Mitomanías (1)

En la tumba de César Vallejo

En la tumba de César Vallejo

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

A lo largo de mi vida he sentido admiración profunda por muchos artistas e intelectuales: escritores, músicos, actores, directores de escena… Sin embargo, hay pocos que han traspasado la frontera de la mitomanía. Es decir, soy un mitómano, sí, pero un mitómano muy selectivo. 

Saco esto a colación después de haber leído un magnífico post escrito por Javier Rioyo sobre el asunto, en su no menos magnífico blog,  www.blogs.elboomeran.com. que desde ahora recomiendo. Como le ha ocurrido a Rioyo, periodista, escritor y actualmente conductor de “Extravagario”, programa que emite la 2 de TVE, París ha sido una de las ciudades especialmente importantes en mi modesta pero firme trayectoria como mitómano. Dentro de la ciudad, sus tres principales cementerios son lugares especialmente estratégicos: el de Montparnasse, el de Père-Lachaise, y el menos conocido de Montmartre.  

Del primero, recuerdo con auténtica emoción el hallazgo de la tumba de César Vallejo, el poeta sobre cuya obra comencé y no concluí una tesina en la Universidad de Barcelona a mediados de los setenta. Encima de su tumba hallé una piedrecita, que alguien abandonaría de manera intencionada y que me traje a mi ciudad en un acto del que después me he arrepentido miles de veces. En la lápida (ver foto) me conmovió leer esa frase extraída de su conocido poema: “Yo nací un día que Dios estuvo enfermo”. También se puede leer: “J’ai tant neige pourque tu dourmes, Georgette” (“He nevado tanto para que durmieras, Georgette”) Allí estuve sentado más de una hora, recordando sus poemas, “sus jueves parisinos con aguacero”, su relación de amor con Georgette, la mujer que sentía celos de Pablo Neruda, la manera como el poeta le describía a su madre la grandeza de la ciudad en la que vivió y murió finalmente. Junto a la de Vallejo, están también las tumbas de Eugène Ionesco, Samuel Beckett, Jean Paul Sartre, Simone de Beavoir, Charles Baudelaire, Margaritte Duras, el cantante Serge Geinsbourg, y tantos otros, que reciben cada día centenares de vistas, muchas de las cuales dejan su testimonio en forma de ramo de flores, tarjeta de visita o simple cajetilla de cigarrillos. 

Cementerio Pere Lachaise, de París

Cementerio Pere Lachaise, de París

En el Père-Lachaise, el más grande de París, ubicado en el distrito XX y concebido por el arquitecto Alexandre Theodore Brongniart, descubrí emocionado la tumba de mi admirado Molière, pero también la del pianista Michel Petrucciani, o la de Jim Morrison, el controvertido cantante de The Doors, que es siempre una de las más concurridas. Allí también están, entre otras muchas, las tumbas de Apollinaire, Maria Callas, Alfred de Musset, Marcel Proust, Isadora Duncan, la más reciente de Gilbert Becaud, etc. 

Pero debo destacar la emoción que sentí una fría mañana de invierno en el Cementerio de Montmartre, localizado en el 37 de la Avenue Samson, en el 18 arrondisrement, donde se encuentra la tumba de Héctor Berlioz, Alexandre Dumas hijo, etc. Yo buscaba la de Louis Jouvet, maestro de maestros, de quien acababa de leer varios textos sobre dirección de actores y sobre la experiencia del “Cartel”, el colectivo de directores de escena (Pitöeff, Dullin, Baty y el propio Jouvet) que cambió las directrices del teatro europeo a finales de los años veinte. Encontré finalmente la tumba de Jouvet, pero antes de hacerlo me di cuenta de que mis pies estaban nada menos que encima de los restos de Bernard Marie Koltès, al que considero como  uno de los dramaturgos más importantes del siglo XX, autor entre otros textos de “Roberto Zucco”, “En la soledad de los campos de algodón”, o “Muelle Oeste”. No quiero confesar públicamente lo que se me ocurrió hacer en ese momento, una acción en consonancia con la tormentosa vida de este genial escritor, muerto en Abril de 1989 y paradigma perfecto de los conflictos, pasiones y enfermedades de finales del siglo XX. 

Delante del Café "Les Deux Magots"

Delante del Café "Les Deux Magots"

Pero París, claro está, no son solo sus cementerios desde esta perspectiva mitomaníaca. También existen Pigalle con sus tugurios frecuentados por los surrealistas, el boulevard Montparnasse con mi adorados cafés de las que era asiduo Luis Buñuel (El Select, la Coupole, la Closerie des Liles, o la Rotonde), y el boulevard Saint Germain, con los no menos queridos Brasserie Lipp, Le Café de Flore o Le deux Magots, mi preferido, espacios de creación y debate intelectual para Albert Camus, María Casares, Sartre, Beauvoir, etc. Y qué decir del barrio latino, la plaza y el boulevard de Saint Michelle, que han sido lugares que por razones diferentes jamás olvidaré.

Ya conté en mi blog las sensaciones que viví en el primer viaje a comienzo de los años ochenta, en donde la casualidad me llevó hasta la iglesia de Saint Severin un jueves santo, en donde una anciana de pelo blanco bailaba una danza de cuyos compases era ella la única conocedora. Nosotros veíamos bailar a una diosa de la mitología, componiendo una mágica imagen, extraída de alguno de los mejores libros de Cortazar. Poco después el azar me llevó hasta le “Polly Maggo”, situado enfrente justo de la iglesia, un bar infecto pero entrañable, de mesas de madera apolillada  y permanente olor a humedad y aguardiente, en donde escuchar a Paco Ibáñez, Leo Ferré y Jacques Brel fue una costumbre mantenida desde hacía décadas. A ese lugar volví siempre, viaje tras viaje, porque, según me explicaron unos tipos completamente borrachos allí mismo, y Emma Cohen me ratificó después, los jóvenes airados del Mayo del 68 tenían aquí uno de sus campamentos base.  

Pocas decepciones tan grandes como la que sufrí el día en que pude comprobar que tanto este pequeño espacio, como el edificio que lo contenía, situado en la rue Sain Jacques, a pocos metros del boulevard Saint Germain, había sido demolido.

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