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Huesca: una feria a la deriva

mayo 22, 2009

Publicado en «Primer Acto», Nº 266 (Noviembre-Diciembre 1996)

 

Un puñado de profesionales del teatro aragonés tuvo la idea hace ahora once años de organizar un evento que tuviera como objetivo fundamental la muestra de los espectáculos producidos en Aragón por las compañías de la tierra, en un marco espacial y temporal que permitiera a programadores diversos conocerlos de la mejor manera posible. Zaragoza y Tarazona fueron los marcos elegidos para la primera edición de la Feria que se desarrollaría entre los últimos días de Mayo y primeros de Junio de 1986.

El resultado ya entonces pareció esperanzador y satisfactorio a muchos, en la medida de que perfilaba lo que podían ser las líneas generales de actuación para el futuro. Un total de diecinueve compañías mostraron otros tantos trabajos escénicos y pudieron departir con programadores, venidos básicamente ese año de la propia comunidad autónoma, entregándoles publicidad, dándoles a conocer la filosofía y planteamientos de su trabajo, sus necesidades técnicas, sus cachets, etc. Se contribuía a racionalizar el último momento de la producción teatral, el de la venta y distribución, aspecto éste en el que los impulsores de la idea veían mermada su capacidad, especialmente por la competencia con aquellas compañías y comunidades en las que dicha faceta estaba plena o más claramente desarrollada por la experiencia de muchos años.

A partir de la segunda edición, y por diferentes razones que no viene demasiado al caso enumerar, la feria se ubicó en la ciudad de Huesca. El Ayuntamiento acogió con gran entusiasmo y generosidad la iniciativa y a partir de ese momento iba a asumir la responsabilidad de la organización. El Gobierno autónomo incrementó sus ayudas y todos -instituciones y particulares- comenzaron una andadura esperanzada y que situaba la relación entre ambos en un punto de madurez insospechado poco tiempo antes. La Feria supuso un punto de encuentro tras el batacazo que unos y otros habían recibido el año anterior como consecuencia del estrepitoso fracaso del Centro Dramático de Aragón.

Huesca ofrecía bastantes ventajas. En primer lugar la de contar con un público numeroso y entusiasta que, como era de esperar, acogió extraordinariamente la iniciativa. Durante las primeras ediciones abarrotó las sedes elegidas para mostrar los espectáculos, especialmente los que contaban de entrada con más raigambre y costumbre de ser visitados, como el Cine-Teatro Olimpia y el salón de actos del Colegio de los Salesianos, en donde el Ayuntamiento ya presentaba sus propias programaciones. En segundo lugar, porque el casco urbano de la ciudad es pequeño y muy accesible. En poco tiempo programadores y público podían desplazarse de una sede a otra con lo que se favorecía la posibilidad de mostrar bastantes espectáculos al día, sin las molestias y la pérdida de tiempo en transportes y desplazamientos que este ejercicio acarrearía para todos en una ciudad mayor, como es el caso de Zaragoza. Sitges y Avignon eran referencias en la lejanía.

Pero Huesca tenía también algún inconveniente: sus salas no contaban con la dotación técnica necesaria como para acoger en buenas condiciones algunos espectáculos y mucho menos para simultanear las presencias artísticas en muchos lugares. Para subsanar estos problemas, la organización destinó paulatinamente una partida de gastos a diferentes alquileres de material técnico y a personal especializado en manejarlo. Pero, no cabe duda de que, además de este desembolso y de la progresiva racionalización que este aspecto ha ido logrando, durante estos primeros años fueron la buena voluntad, la paciencia y el compañerismo de casi todos, quienes hicieron posible que la feria se fuera arraigando un poco más.

Sucedió como en muchas otras ocasiones. A juicio de la inmensa mayoría de los profesionales a los que he pedido opinión para redactar este informe, el poder, el sentido, la orientación de la feria se fué trocando paulatinamente en otra cosa, en algo diferente a lo que en principio se pensó de ella. Tal vez el cambio de preposición lo pueda aclarar todo: de Feria de Teatro de Aragón se paso a Feria de Teatro en Aragón. Es decir, la feria fur abriendo sus puertas para que otras compañías, venidas de otras comunidades autónomas, preferentemente de Cataluña, Andalucía y Madrid, mostraran también sus productos de cara a abrir el campo de interés del mayor número de programadores. En su momento este cambio de preposición y de sentido parecía a muchos «el impuesto» que había que pagar para que la feria se mantuviera viva -es decir, para que las instituciones continuaran subvencionando sus actividades y su existencia-, aunque representara perder por el camino bastantes de las esencias iniciales y gran parte de su utilidad. A otros ya les pareció inadmisible la nueva situación, a pesar de que el engendro crecía en dimensiones, logrando hasta el apoyo del Ministerio de Cultura. Tal vez una falta de sintonía y una cierta incapacidad de reunirnos como profesionales afectados directamente por la nueva situación, contribuyeron, como suele ocurrir siempre, a que las instituciones que financiaban el evento impusieran sus criterios, colocando al frente de la misma a personas que sí que tenían las ideas bien claras sobre lo que querían. Y el proceso de alejamiento se fue agigantando cada vez más.

Durante los últimos años la tendencia marcada por la dirección es inequívoca, tanto en lo cuantitativo como en lo cualitativo. Las compañías aragonesas se han ido viendo relegadas a un lugar secundario, tanto a nivel de horarios como de espacios para mostrar sus trabajos, con las consiguientes excepciones puntuales o no tan puntuales. Han pasado de ser las que protagonizaran la feria a quienes acompañaban a esas otras compañías «serias», en opinión de los dirigentes. Por eso, cada uno habla de la feria según le ha ido en ella, valga la expresión, pero la opinión generalizada entre la mayoría de los profesionales y colectivos ha sido y es francamente negativa. Y son muchos los que en ese contexto de análisis recuerdan que la feria cuesta mucho dinero, que ese dinero sale de las arcas de los contribuyentes, y que el presupuesto que las instituciones destinan a usos teatrales, y más específicamente, a subvencionar y promover el teatro profesional aragonés, es muy reducido. Y que, por tanto, la feria, desde esa perspectiva, es un gasto bastante desproporcionado e inútil.

 Y llegamos al último capítulo. Desde hacía muchos meses se sabía que el Ministerio no quería saber nada de la Feria y que, por tanto, iba a retirar su ayuda, con lo que se perdía, sin duda, uno de los pilares fundamentales, tanto a nivel económico, como de prestigio y proyección nacional. Durante unos meses tampoco estuvieron muy claras las intenciones del Gobierno de Aragón, si tenemos en cuenta la actitud, las declaraciones públicas y las confesiones privadas de técnicos y, sobre todo, de algunos responsables políticos. Tan sólo el Ayuntamiento de Huesca parecía mantenerse firme en seguir apoyando la idea y su técnico cultural y director, Javier Brun realizaba las tareas normales de preparación y contratación. Y, después de tanto suspense, finalmente se anunció la undécima edición entre los días 12 y 16… ¡del mes de Noviembre!.

En Huesca, en el mes de Noviembre hace un frío de campeonato. En el mes de Noviembre hay que descartar, por tanto, cualquier actividad que no sea ir al teatro, refugiarse en el hotel, o tomarse una copa cerca de cualquiera de estos dos lugares, con lo cual toda intención de realizar acciones festivas, en la calle, o tomarse tranquilamente un café en el parque se desvanecen por completo. En Noviembre la mayoría de las compañías aragonesas tenían sus compromisos ya adquiridos, o no tenían espectáculo. Pero eso, en el fondo, nadie lo ha tenido en cuenta y nadie parece haberle importado, y uno de los aspectos más lamentables ha sido en la última edición la ausencia de casi todas las compañías, junto con la pintoresca exclusión de alguna en base a misteriosos criterios, que precisamente contaban con subvenciones del propio gobierno de Aragón o, lo que es particularmente paradójico, de aquellas que disfrutan un régimen de concertación con el mismo.

El segundo aspecto llamativo es que en esta última edición los platos fuertes, destacados además de esta manera por la organización de la Feria y por buena parte de la prensa, han sido compañías todavía más marcadamente comerciales que en años anteriores. Esas que ciertamente no tienen necesidad de ferias y que tienen su espacio propio en circuitos, salas y teatros comerciales. Hay quien piensa que la selección de estas compañías refleja bien a las claras la línea que el nuevo equipo de gobierno quiere seguir en lo sucesivo, desmarcándose de la línea que el director, Javier Brun, ha llevado hasta ahora y que consistía en invitar preferentemente a compañías de Barcelona, de un perfil no tan comercial. Hay quien dice…

Hay quien dice -la mayoría-, que todo ha terminado siendo un disparate. Hay quien dice que es lamentable que a nadie se le pague ni un tanto por ciento de su cachet normal, puesto que los recortes no hacen posible tal dispendio. Hay quien dice que esta edición de la feria es el exponente de una guerra abierta entre los sectores que la apoyan y dirigen, y que ha sido posible como consecuencia de una resistencia numantina, para poder seguir dirigiéndola al precio que sea y no importa de qué manera, de uno de estos sectores, y que, desde ese ángulo, su llamada y agradecimiento a un voluntariado integrado por jóvenes aprendices de teatro de la ciudad para que realicen gratuitamente las tareas de organizarla, en el más puro estilo olímpico, es sencillamente, además de patético, un acto de desfachatez encubierta.

Hay quien dice que muchos de los aspectos que conforman la política cultural, y más específicamente la teatral, entre ellos esta misma Feria, necesitan de un debate reflexivo y sereno por parte de todos los sectores implicados y que sólo en el seno de ese debate podremos saber si todos jugamos a lo mismo o si esta realidad de la Feria, inventada, sacada adelante e impulsada desde una filosofía de mejorar y dar a conocer el teatro producido en Aragón, va a diluirse tarde o temprano, ahogada entre pequeñas ambiciones, gestos de arrogancia y una evidente incapacidad de todos por solucionar nuestros propios problemas y consentir atropellos.

Hay quien dice, por último, que sería una lástima que la Feria tarde o temprano muera y que, finalmente, quienes la inventaron y le dieron el impulso primero, fueran, una vez más los más perjudicados por esta decisión y los únicos que llorasen en su funeral.

 

Primer Acto ha recabado la opinión de algunos profesionales aragoneses sobre el pasado, el presente y el futuro de la Feria. Como quiera que las opiniones de quienes han aceptado nuestra invitación exceden con mucho el límite de espacio disponible nos hemos visto obligados a extraer lo fundamental de sus reflexiones.

Pilar LAVEAGA. (Actriz y directora del Teatro de LA RIBERA. Zaragoza) La Feria de Teatro de Huesca fue creada por las Instituciones aragonesas a propuesta de la Asamblea de Grupos de Teatro aragoneses para promocionar y difundir en España el trabajo teatral aragonés. Pero esta «valiosa» razón de ser se ha ido difuminando año tras año, hasta llegar a su actual configuración: una muestra variada y heteróclita de estilos, puestas en escena, calidades, compañías comerciales, compañías de grandes medios, alternativas, de pocos recursos… en un revoltijo multiforme con una representación aragonesa que ha descendido en muchas ocasiones al 40% y que tampoco ha obtenido en general un número importante de contrataciones que fundamenten para la mayor parte de las compañías aragonesas, incluidas las concertadas, su continuidad. De acuerdo con esta valoración aparecen dos posibilidades: volver a una Feria Aragonesa del mismo modo que existen la Feria Gallega, la Feria de Tárrega en Cataluña, y la Feria del Sur en Palma del Río o su transformación en un Festival de Teatro para no privar al magnífico público oscense de una Fiesta Teatral de la que era verdadero creador con su respuesta mayoritaria y entusiasta. (…)

 Benito de RAMON (Dramaturgo del Nuevo Teatro de Aragón. Profesor de la Escuela Municipal de Teatro de Zaragoza) (…) Y así las cosas, tal vez no resulte tan extraño, ni parezca tan exagerado lo que algunos de los nuestros empiezan a sentir cuando afirman que lo que últimamente padecemos es, casi, casi, una «Feria de Teatro contra Aragón». Máxime, si tenemos en cuenta que el nivel de contratación global obtenido por las compañías aragonesas en la Feria nunca se ha acercado ni por asomo a los mínimos-pésimos establecidos en un principio; y, sobre todo, casi acabamos de darles la razón cuando constatamos que el capítulo de inversión económica destinada a su mantenimiento ha venido siendo superior al montante total destinado a las ayudas a la producción teatral en nuestra comunidad. Pero, a pesar de los pesares, y, teniendo en cuenta los tiempos que corren -malos para todo lo que tenga que ver con ayudas institucionales al teatro-, todavía hay algo en lo que la inmensa mayoría de nosotros estamos de acuerdo: pensamos que no sería bueno, ni tampoco medianamente inteligente, dejar morir, o peor, matar la Feria de Huesca.

Rafael CAMPOS (Director del Teatro de la ESTACION. Profesor de la Escuela Municipal de Teatro de Zaragoza) Un análisis de la Feria requeriría más espacio y atención, pero lo que sí parece cierto es que, en todo caso, ha perdido la razón de ser original: la de que fuera un escaparate de nuestro teatro. La pérdida de ese carácter ha originado en la práctica un escaso interés para la mayoría de las compañías aragonesas, que pocas veces han conseguido de la feria una ocasión para dar a conocer su trabajo fuera de nuestra Comunidad. Este proceso de deterioro ha llegado hasta el actual momento, en que, desde mi opinión, la Feria de Teatro de Huesca no ofrece a nuestro teatro un interés comparable a los ingresos que consume del ya de por sí escaso capítulo presupuestario que se dedica al teatro. Mucho menos con su actual estructura de funcionamiento.

Luis BITRIA. (Director de LA RUEDA TEATRO. ZARAGOZA) En estos momentos la Feria de Teatro es una noria de vanidades y orgullos malentendidos que ha perdido la orientación y carece de objetivos y fundamentos. Pero eso no es lo peor de todo. Lo realmente absurdo es que no sirve para nada. Es un acto inútil. Habrá quien pensará que diecisiete millones es poco para tal evento, pero yo pienso que mil pesetas del erario público destinadas a esa idiotez es un despilfarro imperdonable. (…)Yo supongo que la sensación de abandono, de tristeza, de frialdad y de fracaso que ha rodeado la XI Feria será la misma que habrán sentido los asistentes y participantes. Me los imagino alejarse, bajo la lluvia y el frío, a sus lugares de origen. A unos bajo los sones de una sardana, sonriendo irónicamente mientras piensan «estos aragoneses son tontos del culo», y a otros diciendo «el rodaballo estaba un poco jasco este año, veremos el que viene».

Carlos MARTIN. (Director del Teatro del TEMPLE. Zaragoza) La Feria de Huesca sirvió para que «nuestra tierra» exhibiera una vez más su inmenso Complejo de Inferioridad, criticando hasta la vergüenza los propios espectáculos y, alabando hasta el ridículo, propuestas irrisorias y comerciales, aparentemente provocativas, cada vez más cercanas a las teleseries. La Feria de Huesca no sirve para vender, porque en las ferias no se vende, se muestra, y qué vamos a mostrar nosotros ¡si en Aragón el teatro no existe! ¿Existe un Centro Dramático que con su poder cierre la boca de los «críticos» y «programadores» impertinentes, instrumentalizados e interesados? No. ¿Existen subvenciones o concertaciones comparables a la media nacional? No. ¿Existe un afán competitivo acompañado de operaciones de marketing y seguimiento eficaces? No. ¿Existen distribuidores eficaces? No. Entonces el Teatro en Aragón no existe y la Feria de Teatro tampoco. (…)

Alfonso DESENTRE (Actor. Director del Teatro IMAGINARIO. Zaragoza). (…) La Feria debe volver a contar con todo el apoyo de profesionales e instituciones. Debe recuperar e incrementar su presupuesto; pero no, como ya se ha ido anunciando, para la contratación de espectáculos «más importantes» (esto es, macro espectáculos, espectáculos «con tirón» de repartos televisivos, teatro comercial sin tapujos, en definitiva) sino para dotar de medios, infraestructuras, servicios, difusión y condiciones dignas de contratación, la exhibición del teatro profesional hecho en Aragón y de los espectáculos más vivos, honestos, rigurosos y valientes del estado español. (…) Esta última edición ha acentuado los males endémicos de la Feria. Ha descendido la presencia de programadores, la incidencia en el público oscense considerablemente menor, la programación híbrida, sin responder a un proyecto claro o como si respondiese a varios y contradictorios, siendo los espectáculos comerciales programados en el Olimpia -los que supuestamente iban a actuar de «tirón» para público y programadores «de nivel» los que con alguna honrosa excepción han defraudado más claramente toda clase de expectativas. (…)

Damián TORRIJOS. (Escritor. Autor teatral. Director del Grupo GALADRIEL. Huesca.) Lo que más me inquieta de la Feria es su aparente falta de criterios. No sé (no sabe nadie) con qué tamiz se purgan las compañías, o quién y con qué derecho, al margen de evidentes patologías mesiánicas, dicta la moda teatral. Sólo veo una diferencia entre la Feria y el avance de primavera de El Corte Inglés: conozco los accionistas de El Corte Inglés. No creo, en todo caso, que la Feria de Teatro defienda los intereses de los profesionales aragoneses. Creo que su morbosa querencia de lo exótico y el relumbrón constituye un peligro serio para la concepción misma de un teatro aragonés. Al margen de otras decisiones sublimes (quién y cómo dirige la feria), la duda es clara: o se es una feria o no. O priman los criterios comerciales y que cada cual se las componga, o se actúa desde un dirigismo más o menos atinado (pero siempre censurable). O Feria, o Festival, o Juegos Florales, pero nunca una farsa para bien de pocos o de los mismos. Si no fuera porque pago a escote tanto desatino me quedaría el consuelo de añadir que la Feria de Teatro en Aragón me importa un bledo.

Mariano CARIÑENA. (Director del Teatro ESTABLE. Director de la Escuela Municipal de Teatro de Zaragoza.) (…) Todo ha transcurrido en un progresivo paso del mal al peor y así ha de seguir mientras la promoción del teatro esté en manos de políticos que tienen muy severas dudas sobre la conveniencia de promocionar tal cosa y mientras el reparto de la miseria esté en la de funcionarios de cuestionable documentación teatral, que actúan en función de sus gustos (?) personales, de sus simpatías, amistades y otras vinculaciones afectivas con los grupos teatrales mendicantes. Así, visto desde fuera, tras unos cuantos años sabáticos consecuencia de haber caído en desgracia, la impresión sobre la feria es la de que inicialmente fue víctima de un intento de asesinato administrativo. Al fracasar este intento, por la actitud del Ayuntamiento de Huesca al que interesaba realmente mantener el invento, se sustituyó la defenestración por una colaboración que al menos garantizaba el control de éste por parte de los frustrados ejecutores de la sentencia de muerte. El resultado ha sido la feria de este año. (…)

Informe sobre (algo más que) una legislatura. El teatro en Aragón.

mayo 22, 2009

Publicado en «Primer Acto», Nº 260 (Septiembre-Octubre 1995).

 

1.-Los éxitos del Real Zaragoza como bálsamos contra el desánimo.

Los aragoneses de a pié andamos sumidos desde hace tiempo en una permanente zozobra y desencanto, cuyo origen habría que buscarlo en algunos episodios de nuestra historia regional durante la transición a la democracia y la consecuente frustración al quedar relegados a autonomía de segunda división. También, en las últimas actitudes de algunos destacados políticos de la tierra, enmarcadas, y parece que consentidas, en el quehacer global y las estrategias de los partidos a los que pertenecen. Las corruptelas y escándalos a nivel nacional parece que tienen aquí un exacto correlato local o regional, y la consecuencia de todo ello es una evidente desmoralización de las conciencias y de los ánimos generales en una población ya de por sí bastante descreída hacia las promesas que secularmente se le hacen desde dentro y desde fuera de sus lindes. Además, durante la última legislatura, la escena política se vio inesperadamente alterada por la entrada en escena de un nuevo personaje, parece que extraído del más ínfimo teatro de barraca: el tránsfuga. Se trataba de una mezcla de histrión y payaso surrealista, aunque sin el menor atisbo de gracia o sentido del humor. Finalmente, como le ocurre al bufón que interpreta Woody Allen en una de sus primeras películas, sus cantos, discursos y cabriolas terminaron siendo inaguantables para todos, especialmente para los sufridos votantes, que expresaron inequívocamente su rechazo castigando con dureza a los socialistas que dependían de ellos para poder gobernar tanto en el Ayuntamiento de Zaragoza como en el Gobierno de Aragón. A partir de ahí, tanto uno como otro, junto con la mayoría de instituciones locales y provinciales, se convierten en feudo del Partido Popular, aliado con el PAR, de inspiración regionalista.

En aquel contexto, preludio de la debacle, no era de extrañar que en las escasas ocasiones en que había motivos colectivos para alegrarse, el júbilo fuese extraordinario, exagerado, contagioso, patológico… Solemos ser desde hace tiempo una región que sólo accede a las páginas de los diarios nacionales y los noticiarios de las televisiones para explicar nuestras desgracias, y, en el mejor de los casos, para demostrar lo cariñosamente hospitalarios que somos recibiendo a papas, reyes, militares y obispos. Por eso, no tiene que extrañarle a nadie que cuando el Real Zaragoza consiguió un éxito espectacular ganando la Recopa, las masas decidieran organizar, o, mejor dicho, improvisar, un inclasificable y emocionante «happening», con la participación activa de ciento cuarenta y cinco mil personas, en honor de sus héroes del Olimpo y en desagravio de las atrocidades y el mal teatro a que nos tenían acostumbrados los transfugas y sus compañeros de reparto.

Causará un cierto grado de sorpresa saber que, a pesar de los pesares, el balance en la gestión realizada por los departamentos de cultura de algunas instituciones en materia teatral no se resintió en demasía de esta lamentable situación, sin duda porque sus líneas de actuación estaban ya seriamente trazadas desde anteriores legislaturas. ¿Qué ocurrirá a partir de ahora con el Partido Popular instalado como fuerza hegemónica indiscutible?

 

2.- El Ayuntamiento de Zaragoza: un balance deficitario.

El que pinchó de forma estridente fue el Ayuntamiento de Zaragoza. Su gestión cultural ha sido nefasta durante los últimos años, atenazada, aunque no justificada, por la escasez de presupuesto. Conviene recordar que las primeras corporaciones municipales democráticas se distinguieron en esta ciudad precisamente por su utilización de la cultura como banderín de enganche con la ciudadanía, incentivando actividades, promoviendo estructuras, municipalizando teatros y servicios varios, con una energía que asombró a propios y extraños. Más tarde comprobamos que esa «utilización» era demasiado literal… Las últimas corporaciones no dudaron en seguir una línea política en donde, por ejemplo, se primaron iniciativas desmesuradas, contestadas abiertamente desde diferentes ámbitos, como la de la construcción de un reluciente y soberbio Auditorio, dotado de una acústica envidiable para escuchar orquestas sinfónicas, pero arquitectónicamente insuficiente para solucionar el problema que Zaragoza tiene planteado desde siempre a la hora de acoger espectáculos de grandes dimensiones, como pueden ser, por ejemplo, las representaciones de determinadas óperas, o ballets, etc.

