Programa de mano de “Víctor, o los niños al poder”, de Roger Vitrac.

 Creer que en teatro son preferibles ciertos fracasos que algunos éxitos no es, frente a lo que puedan creer algunos mercachifles de tercera, una piadosa forma de autocompadecerse. ¿Quién puede dudar a estas alturas, por ejemplo, que Antonin Artaud es uno de los nombres claves de la escena contemporánea? Por el contrario, es ya casi un lugar común admitir que en sus alucinaciones, en sus grandes intuiciones, estaban contenidas ya lo que después han sido las líneas generales del teatro occidental contemporáneo, particularmente en lo que hacen referencia a la función del texto, al nuevo tipo de actor que ese teatro precisaba, al papel del nuevo director de escena, al lenguaje escénico que ahí nacía, con entidad poética propia, etc.

           Pues bien, muchas de las experiencias teatrales de Artaud en vida pueden ser consideradas aparantemente como fracasos rotundos, si las examinamos a la luz del escaso interés que despertaron en el público y la crítica de su tiempo, y en los propios compañeros de la profesión.

           Su puesta en escena de Víctor, o los niños al poder fué uno de los más clamorosos. En París, cuando se estrenó en Diciembre de 1928, apenas fué visto por un pequeño grupo de incendiarios reciclados, extraidos la mayor parte de ellos de las derrotadas y resacosas huestes del dadaismo. Es decir, cuatro gatos. Pasó desapercibida por completo. Como desapercibida pasaría la trayectoria del teatro “Alfred Jarry”, una especie de proyecto independiente y experimental, plagado de insuficiencias y contradicciones, en donde el propio Artaud, junto con Roger Vitrac y Robert Aron quisieron sacar adelante una alternativa radical que contrarrestara tanto vaudeville facilón y tanto empacho clasicista y acartonado que presidía por entonces el quehacer de la Comedie Française. Obviamente no consiguieron nada de esto.

           ¿Donde está pues el interés de este fracaso? ¿Qué razones hay entonces para incorporar Victor al repertorio ya extenso de talleres de tercer curso de la Escuela Municipal de Teatro?

           Pienso que Victor es una de las cimas del teatro surrealista de todos los tiempos, a pesar de sus lagunas, imperfecciones y desequilibrios, comparable en el campo del cine a películas como La Edad de Oro, de nuestro querido Luis Buñuel. Utilizando de manera tramposa la forma externa del vaudeville de su tiempo (Feydeau, Labiche, etc), Vitrac construye una pieza teatral fieramente revolucionaria, que cuestiona con enorme sentido del humor, pero a la brava, los géneros teatrales en sí mismos, adelantándose en esa reflexión a nuestro tiempo. Es indudable, además, que en esta obra encontramos ya los ecos que resonarán mucho más tarde en el mejor teatro del absurdo (Ionesco, Beckett), que Genet debe agradecerle muchas ideas a Vitrac en la construcción de su dramaturgia especular (El balcón, Las criadas, etc) y que el personaje de Victor, un niño que cumple nueve añitos y que decide súbitamente decir lo que piensa “automáticamente”, horas antes de morir, tiene  todo el perfil de un héroe negativo, una especie de anticristo de dibujos animados, que parece extraido de algunas páginas memorables del Marqués de Sade y que es en cierta medida un antepasado ilustre y un precedente de Roberto Zucco, de Koltès, salvando todas las distancias que se quieran.

           Si estos razonamientos son correctos, ¿puede considerase baldío el estreno de Victor o los niños al poder? ¿Se equivocaron Vitrac y Artaud en su escritura o en su puesta en escena o era la sociedad parisina de entonces la que no podía digerir tal purga, establecida confortablemente en esa calma burguesa y aburrida que rechaza sin ni siquiera conocer cualquier tipo de innovación o de sorpresa, (y mucho más si la retrata en clave de feroz parodia) despuès de tantos soponcios y conatos de desestabilización.?

           Por último, debo advertir que he tomado una decisión arriesgada al realizar la versión al castellano de la que, como es lógico, soy el único responsable: he situado la acción dramática en un contexto reconocible para la mayoría. En 1953, catorce años después de acabada la guerra civil española, había en nuestro país un aire impregnado de parecida podredumbre moral, vivíamos -aunque algunos lo padeciéramos desde el útero de nuestras respectivas madres-, en un mundo de tópicos irrespirables, parecido al que Vitrac creía ver en la sociedad de su tiempo y Artaud intentó subrayar en su puesta en escena. La sustitución de algunos personajes de la historia francesa (el Mariscal Bazaine) por otros de la española (el general Palafox), la aligeración del texto dividiéndolo a su vez en dos partes, en relación a los tres actos del original, y la eliminación de algunos localismos irrelevantes y algunos inmediatismos de extracción surrealista -como leer noticias del periódico del día del estreno-, me han parecido arreglos necesarios para hacer comprensible y cercana toda la ironía amarga y corrosiva de la obra.

                                                       Francisco ORTEGA

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