Paco Rabal

 

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Me piden que escriba sobre Paco Rabal (Aguilas, 1925-Burdeos, 2001) para el número que va a significar la reaparición de “La Butaca” en la Escuela Municipal de Teatro. Lo hago encantado, en primer lugar porque los alumnos de la Escuela necesitáis un órgano que exprese adecuadamente lo que sentís y pensáis sobre el teatro y la pedagogía con la que se os enseña, y, en segundo lugar, por la figura concreta que se me pide que describa, a pocos días de su muerte, y por la que siento ahora, y he sentido siempre, una especial simpatía.

Simpatía intuitiva y no basada, desde luego, en un exhaustivo conocimiento de su trabajo. Como todo el mundo sabe, Paco Rabal ha sido, por encima de cualquier otra cosa, un actor cinematográfico (unas doscientas intervenciones a sus espaldas), y, en concreto y sobre todo, el actor fetiche de nuestro paisano Luis Buñuel, compartiendo honores en este sentido con Fernando Rey, que nos dejó no hace mucho tiempo. A pesar de ello, en algunos momentos Paco Rabal también se subió a los escenarios (Teatro María Guerrero, Compañía “Lope de Vega”, etc) para interpretar a autores como Lope, Calderón, Jean Cocteau, Arthur Miller, e incluso Harold Pinter.

Paco me ha parecido siempre el ejemplo diáfano del talento natural para la interpretación, exento casi por completo de una formación que no proviniera de la propia experiencia y del hacerse a sí mismo, desde el día en que, trabajando en unos estudios cinematográficos de Madrid como aprendiz de electricista, Rafael Gil le diera a los veinte años la oportunidad inesperada de ser actor. Talento apoyado por un físico y una voz extraordinariamente característicos, y por una manera de comprender la vida y la profesión como dos planos que se entrecruzan y alimentan entre sí. Esa experiencia y el paso del tiempo le fueron confiriendo técnica y mesura, sin por ello perder ni un ápice de su peculiar capacidad expresiva. Como a todas las fuerzas de la naturaleza que se asoman a los escenarios con un bagaje de esta índole, aunque desnudos de una técnica académica, le ocurría, en mi opinión, que muchos personajes se parecían demasiado entre sí, es decir, que inevitablemente se parecían demasiado a él.

Pero, si hubiera que destacar algunos de ellos, yo lo haría tal vez con tres: el que en su juventud interpretó en la película de Buñuel, Nazarin (1958), el de la película dirigida por Mario Camus, Los Santos Inocentes (1984), y el menos conocido de El disputado voto del señor Cayo, dirigida en 1986 por Antonio Jiménez Rico.

En el primero nos encontramos a un Paco Rabal joven pero capaz de dibujar en la pantalla un personaje que sufre por dentro y expresa por fuera una amalgama de profundas contradicciones. El resultado es sensacional. En Los santos…, todos le recordaremos con aquella “milana bonita” que se le posaba en el hombro, y con aquella inteligencia actoral capaz de convertir en enormemente complejo un personaje que, en manos de otro actor, hubiera sido extremadamente simple y se hubiera quedado en niveles costumbristas y anecdóticos. En El disputado… le vimos realizando algunos monólogos que deberían estar en la videoteca de cualquier estudiante de teatro para ser analizados en tiempos de crisis.

Son tres, pero podríamos hablar de decenas de personajes, y ahí, como casi siempre en nuestro oficio, el gusto personal dictaría la selección.

Pero cuando se me ha pedido esta colaboración me ha venido a la cabeza de manera inmediata el hecho de que en el último año he tenido una curiosa relación con él, a pesar de que no llegué a conocerle personalmente. La casualidad y los acontecimientos han ido obrando, como siempre, de manera sigilosa.

En primer lugar, porque desde instancias oficiales, se me solicitó a principios de año que consiguiera su dirección personal para invitarle a un acto protocolario. Investigué hasta la extenuación, porque Paco quería guardar celosamente el ámbito de su intimidad, pero con la colaboración inestimable de amigos comunes como Gerardo Malla y José Luis Pellicena, encontré finalmente esas señas. En segundo lugar, porque por diferentes vías, he tenido cierta influencia en que haya actuado en los Festivales de Aragón programados este verano. En efecto, en sus últimos meses de vida, con los años, las cicatrices y las enfermedades a cuestas, y cogido siempre del brazo de su inseparable Asunción Balaguer, el actor recorría los escenarios españoles con un trabajo teatral titulado “Queridos poetas”. Finalmente no vi el espectáculo que se programó ante el magnífico castillo de Valderrobles el pasado día 3 de Agosto, pero me cabe el honor y el orgullo de haber contribuido a que otros espectadores vieran en nuestra tierra a Paco Rabal en la que tal vez fuera su última intervención escénica.

Y por último, porque Benito de Ramón había pensado invitarle a participar en una colaboración en su adaptación de Medea, el próximo espectáculo de su compañía Nuevo Teatro de Aragón, y que inicialmente iba yo a dirigir. Paco iba a ser Creonte en una aparición videográfica de unos minutos y en un espectáculo coproducido con la región francesa de Aquitania. Curiosa última coincidencia: Paco Rabal ha muerto en suelo francés y en la misma ciudad en que rodó a las órdenes de Carlos Saura en 1998 uno de los papeles más importantes de su biografía profesional (Goya en Burdeos), y en donde precisamente se iba a estrenar nuestro espectáculo.

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