Pero el deterioro de la actividad municipal en materia teatral tiene en el pequeño teatro de la Plaza de Santo Domingo, el Teatro del Mercado, su más desdichado emblema. Todos recordamos cómo en esa sala de doscientas butacas, reconvertida para usos teatrales por el arquitecto Daniel Olano en 1980, gracias a una iniciativa del Teatro de la Ribera, dio cabida durante los primeros años de funcionamiento a un público joven y que poco a poco se fue curtiendo como espectador exigente. Me viene a la memoria que de allí se marchó, llorando de emoción, Rafael Alberti tras el recital de José Luis Pellicena sobre textos de su Arboleda perdida, y que por su escenario han pasado la mayoría de los actores españoles o extranjeros que han tenido un buen monólogo en su repertorio: Franco de Francescantonio, Albert Vidal, Pepe Rubianes, Miguel Barceló, Angel Pawlowski, José Luis Gómez… También se han podido ver los espectáculos producidos por la inmensa mayoría de las compañías nacionales alternativas. Su escenario también ha acogido los espectáculos de compañías aragonesas -en algún caso los primeros-, como Tabanque, El Silbo Vulnerado, Teatro del Alba, Nuevo Teatro de Aragón, Tranvía Teatro, Teatro Imaginario, Titiriteros de Binéfar, etc, que han ido surgiendo durante estos dos últimos lustros. Hoy el Teatro del Mercado alterna en su interior las proyecciones de la Filmoteca Municipal -cuya gestión es magnífica y que a estas alturas debería tener un local de exhibición propio-, con las representaciones de grupos de institutos, actuaciones de magos, humoristas, etc, junto con las de alguna compañía aislada de mayor o menor interés, y el frío sobrecogedor de las butacas, habitualmente abandonadas por un público al que se la echado literalmente de allí y que era, si se me permite la expresión, el mejor público de la ciudad. Lo que fue una de las salas alternativas pioneras en el estado español ha terminado siendo un local sin ningún prestigio, marginal, casi inservible y desahuciado.

Poco más a nivel municipal. Esa falta de presupuesto global, consecuencia y reflejo de la escasa importancia que se le ha dado en los últimos tiempos a favorecer manifestaciones de la cultura más viva, ha tenido otro tipo de consecuencias. En primer lugar la desaparición de el Festival Internacional de Música, Teatro y Danza, por el que habían pasado en años anteriores nada menos que el Berliner Ensemble, el Piccolo Teatro de Milán, Jean Moreau, Marcel Marceau, Tadeusz Kantor, el Living Theatre, y tantos otros artistas individuales y colectivos de enorme prestigio e influencia. En segundo lugar, que el Teatro Principal sigue exhibiendo una desigual programación intermedia entre lo artístico y lo comercial, que aparea sin rubor en un mismo mes por ejemplo a Arturo Fernández y a Els Joglars, a Alonso Millán y a Jean Paul Sartre… Y, en último lugar, que la Escuela Municipal de Teatro sigue abierta, aunque hibernada, a pesar de que, hoy por hoy, es la única estructura pedagógica teatral seria que existe, no sólo en Zaragoza, sino en todo Aragón, y que de sus aulas han salido la inmensa mayoría de los actores y actrices que desde hace años integran las compañías profesionales.

 

3.- El Gobierno de Aragón y las diputaciones provinciales intentaron racionalizar la actividad teatral.

Sin embargo, desde el Gobierno Autónomo fundamentalmente, y desde las diputaciones provinciales, se dieron pasos firmes para estabilizar una estructura teatral lo más sólida posible.

En primer lugar organizando Festivales, campañas, circuitos, y la Feria de Huesca. Balance desigual, especialmente en el caso de la Feria, que cada edición se parece más a una muestra convencional o a un festival, y se aleja del espíritu con el que surgió con el impulso, por cierto, de los propios profesionales. El cambio de nombre lo dice todo. De Feria de Teatro de Aragón se ha pasado a una Feria de Teatro en Aragón, en donde el cambio de preposición es toda una declaración de intenciones de poner casi exclusivamente la cama… Pero es indiscutible que, a partir del resto de iniciativas, el público aragonés, a través de sus propios ayuntamientos en muchos casos, ha tenido oportunidades de ver teatro de una forma continuada y en unas condiciones técnicas hasta ahora impensables. Más discutibles son los criterios que primaron a la hora de seleccionar los espectáculos. No es un dato anecdótico el que las compañías aragonesas tuvieran que reivindicar en más de una ocasión, y con mayor o menor constancia y mal humor, que a la hora de integrarse en estas programaciones se merecían un trato preferente, al menos similar al que reciben otras compañías en el resto de sus propias comunidades autónomas.

En segundo lugar, hay que constatar la intervención en las producciones a través de ayudas, subvenciones, y concertaciones, si bien es verdad que la cuantía económica total que se destina a ello -algo más de treinta millones de pesetas-, es, a todas luces, insuficiente, sobre todo si comparamos estos números con los de la Feria de Huesca y su más que dudosa rentabilidad. A pesar de ello las concertaciones, recientemente implantadas, son la estrella de la legislatura que acaba de morir, reconfortada sólo por las cabriolas de los tránsfugas-bufones. Sin duda un paso adelante, enormemente positivo, para estabilizar el trabajo de quienes han ido demostrando perseverancia, trayectoria y calidad, y a quienes es frecuente verles en salas y teatros de toda España. La administración autonómica intentó corregir de esta forma, concentrando el dinero público en proyectos bianuales, su propia tendencia inicial a repartir entre muchos la miseria, contribuyendo decididamente a que existieran muchos miserables y pocos profesionales. Como todas las reconversiones -sería injusto olvidarlo-, sin duda ha tenido su lado traumático para muchos de los reconvertidos y especialmente para los aniquilados durante el proceso, o en vías de serlo.

 

4.- Hacia una industria teatral aragonesa.

Tal vez, desde el resto del Estado, no se recuerde que durante los años sesenta y setenta hubo aquí, fundamentalmente vinculado al movimiento político de izquierdas en la Universidad de Zaragoza, una actividad teatral muy peculiar y valiosa. Nombres como Juan Antonio Hormigón, Mariano Cariñena, Mariano Anós, Rosa Vicente, Pilar Laveaga, Alberto Castilla, Juan Antonio Quintana, Eduardo González, María José Moreno, y algunos otros, nos remiten a un periodo de gran intensidad teatral y a algunos espectáculos dirigidos e interpretados por ellos, en los parámetros de una inspiración brechtiana, que todavía no han sido estudiados y valorados a la luz de su importancia. De allí nacerían el Teatro Estable, primero, y el Teatro de la Ribera después,  éste último como colectivo pionero en el movimiento nacional que conocemos como teatro independiente. Ambos grupos han sido también cantera y escuela de formación obligada de quienes fundaron posteriormente las compañías reseñadas al principio.

La actividad teatral en Aragón desde la muerte de Franco ha sido ininterrumpida y ha producido espectáculos que han frecuentado los circuitos nacionales, las programaciones de festivales e incluso han sido vistos en otros países y continentes. Buena muestra de esta incesante actividad han sido las producciones de la última temporada, entre los que habría que destacar, tal vez, las siguientes: Amargo, del Teatro de la Ribera, sobre textos de Lorca y dirección de Pilar Laveaga; Terminal, del Teatro del Alba, con guión y dirección de Santiago Meléndez; la versión de Tabanque de Días felices, de Beckett, con puesta en escena de John Strasberg, como director invitado; Caricias, de Sergi Belbell, por la compañía Teatro Imaginario, con dirección de Alfonso Desentre; La metamorfosis, de Franz Kafka en versión de Benito de Ramón, dirección de Paco Ortega, con Tony y María Isbert, y Alfonso del Real, como actores invitados, por el Nuevo Teatro de Aragón; la puesta en escena del texto de Alfonso Plou, Rey Sancho, con dirección de Carlos Martín por parte del Teatro del Temple; la coproducción de Entremeses del siglo de Oro, con dirección de Alberto Castilla, entre El Silbo Vulnerado y Tantalo Teatro (que con el montaje de Danza macabra, de Strindberg, y dirección de Danilo Nieto, festejaba sus veinticinco años de initerrumpida actividad) y, por último, la producción de Tranvía Teatro, Opereta de calderilla, con texto y dirección de Rafael Campos.

Es difícil hablar de un «teatro aragonés» con señas de identidad reconocibles y algo más que coincidencias en la búsqueda de una estética y un lenguaje específico, pero todos estos trabajos escénicos participan del anhelo de encontrar un público teatral diverso y plural, y están concebidos y llevados a la práctica con una inequívoca voluntad profesional, con un nivel de autoexigencia cada vez más firme en el acabado artístico, y todo ello, a partir de la consolidación de estructuras empresariales que pelean arduamente por su estabilidad. Sin duda, toda esa actividad, situada en sus justos parámetros, puede sorprender por su contundencia, perseverancia y, en muchos casos, calidad, precisamente por no ser globalmente bien conocida por el público y la crítica del estado español.

 

5.- Un lugar de encuentro entre instituciones y profesionales.

Ese proyecto podría llamarse Centro Dramático de Aragón. A principio de los ochenta hubo un intento de fundar una estructura coincidente al menos en el nombre, pero fueron precisamente los objetivamente más interesados en su construcción quienes protestaron con más contundencia por la forma que se empleó para elegir a su director. Aquella pirueta, un lamentable error formal, y, por tanto, político, del gobierno de Aragón, coincidió con la inmadurez y la torpe falta de cohesión de las compañías y los particulares, y puso el listón de la comunicación entre éste y aquellas a una altura insuperable. El asunto se olvidó por ambas partes y lo que es más grave: como le ocurriera al protagonista de Carta al padre, «se perdió la facultad de hablar…»

Muchos son los que creen ahora que este Centro debería ser un lugar de encuentro entre voces y voluntades diversas, un paso cualitativo de importancia decisiva para mejorar el nivel tecnológico de las salas teatrales, para solidificar las compañías ya estabilizadas,  y para incrementar las posibilidades de trabajo a los actores de la tierra en condiciones dignas. Que fuera en definitiva un equilibrado espacio de experimentación y difusión. Es decir, que desde el comienzo, el Centro estuviera inspirado en exquisitos criterios de racionalidad, posibilismo y sensatez, y por la renuncia expresa a cualquier tipo de tentaciones monumentalistas.

Esta era y es la asignatura pendiente. La ruptura entre estructuras institucionales y colectivos de producción aún no ha cicatrizado del todo. La falta de unión en defensa de los intereses comunes por parte de estos últimos sólo ha emergido en casos de auténtica necesidad y siempre ha obedecido a criterios de defensa del sector amenazado, nunca para imaginar y proyectar juntos de una forma relajada y alegre. Justo en el momento en que, tanto desde los despachos públicos como desde los locales de ensayo, al finalizar el periodo político anterior comenzaba a hablarse un idioma coincidente en muchos matices de importancia, que existía una voluntad similar de afianzar seriamente lo que todavía es un atisbo de industria del espectáculo, se produjo el gran vuelco electoral, sumiendo a todos en un mar de interrogantes y, porqué no decirlo, de cierta inquietud. Y es que nuevamente, la pelota ha caído en el tejado de unos políticos diferentes, que no cesan de hablar y recomendar austeridad como contrapunto a los evidentes dispendios anteriores, y que, en materia teatral, todavía no han dicho nada sobre los grandes líneas de actuación y sobre el gran punto del debate que no es otro que el de si se afianzará, estimulará y protegerá, en qué medida, de qué manera, con qué criterios y con cuántas pesetas, el incipiente sector del espectáculo o será abandonado sencillamente a su suerte, esto es, a la intemperie del mercado.

Sería una desgracia irreparable que, en este nuevo contexto, nuestra exasperante inercia individualista junto con nuestra proverbial tozudez, se aliaran con un cierto desdén institucional, y que todo ello terminara dando al traste con lo que podía haber sido, a partir de ahora, una sensata y apasionante aventura de madurez compartida.

La Escuela Municipal de Teatro de Zaragoza: una estructura cultural útil para Aragón

mayo 22, 2009

Publicado en «Primer Acto», Nº 262 (Enero-Febrero 1996)

 

La actual estructura de la Escuela Municipal de Teatro nace en 1980, cuando por iniciativa del entonces alcalde de Zaragoza, Ramón Sainz de Varanda -un hombre de talante progresista y que apostó fuerte por la modernización y reforma de los servicios culturales del Ayuntamiento-, su concejal de Extensión Cultural Jerónimo Blasco promovió un concurso de méritos para dotarle de profesorado. Por aquel entonces ya existía una voluntarista Escuela de Arte Dramático situada en el piso superior del Teatro Principal y en donde se impartían una serie de asignaturas teatrales bajo la supervisión organizativa e ideológica de José Giménez Aznar. De inspiración hondamente religiosa y muy conservador en lo político, este hombre, un apasionado del teatro y cuya principal actividad había sido la crítica y la escritura, impulsó contra viento y marea una escuela impregnada de unas esencias teatrales decimonónicas, en donde, lógicamente, la declamación era la piedra angular de su voluntad pedagógica. Entre los profesionales de la ciudad, curtidos en las peripecias del teatro universitario, en los inicios de las compañías independientes, etc, esa estructura aparecía ante sus ojos como anacrónica y las voces de descontento eran unánimes y clamorosas. Por eso, tras el cambio democrático, la reforma de la única célula pedagógica teatral que existía en una ciudad de honda afición y gusto por el arte teatral, fué vista con buenos ojos por el conjunto de la ciudadanía y por los propios alumnos inscritos por aquel entonces.

La estrategia de desmontar lo que había y crear lo nuevo comenzó con un stage que iba a desarrollarse en Mora de Rubielos (Teruel) durante el verano de 1981 y que contó, entre otros, con la presencia de Albert Boadella, José Sanchis Sinisterra y Magüi Mira. La participación de esos tres profesionales, indiscutibles figuras de la escena española, fue un buen apoyo para acometer la anunciada reforma y una palpable demostración de que los rumbos del teatro y de la enseñanza teatral en nuestro país iban por otro lado. Paralelamente el Ayuntamiento acometía otros proyectos de interés capital: la municipalización de su propio Teatro Principal, la creación del Teatro del Mercado como sala alternativa, la creación de los festivales de Teatro y de Títeres y Marionetas, etc, recogiendo así buena parte de las aspiraciones que los profesionales del sector y otras gentes habían ido desgranando en el seno de la Asamblea de Cultura de Zaragoza.

 

Construir una escuela.-

 A partir de entonces, y tras superar esas pruebas iniciales, un núcleo de personas -actores, directores, escenógrafos-, acometieron la gozosa tarea de inventarse una escuela. Mariano Anós, Mariano Cariñena, Fernando Roy, y más tarde Francisco Ortega, que a la postre sería el primer director de la nueva etapa, trazaron un organigrama inspirándose en modelos de otras latitudes y contextos pero en el que estuvo muy presente el análisis de la realidad teatral de la ciudad y la región. Estos cuatro formaron el primer consejo de dirección, al que más  tarde, y durante diferentes periodos, también pertenecieron, Miguel Garrido, Antonio Malonda y Cristina Yáñez.

Inicialmente se organizó el Plan de Estudios en tres cursos, dándole un protagonismo escalonado y progresivo a la Interpretación actoral y dividiendo las tareas de formación en cuatro áreas: Cuerpo, Voz, Teoría e Interpretación. El siguiente paso fue la contratación de un profesorado auxiliar que iba a responsabilizarse de las materias específicas de apoyo, tales como Canto (Mercedes Gota), Esgrima (Javier Arellano), Danza (Susan Burnett y Carlos Blanco), Dicción y Ortofonía (Marissa Noya), Historia del Teatro (Benito de Ramón), Historia de la Música (Javier Armisén), Historia del Arte (Concha Lomba), Mimo-clown (María José Sarrate y Amparo Nogués), Preparación Física (Anabel Hernández) etc. Y, desde el primer momento, se consideró como una necesidad imprescindible para mantener un contacto permanente con la actividad escénica, el que pudiera invitarse de una manera regular a profesionales del espectáculo, nacionales e internacionales, para que impartieran cursillos o dirigieran los talleres de Tercer Curso. Así, a lo largo de estos años, pasaron por la EMT Luigi Ottoni, Joan Ollé, Jordi Mesalles, Pilar Laveaga, Albert Boadella, Heiner Mix Toro, Luis Maluenda, Pepe Ortega, Michael y Ana MacCallion, etc. De los primeros locales se pasó a los del Gobierno Militar, en el corazón de la ciudad, y más tarde, a los del Cuartel de Palafox, compartiendo ubicación a partir de ese momento con las escuelas de folklore, música y danza, todas ellas dependientes de la corporación municipal.

La EMT a lo largo de estos años ha tenido relación con otras escuelas nacionales y extranjeras. Por ejemplo, en algunas ocasiónes ha colaborado con el Institut del Teatre de Barcelona, presentando sus talleres en Barcelona, Tarrassa y Festival de Sitges. Ha sido promotora, junto con las de Sevilla, Madrid, Valladolid y Barcelona, entre otras, de la SETAL (Secretaría de Escuelas y Talleres de la Administración Local) y ha estado presente en las reuniones iniciales en las que se estudiaba la aplicación de la LOGSE a nivel nacional. En Londres, en Septiembre de 1987 y en las instalaciones de la Weber Douglas of Dramatic Art se presentó un taller de interpretación de Tercer Curso, y con el Conservatorio de Burdeos se han estado intercambiando alumnos y talleres durante los últimos años gracias a un acuerdo de acercamiento cultural y colaboración entre los ayuntamientos de ambas ciudades.

Puede decirse, por tanto, que la actividad ha sido inmensa, continuada, profundamente enriquecedora tanto para los docentes como para el conjunto del alumnado. Que se ha creado a lo largo de los años una estructura seria y estable de aprendizaje del oficio teatral. Y que de sus aulas han salido la mayoría de los actores que actualmente trabajan en las compañías aragonesas, además de un interesante surtido de jóvenes directores de escena. Por todo ello, es indiscutible que su existencia ha sido capital para cimentar ese avance hacia esa construcción de una industria del espectáculo en esta región que tratábamos de describir en anteriores números de esta misma revista.

 

Las dos caras de un balance.-

Si tuviéramos que hacer un balance de esta actividad todos los que hemos trabajado a lo largo de estos años en el interior de la EMT reconoceríamos haber tenido y tener dos tipos de sensaciones. Las primeras son gratificantes: de puertas para adentro la EMT ha tenido los problemas normales de cualquier estructura pedagógica viva, creada de nueva planta, pero, en líneas generales, el trabajo pedagógico ha sido un privilegio y una experiencia profesional impagable y enriquecedora.

La segunda sensación es de naturaleza diametralmente distinta. Excepto en los momentos en los que Jerónimo Blasco fué concejal delegado, la Escuela ha sido, de puertas para afuera, la gran ignorada en la gestión cultural del Ayuntamiento de Zaragoza durante el largo periodo socialista. Integrada normalmente en el Area de Cultura del mismo -tal vez sería más apropiada decir «difuminada» en su interior-, sus respectivos responsables políticos no quisieron ni supieron defender nunca una estructura que, por su propia naturaleza específica, no les podía reportar ni éxitos políticos ni una imagen pública que les proporcionara prestigio y votos. Podrían contarse anécdotas que sonrojarían al más pintado, que podrían incluirse en las antologías de Luis Carandell y su Celtiberia Show, y que demostrarían el grado de indiferencia y desconocimiento que la vida de la escuela y sus problemas han suscitado en muchos de sus últimos responsables. Ello ha conducido inevitablemente a que, a pesar de que año tras año los alumnos se asoman a los escenarios de los teatros públicos con los montajes de Tercero, y que puntualmente para Septiembre exista una demanda de unas cien personas para ocupar las poco más de veinte plazas de que dispone para inscribirse en Primer Curso, la EMT siga siendo mayoritariamente desconocida en una población muy desatenta secularmente a la actividad creativa o artística.

 

El futuro de la EMT.-

El cambio político ha llegado a la ciudad y a la autonomía. En el programa electoral del PP, triunfador indiscutible por estos pagos, aparecía una inesperada referencia a las escuelas artísticas municipales en el sentido de que serían impulsadas y protegidas. Esta referencia supuso la esperanza de que, al menos, el Ayuntamiento oiría las aspiraciones del conjunto de la escuela y que atendería las peticiones de mejora que de una manera permanente ha estado trasladando su actual director, Mariano Cariñena, a esa institución a través de sucesivos e inútiles informes: racionalización de los contratos del profesorado, estudio de posible traspaso a otra institución de más cobertura territorial y política, como pudiera ser la Diputación General de Aragón, cuyo ámbito de actuación está más en consonancia con el área de influencia de la escuela, desarrollo del Plan de Estudios, de la infraestructura e incremento del presupuesto económico hacia el horizonte y los objetivos de la LOGSE, o, cuando menos, un impulso para mejorar la calidad de la vida académica y su proyección pública.

Como en otros temas, las espadas están en alto, y la esperanza no está perdida. Pero ya en lo concreto ese supuesto impulso se ha traducido en que por primera vez en trece años los talleres de tercero no disponen ni siquiera de una mínima dotación económica y van a ser presentados casi en privado en un aula de la propia escuela, que todavía no han sido pagadas las facturas correspondientes a los talleres del curso anterior, y que la colaboración con Burdeos se interrumpió parece que definitivamente. Tal vez las sorpresas vengan, por tanto, a partir de Marzo. Aunque en realidad sólo serán sorpresas si son positivas y ayudan a mantener con dignidad y ambición una estructura que ha demostrado una pujanza y una utilidad indiscutible en el terreno de la cultura aragonesa, sobre todo si comparamos su trayectoria y su desarrollo con algunos fastos meramente ornamentales, bastantes derroches y muchos delirios personales subvencionados con dinero público durante estos años. Porque no sería ninguna sorpresa precisamente, sino «más de lo mismo», que el Ayuntamiento de Zaragoza mantuviera hibernada una estructura que, por lo menos hasta ahora, no ha conocido, no ha entendido, no ha apoyado, y que continuara abierta a los ciudadanos por el mero hecho de evitarse los problemas que conllevaría su cierre. El PP tiene la palabra.

¿Teatro alternativo en Aragón?

mayo 22, 2009

Publicado en «Primer Acto», Nº 273 (Marzo-Abril 1998)

 

¿Cómo hay que entender el concepto de «teatro alternativo» en Aragón? ¿Acaso el teatro de la periferia -el de Aragón, por ejemplo-, no es siempre, en cierta medida, alternativo al que se produce en Madrid, pongamos por caso, el epicentro donde se encuentran los teatros oficiales y la industria más asentada?

 Cuando cité a los tres directores de las compañías que más se han distinguido en los últimos años por realizar propuestas novedosas, arriesgadas, diferentes, para reflexionar sobre este asunto, parecieron satisfechos de que su trabajo escénico pudiera ser conceptuado de tal. En el transcurso del debate, sin embargo, de una manera o de otra, los tres se fueron desmarcando del concepto «alternativo», o lo matizaron cuidadosamente. Tal vez ese sea un síntoma más del sentido difuso del mismo.

 Alfonso Desentre, director del Teatro Imaginario, Luis Merchán, de Ciudad Interior, y Alfonso Pablo, de Nasú, argumentan de manera coherente y distinta su reflexión. Los últimos espectáculos de estas tres compañías, sin haber recibido demasiado dinero público, o incluso no habiendo recibido nada en absoluto, coinciden en haber cosechado no sólo buenas críticas sino en haber sido vistos por un público muy numeroso y de una creciente fidelidad.

