Aragón: balance de una temporada.

Publicado en “Primer Acto”, Nº 264 (Junio-Agosto 1996)

 

Para quien no haya leído crónicas anteriores el resumen de la situación podría ser éste: a pesar de los pesares, con ritmo desigual, con malos entendidos y desconfianzas entre profesionales e instituciones, con avances y retrocesos, antes de la presente legislatura se estaban empezando a construir las bases de una industria del espectáculo en Aragón. O dicho de otra manera: en Aragón existen compañías que luchan seriamente por profesionalizarse al cien por cien, hay circuitos auspiciados por el gobierno de la comunidad y las diputaciones provinciales en donde exhibir estos espectáculos, hay iniciativas puntuales ya arraigadas, como festivales, ciclos de programación, etc, existe una Escuela de Teatro, y hay unas ayudas oficiales a la producción de espectáculos. El cambio de legislatura y el revolcón electoral que sufrió el PSOE a costa de la coalición derechista entre el PP y el Partido Aragonés Regionalista (PAR), sumió en la zozobra y la inquietud a casi todos los protagonistas de la escena aragonesa ante el temor de que lo conseguido pudiera desvanecerse.

Ya en la campaña electoral los políticos de las diferentes tendencias ideológicas demostraron a las claras su desconocimiento de la situación teatral. Es normal: no suele vérseles mucho por nuestros teatros. En una página de opinión que el diario El Periódico de Aragón les facilitó para que se explayaran, hicieron gala de su ignorancia. Alguno dijo que eran necesarias más “escuelas de teatro”; otro, más sensato, abogaba por la creación de un sólo centro dramático regional, pero sin matizar nada más; otro hablaba de las excelencias de lo ya conseguido, apoyándose para ello en abundantes cifras, y multitud de datos económicos; otro auguraba malos tiempos para las subvenciones, pues decía que eran, sin más, cosa del pasado, y anunciaba la coproducción de un espectáculo más o menos grande por temporada en donde volcar literalmente toda la ayuda institucional en materia teatral. Ninguno expresó ni remotamente su intención de sentarse a la mesa con empresarios, actores, autores, etc, para asesorarse y/o intercambiar ideas antes de tomar cualquier tipo de determinación.

Ya han pasado unos meses y algunos de los temores iniciales se van confirmando de manera implacable. La periodista Carmen Puyo reflejaba en las páginas de Heraldo de Aragón su malestar ante el cariz que, en su opinión, han ido tomando algunos acontecimientos en el panorama de esta comunidad. Centraba particularmente su inquietud en la rumoreada desaparición de la Feria de Huesca, de los Festivales Internacionales de Teatro y de Títeres y Marionetas, en Zaragoza, y en la permanente inestabilidad del Ballet de Zaragoza.

No cabe la menor duda de que las opiniones de esta periodista fueron matizadamente compartidas por todos. Eran muchos los que no estaban de acuerdo con el enfoque que su director, Javier Brun, iba dando progresivamente a la Feria de Huesca, convertida cada vez más en un festival corriente y moliente que en un escaparate útil al servicio de las producciones aragonesas, que es para lo que originariamente se creó. Pero no cabe duda que un carpetazo sin más no es lo que estaban pidiendo los descontentos, sino un debate sobre su presente y sus objetivos, en relación a los intereses globales del sector teatral. Por otra parte la desaparición de estos festivales aludidos, ambos organizados desde el Ayuntamiento de Zaragoza, y que contaban ya con unas raices y una personalidad cultural propia en la ciudad, sólo puede ser considerado como un desgraciado síntoma del escaso interés que el PP demuestra ante el hecho escénico en la sexta ciudad española, comparado al menos con los ardores presupuestarios y esfuerzos organizativos que está exhibiendo ahora mismo en otras iniciativas bastante más discutibles: la contratación de Gloria Estefan durante las próximas fiestas del Pilar y, sobre todo, la del mismísimo Michael Jakson que vendrá en carne blanquísima y mortal a Zaragoza, si su salud y sus pleitos se lo permiten, de la mano del concejal Juan Bolea…

Pero, además de lo que denunciaba Carmen Puyo, habría que destacar el peligro en el que parece que se encuentran las ayudas a la producción de espectáculos y las concertaciones bianuales con determinadas compañías. En el fondo de la cuestión estaría el tema recurrente -¡todavía!-, esta vez a escala regional, sobre si el teatro, como bien cultural y social, debe ser subvencionado o no, en qué medida y de qué forma. El temor de los profesionales es que las subvenciones desaparezcan sin más, sin reflexión ni debate alguno, como ha ocurrido con otras realidades que parecían ya asentadas, y que la actividad teatral en esa región quede abandonada a la intemperie del mercado, sin culminar ese proceso de estabilidad al que aludíamos. Ha costado muchos sudores el normalizar las relaciones entre las compañías y las instituciones pero no cabe duda de que el dinero público, canalizado desde hace unos años con una progresiva racionalidad, no exenta a veces de suspicacias y descontentos, ha sido una pieza fundamental a la hora de comenzar a apuntalar un panorama que parece ahora tambalearse de nuevo. Aunque han sido convocadas ya nuevas ayudas a la producción lo cierto es que el retraso en pagar las anteriores y las declaraciones en contra de las mismas de algunos responsables políticos de la mayoría gobernante, tanto en privado como a través de los medios de comunicación, no dejan mucho espacio para el optimismo.

