha construido inmensos castillos, monumentales cárceles, sagradas iglesias…  Otros, que no lo han tenido tan claro, han levantado sólo sistemas de pensamiento en los que han nacido las flores perfumadas de la duda y la tolerancia filosófica, religiosa, política, sexual, etc. Cuando los segundos vacilan, los primeros se estabilizan en su pedestal y, a veces, los desprecian llamándoles caóticos, herejes, disidentes, maricones… Y así, siempre.

Sigamos el hilo de pensamiento de Sade: ¿Y si un día viniera un terremoto, una suerte de extraño cataclismo que pusiera todo patas arriba, incluidos los valores morales, las catedrales, las fortalezas militares y las leyes, como cuando una ráfaga de viento levanta impúdicamente las sayas de una monja? ¿Qué pasaría entonces?

Para empezar, el Marqués nos previene que ese día señalado son todos los días. Los cataclismos y los terremotos son, en realidad, la constante sucesión de acontecimientos humanos, perceptibles mejor con la distancia de la razón y la ironía, o mejor, desde otra galaxia a través del telescopio. No es sencillo ver el caos cuando se reviste de cotidiana y anodina normalidad, de la misma manera que el naúfrago, en mitad del océano, no tiene conciencia clara de estar mojado.

Los que se instalan en la duda, intuyen el fragor. Los que se instalan en la certeza, en la verdad, si lo intuyen actúan como si no. De ahí su hipocresía. Se colocan una venda y afirman rotundamente… lo que sea. Cuando cambian de opinión, deciden que ciertas cosas que han pasado, “no han pasado o no están pasando”, o viceversa. O incluso que ciertas cosas que decían, nunca las habían dicho. No hay peor maldad, valga la expresión. Todas las iglesias durante estos últimos miles de años nos han dado excelentes ejemplos de estos “pequeños” cambios, afirmando siempre su absoluta y esencial inmutabilidad.

Malos tiempos para la mística.

“El ansia deseperada de libertad conduce a Sade al imperio de la servidumbre, su enorme sed de una vida que se le ha prohibido fué calmada con un ataque de rabia hacia los otros a través del sueño de una destrucción que lo abarcaba todo. En esto, al menos, Sade es nuestro contemporáneo”.

                                                                Albert Camus. (1951)

Que se sepa, lo que más unifica a los místicos, a los contemplativos, a los alucinados, a los locos, a los aventureros, es, además de que se les pone una cierta cara de bobos, la ausencia en su interior de grandes certezas junto con la presencia de grandes intuiciones. No es por una certeza por lo que muchos se van de su casa y se dedican a la astronaútica, las misiones o la ayuda humanitaria, sino por intuición. Y, aunque peligrosa, esta actitud de “angeles fieramente humanos” es bastante más hermosa, plena, poética y generosa, que la de cruzarse mansamente de brazos, adormecidos en el el pequeño olvido diario de que somos sólo unos miserables gusanos.

Pero el Marqués de Sade tuvo mala suerte. Su impertinencia al decir y escribir lo que pensaba le granjearía enormes enemistades. Su defensa de la libertad y la tolerancia junto con su práctica consecuente le hizo pasar en la cárcel, en manicomios, etc, la mayor parte de su vida. En su tiempo casi nadie le escuchó con serenidad: le tocó predicar en un momento en que sus contemporàneos estaban atareados en derribar los muros exteriores de La Bastilla y no podían escuchar el discurso de quien les pedía que también derribaran los de su interior. Sólo le hizo caso su propia mujer, quien, en un acto de teatral y sobrecogedora coherencia, decidió ingresar en un convento el mismo día que Donatien Alphonse François llegó hasta su jardín después de dieciseis años de penitencia en diferentes reclusiones. Al igual que un santo llegó a decir que no serviría más a un señor que se le pudiera morir, Reneé de Sade decidió no mirar más a los ojos de un marido que se le pudiera engordar… Preferió recordarlo siempre “como un Dios brillante y carnal, a salvo del deterioro del tiempo”, y le dió con la puerta en las narices.