 Alfonso Pablo.- En el concepto alternativo habría que ver dos aspectos diferentes: el lenguaje teatral propiamente que quieres abordar, y los modelos de producción que empleas para llevarlo a cabo.

 Luis Merchán.- A veces se nos califica abusivamente de alternativos. Probablemente hacemos teatro desde un punto de vista muy personal, pero desde luego no tenemos la más mínima vocación de ser minoritarios. Por el contrario, aquí en Zaragoza, o incluso en Madrid, la gente viene a vernos cada vez más. Hemos pasado de una media de cincuenta espectadores a triplicarla en unos años. En Madrid, por ejemplo, actuando durante un mes con De noche justo antes de los bosques, de Koltés, comparativamente hemos tenido más espectadores que en las salas nacionales. Por eso, pienso que la etiqueta nos viene dada peyorativamente desde las instituciones que deberían de apoyar, y no lo hacen, este tipo de propuestas. El único fundamento real en la aplicación de esa etiqueta vendría dado porque nuestros espectáculos están planteados desde un nivel de sinceridad mayor que los que podríamos llamar comerciales, y que los espacios de exhibición más habituales son las llamadas «salas alternativas», que están coordinadas entre sí y que gozan actualmente de una gran vitalidad.

 Alfonso Desentre.- A mí el término no me gusta aunque esté aceptado e incluso reivindicado por algunos colectivos, principlmente en Madrid y Barcelona. El teatro es siempre alternativo, ya sea al cine, o la misma televisión, etc. Desde luego si ese teatro debe aceptar como principios la escasez de medios, por una parte, y ser necesariamente minoritario, por otra, a mí no me interesa estar en él. Creo en un teatro de vocación contemporánea, abierto, con capacidad de innovación, presente ya en los textos, en los puntos de partida y en la visión de los temas.

 Luis Merchán.- Hay que tener en cuenta otro aspecto en lo que estamos debatiendo. No podemos olvidarnos que en otros paises europeos este concepto que apuntas de dramaturgias y autores contemporáneos, no sólo está subvencionado sino que constituyen las propuestas más alabadas. En Francia, en Alemania, etc, los grandes montajes se hacen a partir de textos de Koltés, de Muller, de Bob Wilson, etc. En esos paises la evolución del teatro ha ido aparejada con la evolución del público que consume estas propuestas con total naturalidad. Eso demuestra lo relativo que es el concepto alternativo.

 

 Me gustaría, como segundo punto de paso en nuestro recorrido, que definiérais más en concreto vuestras opciones estéticas particulares y si éstas han ido evolucionando, y de qué forma, a lo largo de estos años.

 Alfonso Desentre.- En el Teatro Imaginario ha cambiado casi todo y al mismo tiempo no ha cambiado nada. Al principio tal vez podríamos clasificar nuestro trabajo como de alternativo en la medida que nos interesaba exclusivamente realizar una tarea de investigación, dejando en segundo todo condicionante de tipo económico o de distribución, y eso ha ido variando. Ahora hacemos el teatro que nos satisface, pero asumiendo que somos una empresa de producción teatral que está asentándose cada vez más en los circuitos habituales. No siento que hayamos hecho concesiones fundamentales, que hayamos renunciado a nada, sino que hemos evolucionado sencillamente hacia un mayor contacto con el público y con el entorno. Ahora nuestro trabajo es más abierto y más maduro.

 Luis Merchán.- Ciudad Interior es un abanico muy amplio de gentes: actores, músicos, pintores, directores, iluminadores, etc. Yo, en ese contexto, me marco metas por tiempos: me marqué hacer tres espectáculos de Heiner Müller, y los hicimos, y empecé con otro tipo de textos que suponen una evolución y una desevolución constantes, en lo que respecta a la definición de las propuestas que, eso sí, cada vez están más elaboradas, más cuidadas, etc. A lo largo de estos diez años se ha ido afinando más y mejor la relación entre todos los componentes del grupo y las propuestas que puedo hacerles, y que, como característica generalizadora, tienen que parto al trabajar de imágenes previas y que integro el texto en un segundo momento, o incluso prescindo de él, como en nuestro último espectáculo Catedral de palillos.

 Alfonso Pablo.- Nuestro caso es algo diferente al partir del trabajo específico de Clown. En Madrid nos definieron como «Clown Teatral» y partiendo de ese concepto, que me parece acertado, nos encontramos ahora mismo, después de sólo dos espectáculos realizados hasta la fecha en estos tres años y pico de trayectoria, a la búsqueda de cómo formalizarlo. Las referencias con respecto a España son mínimas, especialmente en lo que respecta a la formación, en la medida de que lo más popular en este terreno son los Tricicle, pongamos por caso, que no es lo que nosotros queremos hacer. Por eso, estoy totalmente de acuerdo con el panorama que pintaba Luis hace un momento sobre las diferencias con Europa porque en nuestro campo son particularmente abismales. A lo largo de este tiempo yo destacaría la cabezonería y empecinamiento que tuvimos que emplear al principio para sacar la cosa adelante, no sólo en inversión económica, sino también en tiempo, ganas e ilusión. El primer espectáculo ayudó a consolidarnos y la respuesta del público ha ido siempre creciendo a pesar de que en nosotros hay una clara renuncia al «efectismo» facilón.

 

 Hablemos del inevitable tema: la política institucional en Aragón. Desde vuestra perspectiva, ¿las subvenciones, las campañas, etc, han supuesto un apoyo real para vuestro trabajo, os sentís marginados de las grandes decisiones en este sentido, os automargináis de las mismas… ?

 Alfonso Desentre.- En términos generales y en primer lugar, la política teatral es obviamente escasa: hay pocos recursos consignados a hacerla. Segundo: es equivocada, seguramente porque quienes la hacen están poco cualificados. Tercero: es estática, sin una sensibilidad y una permeabilidad de lo que está sucediendo realmente en Aragón. En términos particulares me siento maltratado por esa política aunque esto ya viene de lejos tal vez porque nuestras primeras propuestas eran más radicales. Nos cuesta mucho romper una inercia, convencer de lo que estamos haciendo a pesar de que los últimos montajes, Caricias, de Sergi Belbel, Noches de amor efímero de Paloma Pedrero, Romancero Gitano, etc, han tenido una unánime respuesta del público, han sido vistos en muchos puntos de España y han sido bien valorados por la crítica. Tengo la sensación de que existimos a pesar de los deseos de bastante gente.

 Luis Merchán.- En nuestro caso lo tenemos francamente mal porque el señor que toma de verdad las decisiones teatrales del Gobierno de Aragón tiene una mala opinión de nosotros. Para él somos simplemente unos guarros, que salimos desnudos a escena… En cualquier caso nosotros hacemos lo que hacemos al margen de cualquier política institucional o cualquier opinión de este tipo. Rechazamos de plano las subvenciones y estamos en las Campañas de Distribución de forma testimonial tan sólo. Si algún día llegamos a algún sitio será «a pesar de»… Asumo, por otra parte, que representamos un cierto anacronismo. Y es que sencillamente, como compañía, o hacemos ésto, o no hacemos ninguna otra cosa. Por otra parte, me parece que las instituciones practican una política equivocada en el sentido de que deberían incidir de manera fundamental en que el teatro aragonés, en su conjunto, se viera especialmente fuera de Aragón.

 Alfonso Pablo.- Yo llevo bastantes menos años y quiero reivindicar todavía una cierta «ingenuidad» en estos asuntos. Estoy de acuerdo en que existe una falta de criterios a la hora de apoyar subvencionando. O es un criterio personalista, simplemente. Este año nos han dado una pequeña ayuda que no oculta que nuestras relaciones sean raras…

 

¿Habría una vía de solución en la construcción finalmente de un Centro Dramático de Aragón?

 Luis Merchán.- Creo que no, básicamente porque me parece imposible marcar unas normas mínimamente democráticas que todos aceptásemos. Y creo que las personas que en principio podrían encargarse de dirigirlo no sabrían alejarse de sus intereses particulares que no son otros que los de sus propias compañías. Sin embargo, una opción posible sería que en un momento dado varios grupos se pusieran de acuerdo en acometer algún proyecto concreto y que el Gobierno colaborara especialmente en su distribución nacional e internacional.

 Alfonso Pablo.- Yo sí apoyaría la creación de un Centro Dramático. Me gustaría que desde él se propiciara un contacto mayor de todo el medio teatral y que normalizara la relación con las instituciones. Estoy de acuerdo también con Luis en que una de sus funciones debería ser el facilitar que nuestros trabajos fueran vistos en el resto de España.

 Alfonso Desentre.- Con respecto a esto he variado mucho la opinión que tenía. Ahora pienso que podría ser positivo aunque las dudas proceden, lógicamente de cómo se haría. En mi opinión debería nacer del debate y de un mínimo consenso de la profesión, y, a partir de ahí, debería abarcar al mayor número posible de profesionales en los diferentes campos, con una dinámica muy clara de rotaciones que evitaran esa tendencia al estatismo que he denunciado antes.

Teatro Arbolé: el sueño que se hizo realidad.

mayo 22, 2009

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Publicado en «Primer Acto», Nº 265 (Septiembre-Octubre 1996)

 

Cuando llegue la próxima primavera, la Sala Arbolé cumplirá sus primeros ocho años de existencia. En Mayo de 1990 unos enanorados de los títeres, capitaneados por el más enamorado de todos, Iñaki Juárez, que ya por entonces conocían bien el polvo de los caminos, las plazas y algunos teatros de Aragón y del resto de España, decidieron embarcarse contra viento y marea y sin ningún tipo de ayuda institucional, en un proyecto de sala estable -la primera que se abriría en Zaragoza de estas características-, que fue calificado entonces como descabellado por muchos derrotistas e incrédulos.

 La Sala Arbolé, capaz para acoger a más de ciento veinte espectadores y situada en el populoso barrio del Actur, presenta ahora su nueva programación para la temporada 95/96 y un extenso y coherente abanico de proyectos para público infantil y adulto, que incluye una ambiciosa presentación de espectáculos propios y ajenos, nacionales e internacionales, el ciclo ya consolidado «Más o menos juglares», y la aparación de nuevos títulos en su interesantísima vertiente editorial.

 Francisco Ortega.- Un largo recorrido de titiritero ya…

 Iñaki Juárez.- Así es. De aquella primera etapa de la compañía recuerdo especialmente las peleas con los antiguos socios, que marcaron mucho el rumbo posterior, como a casi todos los teatreros… Recuerdo también el comienzo del Festival Internacional de Titeres y Marionetas de Zaragoza con el que colaboramos estrechamente. En un primer momento éramos ocho los componentes, con lo que, a veces, teníamos que actuar de canto, porque no cabíamos en los teatros… Y días, y días y días de ensayo… ¡Ensayábamos entonces mucho más que ahora!

 F.O.- Y llegó un momento en que el cuerpo os pidió poder disponer de un lugar propio para trabajar.

 I.J.- La inauguración la hicimos coincidir con la Feria de Huesca de aquel año. Y de aquel comienzo lo más agrio que recuerdo de aquel primer fin de semana fue que coincidió el paso por el barrio de la Vuelta Ciclista a España con lo que cerraron las calles principales y tuvimos que empezar suspendiendo la función porque sólo pudieron llegar hasta nosotros dos espectadores que, por cierto, tuvieron que andar más de una hora para poder estar allí. Fue un mal presagio, pero, si quieres que te sea sincero, yo nunca he sentido miedo a que el proyecto no funcionase, a pesar de que hemos pasado por momentos de graves dificultades. Una vez llegamos hasta anunciar en la prensa que cerrábamos. Pero no era verdad. Lo hicimos en ese momento para presionar a determinadas instituciones a que nos ayudaran.

 F.O.- Uno de los aspectos que parecían poco favorables para el éxito de la estabilización de la empresa era la ubicación de la sala en la periferia de la ciudad. Finalmente, ¿ha jugado a vuestro favor este supuesto inconveniente inicial?

 I.J.- No lo sé. En las funciones públicas todavía no me atrevo a decir si ha sido bueno o malo. Si estás en el centro, los problemas de aparcamiento son enormes, cosa que no ocurre en el Actur, y la mayor parte de la gente que lleva niños se mueve sobre todo en coche. Y, desde luego, para las funciones que hacemos concertados con escuelas, colegios, etc, el sitio juega a nuestro favor por completo. La verdad es que hace unos tres años que no hacemos un sondeo en este sentido, pero el último nos indicó claramente que el público era de todas las zonas de la ciudad. Ahora creo que empieza a haber más público del barrio pero tenemos que constatarlo. Hay un dato que, sin embargo, avala ya esta intuición. La mayor parte de las personas que nos han dejado sus datos y que reciben nuestro boletín informativo «Al loro», en donde anticipamos la programación y el resto de actividades, viven aquí.

 

Ayudas, estabilidad, etapas en el recorrido, organización del trabajo.-

 F.O.- ¿Qué etapas habéis atravesado?

 I.J.- En un primer momento, es decir, las tres primeras temporadas, nos limitamos a una programación de fin de semana exclusivamente de títeres infantiles. Como la experiencia empezó a ir bien, pensamos en doblar el número de funciones, manteniéndonos en sábados y domingos. A partir del tercer año comenzamos el ciclo para adultos que llamamos «Más o menos juglares», y que ha arraigado como uno de los platos fuertes de la programación anual.

 F. O.- Sorprende que un proyecto que ha arrojado un balance de aceptación popular y de coherencia muy considerables haya tenido a lo largo de estos años tan poca ayuda institucional.

 I.J.- Sí, es bastante sorprendente, desde luego. La primera subvención del Gobierno de Aragón, de un millón de pesetas, nos llegó al tercer año también, y curiosamente fue como «ayuda para la instalación del teatro’, cuando hacía bastante tiempo que funcionaba.  Después el Gobierno no nos volvió a dar dinero hasta el año pasado, que nos dieron millón y medio, incluyendo una advertencia de que era para la sala y para la compañía. Este año nos han dado dos, con la misma advertencia… El Ayuntamiento de Zaragoza nos dio otro millón hace bastantes años y el Ministerio de Cultura jamás nos ha concedido ni una peseta…

 F.O.- …con lo cual se demuestra, una vez más, que el acceso al Ministerio lo tiene más sencillo cualquier grupo más o menos estable que surge en Madrid, que una compañía que «en provincias»-como se dice desde el centro con una innegable dosis de paternalismo y desprecio-, consigue atrapar cerca de veinte mil espectadores, como vosotros en la temporada pasada, realizando, nada menos, un total de ciento setenta y cinco funciones.

 I.J.- Así es. Y reiterando año tras año nuestra petición formal de convertirnos en sala concertada. Nos han contestado de todo. Desde que la decisión era discrecional y no nos había tocado, hasta que no se concedían a asociaciones culturales, que es lo que éramos al principio, que no había presupuesto para ese año, etc. Nosotros, por nuestra cuenta, hemos seguido nuestro camino, asociándonos por supuesto, en la Coordinadora Nacional de Salas Alternativas desde el principio de su fundación, en su circuito de distribución, etc.

 F.O.. ¿Cuánta gente compone la compañía y cuál es vuestra organización interna?

 I.J.- De las seis personas que integramos la compañía hay cinco cuyo trabajo está absolutamente ligado a la sala. Es decir, mensualmente la empresa paga seis nóminas. Estamos ciertamente más o menos bien organizados, separando la actividad en áreas de acción concreta -gerencia, distribución, técnica, de programación, etc-, pero lo cierto es que a veces todavía andamos abrumados por la cantidad de trabajo y de proyectos que llevamos entre manos. Pero como se dijo en Gijón, en la última reunión de titiriteros, existe una cosa que se llama «autoexplotación» y que está muy difundida en este campo del espectáculo.

 

La sala Arbolé suele abrir sus puertas en el mes de Septiembre y las cierra en Abril. El buen tiempo es una mala noticia para ellos puesto que una brizna de sol inclina a los padres hacia los parques y el aire libre en detrimento de los interiores y, por supuesto, de los títeres. Con todo, durante estos largos ocho meses la actividad es frenética pues los frentes de actuación son múltiples.

 I.J.- Cada vez es más sencillo hacer una programación de títeres… En estos siete años han pasado por la sala del orden de las ciento cincuenta compañías y habremos tenido, tal vez, sólo dos o tres casos que no han aceptado nuestras condiciones económicas. La mayoría se han adaptado, rebajando, a veces, su propio cachet. Esto, sin duda, es posible porque en el campo de la marioneta hay un enorme espíritu de colaboración de todo el mundo. Y una cosa muy curiosa y repetida: casi todos los marionetistas que vienen nos confiesan que en algún momento de su vida han pensado abrir una sala de estas características. Supongo que como los titiriteros estamos siempre a la intemperie echamos de menos el cobijarnos de vez en cuando en una casa confortable.

 F. O.- ¿Cuáles son las líneas de actuación para esta nueva temporada?

 I.J.- Abrimos la programación infantil con Títeres Taraneya. Después irán pasando Pizzicato, de Argentina; el Teatro Tradicional de Muñecos de Chile; el MUF, de México; el Teatro de títeres La Pareja, de Argentina; para continuar con un espectáculo fantástico titulado Escenas de la Opera de Pekín, a cargo del marionetista chino  YANG FENG. En cuanto a la programación de adultos incluye durante los primeros meses a TARANEYA, LOS MOROCHOS y LAS BIEN TOCADAS TRES. Por otra parte pensamos aumentar la colección «Titirilibros», que recoge textos específicamente pensados para títeres, con dos volúmenes más. La otra colección, «Librititeros», que la pensamos para incluir otro tipo de textos, subceptibles de ser adaptados para los títeres, pensamos cambiarle de formato esta temporada.  En el ciclo «Más o menos juglares», que en estos momentos estamos ultimando, incluiremos una noche dedicada a los cuentos, en la que esperamos contar con Federico Martin y Bernardo Atxaga, una noche de títeres, con  YANG FENG, Roberto Spina y Héctor di Mauro, una noche de folklore, con la actuación de los segovianos Habas Verdes, y una noche de cantautores, con Mauricio Aznar, Antón Abad y Carlos y Alicia y algunos otros. Por supuesto nosotros continuaremos actuando en nuestra sala, en infindad de pueblos de Aragón -más de cien la temporada pasada-, y en el resto de España.

 F. O.- Supongo que después de este balance tendréis la profunda sensación de que el riesgo ha merecido la pena.

 I.J.- Rotundamente. Ha sido muy divertido a pesar de que a veces ha podido flaquear la moral. Además durante estos años hemos conocido a un montón de gente y nos conoce un montón de gente. Yo creo que un altísimo tanto por ciento de las compañías iberoamericanas que pisan España preguntan por nosotros, por el Teatro Arbolé, porque ya han estado aquí, o porque hemos mantenido algún contacto anterior, etc. Y eso es gratificante. Por otra parte el hecho de haber propiciado el paso por la sala de tantos compañeros nacionales e internacionales nos ha posibilitado seguir aprendiendo. Ha sido casi inevitable aprender.

Teatro de la Estación: la consigna va a ser resistir.

mayo 22, 2009

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Publicado en «Primer Acto», Nº 261 (Noviembre-Diciembre 1995)

 

Describía en la última crónica la atmósfera de inquietud que se ha instalado en las conciencias de los profesionales del teatro en Aragón tras el reciente revolcón electoral. El panorama es de desorientación y de temor. Desorientación, por lo menos aparente, en los nuevos gobernantes, tanto autonómicos como municipales, ahora mayoritariamente pertenecientes a la derecha, y que parecen como agazapados a la espera de que el PP gane finalmente las elecciones generales para destapar sin rubor el tarro de las esencias y empezar a poner en práctica sus ideas y programas. Y desorientación también, aunque con gotas de temor, entre las gentes de la cultura, y más específicamente los del sector del teatro, que ven peligrar lo que parecía bien encarrilado, especialmente en lo referente a favorecer la existencia de una cierta industria del espectáculo en Aragón. Lo que había empezado a construirse durante estos años aparece nuevamente en peligro.

 No deja de parecer paradójico que en este momento dos compañías estabilizadas en el panorama teatral -el Teatro Imaginario y Tranvía Teatro-, decidan aunar esfuerzos, imaginación y recursos materiales y humanos para sacar adelante el Teatro de la Estación, una flamante sala alternativa, situada cerca del remozado Palacio de Aljafería de Zaragoza, con el propósito, a partir del 21 de Diciembre de 1995, de afianzar en ella una programación de repertorio que incluya en una primera fase puestas en escena de clásicos catellanos, aunque ya estén anunciando para más adelante otros proyectos escénicos de inspiración más contemporánea.

 Rafael Campos, profesor de la Escuela de Teatro y director de escena, Carlos Seral, técnico de iluminación y sonido, y Cristina Yáñez, actriz,  los tres de Tranvía, junto a Alfonso Desentre, director y actor, y María José Pardo, actriz, ambos del Imaginario, son los impulsores de este proyecto que ha aglutinado además a otras veinte personas, y entre los que figura Ricardo Joven, uno de los mejores y más veteranos actores aragoneses.

 Con algunos de ellos entablamos esta conversación.

 

A mal tiempo, buena cara.

Rafael Campos.- En realidad la idea no es de ahora. Como otra mucha gente de aquí veníamos acariciando desde hace tiempo el proyecto de abrir una sala estable. A pesar de las circustancias que describes, y que conforman un momento objetivamente no demasiado optimista desde el punto de vista de las instituciones, tenemos todos la confianza de que el barco puede llegar a buen puerto, no sólo porque otros proyectos similares están funcionando y bien en otras ciudades, sino porque fundamentalmente creemos que en Zaragoza hay un público para ello.

Ricardo Joven.- Sí, es verdad. Incluso a veces ocurre que los momentos de incertidumbre, de falta de claridad en las propuestas, etc, son los que más favorecen acometer proyectos que te implican de una manera tan peculiar. Quieras que no el sistema anterior te hacía depender en gran medida de unas subvenciones, unos circuitos consolidados, etc. En este momento en que eso se tambalea los deseos que estaban guardados en la trastienda afloran y se encaran con verdadera gana.

Alfonso Desentre.- De entrada el proyecto es totalmente privado. Es decir, nosotros vamos a invertir dinero personal en él. Aunque no conviene dar la imagen de que renunciamos a recibir ayudas de cualquier tipo. Y en ese sentido lo cierto es que, sin haberse concretado nada todavía, tenemos la sensación de que desde las instituciones, el proyecto del Teatro de la Estación es visto con evidente simpatía, por lo menos a nivel de comunidad autónoma.

 

Una compañía de repertorio.

Lo más novedoso del proyecto es, sin duda, el hecho de que por primera vez en Zaragoza se va a crear una compañía estable, compuesta por actrices y actores locales de gran experiencia y otros salidos recientemente de la Escuela Municipal de Teatro.

Rafael Campos.- Todas las temporadas queremos acometer un primer bloque de programación, que iría de Diciembre hasta Abril, y que lo integrarían textos clásicos universales. En esta primera tenemos previsto estrenar cinco textos castellanos, que estarán en escena tres semanas cada uno, lo cual nos va a obligar lógicamente a ensayar para renovar el repertorio y actuar al mismo tiempo, de jueves a domingo, haciendo doblete los sábados. Se trata de La venganza de Don Mendo, El caballero de Olmedo, El lindo Don Diego, Fuenteovejuna y Don Gil de las Calzas Verdes, dirigidos por mí. En Abril comenzaremos un ciclo de dramaturgos contemporáneos. Alfonso dirigirá entonces Edmond, de David Mamet, junto a otros títulos por decidir, etc.

