Escenas de Molière (Texto para el programa de mano)

“Escenas de Molière” es el tercer trabajo que propuse a los alumnos y alumnas de Segundo Curso en nuestro recorrido por “el realismo” dentro de nuestras clases de Prácticas de Interpretación. El primero lo realizamos a partir de “El pelícano”, de Strindberg y el segundo sobre “Un tranvía llamado deseo”, de Tennessee Williams, ambos presentados como clase abierta en el aula en la que trabajamos diariamente.

Diferencias, pues. La primera es el lugar: un teatro –el Teatro del Mercado-, en donde se supone que se encontrarán con un público que viene a ver, a escuchar, a sentirse espectador. Antes parte de ese mismo público asistió a la preparación de los platos, en la cocina. Hoy le invitamos, por fin, al comedor. Ahora creo que la exigencia es otra: hay que actuar para la última fila, para unos espectadores que han pagado una entrada, en un lugar público en el que, además de la propia imagen personal de quienes salen al escenario, es preciso defender la propia imagen de la institución a la que pertenecemos, como alumnos o profesores, que lucha denodadamente y sin éxito desde hace años por ser reconocida como escuela superior de arte dramático.

La segunda es de lenguaje. Retrocedemos en el tiempo –nos vamos al siglo XVII francés-, y avanzamos en exigencia interpretativa. Molière construye tipos sociales, en gran medida determinados por las circunstancias históricas de su tiempo. Detrás del tipo retratado, aunque él lo niegue, está siempre la persona concreta retratada. Les pido a los actores que sigan construyendo desde una cierta verdad, desde algún lugar de ellos mismos, pero que construyan tipos reconocibles: los intelectuales estúpidos, el marido calzonazos, el embaucador profesional, la honesta pueblerina, el joven entusiasta, etc, etc, etc.

Yo creo que el trabajo del actor es siempre el mismo: mentir diciendo que es quien no es. El reto es que el público acepte esa mentira, la convierta en convención y se recree con ella. El propósito final es que, aceptando esa convención, el actor transmita correctamente desde su parcela –ni mucho, ni poco, ni pasando desapercibido por timidez, ni secuestrando al personaje por sobreactuación-, lo que Stanslavski llamaba superobjetivo. Es decir, la idea esencial, el sentido final que el autor quiso darle, aderezado con el que nosotros queramos añadirle.

Esperamos haber conseguido algo –bastante, mucho…- en esa dirección. En todo caso, hay algo que quiero subrayar: este grupo humano, con quien ha sido muy hermoso trabajar y con el que tanto he aprendido, se merece lo mejor, dentro y fuera de la escuela.

Paco Ortega

Rita Lorenzo, Macarena Buera y Raquel Poblador

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