Textos de la segunda parte de la Gala del Bicentenario del Teatro Principal de Zaragoza

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Primer Texto (Leído por Benito de Ramón)

 En la primera parte de nuestro espectáculo José Luis Pellicena nos leyó una Loa, escrita por él mismo, en recuerdo de la que abrió la ceremonia de inauguración de este teatro. En la misma, en aquella noche de Agosto de 1799, también se leyeron unos sonetos de autores diversos y desconocidos.

 Los usos poéticos de nuestro país han cambiado desde entonces, qué duda cabe. Pero hay poetas que, nacidos y muertos en este periodo de tiempo, serán recordados en el interior del selecto club de los clásicos, leídos y disfrutados como lo serán siempre Gonzalo de Berceo, el Arcipreste de Hita, Fray Luis de León o Garcilaso de la Vega.

 Uno de ellos es Rafael Alberti, autor de Marinero en Tierra, Sobre los Angeles y de tantos libros memorables. Rafael también escribió para el teatro. Es oportuno recordar que en varias ocasiones el escenario del Principal acogió algunas de sus obras: El hombre deshabitado, El Trébol florido, El adefesio, etc.

 La muerte del poeta hace unas semanas y la presencia en este acto de su gran amigo José Luis Pellicena nos han parecido argumentos suficientes como para trastocar levemente el orden de esta segunda parte incluyendo una breve escena en la que el actor aportará su cálida voz a lo que quiere ser un homenaje en esta noche al inolvidable poeta de los largos cabellos, cuyas cenizas flotan ahora mismo sobre el agua plateada de su querida bahía de Cádiz.

 

Segundo texto. (Leído por Santiago Meléndez)

El Teatro Principal ha sido un espacio en donde se estrenaron las producciones más importantes del teatro aragonés. En esa medida ha contribuido a afianzar a nuestras compañías, de modo especial desde los tiempos no demasiado lejanos del Teatro de Cámara de Zaragoza hasta los actuales en los que se abre paso un inequívoco concepto de la profesionalidad en nuestros directores, actores y demás creadores de la escena.

 De aquel Teatro de Cámara surgieron algunos nombres imprescindibles de la escena aragonesa y nacional: Mariano Cariñena, Juan Antonio Hormigón, Rosa Vicente, María José Moreno, Eduardo González, Angela Domingo, Javier Anós, Mariano Anós, Pilar Laveaga, Juancho Graell y otros.

 Después, El Teatro Estable, el Teatro de la Ribera, El Teatro del Temple, El Silbo Vulnerado, El Nuevo Teatro de Aragón, El Teatro del Alba, La Rueda Teatro, Tántalo, El Teatro Imaginario, y otros, quedaron aquí citados en numerosas ocasiones con el público de su ciudad.

 Por otra parte, el Principal nunca fue una isla desierta. Siempre estuvo acompañado.

 Junto a él existieron otros que complementaron la oferta teatral en esta ciudad. La mayoría de ellos desaparecieron con el tiempo. Pero ahí están sus nombres: Parisiana, Circo, Argensola, Pignatelli y algunos otros.

 Nunca deberíamos olvidarlos porque también contribuyeron a hacer nuestras vidas más felices.

 En la actualidad, junto al Teatro del Mercado, existen dos salas con programación permanente, organizadas y dirigidas desde la iniciativa privada.

 Ese es su mérito, esa es su grandeza y en una noche como ésta convendría que valoráramos como se merecen este tipo de esfuerzos, que se hacen no sólo por amor, no cabe duda, pero que no pueden explicarse sin él.

 El Teatro Arbolé desde hace más de diez años programa teatro para niños, con especial dedicación a la utilización de las marionetas. El Teatro de la Estación, de nacimiento más reciente, se dirige preferentemente a un público de adultos intercalando en su repertorio obras de diferentes estilos y épocas.

 Interpretado por Cristina Yáñez, una de las actrices de su compañía titular, y dirigido por Rafael Campos, veremos un fragmento extraido de obras de Darío Fo y Franca Rame, autores muy queridos en esa casa.

 

Tercer Texto (Leído por Gabriel Latorre)

 El escenario de este teatro ha estado abierto, a lo largo de estos doscientos años, a todo tipo de manifestaciones artísticas.

 Por esa razón han tenido cabida también en él aquellas que se interrogaban a sí mismas e interrogaban al espectador sobre las propias claves de la creación teatral.

 Dicho de otro modo: aquí también se han visto propuestas audaces, rompedoras, sorprendentes, incomprendidas incluso en algunas ocasiones.

 El teatro ha cambiado, como nosotros hemos ido cambiando.

 Algunos espectáculos que produjeron sorpresa inicial en nuestro público, e incluso su rechazo más extemporáneo, en realidad estaban abriendo sus ojos a manifestaciones y estilos que después fueron aceptados sin problemas.

 Aquí se escuchó muy pronto a Lorca, a Genet, a Beckett, a Ionesco, a Arrabal, a Bertold Brecht, entre tantos otros autores.

 El Living Theatre y Tadeusz Kantor, por poner sólo dos ejemplos ilustres, mostraron algunas de las creaciones que marcaron un antes y un después en la escena mundial.

 La danza y la música contemporáneas tuvieron también su espacio y encontraron también a quien quiso reconfortarse con ellas.

 Por eso, esta noche hemos querido comenzar la segunda parte de nuestra gala, presentando el trabajo de un actor aragonés, vinculado a muchos proyectos renovadores. Mariano Anós dirige y escribe teatro, pinta y enseña. Resume, por tanto, en sí mismo, muchos aspectos de lo que conocemos como artista de nuestros días.

 Shakespeare y Heiner Müller le sirvieron para crear este Hamlet o no que nos aprestamos a ver y a escuchar a continuación

 

 CuartoTexto. (Leído por Pilar Laveaga)

 Durante muchos años Don Juan y Doña Inés se presentaban a su cita novembrina, como diría el poeta Miguel Labordeta.

 A veces los tiempos cambian para mal, no cabe duda, y ya no es tan frecuente verlos ni escucharlos declararse ese trágico amor que a la postre les arrastrará indefectiblemente hacia el abismo.

 José Zorrilla escribió un texto que bien podríamos encuadrarlo entre los que mejor definen nuestras costumbres, nuestra idiosinsicrasia y nuestras contradicciones como pueblo. Es decir, como un clásico.

 ¿Porqué no pedir un deseo en esta noche del bicentenario? Por ejemplo que nuestros clásicos no se conviertan en piezas de museo, en un tesoro apolillado. Que sirvan, por el contrario, para revitalizar nuestra escena, para estimular a nuestros directores.

 Que la grandeza que encierran no se convierta sólo en  alimento de eruditos y de especialistas.

 Que no tenga más tiempo razón Louis Jouvet cuando se extrañaba, allá por los años cuarenta, de que los franceses, con un puñado muy reducido de obras de Racine, Corneille y Molière, hubiesen creado un verdadero teatro nacional, mientras que los españoles, con ese abrumador número de textos, algunos de una asombrosa belleza, firmados por Lope, Tirso, Calderón y otros, lo que hemos construido es un problema sin solución.

 Busquemos esa solución continuando los pasos de Margarita Xirgú, de Cipriano Rivas Cherif, Federico García Lorca, apoyando iniciativas privadas e institucionales, leyéndolos, asistiendo a sus representaciones

 Con este deseo, sin duda, tres actores aragoneses nos presentan, para acabar, dos fragmentos del Don Juan Tenorio, de José Zorrilla.

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