Ricardo Joven.- También nos planteamos para un futuro no muy lejano abrir la sala a otras compañías afines, aragonesas o de fuera, y utilizar los múltiples espacios que la sala tiene para realizar cursos especializados, etc, y mantener una programación específica para los meses de verano.

F.O. Sorprende en esa relación de textos clásicos la inclusión de La venganza… ¿No tenéis miedo de que, además, al ser el primero imprima una imagen excesivamente comercial, con ciertos flecos reaccionarios, a una sala de nueva planta y objetivos renovadores?

Rafael Campos.- Lo estuvimos pensando durante un tiempo, efectivamente. Tal vez sea concretar demasiado en una línea que después no va a tener exactamente esa continuidad. Pero ocurre que la sala va a ser inevitablemente marginal por las limitaciones de su aforo, que ronda los ciento cincuenta espectadores. Nos resistimos de entrada a ser los marginales de los marginales… En La venganza de Don Mendo me he encontrado con un juguete disparatado, un astracán, un divertimento extraordinario, con una densidad inmensa de autoironía, que creemos atraerá claramente a buena cantidad de público a una nueva sala desconocida para él. Somos conscientes de los riesgos que asumimos con esta decisión, aunque puedo decirte que la hemos tomado después de haber pulsado la opinión, por ejemplo, de un buen número de profesores de literatura de colegios e institutos, con los que pensamos trabajar en los próximos años de forma muy continuada, estableciendo con ellos y con otros agentes sociales e instituciones -la Universidad, por ejemplo-, determinadas promociones de los espectáculos.

Carlos Seral.- No hay duda que en esta decisión han pesado mucho las razones que se apoyaban en el hecho de que La venganza de Don Mendo es un texto enormemente conocido por el gran público, y que, en ese sentido, es un buen reclamo para atraerlo por primera vez. Después trataremos de que siga viniendo…

F.O. ¿Tenéis de entrada una cierta voluntad de estilo a la hora de poner en escena estos textos? O dicho de otra manera, ¿queréis ofrecer al espectador una cierta «marca de la casa», de la forma como, por ejemplo, y salvando todas las distancias, desde un primer momento se pretendió hacer hace quince años en el Teatre Lliure, en Barcelona?

Rafael Campos.- Es necesario tener en cuenta desde el primer momento que cada nuevo espectáculo va a tener una producción muy limitada económicamente puesto que al menos en un primer momento nos vamos a alimentar exclusivamente de nuestras propias taquillas. A partir de ahí, efectivamente, nos gustaría que hubiese esa marca de fábrica, que será el resultado, claro está, del talento que sepamos imprimir a nuestro trabajo. La apuesta estética va a estar en saber conjugar bien los elementos con que contamos: un espacio propio y una infraestructura de iluminación, que nos va a permitir investigar en esa dirección, y, haciendo un poco de la necesidad virtud, esto es, partiendo de una pobreza de medios materiales. Le daremos una gran importancia al texto, a la calidad en la interpretación del verso. Por otra parte nos estamos planteando la posibilidad de utilizar un espacio escénico que en realidad sería una especie de espacio único como concepto de puesta en escena.

 

Una sala polivalente

Llegados a este punto es imposible olvidar la trayectoria del Teatro del Mercado. En los años ochenta fue una de las salas alternativas pioneras en nuestro país. Su gestión, como consecuencia del despego del propio Ayuntamiento hacia ella, fue languideciendo poco a poco, atravesando diferentes periodos en su decadencia imparable, a pesar de los esfuerzos de sus responsables más directos. Cuando el Teatro de la Ribera presentó el proyecto ante el Ayuntamiento de Zaragoza eran tiempos de esperanza y durante los primeros años el Teatro del Mercado supo crearse una imagen y un público fiel, tal vez el más exigente y culto que la ciudad ha tenido nunca. De sala alternativa pasó poco a poco a ser una sala sencillamente de desahogo a donde iban a parar espectáculos residuales, aunque todavía con notables excepciones. Por el camino se esfumó ese público, desorientado y mal tratado. Tal vez el Teatro de la Estación tenga que reinventarlo de nuevo, aunque los tiempos, desde luego, ya no son los mismos.

Rafael Campos.- Habrá entre ciento cincuenta y doscientas butacas. En principio la sala permite la polivalencia pero para estos cinco primeros espectáculos la acomodaremos a la italiana. El espacio escénico utilizable es amplio (siete metros de boca, otros siete de fondo y siete de altura), y al lado existe otro  que utilizaremos como sala de ensayo junto con otro más pequeño, como para unos cuarenta espectadores, con un escenario de cinco metros, en donde nos planteamos hacer más adelante otro tipo de espectáculos de más pequeño formato, teatro infantil, cabaret, etc.

F.O. Desde una perspectiva de actor experimentado, que estás plenamente curtido profesionalmente pues no en vano has trabajado en bastantes compañías, ¿cómo ves, Ricardo, esta nueva experiencia?

Ricardo Joven.- omo hemos dicho antes, a la mayoría de los actores aragoneses nos ha rondado por la cabeza más de una vez la posibilidad de disponer de un espacio propio de exhibición de nuestro trabajo, en donde sentirnos un poco como en casa. Hasta ahora las circunstancias lo han impedido y esta oportunidad me parece extraordinaria para hacerlo. Por otro lado está el factor estimulante de la aventura de lo que para todos nosotros es nuevo. No hay que olvidar tampoco el estímulo que va a suponer la mezcla de personas curtidas en este oficio con personas con unas calidades y cualidades personales increíbles y con menos experiencia. Esa mezcla seguro que llegará al público nítidamente en forma de una frescura especial, de un calor especial.

F.O.- Y , Alfonso, que has realizado con tu compañía durante estos últimos años un esfuerzo para presentar textos con cierto marchamo de vanguardistas, o en su caso al menos, de inequívocamente contemporáneos, ¿qué es lo que le encuentras de atractivo a un proyecto que comienza con cinco montajes a partir de clásicos fundamentalmente?

Alfonso Desentre.- Cundo entré en este proyecto ya había unas directrices marcadas con las que estuve de acuerdo pues me parecieron interesantes. Especialmente desde mi perspectiva de actor estoy disfrutando mucho, teniendo la oportunidad de encarnar personajes clásicos que no han sido la línea del Teatro Imaginario. Pero es evidente que, como director, estoy más interesado en la segunda fase: es decir, el trabajo con dramaturgos y dramaturgias actuales.

 

Pesimismo de la inteligencia, optimismo de la voluntad.

En el anterior número de esta revista, Pepe Monleón decía que «en nuestro país, las mejores representaciones teatrales han sido, casi siempre, las que estaban vinculadas a compañías o grupos que llevaban años de trabajo, a actores o directores que tuvieron la posibilidad de hacer de cada espectáculo el antecedente, el punto de apoyo o reflexión, del siguiente.» Desde esta perspectiva lo que el Imaginario y el Tranvía pretenden conseguir con su esfuerzo y su inversión constituiría, de lograr su objetivo, un paso cualitativo de gran importancia para el teatro aragonés. Que la suerte y el éxito les acompañe, por tanto.

Rafael Campos.- Y tengo el pálpito de va a ser así. Además tenemos una infantería -en la que nos incluimos nosotros-, que nos encontramos en una situación personal y profesional de tranquilidad y reposo, tan hechos ya a un destino aciago como es el que frecuentemente se vive por estos pagos, que, aunque no viniera nadie a vernos, seríamos capaces de continuar con esto. La consigna va a ser resistir pues ya sabemos que Zaragoza es una ciudad particularmente difícil para que algo cuaje inmediatamente. Y hablo desde el escepticismo de muchos entusiasmos quemados por el camino.

«Víctor, o los niños al poder», de Roger Vitrac.

mayo 22, 2009
Edición de "Víctor, o los niños al poder"

Edición de "Víctor, o los niños al poder"

Traducción de Francisco Ortega y Marissa Noya.

Adaptación de Francisco Ortega

para la Escuela Municipal de Teatro de Zaragoza.

 Julio de 1995-Febrero 1996. 

 

Roger Vitrac von Charles Dullin

Roger Vitrac von Charles Dullin

 Personajes

 Víctor, nueve años.

Carlos Zaldívar, su padre.

Emilia, señora de Zaldívar, su madre.

Lilí, la criada.

Esther, seis años.

Antonio Rosales, su padre.

Teresa, señora de Rosales, su madre.

María, la criada.

El Obispo.

Ida, señora de Muertemarte.

El doctor.

 

 

          22 de Abril de 1953. Residencia de los señores Zaldívar, en Madrid. La acción se desarrolla, casi sin interrupción, desde las ocho de la tarde hasta la medianoche.

         Victor ou les enfants au pouvoir fue representada por primera vez el lunes 24 de Diciembre de 1928 en París, en la Comédie des Champs Élysées por el Théatre Alfred Jarry. La dirección corrió a cargo de Antonin Artaud.

         En España se ha representado ya en dos ocasiones, ambas en lengua catalana. La primera fu dirigida por Jorge Vera en Barcelona en fecha no encontrada. La segunda fue dirigida por Joan Ollé y presentada como Taller de Tercer Curso en la Sala Adrià Gual del Institut del Teatre de Barcelana en Febrero de 1993.

        

 

 

 

PRIMERA PARTE

 

CUADRO PRIMERO.

Cuarto de estar de los señores de Zaldívar.

 

Escena I.

 

Lilí, realizando las faenas domésticas. Víctor la persigue por todas partes.

 

         VICTOR.-

         «…bendita eres entre todas las mujeres y bendito es el fruto de tu bajo vientre, Jesús»

 

         LILI.-

         ¡Es «el fruto de tu vientre, Jesús»!

 

         VICTOR.-

         Tal vez, pero lo encuentro menos imaginativo.

 

         LILI.-

         ¡Basta, Víctor! Ya he oído bastantes disparates. ¡Vas a volverme loca!

 

         VICTOR.-

         Ya lo estás.

 

         LILI.-

         Si tu madre…

 

         VICTOR.-

         ¡Qué buena es mi madre! ¡Ja, ja, ja!

 

         LILI.-

         Digo que si tu madre te oyera…

 

         VICTOR.-

         Y yo digo que es buenísima. ¡Buenísima! ¡Muy, muy, muy buena!

 

(Continúa riéndose.)

 

         LILI.-

         ¿He dicho algo gracioso? No es para tanto…

 

         VICTOR.-

         ¿No puedo querer a mi madre?

 

         LILI.-

         ¡Víctor!

 

         VICTOR.-

         ¡Lilí!

 

         LILI.-

         Hoy cumples nueve años. Ya no eres un un niño.

 

         VICTOR.-

         Entonces… ¿el año que viene ya seré todo un hombre?

 

         LILI.-

         Claro. A ver si te va entrando la sensatez.

 

         VICTOR.-

         Entonces, muy sensatamente, te llamaré «mi patatita».

 

(Lilí le da una bofetada.)

 

         …Siempre y cuando accedas…, «mi patatita»

 

(Le da otra bofetada.)

 

         …a hacer conmigo… ¡ lo que haces con los demás!.

 

(Le da otra bofetada.)

 

         LILI.-

         ¡Mocoso!

 

         VICTOR.-

         ¡Te atreves a decir que no te has ido a la cama con mi padre alguna que otra vez!

 

         LILI.-

         ¡Fuera de aquí si no quieres que te estrangule!

 

         VICTOR.-

         ¿De verdad, chiquitina mía? ¿Estrangularías a tu chiquitín?

 

         LILI.-

         ¡Nueve años! ¡Caramba con los nueve añitos!

 

         VICTOR.-

         Tu tienes esta edad multiplicada por tres, Lilí.

 

         LILI.-

         ¡Cierra la boca y déjame tranquila! ¡Te lo suplico!

 

         VICTOR.-

         (Cogiendo un vaso de la mesa.). ¿Ves este vaso, Lilí…?

 

         LILI.-

         Sí, ¿porqué?

 

         VICTOR.-

         Se trata de un vaso de cristal de Baccarat. Eso es al menos lo que mi madre repite cuando llega alguna visita. Un vaso único, que pertenece a un servicio único de una colección única, etc, etc… En una palabra: vale un dineral. Debería haber comenzado por aquí… Escúchame bien: tengo nueve años, y hasta hoy me he portado ejemplarmente. No he hecho nada de lo que se me ha prohibido. Mis padres no paran de proclamarlo a los cuatro vientos: «Es un niño modélico que nos da toda clase de satisfacciones, que merece todas las recompensas, y por el que de buen grado haríamos todos los sacrificios». Pero eso no es todo. Mi madre añade que daría toda su sangre por mí. Hasta hoy he sido efectivamente un niño irreprochable: ni he hecho una catarata con la mano para mear… como mis amigos me han recomendado…

 

         LILI.-

         ¡Oh!.

 

         VICTOR.

         …ni he metido nunca un dedo en el culito a las niñas…

 

         LILI.-

         ¡Cállate, monstruo!

 

         VICTOR.-

         …como suele hacer mi amiguito Jaime Bordonava. Cuando cumpla nueve años si es valiente lo confesará… Pero yo quiero decirte, hoy, 22 de Abril, día de los santos Sotero y Cayo, que no esperaré ni un año más para convertirme en un hombre. Esto quiere decir, ni más ni menos, que estoy decidido a ser algo… ¡ya¡. Sencillamente.

 

         LILI.-

         ¡Nos ha fastidiado!

 

         VICTOR.-

         Sí… algo nuevo, algo diferente. ¡Te lo aseguro como hay Dios!.

 

         LILI.-

         ¡Si te oyeran!

 

         VICTOR.-

         Todavía tengo en mi mano este vaso de Baccarat… tan frágil… tan…

        

         LILI.-

         ¡Víctor! ¡No irás a romperlo!

 

         VICTOR.-

         Si se cayera y se rompiera, la familia Zaldívar, de la que yo soy el último descendiente, perdería unas cincuenta mil pesetas.

 

         LILI.-

         ¡No, si al final lo romperá…!

 

         VICTOR.-

         Tranquilízate, no lo voy a romper.

 

(Coloca el vaso donde estaba.)

 

         Prefiero romper este jarrón.

 

(Empuja un gran jarrón de Sèvres que está sobre la consola. Cae y se hace añicos.)

 

         Bien. Ya he reventado veinte mil duros de mi herencia…

 

         LILI.-

         Pero… ¡estás loco! ¡Estás loco, Víctor! ¡Un jarrón tan bonito!

 

         VICTOR.-

         ¡Un huevo! Querrás decir un huevo… ¡un huevo tan bonito!. No era un jarrón, sino un huevo… Eso me ha dicho toda la vida mi papá. Y en el interior del huevo se supone que también había un caballo, un caballito chiquitín. Pero era falso: no he visto el caballo por ningún sitio. ¿Tú has visto algún caballo?

 

(Imitando la voz de un padre que imita la voz de un hijo.)

 

         «¿Qué es eso, papá?»

 

(Imitando la respuesta del padre.)

 

         «Es un huevo de caballo, un huevo de caballo… ¡gordo, muy gordo!» ¡Anda ya…!

 

         LILI.-

         ¡Este niño no respeta nada! ¡Cómo es posible que hayas hecho todo este destrozo a propósito…!

 

         VICTOR.-

         ¿Yo? ¿Qué es lo que he hecho yo?

 

         LILI.-

         No hagas el asno ahora. (Imitándolo.) «¿Yo? ¿Qué es lo que he hecho yo?»

 

         VICTOR.-

         Tú… Querida Lilí: tú acabas de cargarte este gran jarrón de porcelana de Sèvres…

 

         LILI.-

         ¡No te fastidia! ¿Encima tienes la osadía de acusarme de lo que tú y sólo tú acabas de hacer delante de mis narices?

 

         VICTOR.-

         Sí.

 

         LILI.-

         ¡Pues ni hablar! ¡Diré que has sido tú!

 

         VICTOR.-

         No te creerán…

 

         LILI.-

         ¿Que no me creerán?

 

         VICTOR.-

         No.

 

         LILI.-

         ¿Y porqué no van a creerme?

 

         VICTOR.-

         Ya lo verás…

 

         LILI.-

         ¡Quiero que me digas el porqué!

 

         VICTOR.-

         Ya lo verás…

 

         LILI.-

         ¡Pero esto es horroroso…, indigno…, repulsivo! Yo… yo no te he hecho nunca nada, Víctor, pequeño mío. ¿No he sido siempre amable contigo? ¿Acaso no te he evitado…?

 

         VICTOR.-

         Nunca me has evitado nada.

 

         LILI.-

         ¡Dios del Cielo! ¿Qué te pasa? ¿Se puede saber qué tienes?

 

         VICTOR.-

         ¿Que qué tengo? Tengo nueve años. Tengo un padre, una madre, una criada… Tengo un barco de guerra de juguete, con grandes velitas blancas, que cuando dispara dos cañonazos, siempre dos, regresa victoriosamente al puerto de partida. Tengo para mi uso particular un cepillo de dientes con el mango rojo. El de mi padre tiene el mango azul y el de mi madre blanco. Tengo un casco de bombero con todos los accesorios: la medalla de salvamento, el cinturón plateado y el hacha reglamentaria… Tengo hambre… Tengo la nariz intermedia: ni grande ni pequeña. Tengo unos ojos desvalidos, sin techo. Tengo las manos en los bolsillos, y no tengo ni oficio ni beneficio porque todavía soy muy pequeño…. ¡Ah! Tengo una libreta de ahorros en la que mi tía Manina ingresó cinco pesetas el día en que me bautizaron… Entre el precio de la libreta y la póliza oficial la cosa les salió por unas siete pesetas… Tuve el sarampión a los cuatro años, la escarlatina a los seis, y una operación de amígdalas a los ocho, y de todas estos contratiempos salí sano y salvo como una manzana. No he tenido ninguna otra enfermedad en toda mi vida. Tengo la vista muy fina y la mente muy despejada. Y gracias a todas estas buenas cualidades he visto cómo perpetrabas un acto reprobable y sin ningún motivo aparente. Mi familia te juzgará por ello.

 

         LILI.-

         (Lloriqueando.) No tienes derecho a hacerme esto, Víctor. No es justo. Si tuvieras algo de corazón confesarías la verdad…. Eso es lo que hacen los niños como Dios manda.

 

         VICTOR.-

         Yo no soy un niño como Dios manda, y no voy a acusarme de nada. Has sido tú la que ha roto el jarrón.

 

         LILI.-

         Muy bien, entonces. Ya lo veremos.

 

         VICTOR.-

         ¿Me amenazas, eh? Pues atenta, Lilí, que me voy a cargar otro….

 

         LILI.-

         (Llorando.) ¡Oh, Dios mío, qué desgracia! ¡Un niño tan dulce, tan formal…! ¿Quién le puede haber estropeado de esta forma?

 

         VICTOR.-

         No lo comprenderías. No puedes entender nada porque eres una tonta, una estúpida, una chapucera y una viciosa. Cuando mi madre se entere del destrozo te lo reprochará a ti, a tus malas trazas… Y serás lo suficientemente imbécil como para encima pedirle perdón…

 

         LILI.-

         ¡No entiendo nada!

 

         VICTOR.-

         Enseguida lo entenderás. Mira Lilí, aunque hubiera sido yo, y decidiera declararme culpable, cosa que seguramente haría de buen grado…, no me creerían. Sencillamente.

 

         LILI.-

         ¿Cómo dices?

 

         VICTOR.-

         No me creerían porque no he roto un plato en mi vida. Ni un piano, ni un biberón, ni un lapicero… Nada. Tu, en cambio, ya tienes una larga lista de destrozos: el péndulo, la tetera, la botella de agua de azahar, el reloj de pared, el termómetro plateado, etcétera. Aunque yo me declarara culpable oirías decir solemnemente a mi padre: «Víctor, es muy bonito el gesto que has tenido con la criada…, pero en lo que a usted respecta, Lilí, ya puede ir haciendo las maletas y cogiendo la puerta» Y no dirían ni una palabra más para no humillarte delante de los invitados. ¿Qué quieres? Has roto el jarrón. No puedo hacer nada más. Porque, dime, ¿si no puedo ser culpable de nada como quieres que sea culpable de algo? Contesta.

 

         LILI.-

         Pero el jarrón está roto…

 

         VICTOR.-

         Justamente. Lo has pifiado tú.

 

         (Pausa.)

 

         Claro que también podría decirles que ha sido el caballo…

 

         LILI.-

         ¿El caballo?

 

         VICTOR.-

         Sí, el famoso caballito que estaba supuestamente dentro de las tripas del jarrón, digo del huevo… Si tuviera tres años eso es lo que diría y me serviría de excusa. ¡Pero tengo nueve y soy terriblemente inteligente!.

 

         LILI.-

         ¡Mierda! ¡Ahora me arrepiento de no haberlo roto de verdad!

 

         VICTOR.-

         ¡Soy terriblemente inteligente!

 

(Se acerca a Lilí imitando la voz de su padre.)

 

         «No llore, Lilí. No llore, niña mía».

 

         LILI.-

         ¿A qué juegas ahora?

 

         VICTOR.-

         «Se lo ruego, Lilí, no llore. La señora quiere ponerle de patitas en la calle, pero en esta casa el que manda soy yo. Y ya sabe, Lilí, lo mucho que la estimo… Intercederé por usted y obtendré el perdón de mi esposa… Palabra de honor».

 

         (La abraza.)

 

         «La salvaré. Tenga fe en mí y espéreme en su habitación al amanecer: le llevaré la buena nueva y todo quedará olvidado. ¿Eh, pollito luminoso? ¡Pastora de las estrellas! ¡Rosa de David! ¡»Turris ebúrnea»!

 

(Se separa de un salto y comienza a gritar con todas sus fuerzas agitando los brazos.)

 

         ¡»Ora pro nobis’! ¡»Ora pro nobis»! ¡»Ora pro nobis»!

 

(Víctor ríe estruendosamente. Lilí habla para sí misma completamente enrabietada.)

 

         LILI.-

         ¡Ah, no! ¡No, y no! ¡Me iré yo, me iré yo! Me voy ahora mismo… Este niño se ha vuelto loco…

 

         VICTOR.-

         Ya no existen niños en el mundo. Nunca los ha habido.

 

         LILI.

         ¡Qué asco de casa! ¡Qué indecencia! Por eso, me voy. Ahora soy yo la que se quiere marchar. Me quiero ir y me voy. ¡Y eso que sólo tiene nueve años!

 

         VICTOR.-

         Tranquilízate, bobita. (Conciliador.) Sabes que siempre cumplo todo lo que prometo, y ahora prometo no molestarte más. Palabra. Quédate.

 

         LILI.-

         No.

 

         VICTOR.-

         Te quedarás… (Volviendo al juego de antes.) «Usted se quedará, estimada Lilí. Imagen del cielo. Cabello de gatita. Cola de todas las lunas… Debe quedarse, Lilí».

 

         LILI.-

         ¡Está bien, me quedaré! ¡Pero te vas a acordar de mí, niño mimado!

 

         VICTOR.-

         (Dándole un beso muy afectuoso.). Yo no te deseo nada malo, Lilí No te mortificaré nunca más, palabra de honor. Es que soy terriblemente inteligente, sencillamente… ¡Lástima que tú hayas sido la primera en sufrirlo!

