Escribir teatro en Aragón

Publicado en “Primer Acto”, Nº 272 (Enero-Febrero 1998)

 

Es difícil, casi imposible, resumir en cuatro folios dos horas de conversación. Hay una labor de síntesis posterior que, sin duda, empobrece lo dicho, incluida la forma con que se dijo. Hablan cuatro autores aragoneses, vinculados no por casualidad, a cuatro compañías que funcionan con regularidad dentro y fuera de nuestra comunidad. Son Benito de Ramón, dramaturgo del Nuevo Teatro de Aragón, Alfonso Plou, codirector del Teatro del Temple, Rafael Campos, director del Teatro de la Estación, los tres afincados en Zaragoza, y Damián Torrijos, director de Galadriel Teatro, de Huesca.

Les pido, para empezar, una definición personal como escritores de teatro.

 Benito de Ramón. (BR).- Sin duda esa es la cuestión más difícil de contestar. A mí personalmente me resulta imposible separar el trabajo de escritor de teatro al margen de mi trabajo global en la compañía a la que pertenezco. Desde el principio todo estuvo muy unido. Yo tenía antes coqueteos con la literatura y por avatares del destino me sumé a un proyecto artístico y a partir de ahí comencé a escribir una obra -Los cinco magníficos- que se representó. Por estas razones considero que soy más una especie de guionista, de adaptador, de dramaturgo, -términos que lógicamente no tienen para mí nada de peyorativos-, que un creador teatral. Me siento más a gusto en el interior de un proceso en el que participan más personas. En otro orden de cosas te diré que me considero un escritor realista.

 Alfonso Plou. (A.P.) Una de las características que definen a los escritores teatrales actuales es esa vinculación con el teatro en su totalidad. No está mal esa definición que ha dado Benito de guionista o dramaturgo. Pero creo que hay que tener en cuenta también que estamos en una época en la que es posible hablar de la autonomía del trabajo del dramaturgo frente al de el director o los actores puesto que ha habido una recuperación del valor de la palabra, del texto como motor del hecho teatral. En ese sentido yo me considero un autor de teatro de palabra que asume una serie de cosas que han sido descubiertas durante el periodo de preponderancia del teatro de imagen. Escribo en una línea que incentiva una dimensión poética en muchos de los textos pero también me podría definir como un autor postmoderno en el sentido de que asumo todas las vanguardias y fluctúo por estilos y genéros en función de la historia que quiero contar.

Rafael Campos (R.C.) No rechazo la definición de realista en el sentido de que me interesa que los temas sean reconocibles mediante la trasparencia de los procedimientos formales. La escritura para mí no es más que la poetización de una cierta visión de la realidad. He empezado a escribir muy tarde y ha sido como consecuencia de una vinculación previa con el teatro. Participo también de esa idea de eclecticismo que me ha parecido entender que defendía Alfonso.

Damián Torrijos (D.T.) A menudo me reprochan un estilismo desorbitado; me llaman “barroco” con ánimo de ofender. En realidad no sólo asumo ambas calificaciones, sino que me entusiasman. En todos los ámbitos de la literatura, incluido el dramático, percibo con cierta indignación un paulatino desprecio del estilo: prima el impacto sobre el medio, la prisa sobre la invención. Yo defiendo la literatura con un prurito de orfebre y me muevo mejor entre la filigrana. En términos teatrales es peligroso, porque lamentablemente, hemos puesto de moda montajes de gran sobriedad textual. Me importa poco caer en la exageración y, de hecho, escribo materialmente sepultado por diccionarios, mamotretos y pliegos. Siempre, porque una novela es sólo un guión con acotaciones estupendas.

 

Casualidad o no, los cuatro estáis vinculados a cuatro compañías aragonesas. Este hecho ¿enriquece o empobrece vuestro trabajo de escritores?. ¿Es una ventaja o una servidumbre? ¿Es esta la única manera de asegurar que vuestros textos son llevados al escenario?

