Conjunción de talentos. Veinticinco años de Caleidoscopio.

 

Sonó el teléfono –en realidad esa mañana sonó muchas veces en la pequeña parte que ocupábamos los trabajadores del Departamento de Espectáculos de Expo Zaragoza 2008. Al otro lado, mi buena amiga Paloma Tausent, programadora de la Sociedad Estatal para Exposiciones Internacionales (SEEI):

-“Paco, necesito que me recomiendes una compañía zaragozana para que actúe en la Semana de España de la Royal Flora de Tailandia”.

Lo tuve claro desde el primer momento. Como me pedían seriedad, profesionalidad, eficacia escénica, ¿quién mejor que ellos, entonces?

No cuento esto ahora –después de que la actuación fuera un éxito indiscutible-, para ponerme una medalla retrospectiva (aunque me sentiría muy feliz si alguien me la pusiera…), sino para reconocer lo evidente.

Y lo evidente es que, sorteando dificultades, soportando ingratitudes, aplicando una dedicación modélica, estrujándose día a día las meninges de la creación y de la fantasía, Caleidoscopio ha conseguido asentarse donde ellos querían: en el lugar del respeto compartido, de la admiración, del reconocimiento a un trabajo honrado, eficaz y excelente.

Conocí a Roberto Barra y a Azucena Gimeno por separado, a principios de los ochenta, cuando apenas eran jóvenes que ya se preparaban a fondo, sin contemplaciones, con la claridad de quienes saben discernir desde muy temprano entre lo sustancial y lo anecdótico. Se formaron en España y en el extranjero, con sencillez y humildad, y aplicaron sus conocimientos para crear un lenguaje teatral original y novedoso, en una ciudad de escasas referencias anteriores. Conocí a Vicente Martínez bastante después, y observé su capacidad de organizar, de producir, de imaginar, de trabajar sin desmayo. Y entiendo ahora que esa conjunción de energías diferentes, de sabidurías complementarias, junto con las capacidades del resto de las personas que han pasado por la compañía, ha sido la clave de algo que, sin ninguna duda, se puede considerar un éxito, y del cual yo me alegro de todo corazón.

Los frutos están ahí, después de veinticinco años. Una aventura que termina bien en Aragón. Mejor dicho, que ya empezó bien, seguirá mejor y esperemos que no acabe nunca, para satisfacción de quienes amamos la cultura popular de nuestra tierra y valoramos el esfuerzo de quienes miran con generosa firmeza hacia el horizonte, y caminan sin complejos hacia él.

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