 

(Lilí sale llorando.)

 

 

 

Escena II

 

Víctor.

 

(Se sienta con la cabeza entre las manos y durante un rato se queda pensativo.)

 

         VICTOR.-

         Terriblemente… inteligente.

 

(Pausa.)

 

         Esta noche se me ha aparecido en sueños mi tío el Procurador en Cortes, el domador de osos en sus ratos libres. Estaba bajo el sauce del jardín, blanco como el mármol y sosteniendo  entre las manos un fusil igualmente blanco. Yo me acercaba a la distancia de su mano. ¡Qué manía la suya de tocarme la frente y decir: «¡Este chico se me parece!» «¡Este chico es un Zaldívar de arriba a abajo!» De repente, he visto entre las nubes el trazo de un relámpago… El año pasado, un dieciocho de julio, nos cogió en mitad de la tormenta. Los caballos se encabritaban delante de las banderas del Palacio del Pardo.. Todo el mundo estaba alegre. Mi padre sostenía las bridas y llevaba unos guantes negros…. Anoche, en medio de la lluvia, percibí también la fugaz silueta de un rayo rosáceo… Era como el perfil que en los mapas dibujan las playas del Cantábrico…  Mientras tanto, el Procurador atizaba a los osos y me testimoniaba su afecto diciéndome: «Víctor, eres terriblemente…»

 

(Entra Esther.)

 

 

 

Escena III.

 

Víctor, Esther.

 

 

         ESTHER.-

         Hola Víctor. Felicidades.

 

(Le da un beso.)

 

         VICTOR.-

         ¡Ah, eres tú, Esther! Hola. (Pausa.). Gracias.

 

         ESTHER.-

         De nada.

 

         VICTOR.-

         ¿De nada? ¿Entonces, porqué me deseas felicidades?

 

         ESTHER.-

         Se dice «de nada» para… quedar bien.

 

         VICTOR.-

         En mi casa dicen «no hay de qué…»

 

         ESTHER.-

         Es demasiado largo…

 

         VICTOR.-

         Mira, Esther, no te preocupes por mí. Déjame tranquilo. Cuida de tus muñecas. Domestica y acaricia a tus gatitos, ama a tu prójimo como a ti misma y sé una niña obediente y dócil mientras esperas el momento de ser una buena esposa y una buena madre.

 

         ESTHER.-

         ¡Eres malo! ¡Ya no me quieres!

 

         VICTOR.-

         No lo entiendes. No lo entenderías. Eres como Lilí. Mira, hace un momento la criada ha roto este cacharro y seguramente la pondrán por eso de patitas en la calle. Por si fuera poco está empeñada en acusarme a mí.

 

 

 

         ESTHER.-

         ¿Y no has sido tú?

 

         VICTOR.-

         Si hubiera sido, no andaría presumiendo…

 

         ESTHER.-

         Claro. (Pausa.) Pobre Lilí.

 

         VICTOR.-

         Déjalo. Tengo una historia todavía más bonita que contarte.

 

         ESTHER.-

         ¡Oh, sí, cuéntamela, venga!

 

         VICTOR.-

         ¿Conoces a Pepe Peinado? Sí, chica, aquel que va siempre corriendo de un lado para otro, que lleva una fusta de domador en la mano y que tiene una colección de serpientes… ¿Sabes quién digo? Pues anoche nos escapamos juntos.

 

         ESTHER.-

         ¿Anoche? ¿Te escapaste sin Lilí?

 

         VICTOR.-

         Lilí también vino, pero nos la quitamos de encima a pedradas. No se chivará de nada por la cuenta que le trae. Estuvo esperándonos en casa de su hermana, mientras nosotros nos colamos en la función del circo Atlas.

 

         ESTHER.-

         ¡Oh, Víctor, qué suerte que tienes!

 

         VICTOR.-

         Fue maravilloso…

 

(Mientras habla imita a los comediantes.)

 

         Vimos un telón rojo lleno de mariposas. También había un hombre con la cara llena de plumas, que rodaba a los pies de una mujer montada a caballo y que llevaba un crucifijo enorme…

 

         ESTHER.-

         ¿De verdad?

 

         VICTOR.-

         Y el hombre cantaba:

 

                                      «Tus muslos como la tarde

                                      van de la luz a la sombra.

                                      Los azabaches recónditos

                                      oscurecen tus magnolias.

                                      Vengo a consumir tu boca

                                      y a arrastrarte del cabello

                                      en madrugada de conchas».

 

         ESTHER.-

         ¡Qué bonito!

 

         VICTOR.-

         Sí, señorita Rosales, muy bonito. Pero esto todavía no es nada… Después de la función, Pepe y yo nos fuimos por detrás del barracón y… levantamos la lona…

 

         ESTHER.-

         ¿Sí? ¿Y qué visteis?

 

         VICTOR.-

         El hombre de la cara llena de plumas estaba tirado boca arriba y se bebía el pis de una cabra…

 

         ESTHER.-

         ¡Oh! ¿Y la mujer?

 

         VICTOR.-

         La mujer se estaba comiendo un currusco de pan.

 

(Largo silencio.)

 

         ESTHER.-

         Escucha, Víctor, yo también tengo que contarte una historia.

 

         VICTOR.-

         Se me hace la boca agua. ¡Cuenta, cuenta!

 

         ESTHER.-

         Se trata de tu padre… y de mi madre.

 

         VICTOR.-

         ¡Vaya, vaya!  Fíjate. La señora Rosales. ¡Demonio de Teresa! ¡Ji, ji, ji!

 

         ESTHER.-

         Si te ríes no te la cuento.

 

         VICTOR.-

         Es que me hace tanta gracia… ¿Tienes idea de lo que acabas de insinuar…?

 

         ESTHER.-

         ¿Insinuar?

 

         VICTOR.-

         (Para sí.) Es un ángel esta niña…

 

 

 

 

         ESTHER.-

         Gracias. (Le da un beso.) Te lo voy a contar. Estaba en el salón, sentada en la falda de mamá y tenía en las manos unos pendientes. Me acababan de hacer estos agujeritos de las orejas, ¿sabes?. (Se los enseña.) Yo quería encender un candelabro para ponérmelos porque no se veía nada, pero mi mamá no quería encender ninguna luz en el salón. De pronto llaman a la puerta. Mamá se levanta como una bala y me tira al suelo con los pendientes y todo… «¿Es que no has oído la puerta, idiota?» Y encima me atiza una torta. La idiota era yo, claro.

 

         VICTOR.-

         ¿Se quitó los anillos para pegarte la bofetada?

 

         ESTHER.

         ¡ Qué va! Mira, tengo la mejilla colorada todavía.  Pero bueno, a lo que vamos…, abre la puerta y… ¿Quién crees que era?

 

         VICTOR.-

         Mi padre.

 

         ESTHER.-

         Justo.

 

         VICTOR.-

         «Vete a dormir», me dice mi madre.

 

         ESTHER.-

         «No tengo sueño», le contesto. Oye, es que siempre que viene alguien: ¡a la cama!

 

         VICTOR.-

         ¿Y suele ir mucha gente a tu casa?

 

         ESTHER.-

         No, sólo tu padre de vez en cuando.

 

         VICTOR.-

         Mi padre… ¡Está todavía de buen ver, eh!

 

         ESTHER.-

         ¿De buen ver? ¡Bah! (Le imita.) ¡Siempre tan afeitado…!

 

         VICTOR.-

         Querrás decir tan… desnudo, no?

 

         ESTHER.-

         ¡Oh, no! Solamente lleva desnuda la cara, y las manos.

 

         VICTOR.-

         ¡Mira que eres inocente!  Continúa, venga…

 

 

 

         ESTHER.-

         Como siempre, me dan un libro para que me entretenga.  «Hola Carlos» «Hola Teresa. ¿Dónde esta nuestro Antonio?» Papa estaba durmiendo. Se sientan en el sofá, y fíjate las cosas que oigo. Tu padre: «resa, resa, resa»… Mi madre: «Carlos, yo me adoro», o «te adoro», o algo por el estilo. Tu padre: «hay un bañista mudo, resa, mudo» Mi madre: «Más. más, más, dame más…» Tu padre: «He perdido la cabeza…» Mi madre: «Colorines en el horizonte…»  Mi madre: «Me gusta tu pulpo, tu gran pulpo rosa…» En esto del pulpo no estoy muy segura…, y de lo demás, regular…

 

         VICTOR.-

         ¿Eso es todo?

 

         ESTHER.-

         No. De pronto mi madre se echa a llorar y tu padre sale pegando un portazo.

 

         VICTOR.-

         ¿Y?

 

         ESTHER.-

         Entonces se presenta mi papá en camisón de dormir. Comienza a dar vueltas por el salón diciendo: «No me encuentro nada bien, nada, pero nada bien» No paraba de decir que no se encontraba bien… «Yo tampoco, Antonio» le dice mi madre. Mamá se arrodilla a sus pies llorando. Y él va y se pone a gritar, como hace muy frecuentemente desde hace unos días: ¡Nadie tiene, ha tenido o tendrá nunca tus cojonazos, Palafox!L Como el médico le ha recomendado a mi mamá que nadie le lleve la contraria, todos nos fuimos a dormir y hasta el día siguiente.

 

         VICTOR.-

         (Levantándose, afectado por un extraño delirio). ¡Qué destino el nuestro! El destino es tan frágil como un barco a la deriva…. en mitad de la tormenta del martillo, del cepillo, del membrillo, del soplillo, del calor, del valor, del sabor, del amor. A pesar de todo…del amor. Y mi padre pisoteando siempre la angustia, la locura y la soledad de algunas mujeres, prisioneras en sus pisos, esclavas de sí mismas…

 

(Declamando.)

 

                                      Un brazo de la noche

                                      entra por mi ventana.

 

                                      Un gran brazo moreno

                                      con pulseras de agua.

 

                                      Sobre un cristal azul

                                      jugaba al río mi alma.

 

                                      Los instantes heridos

                                      por el reloj… pasaban.

 

         (Como presentando enfáticamente a los personajes de una tragedia.) ¡Aquí están: El Niño Terrible, el Padre Indigno, la Madre Sacrificada, la Mujer Adúltera, el Cornudo, el viejo general Palafox! ¡Viva la golondrina, el pavo, el rayo, el pájaro del paraíso, la cacatúa, la salamandra y la garza real!

 

         (Cambia de tono cuando repara en Esther, que desde hace un rato sigue la escena con la boca abierta y los ojos como naranjas.)

 

         ¡Viva Antonio!

 

         ESTHER.-

         ¡Viva papá!. (Se pone a llorar.)

 

         VICTOR.-

         ¡Así, eso está mejor!

 

         ESTHER.-

         (Gritando.) ¡Me das miedo, Víctor!

 

(Se echa a llorar de una forma rotunda. Entran Carlos y Emilia Zaldívar y Teresa Rosales.)

 

 

 

Escena IV.

 

Víctor, Esther, Carlos Zaldívar, Emilia Zaldívar, Teresa Rosales.

 

 

         EMILIA.-

         (Entrando.) ¡Carlos!

 

         CARLOS.-

         ¡Presente!

 

         EMILIA.-

         (Señalando los pedazos del jarrón.) ¡El jarrón de Sèvres!

 

         CARLOS Y TERESA.-

         (Al mismo tiempo.) ¡Oh!

 

         CARLOS.-

         ¡Víctor! ¿Quién lo ha roto?

 

         EMILIA.-

         No hace falta preguntarlo… Esto ya es el colmo. ¿Dónde está Lilí?

 

         CARLOS.-

         ¿Ha sido ella?

 

         VICTOR.-

         No. Lo ha roto Esther.

 

         TERESA.-

         ¿Has sido tú, Esther?

 

         VICTOR.-

         ¿No ve cómo llora…?

 

 

(Entra Lilí disponiendo el servicio.)

 

 

 

Escena V

 

Los mismos y Lilí.

 

 

         VICTOR.-

         (A Lilí.) Creen que tú has roto el jarrón. Dí la verdad. ¿Has sido tú?

 

         LILI.-

         No.

 

         VICTOR.-

         Lo ha roto Esther. He cometido la imprudencia de decirle que era un huevo de caballo y, aprovechando el instante en que me he vuelto de espaldas, lo ha roto para ver nacer al caballito.

 

         EMILIA.-

         (A Carlos.) ¡Idiota! ¿Ves lo que provocan tus ridículos cuentos?

 

         CARLOS.-

         Pero…, si Víctor no ha sido…

 

         EMILIA.-

         ¡Víctor, está claro! ¡Víctor! ¿Crees que a su edad puede entender tus estúpidas ocurrencias?

 

(Lilí sale.)

 

 

 

Escena VI

 

Los mismos menos Lilí.

 

 

         TERESA.-

         Ven aquí, Esther.

 

         (Esther no se mueve.)

 

         ¿No me has oído, Esther? ¡He dicho que vengas aquí! ¿Quieres que vaya yo? ¡Toma!

 

         (Le pega con las dos manos.)

 

         VICTOR.-

         Perdón, señora Rosales ¿Antes de pegarle se ha quitado esta vez los anillos?

 

         CARLOS.-

         ¡Víctor! ¿Cómo te atreves a meterte…?

 

         EMILIA.-

         (A Teresa.) El pobrecillo teme que le haya hecho usted daño a la nena con sus brillantes…

 

         TERESA.-

         (Sofocada.) Y tiene razón. Pero es que esta criatura a veces se pone tan insoportable que merece un buen escarmiento. El jarrón era un modelo único y debía de valer una fortuna, ¿verdad, estimada amiga?

 

         CARLOS.-

         No se inquiete, Teresa. Soy el único culpable de este estropicio.

 

         VICTOR.-

         Sin duda estos jarrones son más frágiles que sus joyas y sus anillos. ¿Verdad?

 

         TERESA.-

         (Enrojeciendo.) Nunca he golpeado a mi hija con los anillos puestos, que yo recuerde.

 

         EMILIA.-

         ¿Pero de donde saca este niño toda esta retahíla de impertinencias? Le aplaudo su respuesta, Teresa. Yo también opino que es preciso tener mano dura con los niños…

 

         VICTOR.-

         Créame, señora, Esther está hoy bastante castigada ya. Y puesto que es mi cumpleaños, me creo en el derecho de poder suplicarle que la perdone por esta vez.

 

         CARLOS.-

         ¡Bravo, Víctor! Muy bien dicho. Teresa, dale un beso a tu hija y no se hable más.

 

         EMILIA.-

         Ven, hijo mío. Ven, Víctor. Te acabas de ganar una peseta.

 

         TERESA.-

         (En voz baja a Esther.) Y ahora, ¿me dirás porqué has hecho eso?

 

 

 

         ESTHER.-

         Porque Víctor cumple hoy nueve años.

 

         TERESA.-

         ¿Ah, sí? ¡Pues toma! (Le pega.)

 

         TODOS.-

         ¡Oh!

 

         TERESA.-

         Perdóname, Víctor, majo. Por esta tarde es la última vez, pero es que no me he podido aguantar…

 

(Esther no dice nada. Víctor se reúne con ella en el rincón donde está y los dos parecen discutir en voz baja.)

 

         CARLOS.-

         Venga, hablemos de otra cosa. No estropeemos con llantos y palabras altisonantes una fiesta tan señalada. Por cierto, ¿cómo es que Antonio y el Señor Obispo todavía no han llegado?

 

         TERESA.-

         Mi marido se ha empeñado en venir, aunque yo hubiera preferido que se quedara en casa.

        

         EMILIA.-

         No diga eso, Teresa. Nos hubiera sabido muy mal. Y Víctor se habría llevado una gran desilusión. Ya sabe que lo adora.

 

         TERESA.-

         Últimamente mi marido no está muy divertido que digamos…

 

         EMILIA.-

         ¿Ah, no?

 

         CARLOS.-

         No, querida. Antonio no se encuentra nada bien. Está…

 

         TERESA.-

         ¡Está loco!

 

         EMILIA.-

         ¿Loco?

 

         TERESA.-

         Rematadamente.

 

         EMILIA.-

         Pero… ¡Eso es terrible!

 

 

 

 

         CARLOS.-

         Como bien sabes, Antonio ha padecido siempre crisis nerviosas. Hasta ahora eran esporádicas, pero han terminado siendo cada vez más frecuentes. Teresa ya no puede más.

 

         TERESA.-

         Es verdad. (Solloza.)

 

         EMILIA.-

         (Tratando de darle ánimos.) Venga, Teresa, mujer, valor. No hay que desesperase. De golpe y porrazo no se pierde la razón…

 

         VICTOR.-

         (Que escuchaba.) Eso, de golpe y porrazo me suena…

 

(Todos se vuelven a mirarle.)

 

         De golpe y porrazo… Un buen día él levanta al ejército como quien eleva un ramo de flores. Apunta de cualquier manera. Las mujeres más bellas del mundo están prisioneras debajo de sus bordados empapados de sangre, y los ríos se agitan como si fueran serpientes embrujadas. El hombre, rodeado de una plana mayor de fieras, acaudilla una gran ciudad. Los soldados se aferran marcialmente a su lado. Entonces cambian la luz y la tonalidad de las flores… Los rebaños se desperdigan… Los bosques se abren… Diez millones de manos se acoplan con los pájaros… Cada trayectoria es un arco de violín… Cada mueble una música… ¡De golpe y porrazo…! ¡Pero él manda! ¡Es el jefe!

 

(Todos miran a Víctor desconcertados.)

 

         CARLOS.-

         ¡Víctor! ¿Qué te pasa? ¿Qué tienes?

 

         VICTOR.-

         ¡Estoy inspirado!

 

         EMILIA.-

         ¡Víctor! ¡Nunca te había visto así! ¿No te encuentras bien? Contéstame. ¿Quieres algo? Toma: un terrón de azúcar con una gota de agua del Carmen. Te sentará bien.

 

         VICTOR.-

         (Riéndose a carcajadas.) Pero, ¿qué os pasa? Hablábais de Antonio, ¿no? Vendrá aunque no se encuentre bien, ya lo veréis. Fijaos cómo es mi madre: en cuanto oye hablar de enfermedades se imagina que todo el mundo está malo.

 

         CARLOS.-

         ¡Basta de gaitas! ¡Me vas a explicar ahora mismo lo qué has querido decir con toda esa catarata de palabras absurdas…!

 

 

 

         VICTOR.-

         No hay nada que explicar, papi. Me hacía el loco. ¡No es para tanto!

 

         CARLOS.-

         Es una falta de delicadeza y de respeto a Teresa, y quiero que te disculpes.

 

         ESTHER.-

         Yo le prohíbo que se disculpe ante mi madre…

 

         TODOS.-

         ¿Eh?

 

         ESTHER.-

         Sí, se lo prohíbo.

 

         CARLOS.-

         ¿Y porqué, señorita, si hace el favor de decírmelo?

 

         ESTHER.-

         No sé por qué, pero no quiero que se disculpe. A mí nadie me ha pedido que lo hiciese por haber roto el jarrón.

 

         TERESA.-

         Está bien. De acuerdo. Víctor no se disculpará. Pero por lo menos nos podría explicar qué ha querido decir con ese delirante discurso del que ninguno hemos entendido ni una palabra.

 

         VICTOR.-

         ¿No lo adivinan?

 

         TODOS.-

         Palabra de honor que no. ¿Cómo podríamos adivinarlo?

 

         VICTOR.-

         Está bien. Estas palabras no eran sino elementos en desorden de mi próxima redacción para la clase de Literatura. Sencillamente.

 

(Se hace un silencio. Pronto todos comienzan a reír forzadamente.)

 

         CARLOS.-

         ¡Ah, criatura del demonio! ¡Eres todo un hombrecito, eh! En fin, de vez en cuando hay que pasarle por alto alguna que otra… Ya lo decía su maestro: «Este chico, si nadie lo para, llegará lejos, créanme, llegará muy lejos. Es… terriblemente inteligente» ¿Lo oye, Teresa? ¡Terriblemente!

 

         TERESA.-

         Ya lo he oído. ¡Sí! ¡Es terrible!

 

(Bruscamente irrumpe Antonio Rosales.)

 

 

 

Escena VII

 

Los mismos y Antonio Rosales.

 

        

         ANTONIO.-

         ¡Buenas noches a todos! ¿Dónde está el afortunado…? Ajajá… aquí lo tenemos. Cada día estás más alto, chaval. ¿Cuántos años tienes? Nueve años y ya mides un metro ochenta. ¿Cuánto pesas? ¿No te pesas nunca? Haces mal: quien se mide con frecuencia, se conoce bien; el que quiere conocerse bien debe saber cuánto pesa. ¡Qué chico más encantador tienes, Carlos! Es el retrato en vida de Morenito de las Camas, sí, el pincha-ranas ese. ¡Sienta bien reírse un poco de vez en cuando! ¿Y usted, Emilia, siempre tan triste? ¡Qué desgracia! No tenemos nada que hacer en esta vida. ¡No somos nada! ¡Coño, ahora nos dedicamos a romper la vajilla en los ratos libres! ¡Bravo, Carlos! ¡Vivan los martillos! A mí me caen más simpáticos los serruchos…, son más… melodiosos. Cuestión de gustos, ¿verdad? Buenas noches, Teresa. (Le da un beso) ¿No me das un beso? Jamás me da un beso… Pero yo no me doy por vencido. ¡Once mil fusiles, trescientos cañones y una salva de jura de bandera! ¡Qué vida ésta! Y aquí tenemos a nuestra pequeña cantinera. Saludo militar. ¡Viva el Cónsul Primero!

 

(Le da un beso a su hija.)

 

         Escuchadme ahora. Estoy muy contento de veros a todos con tan buen aspecto. Especialmente a Carlos. Carlos, amigo mío, se nota que está usted… enamorado. ¡Qué puñetas! ¡Sí Emilia, qué puñetas! ¡No son cumplidos!  Y es que mi Teresa es de lo que no hay… Querida, muéstrales cómo me enciendes la hoguera… Enséñales el juego que haces con las manos, luego con los tobillos…, cómo pones los ojos en blanco, cómo balanceas ese cuerpazo… y…, al final, ¡la gloria divina! Al final siempre, la Paz de Dios… «Agrupaos, honradas mujeres, y no dejéis los laureles y las palmas del triunfo sólo a los hombres…»

 

         CARLOS.-

         Ejem… Antonio, estimado amigo, seguro que le iría bien… una copita de champagne.

 

         EMILIA.-

         Sí, eso… una copita de champagne…

 

         TERESA.-

         (Muy molesta.) Te ruego que te calles y que te sientes. Te están oyendo los niños.

 

(Se deja caer en un asiento.)

 

         VICTOR.-

         ¡Señor Rosales, señor Rosales!

 

         ANTONIO.-

         ¿Eh, qué? ¿Quién me llama?

 

         EMILIA.-

         Es mi hijo quien está llamándole a gritos…

 

         ANTONIO.-

         ¡Víctor, ven aquí, pequeño! Dime qué quieres.

 

         VICTOR.-

         (Después de un silencio.) Quiero que me hables de… ¡Palafox!.

 

         TODOS.-

         ¡Oh, Víctor!