A.P. Yo empecé a escribir y a estrenar sin pertenecer a una compañía concreta, pero casi todos mis estrenos han estado vinculados a la historia y al momento de las compañías que los han estrenado. Para mí la situación que vivo es una opción elegida: soy un hombre de teatro y quiero estar vinculado al hecho teatral en su conjunto. Por otro lado confieso que he ido escribiendo en paralelo las obras que me apetecen y que se van acumulando hasta que se estrenen o no. Sobre si me he sentido más libre como escritor al hacer unas u otras yo creo que ha dependido de la obra en sí. Ha habido encargos que me han parecido proyectos muy personales como fue el caso, por ejemplo, de El Rey Sancho. Lo que siempre me ha funcionado bien es ese concepto del contrapeso: el escribir algo de unas determinadas características me motiva para después hacer algo bastante diferente.

BR. Una de las claves en mi caso es que yo también me siento vinculado al hecho teatral en conjunto. En mi compañía no estoy como un contratado, que puede tener una relación esporádica o que recibe un encargo puntual, sino que asumo un proyecto estético global a partir de unos principios y unos objetivos discutidos y asumidos por todos y en los que me siento cómodo para escribir. El pertenecer a un equipo para mí supone un auto estímulo que me obliga a cumplir los pactos, los tiempos acordados, etc, como superación de una cierta vagancia en la que podríamos caer si no estuvieran. Por otro lado, esta vinculación grupal me proporciona como escritor un conocimiento de factores tan importantes como los mecanismos de respuesta del público, que me hacen aprender, probar cosas, etc. Tal vez por eso puedo hacer cosas tan diferentes como adaptar una novela de Kafka, como fue el caso de La metamorfosis, o escribir una comedia musical como A la llegada jugaremos al ping-pong.

D.T. Yo creé Galadriel Teatro. Lo hice con otros, pero sólo yo he sobrevivido al núcleo inicial. En otras palabras, Galadriel es algo estrictamente mío; y no concibo la creación dramática sin esa herramienta final. Pido mucho a mis actores, porque es una compañía excéntrica que se niega a seguir los más elementales cánones comerciales. Y han de aceptar mis manías sobre el misticismo, que es la base de cuanto escribo. A partir de ahí, sin embargo, mis obras pertenecen al colectivo. Ese concepto de “autor de comedias” es tan viejo como el teatro mismo; yo, nosotros, somos la consecuencia y la continuidad de artesanos a lo Juan Palomo. Aunque puedo hacerlo de otro modo, prefiero esa concepción circular de mis montajes y controlar todos sus aspectos. A veces me canso; y escribo un cuento, y en paz.

RC. Efectivamente. Trabajar establemente con una compañía es una ventaja añadida porque nada te impide seguir ejerciendo la autoría paralelamente, de manera independiente. Trabajar vinculado a un proyecto no supone ninguna cortapisa, sino más bien lo contrario: es una sugerencia que me estimula, me anima y me autodisciplina. En cualquier caso en el acto de la escritura no veo diferencias esenciales entre hacerlo de una manera o de otra. Si comparo Memorias de Bolero, un texto que podríamos calificar de “comercial” y Proxémicas, una reflexión poética e incluso filosófica sobre el hecho teatral, me encuentro con que la calidad de las difultades formales que tuve que resolver fueron parecidas. En un caso hice uso de unos procedimientos y en el segundo de otros. El teatro es por antonomasia un arte social, en la vertiente de la producción y en la de la relación con el público, por lo menos el teatro que nece con vocación de ser representado, y yo me inscribo en esa necesidad haga lo que haga.

A.P. Antes Rafa hablaba de eclecticismo y yo hablaba de postmodernidad. La situación que vivimos es que no existe un paradigma en la manera de escribir ni un concepto estético que domine. Lo que hacemos es aceptar las diferentes posibilidades estéticas y adecuarnos al proyecto que llevamos entre manos. El problema grave en mi opinión estaría en hacer algo que no quieres hacer. Si eso ocurre ahí está la verdadera traición, fuera o dentro de una compañía.

R.C. Hay otra cosa… Para mí no tiene mucho interés sentirme un autor puro y pristino, seguidor de todos los principios irrenunciables…

A.P. En el fondo hasta cuando uno escribe su obra más personal también existe una distancia entre realidad y deseo. Hasta cuando uno se plantea no aceptar condicionamientos exteriores al escribir ya se está aceptando de forma inevitable los propios: la propia capacidad creativa, etc.