En esta obra hay también un japonés… Es nada menos que el autor. Yukio Mishima, nacido en 1925 y muerto en 1970, es, sin duda, ese hombre del catalejo. Desde su galaxia oriental contempla con la suficiente distancia algunas de las ejemplares páginas de la historia de Europa y particularmente de la Revolución francesa. La actitud mística del Marqués y la no menos mística renunciación de Reneé le fascinaron profundamente, y fué dibujando al resto de los personajes a veces con trazos gruesos y otras con trazos finísimos. La épica y la lírica se aparean en un universo dramático en donde unas mujeres, dispuestas a llegar a sus límites, navegan alrededor de la figura de un hombre hermoso y terrible. Mujeres que le aman y le odian por lo que es y por lo que representa. Ceremonialmente, se pone el kimono noche tras noche y va escribiendo Madame de Sade, imaginándose para su representación una cavidad simétrica, muy propia del teatro que vió desde niño. Al terminar de contarnos esta sorprendente parábola, también de un modo ceremonioso y simétrico -colocándose en el centro de su habitación como para no salpicar con su propia sangre en las paredes-, se suicida lenta y ritualmente.

 Amaba vivir, pero posiblemente eso no le pareció certeza suficiente para seguir viviendo.

                                                                                                    Francisco Ortega

 

 A  Ana,Virginia, Liliane, Bárbara P., Marisol, Bárbara C., Olga, Rosa y Susana: todo mi cariño y toda la suerte del mundo en esa etapa fascinante que debería ser siempre trabajar para el teatro.

Donatien Alphonse François, Marqués de Sade (1740-1814), fué un hombre con mala suerte. Su impertinencia al decir, escribir y hacer en cada momento lo que le parecía oportuno le granjearía enormes enemistades. Su defensa de la libertad y la tolerancia, frente a los timoratos y los hipócritas, y su propia biografía, salpicada de escándalos, le hizo pasar la mayor parte de su tiempo en cárceles y manicomios. Nadie le escuchó con serenidad: le tocó predicar su doctrina en un momento en que sus contemporáneos estaban atareados en derribar los muros de la Bastilla y no podían escuchar el discurso, lleno de paradojas y provocaciones, de quien les pedía que derribaran también los de su interior. En “ese sueño de la destrucción que lo abarcaba todo” vió Albert Camus su rabiosa contemporaneidad.

Yukio Mihima (1925-1970), autor de gran cantidad de novelas y cuentos, y estudioso desde la distancia de su Japón natal  de algunas de las ejemplares páginas de la historia de Europa y particularmente de la Revolución Francesa, se siente pronto fascinado por la actitud heróica del Marqués, dispuesto a vivir en cautiverio por su defensa a ultranza de la libertad. A partir de ahí recompone un puzle en el cual nos cuenta la extraña y peculiar relación del Marqués con su familia y más en concreto con su suegra, Madame de Montreuil, quien sería la dueña real de su vida y responsable de su cautiverio, y con Reneé, su mujer. Entre la realidad y la ficción habría que situar el punto culminante de su obra: la actitud consecuente de esta última que, al igual que alguien dijo que no serviría a señor que se le pudiera morir, preferió no mirar más a los ojos de un marido que se le pudiera engordar… para recordarlo siempre “como un dios brillante y carnal a salvo del deterioro del tiempo”, llevando ella misma, hasta sus últimas consecuencias, la propia filosofía de Sade.

Mishima escribe, pues, una historia de desamor, de renunciación, pero también un alegato contra la intolerancia y la hipocresía. Una obra teatral brillante y original, en donde la épica y la lírica se aparean en un universo dramático mixto lleno de sugerencias orientales y occidentales. En ese universo, unas mujeres -aliadas o enemigas del Marqués y dispuestas a llegar a sus límites-, navegan alrededor de la figura de un hombre hermoso y terrible. Mujeres que le aman y le odian por lo que es y por lo que representa.

Ceremonialmente se pone el kimono noche tras noche y va escribiendo Madame de Sade, imaginándose para su representación una cavidad simétrica, muy propia del teatro que vió desde niño. Al terminar de contarnos esta sorprendente parábola, también de un modo ceremonioso y simétrico -colocándose en el centro de su habitación como para no salpicar con su propia sangre en las paredes-, se suicida lenta y ritualmente.

Esa dificultad de encarnar unos personajes a mitad de camino entre el trazo grueso de su significación simbólica y el sutil y finísimo de su registro sicológico es una buena razón para trabajar a partir del texto de Yukio Mishima en un taller de interpretación de tercer curso. 

                                                                                        Francisco Ortega                            

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One Comment en “Programa de mano de “Madame de Sade”, de Yukio Mishima.”

  1. Hugo Daniel Says:

    >Es posible conseguir el texto en español? Quién lo editó? Gracias y saludos,
    Hugo


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