 

         ANTONIO.-

         (Declamando una lección como aprendida de memoria.) «PALAFOX y Melci, José rebolledo de. (1776-1847). Duque de Zaragoza, Capitán general de Aragón. Tomó parte en la guerra contra Francia en 1794. Resistió las sucesivas embestidas del ejército napoleónico en 1808 y 1809, insuflando en la población zaragozana grandes dosis de entusiasmo y de coraje. Con sus soflamas mantuvo hasta el último momento la esperanza de que la resistencia heroica y la victoria final sobre los franceses eran posibles. Por todo ello ha sido considerado siempre como un ejemplo de la tenacidad y las virtudes aragonesas. Se le atribuye esta contestación al enviado del francés Moncey que le proponía la capitulación: «Después de muerto hablaremos de eso».

 Algunos estudiosos opinan, por el contrario, que su capacidad de analizar militarmente la situación fue nula, sobrevalorando los medios de que disponía y la capacidad de resistencia de los suyos, y que, por tanto, su entusiasmo y su liderazgo fueron los involuntarios causantes de la casi completa destrucción de la ciudad y la muerte de miles de hombres, mujeres y niños…» Tras el desastre estuvo recluido en la prisión militar de Vincennes, al Este de París, hasta 1814.

 

(Se echa a llorar amargamente.)

 

         TERESA.-

         ¡Todo esto es vergonzoso, vergonzoso, vergonzoso!

 

(Se tapa la cara con las manos.)

 

         CARLOS.-

         ¡Oh, no, Teresa, no es verdad! No te preocupes…, resulta hasta divertido… Quiero decir que…

 

         EMILIA.-

         ¡Carlos, ya está bien!

 

         VICTOR.-

         Gracias. Ha sido muy bonito.

 

         CARLOS.-

         ¡Basta, Víctor! ¡Lo has hecho a propósito!

 

(Lo coge aparte.)

 

         El señor Rosales está enfermo. Deberías compadecerte de su mujer y de su hija.

 

         VICTOR.-

         ¡Pero si Esther me había asegurado que el general Palafox era su personaje favorito! Pensaba que le alegraría si le pedía que me hablase de él…

 

         TERESA.-

         (Que lo ha oído todo.)  ¡Ven aquí, Esther! (Le pega. Acercándose a Emilia.) Le pido perdón, Emilia. Debería de haberlo previsto.

 

         EMILIA.-

         Qué le vamos a hacer, querida Teresa. A la mayoría de las familias les atraviesa un clavo el corazón y tanto mi marido como yo estamos contentos de poder compartir el suyo.

 

         TERESA.-

         (Abrazándola.) Querida, querida amiga…

 

         ANTONIO.-

         (Muy natural.) Les ruego que me excusen. No me encontraba bien hace un momento… He abusado de su amable hospitalidad…  Estoy muy arrepentido.

 

         CARLOS.-

         Venga, venga, Antonio, amigo mío. Vamos a imaginar que estábamos durmiendo y que lo sucedido hace un rato lo hemos soñado… ¿Está ya más tranquilo?

 

         ANTONIO.-

         Por completo.

 

         CARLOS.-

         Perfecto. Aquí no ha pasado nada.

 

         ESTHER.-

         ¡Viva papá!

 

         ANTONIO.-

         (Poniéndose de rodillas y dándole un beso.) Y «¡Viva Víctor!» ¡Vivan los nueve años de Víctor!

 

         ESTHER.-

         ¡Viva Víctor!

 

(Entra el Obispo.)

 

 

 

 

 

Escena VIII.

 

Los mismos y el Señor Obispo.

 

 

         CARLOS.-

         ¡Aquí está el Señor Obispo!

 

         OBISPO.-

         (Saludando.) Señora… Señora… Buenas noches, Carlos, buenas noches, señor Rosales. ¿No paras de crecer, eh Víctor? Creciendo siempre en tamaño y sabiduría, ¿eh?

 

         VICTOR.-

         Por desgracia, Señor Obispo.

 

         OBISPO.-

         ¿Por desgracia? ¿Porqué por desgracia?

 

         VICTOR.-

         Es una manera de hablar.

 

         ESTHER.-

         Como cuando se contesta «no hay de qué».

 

         OBISPO.-

         (Desconcertado.) ¡Caramba qué niños tan espabilados! ¿Cuánto mides ahora?

 

         VICTOR-

         Un metro y ochenta y un centímetros, Señor Obispo

 

         OBISPO.-

         ¡Un soldado de caballería! ¡De ti haremos un buen soldado español!

 

         VICTOR.-

         Muy amable, Señor Obispo.

 

         OBISPO.-

         ¿Yo? Va, va. Yo soy… un Pta. ¡Ja, ja,ja!

 

         ESTHER.-

         No es verdad… No es un puta. Una puta es…

 

         TERESA.-

         ¡Silencio o te…!

 

         OBISPO.-

         (Cortándole.) ¡Ah, la nena guapa! Buenas noches, Esther. ¿Así que tú no quieres que yo sea un puta? Bien, ¿qué quieres entonces que sea?

 

 

 

         ESTHER.-

         Un cardenal.

 

(Malestar. Pausa.)

 

         VICTOR.-

         Escúcheme, Señor Obispo…

 

         EMILIA.-

         Te prohibo estas familiaridades con nuestros invitados.

 

         OBISPO-

         Déjelo, señora, no se preocupe. ¿Dime, qué quieres, Víctor, majo?

 

         VICTOR.-

         ¿Usted conoció personalmente a Palafox?

 

         TODOS.-

         (Excepto Antonio, que no ha oído las palabras de Víctor.) ¡Oh, oh, oh!

 

         TERESA.-

         (Cogiendo aparte a Víctor.) Te lo ruego, Víctor, procura no comentar nada más de la guerra de la Independencia. ¿Crees que eso nos hace gracia? Mi pobre marido está muy enfermo y no se le puede hablar de este tema porque entonces se manifiestan sus crisis nerviosas. ¿No lo harás más, eh, me lo prometes? ¿Me lo juras?

 

         EMILIA.-

         (Llegando de improviso.) ¿Todavía la está mareando? No le haga caso, Teresa. Los niños a estas edades se ponen muy impertinentes. ¡Venga, a la mesa, Víctor!. ¡A cenar!

 

(Se apagan las luces. Cuando vuelven ya están en los postres.)

 

         OBISPO.-

         (Levantando su copa.) Brindo por tus nueve años, Víctor.

 

         TODOS.-

         ¡Por los nueve años de Víctor!

 

         VICTOR.-

         Brindo por mi querida madre, por mi adorado padre, brindo por usted, señora Rosales, brindo por el Señor Obispo y por Don Antonio Rosales. Brindo por su hija Esther, y brindo por Lilí, que es la fiel y cumplidora sirvienta que tenemos en esta casa.

 

         TODOS.-

         ¡Muy bien! (Brindan.)

 

         CARLOS.-

         ¡Y ahora, Víctor, recítanos algo!.

 

         VICTOR.-

         Pero si yo no sé nada…

 

         EMILIA.-

         Venga, no te hagas de rogar. No seas tan tímido… Supongo que el señor y la señora Rosales no te imponen tanto respeto como para…

 

         VICTOR.-

         No son ellos… Es por el Obispo.

 

         OBISPO-

         ¡Cómo puedes decir eso, Víctor! Venga, recítanos una poesía. Alguna te sabrás, ¡qué diantre! Todos nos sabemos una por lo menos.

 

         EMILIA.-

         ¡Venga Víctor! No saben ustedes lo bien qué recita este niño.

 

         VICTOR.-

         (Acercándose.) Está bien. Lo hago por usted, Señor Obispo. Por usted, por Antonio y… ¡por España!

 

                            ¡Viva España!, mi patria esclarecida,

                            Madre sin igual,

                            compendio del honor.

                            ¡Viva España!, solar de noble vida,

                            regio pedestal

                            de Cristo Redentor.

                            Fuiste de glorias florido pensil:

                            hoy reverdecen a un impulso juvenil.

                            Veinte naciones coronan tu sien:

                            ¡Arriba España! Raza invicta es tu sostén.

 

         ANTONIO.-

         (Levantándose bruscamente.) ¡Pido la palabra…!

 

         VICTOR.-

         Tuya es, Antonio.

 

         TERESA.-

         Antonio, siéntate que te conozco…

 

         TODOS.-

         Déjelo, Teresa… deje que también se divierta.

 

         CARLOS.-

         Víctor, te tomas demasiadas confianzas…

 

         VICTOR.-

         Habla, Antonio. ¡Atención! ¡Silencio en el campo de batalla!

 

(Callan todos, progresivamente incómodos y espantados, ante el cariz que va tomando la intervención de Antonio.)

 

         ANTONIO.-

         «Cuando el enemigo cayó en masa sobre vosotros, obedecisteis mis órdenes e incluso os sobrepasasteis. Os lanzasteis contra ellos, y, secundados por la valiente caballería, hicisteis pedazos a estos famosos guerreros del Norte que os esperaban con pié firme. Sus disparos no os asustan, y menos todavía sus bayonetas. Vuestras espadas les dieron réplica, y nuestra invencible ciudad tiene la satisfacción de verse rodeada de incontables cadáveres de los bandidos que la asedian. Sonó el clarín, y, en el acto, el filo de vuestras espadas envió sus arrogantes cabezas rodando por el suelo, vencidos por vuestro valor y vuestro patriotismo…»

 

         (Se calla en seco. Silencio angustioso.)

 

         VICTOR.-

         ¿Y qué hizo entonces Palafox?

 

         TODOS.-

         ¡Oh, oh, oh!

 

         ANTONIO.-

         (Mirando a Carlos directamente a los ojos.) ¿Carlos, conoces la historia del general Palafox?

 

         CARLOS.-

         No…, bueno, lejanamente…

 

         TERESA.-

         Ya la has contado antes, querido.

 

         ANTONIO.-

         (Empuñando un cuchillo y golpeando en la mesa.) «¿Qué son cien cañones contra nosotros? Ya estamos acostumbrados a ellos y nos hallamos decididos a seguir el ejemplo de nuestros antepasados, los numantinos, y a sepultarnos bajo las cenizas y las ruinas de la ciudad.» ¿Verdad? ¡Vamos a morir! Pero váyase, señor cura… Aquí sólo mando yo… Soldados: ¡Soy un cornudo! ¡Un cornudo! Y ahora, apuntad, directo al corazón, directo al corazón de este cornudo…

 

(Se deprime profundamente.)

 

         TERESA.-

         Ya os lo había advertido… (Llora.) Desde hace unas cuantas semanas tiene esta misma manía. Es horrible.

 

(Silencio angustioso. Nadie mueve ni un dedo. Teresa y Carlos se miran atemorizados. Lilí se ha quedado petrificada en el umbral de la puerta, y Esther se suena  los mocos en un rincón. Víctor se acerca a Antonio.)

 

         VICTOR.-

         Antonio: ¡en nombre del pueblo español…  yo te nombro caballero de la Orden de Isabel la Católica!

 

(Le abraza. Antonio parece recuperase de su abatimiento.)

 

         ANTONIO.-

         Eres muy amable, Víctor. También te quiero mucho. Esa poesía me ha llegado al corazón como no te puedes ni imaginar… Por cierto, ¿de quién es?

 

         VICTOR.-

         De Víctor Ruiz del Manzano. La he recitado porque se llama Víctor como yo.

 

         ANTONIO.-

         (Poniéndolos a todos por testigos.) ¿No es encantador? Esther, ¿porqué lloras, hija mía? Tu madre te ha negado algo, estoy seguro. Teresa,  hoy no contraríes en nada a la niña. Concédele todo lo que te pida. Estamos en un día especial. Ahora mi nena nos va a contar cualquier cosa… ¿Verdad que sí, Esther? Es tu turno.

 

         ESTHER.-

         Como quieras, papá. Si os calláis empiezo. (Mientras canta, toca palmas rítmicamente.)

 

                            En la calle, lle, lle,

                            veinticuatro, tro, tro

                            una vieja, ja, ja

                            mata un gato, to, to,

                            con la punta, ta, ta,

                            del zapato, to, to.

                            Pobre vieja, ja, ja,

                            pobre gato, to, to,

                            pobre punta, ta, ta

                            del zapato, to, to.

 

         EMILIA.-

         ¡Delicioso! Dale las gracias a tu amiguita, Víctor.

 

         VICTOR.-

         Estoy deslumbrado, Esther. Te doy un beso con todo mi corazón.

 

         OBISPO.-

         ¡Caramba! ¡Qué bien lo ha hecho la nena! (Canta.) ¡En la calle, lle, lle… veinticuatro, tro, tro…!

 

         CARLOS.-

         Después de este derroche de facultades físicas no pretenderá hacernos creer por más tiempo que está usted enfermo de asma, ¿eh, Señor Obispo? (Todos ríen.)

 

         OBISPO.-

         (Señalando a Esther y Víctor que se han quedado abrazados.) ¡Bonita pareja hacen estos niños! Formidables los dos. Apuesto a que los casaréis el día de mañana.

 

 

 

         TERESA.-

         (Lanzando un grito desgarrador.) ¡Ah, no!

 

         EMILIA.-

         ¿Y porqué no, Teresa? ¡Nuestro Víctor y vuestra Esther! No es mala idea. Tenemos mucho tiempo para pensarlo, es verdad, pero… mírenlos tan juntitos…, ¡Nuestras familias unidas! Estoy segura de que Antonio también opina como yo…

 

         CARLOS.-

         Por Dios, Emilia…, tenemos toda la vida por delante…

 

         ANTONIO.-

         No tanto, no tanto. Si por mí fuera los casaría aquí, ahora mismo…  ¡Venga, yo os caso! Estoy seguro de que ya habéis jugado alguna vez a papás y mámás… ¿A que si?  Venga, veréis lo que nos vamos a divertir…

 

         OBISPO.-

         ¡Genial idea! Víctor, tú eres el papá. Esther, tú la mamá… No hace falta decir que la mujer es siempre la que empieza… ¡Animo, niños!

 

(Largo silencio durante el que Víctor y Esther hablan en voz baja. Ambos se disponen a representar la escena amorosa que la niña presenció anteriormente entre Carlos y Teresa.)

 

         ESTHER.-

         «Risset, risset, risset».

 

         VICTOR.-

         «Resa, resa, resa».

 

         ESTHER.-

         «Carlos…, yo me adoro en todo».

 

         VICTOR.-

         «Hay un bañista mudo».

 

         ESTHER.-

         «¡Y si Antonio… de golpe! ¡Así, así!»¡Más, más!

 

         VICTOR.-

         «He perdido la cabeza».

 

         ESTHER.-

         «Colorines en el horizonte.»

 

         VICTOR.-

         «Me gusta mucho este pulpo, tu gran pulpo rosa».

 

(Esther hace como que llora. Víctor se marcha dando un enorme portazo e inmediatamente vuelve a entrar gritando:)

 

         VICTOR.-

         «¡Nadie tiene, ha tenido o tendrá nunca tus cojonazos, Palafox!»

 

(Los dos se echan a reír. Todos están aterrorizados excepto Antonio que, como si nada sucediera, canturrea ausente la canción de Esther.)

 

         ANTONIO.-

         Pobre vieja, ja, ja,

         pobre gato, to, to,

         pobre punta, ta, ta…

                  

 

(Finalmente se calla y se deja caer en una butaca cubriéndose el rostro con las manos.)

 

         EMILIA.-

         No he entendido nada de toda esta escenita…

 

         CARLOS.-

         Quisiera que Víctor me dijera… ¡Víctor!

 

         VICTOR.-

         (Desafiante.) ¿Papá?

 

         CARLOS.-

         No, nada… Más tarde hablaremos tú y yo.

 

         ANTONIO.-

         (Acercándose.) Teresa antes tenía razón. No me encuentro muy bien. Me voy a casa. Hagan ustedes el favor de excusarme.

 

         TERESA.-

         Eso es, perdónennos… ¡Esther, vámonos! Coge tu chaqueta y los guantes…

 

         ANTONIO.-

         No. Me iré sólo. Os prohíbo que me acompañéis. ¡Os lo prohíbo!. ¿Lo habéis entendido bien? Buenas noches a todos.

 

(Sale canturreando.)

 

         En la calle, lle, lle,

         veinticuatro, tro, tro…

 

(Malestar prolongado.)

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Escena IX

 

Los mismos, menos Antonio.

 

 

 

         OBISPO.-

         ¡Estábamos tan contentos y mirad ahora qué panorama!. ¡Al final, todos llorando! ¡Tan majas como son estas criaturitas! Venga, ¡que no decaiga la fiesta!.

 

         EMILIA.-

         Tiene razón. Tome una copa de champagne.

 

         OBISPO.-

         No faltaba más. Y que todos hagan como yo. ¡Carlos, la última copa!

 

         CARLOS.-

         Muy bien. (Beben.)

 

         OBISPO.-

         Víctor, ven aquí a mi lado, Quiero hacerte algún regalo. ¡Nueve años no se cumplen todos los días! ¿Qué es lo que de verdad, de verdad, te gustaría que hiciera por ti? Dímelo.

 

         VICTOR.-

         ¿Me lo concederá seguro? ¿Sea lo que sea?

 

         OBISPO.-

         Pometido. Palabra de sacerdote español.

 

         VICTOR.-

         Bueno, pues…¡me gustaría jugar a los caballitos con usted!.

 

         OBISPO.-

         ¿Y qué es eso de los caballitos?

 

         VICTOR.-

         Sí, como Felipe II… Usted se pone a cuatro patas, yo me subo y ¡venga!, comenzamos a dar vueltas alrededor de la mesa por ejemplo. Vueltas y más vueltas… Y no puede pararse hasta que yo se lo mande. Y nadie puede interrumpirnos tampoco. ¡Los embajadores del Rey de Francia pueden esperar!

 

         ESTHER.-

         ¡Sí, sí, si! ¡Muy bien! ¡Muy bien!

 

         CARLOS.-

         ¡Víctor! Eso es una ofensa, un despropósito… No lo permitiré de ninguna manera.

 

         VICTOR.-

         Me lo ha prometido. Me ha dado su palabra de sacerdote español.

 

         EMILIA.-

         ¡Es intolerable! Víctor, pide otra cosa, anda. ¡Cómo son estos niños…!

 

         OBISPO.-

         Pero si es muy bonito eso que me pide. No te negaré este favor, querido Víctor. ¡A cabalgar!

 

(Canturrea feliz.)

 

                   ¡Cantad valientes, hijos de Artajona,

                   cantad a la Virgen de Jerusalén…!

                   ¡Y en el pecho, una medalla,

                   y en el corazón…, La Fé, La Fé, La Fé!

 

         CARLOS.-

         Te lo prohíbo por última vez.

 

         VICTOR.-

         Su palabra de sacerdote…

 

         OBISPO.-

         Carlos, esto es cosa mía. Le he dado mi palabra a tu hijo el día de su cumpleaños y la voy a mantener de muy buen grado. Incluso estoy orgulloso de poderle inculcar al niño el amor a las armas. ¡Venga, querida Emilia, Víctor tiene ya altura de soldado de caballería a los nueve años…, no lo olvides.

 

         VICTOR.-

         (Gritando al Obispo que se ha puesto a cuatro patas.) ¡Tita, tita, tita, tita!…

 

(El Obispo se acerca a Víctor. Este le agarra por el cinturón como si fuesen las bridas. El Obispo encantado con el juego, imita un caballo. Relincha, cocea, se encabrita, etc. Asistimos a una especie de doma ecuestre.)

 

         VICTOR.-

         ¡Atrás, atrás! ¡Aquí, aquí!

 

(Le pone un terrón de azúcar en la palma de la mano. El caballo se calma.)

 

         ¡Arre, arre!

 

(Todos están turbados, excepto Esther que ríe como una boba.)

 

         Poco a poco, poco a poco. ¡Ya! ¡Al trote!

 

(Espolea al caballo con la mano.)

 

         ¡Al galope, al galope, al galope!

 

(Le clava la espuela. El Señor Obispo relincha entusiasmado. Salen Víctor, El obispo, Esther y Emilia.)

 

 

 

 

Escena X

 

Teresa y Carlos.

 

 

         TERESA.-

         ¡Qué niños éstos! ¡Y tú, como si oyeras llover!

 

         CARLOS.-

         ¡Venga, hablemos deprisa! Alguien nos ha descubierto.

 

         TERESA.-

         Ha sido Esther, está claro.

 

         CARLOS.-

         Estas criaturas nos traicionan de manera inconsciente… ¿Cómo hay que entender si no esa escena entre ellos?

 

         TERESA.-

         No hay ninguna duda.

 

         CARLOS.-

         ¿Qué nos va a pasar, Teresa?  ¿Hasta dónde puede llegar todo esto? ¿Y Antonio?

 

         TERESA.-

         Mi marido está loco.

 

         CARLOS.-

         Como una cabra.

 

         TERESA.-

         Y tú también. Y yo. Y el Obispo, y Emilia, y tu hijo… Todos, todos estamos locos. No puedo más. Ni puedo volver a mi casa, ni me puedo quedar aquí. ¡Lo único que sé es que te adoro!

 

(Cae en sus brazos.)

 

         CARLOS.-

         ¡Resa, resa, resa!

 

         TERESA.-

         ¡Carlos!, ¡Qué felicidad! ¡Qué desgracia!

 

         CARLOS.-

         Sé fuerte, te lo ruego, y tranquilízate, Resa…

 

         TERESA.-

         ¡Oh, sí! Hay una razón para justificar todo este sufrimiento. Esta…

 

(Le besa prolongadamente en la boca).

 

         CARLOS.-

         (Escapándose.) Dejémoslo ahora. Perdóname, Teresona mía… Tengamos un poco de paciencia, te lo suplico…

 

(Entra Víctor de puntillas. Se oculta detrás de una palmera.)

 

 

 

Escena XI

 

Los mismos y Víctor, oculto.

 

 

         TERESA.-

         No acabo de atar los cabos…

 

         CARLOS.-

         ¡Hemos sido demasiado imprudentes! Son unas criaturas que no entienden nada…, pero miran, repiten y nos imitan… ¡como los monos!

 

         TERESA.-

         En cuanto a Esther… espera a que volvamos a casa… ¡Se va a acordar de esa escenita de teatro la muy desvergonzada! ¡Ya le daré yo monsergas! ¡Y el Obispo quería casar a los críos! ¡Para morirse de vergüenza!

 

         CARLOS.-

         Es verdad. Sería… enojoso.

 

         TERESA.-

         ¡Enojoso! ¡Tienes unas palabras! ¡Sería un incesto como una catedral, hablando en plata! Cada vez que me acuerdo de…

 

(Se echa a reír.)

 

         …esa manera de imitarnos al hablar: «Déjale ir, este pulpo rosa…»

 

         CARLOS.-

         Por última vez, Teresa, cálmate. Estás muy excitada con todo este lío. Estas imitaciones, estas escenitas, por muy ingenuas que sean, nos ponen en evidencia y pueden llegar a destruirnos…

 

         TERESA.-

         (Llevándolo al diván.) Ya es demasiado tarde. (Le besa apasionadamente.)

 

 

 

 

         CARLOS.-

         ¡Oh, Dios mío! ¡Tienes razón, lagartona!. Dime al oído todas las marranadas que quieras… pero te advierto que puedes despertar el león que hay en mi interior…  ¡Auuuggg!

 

(Se lanza sobre ella.)

