Ha muerto Mariano Cariñena

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Me despierto con un mensaje en el teléfono: Ha muerto Mariano Cariñena. Los siguientes minutos los empleo en hacer lo mismo con las personas que considero puede interesarles esta triste noticia. Mientras lo hago, por mi cabeza circulan a gran velocidad imágenes, recuerdos, sonidos, voces, una catarata de recuerdos compartidos a lo largo de estos casi treinta años en la Escuela Municipal de Teatro. En realidad, toda una vida personal y profesional compartida con él.

Pasó lo mismo con Miguel Garrido. Desapareció sin más, a pesar de su trayectoria y del peso de sus enseñanzas. Los actores más jóvenes, los alumnos de la Escuela recién llegados, no conocen quiénes fueron estas personas, y desconocen, por tanto, la influencia que en ellos mismos tienen todavía. El color de las paredes de las aulas, la ordenación de los armarios, elementos de un paisaje que día tras día es el que nos rodea en el interior de las paredes del antiguo Cuartel de Palafox, son el resultado de su dedicación, justo en el momento en que nos trasladamos desde aquel vetusto edificio del cetro de la ciudad a éste en el que ya hace más de veinte años estamos.

Pero no solo eso, ni mucho menos. Mariano deja tras de sí la estela de un hombre polifacético, de una inteligencia preclara, de una sensibilidad exquisita, que fue, como suele decirse abusivamente, un maestro y un pionero. Maestro mío y de muchos otros de mi edad, a los que su trayectoria y su ejemplo nos precipitó de un modo u otro en la decisión de dedicarnos al teatro. Pionero, porque en unos años de dificultades políticas inimaginables en la actualidad, fundó, o estuvo en primera fila en ese instante, junto con otras personas no menos arriesgadas, las tres compañías de las que provienen todas las demás, incluidas las maltrechas actuales: El Teatro Universitario de Zaragoza, El Teatro de Cámara y el Teatro Estable.

Cuando fui director del Centro Dramático, quise hace años que su trayectoria no se perdiera de la memoria profesional y humana de nuestro teatro aragonés, y le encargué al periodista y escritor Antón Castro la redacción de un libro que terminó llamándose “Conversaciones con Mariano Cariñena”. Costó mucho hacerlo, y el pobre Antón sudó tinta para conseguir culminarlo en la fecha pactada. Me consta que Mariano se tomó tan en serio el asunto, consciente de que era un proyecto importante para él y para todos, que construyó unas estanterías gigantescas para ir almacenando materiales, fotografías, libretos, etc. Ese era Mariano: un hombre concienzudo, que llegaba hasta las últimas consecuencias de las cosas.

Últimamente se le veía en los estrenos de la Escuela, y me cuenta Rafael Campos que solía visitarlo en su despacho del Teatro Principal. Creo precisamente que en hall de ese teatro lo vi precisamente la última vez, con aspecto cansado, y compartimos los tres una agradable conversación sobre decenas de asuntos en los que él quería ponerse al día. Mermado físicamente, la nostalgia de una actividad profesional perdida anidaba en su corazón, sin duda. Y esa nostalgia devenía, a pesar de todo, en proyectos de futuro: me habló de escribir una historia del teatro en Aragón a partir de la cantidad de materiales textuales y gráficos que él atesoraba todavía. Y en eso estábamos Esteban Villarrocha, Blanca Resano, Pirula Ariza y yo cuando ahora me avisan de su desgraciado fallecimiento.

Quiero terminar ahora con unas palabras de agradecimiento y de homenaje. Supongo que en todas partes, pero en Aragón es evidente, hay dos tipos de personas: los que inventan y los que destruyen. Los primeros suelen ser estrafalarios y peculiares, suelen estar marcados por ciertos signos externos y ciertas peculiaridades en su carácter que los hacen sobresalir sobre los demás: son astutos, constantes, soñadores, atrevidos. Aciertan bastante y se equivocan mucho. Sufren y gozan de un modo extraordinario. Aprovechan al máximo el tiempo que les ha tocado vivir, y su vida termina siendo un camino en donde la generosidad y la altura de miras contrarresta con creces sus carencias y defectos. Mariano era uno de ellos.

Pero hay otros que no distinguen entre su trayectoria y la de los demás. Solo les importa la suya: son destructores y dañinos, envidiosos y cobardes. A estos últimos se les llena la boca de sandeces para condecorarse a sí mismos, esgrimiendo a veces argumentos que a ellos puede sonarles a objetivos y que ofenden a la inteligencia. Pues bien, el panorama del teatro en Aragón, casi en ruinas, destrozado por los segundos, se va llenando de ellos en detrimento de aquellos.

Me gustaría pensar que al final ganarán los primeros, pero, sinceramente, no lo creo porque el daño realizado es enorme. Pero estoy también seguro de una cosa: si en algún momento Mariano Cariñena ha examinado su trayectoria con cierta tranquilidad de espíritu, seguro que habrá sonreído interiormente y se ha sentido francamente feliz. Ha cumplido con creces la misión que él mismo se ha impuesto. Ha educado el gusto de las personas, ha dejado multitud de amigos, ha compartido su vida con Marisol, una mujer serena y fuerte, ha tenido un hijo, Bucho, que ha mantenido la tradición teatral en la familia, ha visto nacer a un nieto, ha sido el director que más tiempo ha pilotado la Escuela de Teatro, ha escrito, ha pintado, ha emborronado miles de folios y de lienzos, ha disfrutado con la mejor de las músicas, ha fumado tal vez demasiado, ha saboreado los placeres físicos e intelectuales de la vida hasta el fondo, y ha dejado para siempre un ejemplo para quien quiera seguirlo.

Por todo ello, maestro extraordinario, amigo querido, no tengo las palabras suficientes para darte las gracias.

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One Comment en “Ha muerto Mariano Cariñena”

  1. Rut Rauli Says:

    Tuve la gran fortuna de recibir sus enseñanzas y su gran carisma.

    yo también quedo inmensamente agradecida…


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