R.C. Cualquier autor que presuma de libertad para hacer una obra y que se meta dentro de la propia lógica de la composición de esa obra y de como la va armando, de cómo la va componiendo, va cayendo inevitablemente en sus propias trampas. Es otra limitación.

 

En Aragón hemos afianzado las compañías -también han desaparecido otras-, se han creado y estabilizado circuitos de distribución, y existe una política de Ayudas a la Producción. Todo esto, que es bueno, para compañías, actores, etc, y para el conjunto de la profesión, ¿es suficiente desde el punto de vista de quienes escribís teatro? En otro orden de cosas, ¿sería un paso decisivo la creación de un Centro Dramático para nuestra comunidad?

D.T. Los avances en la política teatral aragonesa me parecen excelentes, porque así tiene más mérito prescindir de ellos. Al margen de eso me traen sin cuidado, porque temo que ha sido un pastel cocinado para un número limitado de comensales. Pero hay cosas que ofenden. Hace años, cierta compañía aragonesa -no Galadriel- estudió montar una de mis obras. Por hacerlo recibía una subvención de un millón; finalmente montaron un Shakespeare porque la subvención era de cuatro millones. Eso, en lo que hace a los valores literarios, es bueno y aconsejable; pero en términos de fomento artístico es esnobismo palurdo. Me gustaría que mis impuestos financiaran proyectos y autores aragoneses. Y en lo básico: mientras Huesca, por ejemplo, no tenga un sólo teatro de propiedad pública, mientras los colectivos oscenses ensayen sus montajes en una nave industrial, la idea de un Centro Dramático me parecerá desmesurada.

A.P. El Ministerio me concedió hace unos años dos becas que me vinieron muy bien y con las que pude escribir dos obras. No sé si esa es la mejor manera de incentivar la escritura porque no asegura el estreno posterior, que es lo básico. Lo que sí creo es que el Gobierno de Aragón debería tener en cuenta de una forma más clara a la hora de subvencionarlos, como dice Damián, los proyectos presentados a partir de textos escritos por autores aragoneses contemporáneos.

B.R. Creo que más que premiar aisladamente, habría que ir creando estructuras que permanezcan. Me estoy refiriendo a las ayudas para la formación a través de becas, cursillos, etc. Por ejemplo para trabajar con alguien en concreto durante un tiempo para hacer tal o cual proyecto, para reciclaje… Por otra parte en relación a la segunda cuestión que planteas, yo pienso que al tener una realidad teatral tan desestructurada imponer un Centro Dramático crearía más problemas y más desconcierto, y no veo que favoreciese en nada a los escritores.

A.P. Yo creo que hay que reformar todo el asunto de los apoyos y de las estructuras teatrales en Aragón. El tema de la autoría es uno más. Se está produciendo desde los últimos cinco años una degradación progresiva que está llevándonos a una situación de peligro. Ante esa ausencia de estructuras, un Centro Dramático, matizando mucho sobre cómo sería, podría ser positivo, como lo sería apoyar más la Escuela Municipal de Teatro de Zaragoza, a las compañías, al teatro a nivel mediático y a nivel institucional. Es decir, apoyar más lo que ya existe.

R.C. Estoy de acuerdo con vosotros aunque al final también terminaríamos con los problemas de siempre: unos sujetos deberían decidir sobre algo y eso siempre es problemático. Por otro lado no son los mejores tiempos para creer que este tipo de cosas sean posibles, dado el modelo de estado que se intenta construir, no sólo aquí sino en toda Europa, el valor que se le da a la cultura, etc. Hago una lectura escéptica de los tiempos que vivimos puesto que se están haciendo unos cantos de sirena sobre las fundaciones, las legislaciones que fomentan el apoyo a una determinada cultura nada peligrosa para el Estado y en el nuevo contexto de una sociedad en la que se avecina una multiplicidad de ocio enorme. Espero que el teatro, que el libro, que la música en directo, terminen sobreviviendo y tengan un reducto propio. En cuanto al Centro Dramático… Creo que no molestaría, que consolidaría la profesión. Estoy bastante de acuerdo en que la cultura necesita templos.

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