 

         VICTOR.-

         (Saliendo de su escondite.) ¡Demasiado tarde! ¡Usted señora, con la ligereza de un bordado de fina seda, y tú, mi padre, tú y tu debilidad de bien…! ¡Todas las noches una tierna estrella asoma en el cielo azul de mi dormitorio! Más tarde el silencio sólo es interrumpido por el rum-rum de la máquina de coser de mi madre, y un camisón de dormir humedecido por sus lágrimas aguarda el regreso del marido ausente. Señora, yo la llamo mamá en mis sueños… y, algunas veces, me cubro el rostro con una máscara, penetro en su casa, le apunto con un revólver y le obligo a leer en voz alta un pasaje de la Iliada. Este:

 

  1.                    «Ten piedad de mí en memoria de tu padre, puesto que soy                        ahora más digno de compasión que él. Porque me he propuesto                 hacer algo que ningún hombre ha osado hacer antes sobre la                      faz de la tierra: besar la mano de aquel que mató a mi propio                        hijo»

        

(Se pone de rodillas y besa las manos de Teresa.)

 

         CARLOS.-

         ¡Otra vez su puñetera redacción para clase de Literatura! ¡Es increíble! ¡Todo esto no tiene ni pies ni cabeza! ¿Se puede saber qué están haciendo el Obispo y tu madre? ¿Porqué no estás con Esther?

 

         VICTOR.-

         Acabo de encerrar al Obispo en la cuadra, mi madre está guardando la ropa, que es lo que le corresponde, y en cuanto a Esther, acabó de reírse hace un rato.

 

         TERESA.-

         No me dirás que este niño no lo hace a propósito…

 

         CARLOS.-

         Víctor, escúchame atentamente. (Le pega.) Es mi primera bofetada. Has esperado nueve años para recibirla y yo para dártela. Que te sirva de lección.

 

         VICTOR.-

         ¡Pasen de mí esta clase de lecciones!

 

(Recibe otra bofetada.)

 

         TERESA.-

         Déjale, no le pegues más.

 

         VICTOR.-

         ¡Gracias por su ayuda, señora! Presiento que esta noche Esther será la que pague los platos rotos…

 

(Entra Esther.)

 

 

 

Escena XII

 

Los mismos y Esther.

 

 

 

         VICTOR.-

         ¿Has acabado ya de reírte?

 

         ESTHER.-

         Sí. ¡Qué gracia me ha hecho verte encima del Obispo!

 

(Entran el Obispo y Emilia.)

 

 

 

Escena XIII

 

Los mismos, el Obispo y Emilia.

 

 

         OBISPO.-

         ¡Qué cosas tan curiosas!. Antonio, que es el hombre más pacífico del mundo, se comporta con la brutalidad de un puñal en las manos de un mameluco. En cambio yo, que he nacido para la guerra y que en tiempos fuí capellán castrense, soy más blandengue y estoy más fláccido que una bandera en una tarde primaveral sin la menor brizna de viento…

 

         CARLOS.-

         ¡Utiliza usted cada metáfora…!

 

         OBISPO.-

         ¡Va, no es para tanto! Una vez más he dicho lo contrario de lo que pienso. Siempre digo lo contrario de lo que pienso… Supongo que usted es suficientemente inteligente como para darse cuenta, querido Carlos.

 

         CARLOS.-

         (Para sí.) Pues no me está llamando imbécil ahora éste cura…

 

         VICTOR.-

         Sería usted completamente idiota si creyera que mi padre es inteligente…

 

 

 

 

         OBISPO.-

         ¡Ja, ja, ja! Así las cosas, Víctor, tú eres el más perfecto de los cretinos.

 

         VICTOR.-

         ¡Después de usted, Señor Obispo!

 

         CARLOS.-

         Se acabó… Víctor, da las buenas noches y vete a dormir.

 

         VICTOR.-

         ¿Con quién me voy a dormir?

 

         CARLOS.-

         (Exasperado.) ¿Cómo que con quién? ¿Con quién? ¡Qué sé yo! ¡Con Esther, con tu madre, si quieres! ¡Es el colmo!

 

         TODOS.-

         ¡Oh!

 

         CARLOS.-

         ¡Es verdad, diantre! ¡Esto ya es insoportable! ¡El uno dice lo contrario de lo que piensa y el otro no para de hacer el mico! Y Víctor, que sólo tiene nueve años, me pregunta que con quién se va a ir a la cama…  Le contesto que con Esther, o con su madre, como le podría haber dicho que con el Papa de Roma… ¡Es inaudito! ¡Nos estamos volviendo locos! ¡Venga, votación popular y democrática! ¿Con quién quieren ustedes que se meta en la cama mi hijo de nueve años?

 

(Entra la criada.)

 

         VICTOR.-

         Con Lilí.

 

(Lilí deja la bandeja y desaparece. Largo silencio. Malestar general.)

 

         EMILIA.-

         Me voy a ruborizar, Víctor.

 

         ESTHER.-

         Yo sí que quiero irme a la cama contigo…

 

         CARLOS.-

         ¡La que faltaba! Y usted, Señor Obispo, ¿también se quiere acostar con alguien?

 

         OBISPO-

         Si digo que sí, me creerían; y si digo que no, creerían que pienso lo contrario. ¡Ja,ja, ja!

 

         VICTOR.-

         ¡Es el colmo de la depravación!

 

         TODOS.-

         ¿Eh, qué?

 

         VICTOR.-

         No, nada. Hablaba conmigo mismo… Me decía, sencillamente, que soy un cerdo. Sencillamente. Estamos celebrando que he cumplido nueve años; todos nos reunimos aquí, desbordantes de alegría para festejar un acontecimiento tan gozoso, y hago llorar a mi madre…, saco de quicio al mejor de los padres, martirizo a la señora Rosales, provoco el delirium tremens de su desdichado marido, me río en sus narices del glorioso ejército español y de la Santa Madre Iglesia y le enculó a la criada no se qué vergonzosos favores de alcoba. Y por si esto fuera poco, mezclo a la pobrecita Esther en toda esta mierda. ¡Ah, qué soy, yo al fin y al cabo! ¿Qué transformación se ha producido en mí? ¿Mi nombre sigue siendo Víctor? ¿Estoy irremisiblemente condenado a la insoportable y vergonzosa existencia de un hijo pródigo? Decidme si es que soy acaso la viva encarnación del vicio y los remordimientos… Y si fuera así, os digo solemnemente: ¡antes la muerte que la ignominia! ¡Cúmplase el trágico destino de un hijo pródigo!

 

(Se coge la cabeza con las manos.)

 

         ¡Abrid todas las puertas! ¡Dejadme partir! ¡Y no os olvidéis de sacrificar un ternero cuando llegue mi veinticinco aniversario!

 

         OBISPO.-

         ¡Ah, Carlos!, esto ha sido casi una confesión… Yo diría que esta criatura está poseída por el demonio. ¿Qué piensa hacer usted de él cuando sea mayor?

 

         CARLOS.-

         Quiero que sea Comisario de Policía ¿verdad, Víctor?

 

         VICTOR.-

         No, es inútil.

 

         TERESA.-

         Pues dí lo que quieres ser, majo. No conviene nunca contrariar la vocación de los hijos.

 

         VICTOR.-

         Quiero llegar lejos dentro de la especie carnívora. En concreto, no me desagrada la idea de ser un hijo pródigo. Sencillamente.

 

         EMILIA.-

         (Que se ha levantado.) Este niño a veces me da miedo… Dice unas cosas…

 

         CARLOS.-

         ¡Venga ya, no le hagáis caso que nos quiere montar otro numerito de los suyos!. Que se vaya a la cama…

 

 

 

         ESTHER.-

         No, no se irá a la cama. Hoy cumple nueve años y debe quedarse hasta que se acabe la fiesta. Quédate, Víctor.

 

         CARLOS.-

         No conseguiremos nunca nada de este granuja. Lo he visto bien claro esta tarde; no haremos nada con él. O tal vez sí. Haremos un delincuente, una asesino, un vicioso… Terminará sus días en el patíbulo.

 

         EMILIA.-

         Tiene razón el Señor Obispo: estamos exagerando. ¡Estás exagerando! ¡Al patíbulo! ¡No, si cuando te pones…! Primero te imaginas a tu hijo al frente de una Comisaría y poco después bajo la guillotina… Ven, siéntate en mis rodillas, Víctor. Tu padre es un estúpido que acabará desorientándote. Un niño como éste que se lleva todos los premios en el colegio… Lo que ocurre es que estás celoso de Víctor. ¡Sí, celoso! ¡Porque nunca conseguiste salir de los últimos puestos de la clase! ¿Y qué has hecho después? ¿Qué has conseguido ser en la vida? ¿De qué te ha servido pegar cuatro tiros en la guerra si no has conseguido ni colocarte de conserje en el Ministerio de la Gobernación?. Si no hubiera sido por los enchufes y las recomendaciones de tu hermano el falangista no tendrías ahora ni siquiera esta miserable colocación en la Tabacalera con la que ganas cuatro cuartos que, dicho sea de paso, nos serían totalmente insuficientes si no fuera por el dinero de mi dote… ¿Crees acaso que sin mi patrimonio podríamos mantener esta casa, este tren de vida en el que, por supuesto, incluyo tus muchos vicios de aristócrata arruinado?¿Y tú te encuentras con capacidad moral para aconsejar a tu hijo, eh? ¡No me hagas reír!

 

(Se pone a llorar.)

 

         CARLOS.-

         ¡En el nombre de Dios, muérete, muérete aquí mismo, pero deja de llorar de una puñetera vez!

 

         VICTOR.-

         Ríe, mamaíta, ríe hasta que revientes de risa.

 

         CARLOS.-

         (Cogiendo un jarrón y rompiéndolo.) ¡Coño!… Ya estoy más tranquilo.

 

(Inesperadamente se pone a bailar.)

 

         Así se me calman los nervios… Con todo este maremagnum casi me vuelvo como Antonio. Un poco más y le habría asesinado, Señor Obispo. Sí, de buen grado, le tomaría por el general Palafox y…

 

         TERESA.-

         ¡Oh! Por favor, Carlos… Mi marido no se merece este tipo de burlas…

 

 

 

 

         CARLOS.-

         Tu… ¿eh? ¡Oh, perdón, Teresa! Comprende que es exasperante pasarse así toda la nochecita… ¡Quiero que se produzca un milagro! No podemos separarnos, no podemos irnos a dormir, no podemos dejar a esta criatura sóla. Tan pronto como cierre la puerta del dormitorio… nos hará una escena. Pero bueno, todavía le espera un mal trago cuando regrese a su casa. Tal vez Antonio no se haya recuperado del todo y… Si usted lo desea, Esther podría quedarse con nosotros esta noche…

 

(De pronto aparece una dama bellísima con un vestido de noche. Estupefacción general.)

 

         VICTOR.-

         (Gritando.) ¡El milagro que querías, papá! (Salta del regazo de su madre)

 

 

 

Escena XIV

 

Los mismos y Lili.

 

(Todos se quedan petrificados. Lilí se dirige al público.)

 

 

         LILI.-

         Los nueve años de Víctor habían revolucionado todo en esta casa. Algo pasaba. Algo terrible, sin duda. Víctor no era el mismo. Decía cosas que nadie comprendía y provocaba la ira de todos, especialmente la de su padre. Los locos parecían estarlo más a cada momento y los cuerdos enloquecían confundidos y malhumorados. Lo que otros años había sido una fiesta alegre y feliz en la que se reunían amigos y familiares, tenía toda el aspecto de acabar en una gran desgracia. Lo del jarrón finalmente iba a resultar una anécdota sin importancia ante los acontecimientos que se estaban viviendo en casa de los señoritos. Y de pronto, sin que nadie supiera ni cómo ni porqué, llegó aquella señora envuelta en un manto de oscuridad y de misterio, llenando aún más la atmósfera de una inquietud indefinible y que nos conducía inapelablemente hacia el precipicio. Veámoslo.

 

 

 

Escena XV

 

Los mismos e Ida Muertemarte.

 

         (Cuando sale Lilí los personajes vuelven a activarse normalmente.)

 

 

         IDA DE MUERTEMARTE.-

         ¿No me reconoces?

 

         EMILIA.-

         No…

 

         IDA.-

         Mírame bien.

 

         EMILIA.-

         Se encuentra usted en casa de la señora Zaldívar.

 

         IDA.-

         Me llamo Ida. ¿Tú no eres Emilia?

 

         EMILIA.-

         He conocido tres Idas en mi vida. La primera…

 

         IDA.-

         Yo soy la última, estoy segura. Me llamo Ida de Muertemarte.

 

         EMILIA.-

         ¡Ida Muertemarte!

 

         IDA.-

         Yo tenía siete años…

 

         EMILIA.-

         Yo tenía…

 

         IDA.-

         … Tu tenías trece.

 

         EMILIA.-

         ¡Oh, siéntate! Discúlpanos… No podía ni imaginarme… ¿Cómo podría haberte reconocido?

 

         IDA.-

         Sin embargo yo te he reconocido enseguida.

 

         EMILIA.-

         ¡Ha pasado tanto tiempo! Pero…. ¡Oh, perdona! Te presentaré a nuestros invitados. El Obispo de nuestra Diócesis, la señora Rosales, su hija Esther, mi marido, Carlos Zaldívar y mi hijo Víctor. Siéntate, por favor.

 

(Ida se sienta. Gran silencio.)

 

         IDA.-

         ¿No te parece extraño encontrarnos de esta manera?

 

         EMILIA.-

         ¿Encontrarnos dices? Si vienes a mi casa lo natural es que me encuentres…

 

 

 

         IDA.-

         Es que no venía a tu casa.

 

         EMILIA.-

         ¿Cómo dices?

 

         IDA.-

         No. Yo buscaba la casa de la señora Zaldívar.

 

         EMILIA.-

         ¿Y no soy acaso la señora Zaldívar?

 

         IDA.-

         Tal vez sí puesto que me lo dices. Pero no venía a verte a ti.

 

(Todos se miran intrigados.)

 

         EMILIA.-

         ¿Quieres decirme que esperabas encontrar a la niñita que conociste? No sabías que estaba casada…

 

         IDA.-

         No, no lo sabía. Ya te digo que no era a ti a quien venía a ver. La señora Zaldívar es amiga mía desde hace sólo diez años. Hace un tiempo se casó con el señor Zaldívar y se fueron a vivir a la Gran Vía, pero recientemente se mudaron a la calle del Alférez Provisional.

 

         CARLOS.-

         Señora, usted se encuentra justamente en la calle del Alférez Provisional…

 

         IDA.-

         Enseguida lo entenderán. Yo sabía, porque ellos me lo habían informado por escrito, que vivían efectivamente en la calle Alférez Provisional. Pero un día distraídamente quemé su carta y como no recordaba el número de la calle pregunté al primer tendero que encontré por casualidad. El fue quien me mandó hasta aquí. Y ahora resulta que encuentro a Emilia, mi vieja amiga de hace veinte años, en lugar de la señora Zaldívar, mi amiga íntima de la actualidad.

 

         EMILIA.-

         ¡Es extraordinario! ¡Mira por donde resulta que viven dos señoras Zaldívar en la misma calle…!

 

         IDA.-

         Sí. Y que entre ellas no se conocen. Hasta puede que vivan la una frente a la otra…

 

         OBISPO.- 

         ¡Qué curioso, qué extraño y qué coincidencia!

 

 

 

         CARLOS.-

         Ya lo ve, señora. Si un autor dramático hubiera utilizado todo este lío como argumento de una de sus piezas teatrales le habríamos acusado inmediatamente de inverosímil y de absurdo.

 

         VICTOR.-

         O le ensalzaríamos diciendo que se adelantó a su tiempo…

 

         IDA.-

         Y tendríamos razón tal vez en ambos casos. Sin embargo, no se trata de ninguna ficción, sino de la pura realidad.

 

         EMILIA.-

         Por curiosidad, ¿a qué tendero le has preguntado el número de nuestra casa?

 

         IDA.-

         Al que tiene una frutería en la esquina de la plaza de Espartero.

 

         EMILIA.-

         ¡Habrase visto! ¡Esto ya es demasiado! No hace ni tres días que estuve comprando en esa tienda un par de melones…

 

         TERESA.-

         ¡Es prodigioso!

 

         IDA.-

         Sí que lo es…

 

(Un silencio.)

 

 

(Se le escapa un pedo. Estupefacción y angustia general. Todos creen haber oido mal. Ida enrojece hasta la punta de los cabellos. Esther no puede reprimir una carcajada. Su madre la atrae hacía sí y le obliga a callarse. Víctor decide mantenerse en un segundo plano.)

 

         OBISPO.-

         (Rompiendo el hielo.) Señora, este… este… ruidito… ¿ha sido una broma, verdad?

 

         IDA.-

          No, señor. Se trata de una enfermedad… (Ida, avergonzada, se oculta la cara con las manos.) ¡Qué trastorno! ¡Qué vergüenza!

 

         EMILIA.-

         Querida amiga…, Ida, querida, ¿qué te pasa? ¿Qué tienes? ¿No eres feliz? Casi no te reconozco…¡hemos estado separadas tanto tiempo!

 

         IDA.-

         ¡No puedo! ¡No puedo más!

 

(Se echa otro pedo. Se repite la situación anterior.)

 

         ¡Perdón, perdón, excúsenme, señores! Es cruel, no puedo contenerme de ninguna manera. Padezco una terrible enfermedad. No sé cómo podría explicarles… Cualquier cosa, una emoción, un susto y… ¡pum! A cualquier hora del día o de la noche. De la misma forma que me era imposible pensar que iba encontrarte, tampoco puedo hacer nada contra esta maldición… Ya puedo esforzarme al máximo que cuando menos lo espero… ¡pum!

 

(Un pedo prolongadísimo.)

 

         He decidido matarme si esto se prolonga más tiempo. Sí, me mataré.

 

(Otro pedo.)

 

         OBISPO.-

         (Aparte.) ¡Qué historia!

 

(Estallan carcajadas generales.)

 

         IDA.-

         ¡Ríanse, ríanse! Ya sé que es imposible evitarlo… Ríanse, que no me voy a enfadar… Ustedes y yo evitaremos así una situación incómoda y nos iremos tranquilizando. Estoy acostumbrada a este tipo de reacciones. Ante mi triste realidad sólo existe un antídoto: reir y reír sin parar…

 

(Todos ríen con todas sus fuerzas. Mientras tanto, Ida sigue tirándose pedos y tapándose la cara con las manos. Todos parecen presos de un inesperado ataque de optimismo que les hace bailar y bailar.)

 

 

 

FIN DE LA PRIMERA PARTE

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

SEGUNDA PARTE

 

CUADRO PRIMERO.

 

Cuarto de estar de los señores de Zaldívar.

 

Escena I

 

Los mismos de la escena anterior.

 

(Continúan bailando hasta que extenuados dejan de hacerlo.)

 

 

         IDA.-

         A pesar de esto… soy guapa, me siento querida y tengo una  inmensa fortuna. Poseo quince casas en Madrid, un castillo en la ría de Vigo, una gran finca en Talavera de la Reina. Tengo cuatro automóviles, un yate, brillantes, perlas, hijos… Y el famoso banquero Teodoro Muertemarte es mi marido…

 

(Se echa un nuevo pedo. Las risas son cada vez más espaciadas. Ida esconde la cara entre sus manos. Largo silencio.)

 

         (Levantándose.) Una vez más les pido mil excusas. Y ahora, si no les importa, preferiría marcharme…

 

         VICTOR.-

         ¡No, no…! No se vaya, señora…

 

         EMILIA.-

         No te vayas aún, querida. Quédate un ratito más con nosotros. Estamos celebrando que mi hijo Víctor cumple nueve años. Todas las tiendas y todos los portales están cerrados a estas horas y no vas a poder seguir buscando esa dirección. Así que no te vayas todavía…

 

(Ida vuelve a sentarse.)

 

         IDA.-

         Sé que soy un estorbo. Ustedes estaban aquí tan felices y de pronto he aparecido como una intrusa. ¡Qué irrupción más triste y lastimosa la mía!

 

         CARLOS.-

         Todo lo contrario, señora. Justo antes de que usted entrara por la puerta nos invadía a todos una especie de trastorno mental…. Compruébelo usted misma: jarrones rotos, muebles volcados por aquí y por allá, desorden… Estábamos a punto de asesinarnos unos a otros.

 

 

 

 

         OBISPO.-

         Perdone que insista… En relación a su… , en fin, su enfermedad… ¿está en nuestras manos hacer alguna cosa? (Ida se echa otro pedo.)

 

         IDA.-

         Sí que pueden. No recordármela por lo menos.

 

(Silencio.)

 

         Sería lógico que les contara mi vida, de la A a la Z. Tú conoces la A, ustedes conocen la Z…

 

         VICTOR.-

         No. Nosotros conocemos sólo la P….

 

(Inquietud general.)

 

         Su… palidez, su… pena, sus… perlas, sus… párpados, sus pelos…,  sus… privilegios… Conocemos sus piernas, sus pasos, sus pisadas. Usted misma favorece las combinaciones. En un mundo más avanzado la llamaríamos «Musgo de platino»… ¡Oh, musa catalizadora! ¿Qué importan estas expansiones sulfurosas si de esta forma mueren las pasiones destructivas y algunos carbonos perniciosos desaparecen de la faz de la tierra? Usted apareció entre nosotros como una joya se precipita en el mercurio… ¡Compadezco a quien haya de pagar las consecuencias fatales, el culpable de los platos rotos!

 

         IDA.-

         ¿Qué ha querido decir?

 

         CARLOS.-

         No lo escuche, señora. Ni él mismo lo sabe. Debería abofetearle.

 

         OBISPO.-

         ¡Abofetéelo entonces de una vez!

 

(El padre levanta la mano y la mantiene suspendida un instante en el aire. Al poco se arrepiente y deja caer el brazo.)

 

         VICTOR.-

         ¿Me permite decirle, Señor Obispo, que su aliento apesta por las mañanas a café con leche mezclado con ajos y cebollas?

 

         OBISPO-

         Señora, su hijo no tiene remedio.

 

         VICTOR.-

         Mamá, ¡estás embarazada de un niño muerto!.

 

         EMILIA.-

         ¡Víctor!, ¿quieres decir que estoy mal del estómago?

 

         CARLOS.-

         Necesito comprender lo que está pasando aquí.

 

         VICTOR.-

         Es más importante saber escuchar, papá.

 

         IDA.-

         Víctor, ven y siéntate en mis rodillas. Ven tu también, Esther.

 

(Víctor se sienta en la falda de Ida.)

 

         ESTHER.-

         No, yo no voy, tengo miedo de esta señora. Me da miedo esta marrana que no hace más que tirarse pedos todo el rato. Yo me voy.

 

(Sale corriendo hacia el jardín.)

 

         TERESA.-

         ¡Me las pagará, espantaniños!

 

(Sale. Se la oye gritar en el jardín.)

 

         ¡Esther!, ¡Esther!

 

         CARLOS.-

         Yo también voy. Esta criatura es capaz de caerse a la piscina.

 

         EMILIA.-

         ¡Dios del cielo, la niña en peligro de muerte!

 

(Sale corriendo. El Obispo la sigue riendo sonoramente y golpeándose los muslos con las manos.)

 

 

 

Escena II

 

Víctor, Ida.

 

 

         IDA.-

         ¿He hecho algo mal?

 

         VICTOR.-

         Esa niña tiene a quien parecerse. Su padre está loco.

 

         IDA.-

         ¡Ah!

 

(Pausa.)