 

Las producciones.

En el terreno de la producción de espectáculos por parte de las compañías aragonesas el plato fuerte de la temporada ha estado centrado inevitablemente en la figura de Goya, pintor de la tierra del que se celebra el doscientos cincuenta aniversario de su nacimiento. Dos han sido los espectáculos centrados en su figura, junto con muchos otros actos artísticos y culturales. El primero, Goya, poesía circundante que presentó El Silbo Vulnerado, con dirección de Héctor Grillo. El segundo, Goya, por la compañía El Temple, con texto de Alfonso Plou y dirección de Carlos Martin, que contó con el concurso actoral de Sancho Gracia en el papel estelar.

La buena factura artística de ambos espectáculos no fué suficiente para acallar un cierto malestar entre muchos profesionales que hubieran deseado que tanto el Gobierno de Aragón como el Ayuntamiento de Zaragoza, impulsores respectivamente de uno y de otro, no hubiesen volcado de una manera tan exclusiva sus recursos económicos y sus esfuerzos de programación en un par de iniciativas, por muy estimables y sensatas que fueran, perjudicando al conjunto de la profesión o al menos creando agravios comparativos y alimentando todo tipo de suspicacias. Algunos creen que ante eventos conmemorativos como el que nos ha ocupado lo que debería hacerse es plantear concursos abiertos a los que las compañías podrían presentar sus proyectos libremente. En cualquier caso, el Ayuntamiento de Zaragoza cumplió así su amenaza electoral de volcarse en una sola producción, intentando jugar una carta de prestigio más que discutible, y, desde luego, desmesurada, si tenemos en cuenta los recursos que este año ha destinado al conjunto de la actividad teatral municipal, tanto en su vertiente pedagógica (La Escuela Municipal de Teatro ha funcionado bajo mínimos), como en la programación de sus teatros, prácticamente reducida a las obras de aquellas compañías nacionales y locales dispuestas a aceptar un tanto por ciento del taquillaje.

Junto a estos trabajos escénicos habría que destacar algunos otros de gran interés: Las burlas de las mujeres, a partir de textos de clásicos españoles, del Teatro de la Ribera, con dramaturgia y dirección de Pilar Laveaga, que abarrotó el Teatro Principal de Zaragoza para después realizar una intensa gira nacional e internacional (Festivales de El Paso y Ciudad Juarez y presentación en Nueva York); Pimpinone, Opera de Cámara de Tellemann, del Nuevo Teatro de Aragón, con dirección de Francisco Ortega, que ya se había estrenado en la XXIII edición del Festival de Sitges en lengua catalana; Amador, de Gerard Jan Rijnders, del Teatro del Alba, con dirección de Santiago Meléndez; Sonrisas para tí, de Kostia-Tabanque Imagen 3, sobre textos de Chejov, con dirección del argentino Mario Dragunsky.

Sin embargo creo que por derecho propio merece ser destacado el trabajo de tres compañías aragonesas que, sin haber contado con ningún dinero público para la producción, han dado muestra de una gran capacidad de trabajo y una muy estimable calidad en sus espectáculos. Así el Teatro Imaginario puso en escena, con un notable éxito de público, su versión de Noches de amor efímero, de Paloma Pedrero; Ciudad Interior presentó su versión de Hércules II y la Hydra, de Heiner Muller, con dirección de Luis Merchán; y por último, La Rueda Teatro, estrenó primero El Septimo Círculo, texto y dirección de Luis Bitria, y, posteriormente, Las mujeres sabias, de Molière, con versión y dirección de Francisco Ortega.

Por último es preciso reseñar tres acontecimientos destacables con epicentro en Zaragoza. En primer lugar, la apertura del Teatro de la Estación, después de varios retrasos debidos a diferentes problemas técnicos. Su compañía titular, bajo la dirección de Rafael Campos, puso en escena una versión de La venganza de Don Mendo, de Muñoz Seca, y ya anuncia versiones de textos clásicos españoles, una programación estival de cabaret y un ciclo de teatro contemporáneo. En segundo lugar, la continuidad de las programaciones de la Sala Arbolé, centrada principalmente en espectáculos para títeres y marionetas, pero que incluyen otras de gran interés teatral, musical y poético. Por último, la estancia de Luigi Ottoni, antiguo actor del Piccolo Teatro de Milán y viejo conocido por estos pagos desde que en 1983 realizara un taller de interpretación invitado por la Escuela Municipal de Teatro. En esta ocasión, nuevamente invitado por esta institución y por la Universidad, ha impartido clases de comedia dell’arte, y dirigido Los enamorados, de Carlo Goldoni, con traducción de Mariano Anós, que la Escuela presentó en el Teatro Principal junto con Víctor o los niños al poder, de Roger Vitrac, con versión y dirección del que esto escribe.

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