 

         VICTOR.-

         Estoy muy cómodo en sus rodillas.

 

         IDA.-

         Siéntate mejor, si quieres.

 

         VICTOR.-

         He dicho en las rodillas, pero en realidad estoy sentado sobre sus muslos…

 

         IDA.-

         ¡Es verdad! Muchas veces empleamos expresiones inexactas, imprecisas.

 

(Pausa.)

 

         ¿Y tú cumples hoy nueve años? ¿Solamente nueve?

 

         VICTOR.-

         No estoy seguro. Nadie me inició en la noción de edad hasta los cuatro. Han sido precisos cuatro años más para darme cuenta de que el día veintidós de Abril retorna periódicamente. También es posible que todo esto sea falso y que tenga ahora ciento cinco años…

 

         IDA.-

         ¿Qué dices?

 

         VICTOR.-

         Digo que es posible que tenga ciento cinco años.

 

         IDA.-

         Los humanos no viven tanto. Tendrías que haberte muerto ya.

 

         VICTOR.-

         Mi muerte tampoco probaría nada. Se muere a todas las edades. Por otra parte sé que voy a morir enseguida… por distraer las dudas, o para darme a mí mismo la razón, o por simple delicadeza… Quién lo sabe.

 

         IDA.-

         Siéntate un poco más arriba. Te estás resbalando.

 

         VICTOR.-

         Es verdad, tiene razón.

 

(Pausa.)

 

         IDA.-

         Es mejor que me vaya, no me encuentro demasiado bien. Tú sabrás excusarme ante los demás.

 

         VICTOR.-

         Quédese sólo un poquito más. Si se acercan les oiremos llegar, y entonces se marchará, si así lo desea.

 

 

 

 

         IDA.-

         De acuerdo.

 

(Pausa. Víctor le besa en el cuello repetida y lentamente.)

 

         VICTOR.-

         Dígame una cosa antes de que llegue Esther.

 

         IDA.-

         ¿Qué cosa es esa?.

 

         VICTOR.-

         Estoy enamorado…

 

         IDA.-

         ¿Cómo dices?

 

         VICTOR.-

         Que… amo…

 

         IDA.-

         ¡Eso es imposible!

 

         VICTOR.-

         Más que imposible, inconfesable… Yo se lo cuento porque se va usted a marchar y no la volveré a ver nunca más. Pero le juro que es verdad: estoy enamorado.

 

         IDA.-

         ¡Si tú no puedes…!

 

         VICTOR.-

         No, no puedo hacer el amor. Por eso, antes de separarse de mí, dígame qué es, cómo es. Lo sé todo… menos eso. Y no querría morirme sin saberlo.

 

         IDA.-

         ¿De quién estás enamorado?

 

         VICTOR.-

         No pienso decírselo. Señora, dígame: ¿cómo lo hace usted?.

 

         IDA.-

         ¿Yo…? no lo sé….

 

         VICTOR.-

         ¿Cómo que no lo sabe? Claro que lo sabe. Dígamelo…

 

(Ida vacila. Finalmente se inclina y le habla al oído durante un buen rato. Mientras habla se escucha una música bellísima que impide al público oír sus palabras.)

 

         VICTOR.-

         Gracias, señora, muchas gracias. Pero todo lo que me ha dicho es mentira. A pesar de ello, hágame otro favor. El último.

 

         IDA.-

         Como tú quieras…

 

         VICTOR.-

         (Sin poder contener la risa.) Querría que me dedicara…  ¡un pedo!.

 

(Ida da un grito y se marcha velozmente. Aparece de nuevo y, desde la puerta, grita:)

 

         IDA.-

         ¡Monstruo! ¡Monstruo! ¡Preséntate mañana de mi parte en los Grandes Almacenes y allí dejaré preparada para ti una pequeña escopeta de juguete con balas de verdad!

 

(Desaparece. Entran el Obispo, Carlos llevando a Esther cogida por los hombros, Teresa, que llora amargamente, y Emilia. Colocan en silencio a la niña en el sofá. Lleva el vestido rasgado y los brazos llenos de pequeñas heridas y arañazos. Babea.)

 

 

 

Escena III

 

Víctor, el Obispo, Carlos, Esther, Teresa, Emilia.

 

 

         VICTOR.-

         La señora Muertemarte me ha pedido que la excuséis.

 

         TERESA.-

         ¡Ah, ya se ha marchado…! Me alegro. Mira cómo ha dejado a Esther.

 

         VICTOR.-

         Está muerta, pobrecita.

 

         CARLOS.-

         ¡Fuera de aquí! ¡Qué coño va a estar muerta! Simplemente ha tenido un ataque.

 

         EMILIA.-

         La cosa no parece más grave.

 

         OBISPO.-

         ¡Mirad, ya resucita! Así, así, poco a poco…

 

         TERESA.-

         ¡Esther, hija mía!

 

         ESTHER.-

         ¡Mamá, mamá!

 

         CARLOS.-

         Mojadle la cara con un poquito de agua.

 

         EMILIA.-

         Y úntenle vinagre en las muñecas.

 

         TERESA.-

         Saca la lengua, hija mía. Saca la lengua.

 

         OBISPO.-

         Desabróchenle el vestido para que pueda respirar mejor.

 

         CARLOS.-

         Venga, eso es… Ya vuelve en sí, ya vuelve en sí…

 

(Entra Lilí.)

 

 

 

Escena IV

 

Los mismos y Lilí.

 

 

         LILI.-

         ¿Qué le ha pasado? ¡Pobrecilla!

 

         EMILIA.-

         Nada importante. Ha tenido un pequeño desmayo.

 

         LILI.-

         ¿Me permiten?

 

(Abofetea a la niña un par de veces. Esther se incorpora de golpe.)

 

         Ya está.

 

         VICTOR.-

         ¡Pobre Esther! Todo el mundo emplea con ella el mismo remedio…

 

         ESTHER.-

         (Volviendo en sí.) ¿Y la señora que se tiraba los pedos?

 

         EMILIA.-

         No tengas miedo, mi reina. No tengas ningún miedo. Víctor la ha matado.

 

         ESTHER.-

         ¿Víctor? ¿De verdad?

 

         VICTOR.-

         La he cogido por la cintura, me he comido sus orejas, la he estrellado contra el suelo, le he echado sus diamantes a los cerdos y, después de darle unos cuantos palos en el culo, la he ahogado en el lavabo.

 

(Todos ríen la ocurrencia de Víctor.)

 

         ESTHER.-

         ¡Muy bien! ¡Muy bien, Víctor! ¡Qué pena haber estado dormida! ¡Cómo me habría gustado verlo! Sobre todo, eso que le has hecho en las orejas… ¿Estás seguro de que está bien muerta?

 

         VICTOR.-

         Te lo juro. Ha lanzado una especie de grito y ha liberado por fin su alma.

 

         ESTHER.-

         ¿Sólo el alma?

 

         OBISPO.-

         ¡Esta niña es insaciable! Oye, rica, esa señora no podía de ninguna manera liberarnos Gibraltar.

 

(Entra Antonio muy excitado. Lilí sale.)

 

 

 

Escena V

 

Víctor, el Obispo, Carlos, Esther, Teresa, Emilia y Antonio que lleva una escopeta.

 

 

         ANTONIO.-

         ¡Vaya! ¡Aún estáis aquí! Coged todo lo que habéis traído y vámonos al campo…

 

         CARLOS.-

         ¿Cómo dices?

 

         ANTONIO.-

         A ti no te digo nada. ¡Manos arriba! Eres un cerdo, un deshecho humano, una mierda… Y no me pidas explicaciones o serás tú el que me las tendrás que dar a mí. ¡Cabronazo!

 

         CARLOS.-

         ¡Antonio!

 

         ANTONIO.-

         ¡No hay Antonio que valga! ¡Si vuelves a decir una palabra te meto dos tiros! ¿Me oyes? ¡Dos tiros entre los morros!

 

 

 

         CARLOS.-

         ¡Pero… estás delirando!

 

         ANTONIO.-

         Sí, deliro. Estoy loco. ¿Y qué pasa? (A Teresa.) Tú y la niña ya estáis volviéndoos para casa… Adiós a todos. Tenéis suerte de que no os haga papilla.

 

(Arrastra a su mujer y a su hija hasta la puerta. Todos están horrorizados. Se produce una pausa tensísima. Antonio vuelve a entrar súbitamente pegándole un gran susto a Carlos que se había acercado a la puerta, seguido de Teresa y Esther.)

 

         ANTONIO.-

         (A Carlos.) ¡Bájate los pantalones! ¡Venga! ¡Y las manos arribita!

 

(Vuelve a marcharse. Todos permanecen inmóviles. Irrumpe nuevamente.)

        

         (A Carlos.) ¡Coño! ¡No habéis descubierto que era una broma! ¿Lo he hecho bien, eh? ¿A que soy un actor cojonudo?

 

         CARLOS.-

         ¿Ah, era… era… una…broma…? Vaya, vaya, amigo mío. Vaya con tus bromas. Siempre serás el mismo.

 

         ANTONIO.-

         ¡Soy un actor extraordinario! ¡Confesad que os habéis cagado patas abajo! ¡En la calle, lle, lle, veinticuatro, tro, tro…!

 

         TODOS.-

         -¡Ah, y tanto! Todavía no me he repuesto. -Caramba con Antonio… -¡Qué bien lo ha hecho!. -Hay que estar siempre en guardia con este hombre. -¿Qué hora es? -Es tarde. Tenemos tiempo -Ahora sí. Tenemos que ir pensando en volver a casa.  -Entonces, adiós. Buenas noches. -Un abrazo. –Mua, mua. Que lo pase usted bien, Señor Obispo. -Adiós, adiós. -Adiós, gracias por todo. -Adiós, buenas noches. -¡Qué pillo eres, Antonio!.

 

         ESTHER.-

         (Saliendo la última.) ¡Lo que te has perdido, papá! Ha venido una señora que se tiraba pedos y más pedos… Víctor la ha matado y se ha comido sus orejas…

 

(El Obispo, Teresa, Antonio y Esther acaban de salir.)

 

 

 

Escena VI

 

Víctor, Emilia, Carlos.

 

 

 

 

         EMILIA.-

         Víctor, ha llegado la hora de ajustarte las cuentas.

 

         VICTOR.-

         ¡Ah, no! ¡Basta! Por esta noche ya es suficiente. Mañana será otro día…

 

         EMILIA.-

         De acuerdo, mañana. Esta noche no quiero que me digáis nada más.

 

         VICTOR.-

         Adiós, papá. Adiós, mamá. Buenas noches. (Sale.)

 

         CARLOS.-

         ¡Este niño va a acabar con nosotros!

 

 

(Oscuro)

 

 

 

CUADRO SEGUNDO.

 

Dormitorio de los señores de Zaldívar.

 

 

Escena I

 

Estamos en el dormitorio del matrimonio Zaldívar. Emilia y Carlos intentan inútilmente dormir. Más tarde Lilí.)

 

 

 

         EMILIA.-

         (Gritando sobresaltada.) ¡Carlos!

 

         CARLOS.-

         ¿Qué?

 

         EMILIA.-

         ¿Has cerrado la puerta?

 

         CARLOS.-

         Sí.

 

(La criada entra con una linterna en la mano.)

 

 

         LILI.-

         ¿Ha gritado la señora?

 

         EMILIA.-

         No, creo que no…

 

         LILI.-

         Me había parecido que gritaba. ¿Necesitan algo los señores?

 

         CARLOS.-

         ¿Ha cerrado usted la puerta?

 

         LILI.-

         ¿Qué puerta?

 

         CARLOS.-

         Vamos, váyase a dormir… ¡Qué puerta va a ser! ¡Es usted imbécil!

 

         LILI.-

         La señora no debería permitir que el señor me trate de esta manera.

 

         EMILIA.-

         Váyase a la cama, Lilí. Buenas noches.

 

         LILI.-

         ¡Dios mío, qué casa…!

 

         CARLOS.-

         ¿Cómo dice?

 

         LILI.-

         Digo que la puerta está cerrada, pero … no sé cuál de ellas. (Sale.)

 

 

 

Escena II

 

Carlos, Emilia.

 

 

         EMILIA.-

         ¡Otra que tal baila!

 

(Largo silencio. Ambos parecen haberse adormecido.)

 

         CARLOS.-

         (Incorporándose de pronto.) ¡No puedo dormir! ¡Así de fácil!

 

(Comienza a vestirse hablando entre dientes. Paulatinamente se va excitando hasta que termina hablando a voces y separando mucho las sílabas.)

 

         ¡NO PUEDO DORMIR…! ¡NO PUEDO DORMIR…! ¡NO PUEDO… YO NO PUEDO DORMIR…! ¿Dormir? No puedo, no puedo y no puedo. (Para sí) ¡Basta!. (Respondiéndose.) De acuerdo. Basta. Pero yo no puedo dormir.

 

         EMILIA.-

         ¿Has acabado ya?

 

         CARLOS.-

         Duendecillo, responde a la señora. Yo he prometido no hablarle en toda la noche.

 

         EMILIA.-

         ¿Ah, sí? Pues entonces yo haré lo mismo.

 

(Se pone a gritar con todas sus fuerzas.)

 

         ¡Dios te salve María, llena eres de gracia, el Señor es contigo, etcétera…!

 

(De golpe y porrazo interrumpe sus oraciones y se abraza a la almohada llorando estrepitosamente.)

 

         CARLOS.-

         Llora, Emilia, eso te calmará. Llora, llora.

 

(Se acerca y le acaricia los cabellos. Cuando Emilia se ha calmado repentinamente le dice:)

 

         ¡Pues sí! ¡Teresa es mi amante!.

 

         EMILIA.-

         (Con la voz muy débil.) Lo sé… Lo sabía…

 

         CARLOS.-

         Efectivamente Antonio es un cornudo.

 

         EMILIA.-

         Y yo también.

 

         CARLOS.-

         Déjame que te explique…

 

         EMILIA.-

         (Sentándose al borde de la cama.) Soy toda oídos…

 

         CARLOS.-

         (Desconcertado.) ¿Es que no me crees? ¿No quieres creer que Teresa y yo somos amantes?

 

         EMILIA.-

         Claro que sí.

 

         CARLOS.-

         Entonces, ¿cómo es que me escuchas?

 

         EMILIA.-

         Para divertirme un rato por lo menos… ¡Me siento tan triste esta noche! ¡Tan triste!

 

 

 

         CARLOS.-

         (Para sí.) Esta mujer es idiota.

 

         EMILIA.-

         Claro, en esta casa tú eres el único sensato.

 

         CARLOS.-

         ¿Yo sensato? ¡Hablas de mi sensatez! Me había olvidado, es cierto. Yo soy el cuerdo y Antonio es el loco…

 

         EMILIA.-

         Te estoy escuchando.

 

(Llaman a la puerta.)

 

         CARLOS.-

         ¿Quién es?

 

         VICTOR.-

         ¡Víctor!

 

         CARLOS.-

         ¿Qué quieres?

 

         VICTOR.-

         Entrar.

 

         CARLOS.-

         Está bien. ¡Entra entonces!

 

 

 

Escena III

 

Carlos, Emilia, Víctor.

 

 

         VICTOR.-

         No puedo dormir…

 

         CARLOS.-

         ¿Qué?

 

         VICTOR.-

         Vengo porque no puedo dormir. Y no puedo dormir, primero porque estoy enfermo, y segundo porque hacéis mucho ruido…

 

         EMILIA.-

         ¿Estás enfermo?

 

         VICTOR.-

         …Y porque hacéis mucho ruido…

 

         CARLOS.-

         ¡Hacemos el ruido que nos da la gana.!

 

         VICTOR.-

         …Y porque estoy enfermo.

 

         CARLOS.-

         ¿Se puede saber qué te duele?

 

         VICTOR.-

         (Indicándose el vientre.) Me duele aquí…

 

         EMILIA.-

         ¿Te duelen las tripas?

 

         CARLOS.-

         ¡Que se vaya a cagar si le duelen las tripas…!

 

         EMILIA.-

         Es posible tener dolor de tripas y no necesitar ir al water.

 

         CARLOS.-

          Mira, Víctor, vas a la cocina, te bebes un vaso de agua, te acuestas boca arriba y respiras profundamente. Verás como se te pasará enseguida. ¡Venga! ¡Danos un beso y a la cama! (Víctor no se mueve.) ¿Me has oido?

 

         VICTOR.-

         Me duelen mucho las tripas, estoy completamente desvelado y si seguís haciendo ruido no podré dormirme en toda la noche. Tengo miedo de que os acabéis matando, a fuerza de remover los muebles. A veces uno piensa tirarse contra el espejo y hete aquí que lo hace contra una simple vidriera…  y como aquí las ventanas y las personas están a la misma altura… y con la manía insensata que tenéis de poner una pistola al lado del orinal… Cualquier día el techo de la cama se va a caer encima de alguien… Y los niños somos siempre los únicos culpables de todo. ¡La Santa Infancia!

 

(Sale con el dedo apuntando hacia el techo.)

 

 

 

Escena IV

 

Carlos, Emilia y después Lilí.

 

 

         CARLOS.-

         ¿Pero qué cojones dice? ¡Cada vez le entiendo menos! ¡Palabra de honor que esto es una provocación al crimen…! Por cierto, ¿qué es lo que quería?

 

         EMILIA.-

         Dormir. Ya lo has oído.

 

         CARLOS.-

         ¡Emilia, escúchame bien! Tengamos calma. Midamos el alcance de nuestros actos. Razonemos fríamente…

 

         EMILIA.-

         ¿Y bien?

 

         CARLOS.-

         Y bien…  Pues que si no conseguimos dormir las consecuencias serán catastróficas. Yo te mataré, o tú me matarás… No lo sé. En el aire se presiente una muerte. ¡Todavía más! La siento aquí mismo… Está ya aquí… Al alcance de la mano…

 

(Da vueltas por la habitación acalorándose más y más.)

 

         Sí. Noto la presencia de la muerte… Estoy sudando…. La culpa de nuestro estado la tiene Víctor.  Este niño tiene un maleficio que nos vuelve locos a todos: al Obispo, a Teresa, a la criada, a la pobrecita Esther… incluso a esa Ida de Muertemarte.. ¡Víctor! Y a nosotros, también a nosotros… ahora lo entiendo. ¡Víctor! ¡Víctor! ¡Siempre Víctor!

 

(Llaman a la puerta.)

 

         EMILIA.-

         ¿Quién es?

 

         VICTOR.-

         (Detrás de la puerta.) ¡Víctor! Estoy enfermo y no puedo dormir…

 

         CARLOS.-

         (Abriendo la puerta y saliendo.) ¡Espérate! ¡Ya verás lo calentito que vas a dormir esta noche!

 

(Gritos. Exclamaciones del padre a cada golpe: «¡Es Víctor! ¡Es Víctor!»)

 

         EMILIA.-

         (Horrorizada.)  ¿Qué has hecho, Carlos?

 

         CARLOS.-

         ¡Le he pegado hasta hacerle sangre!. ¡Se merecía una buena paliza! ¡Es el culpable de todo! (Silencio.)

 

         EMILIA.-

         ¿Y qué más?

 

         CARLOS.-

         ¿Qué más?  ¿Qué… más? (Se deshace en sollozos.) ¡Le he pegado a mi propio hijo!

 

         EMILIA.-

         ¡No, Carlos! ¡No llores, Carlos, chiquitín mío…! Soy yo, Emilia, tu mujer. Venga, ea, ea, cálmate… Soy la que hace un rato querías matar, la que te quería matar… ea, ea. ¡Jesús! ¿Qué nos está pasando, que clase de veneno hemos bebido o qué aire hemos respirado para llegar a esto?

 

         CARLOS.-

         (Fuera de sí.) ¡Un aire fétido! ¡Como el aliento del Obispo, como el culo de Ida Muertemarte, como el humo de los cañones de Palafox! ¡Es un aire de locura… aaa!

 

         EMILIA.-

         ¡Es un aire de locura, es verdad! ¡Pero a mí me gustaría muchísimo dormirme!

 

         CARLOS.-

         ¿Dónde está el frasco de Valium?

 

         EMILIA.-

         ¿Qué vas a hacer? ¿No querrás suicidarte?

 

         CARLOS.-

         Nos tomaremos media cada uno. Nos quedaremos dormidos. Ya lo verás. (Se lo toma.) Toma.

 

(Emilia duda un momento pero se toma también su media dosis.)

 

         ¡Y ahora, a dormir!

 

(Inmediatamente se apaga la luz. Poco a poco se va haciendo una luz difusa que proviene del cielo. Es como si se abriese el techo de la habitación y entrara la noche. El lecho matrimonial parece como si navegara por el firmamento. Durante todo el siguiente monólogo del padre se escucharán al fondo los gemidos y los gritos de Víctor.)

 

         CARLOS.-

         Emilia, empezamos a tranquilizarnos… ¡Te has fijado cuántas estrellas! ¡Qué paz! ¡Por fin! No hay ahora mismo en el mundo ningún narcótico, ningún poder, que me pueda impedir decirte relajadamente y con pocas palabras, en esta posición horizontal en la que me encuentro: ¡Qué guapa es Teresa!

 

(Gemidos.)

 

         Concédeme un momento todavía, Emilia. Hace tres años que quiero a Teresa. ¡Tres años ya!

 

(Gritos.)

 

         Nos citamos por vez primera una tarde de otoño en el Hotel Europa… ¿Te estoy aburriendo?

 

         EMILIA.-

         De ninguna manera. Teresa debió ser muy feliz aquel otoño. Me lo puedo imaginar…

 

 

 

         CARLOS.-

         Eres una santa, Emilia. ¡Una mujer santa y comprensiva!

 

         EMILIA.-

         ¿Y Teresa?

 

         CARLOS.-

         ¡Oh, Teresa! Ella es un torduelo, un calisón, un pularico, una vinosella, una marisaña, un piroseta; yo la llamo mi rivasor, mi vaquinosis, mi grusalla. Teresa es una vaca, pero una vaca como no hay flores.

 

         EMILIA.-

         ¿Y yo?

 

         CARLOS.-

         Escoge tú los calificativos…

 

         EMILIA.-

         Yo soy simplemente tu mujer…

 

(Llaman. Carlos y Emilia se miran. Vuelven a llamar insistentemente.)

 

         LILI.-

         (Desde la puerta.) Señora, me parece que están llamando…

 

         CARLOS.-

         ¡Ah! ¿Sólo le parece?

 

         LILI.-

         No. Estoy segura de que llaman… ¿Abro?

 

         CARLOS.-

         ¡Pues claro que sí! ¡Abra! (A Emilia.) ¿Quién podrá ser a estas horas?

 

         EMILIA.-

         ¿Qué hora es?

 

         CARLOS.-

         Domingo. (Alzando la voz.) ¿Lilí, ¿ha abierto ya la puerta?

 

         LILI.-

         Es la señora Rosales.

 

         CARLOS.-

         Teresa…

 

(Teresa, enloquecida, penetra en la habitación.)

 

 

 

 

 

 

Escena V

 

Carlos, Emilia, Teresa.

 

         TERESA.-

         ¿Dónde está Esther?

 

         CARLOS.-

         ¿Esther?

 

         TERESA.-

         Sí, se ha escapado de casa diciendo: «Me voy a casa de Víctor. Víctor será mi papá, mi papaíto».

 

         CARLOS.-

         ¡Qué barbaridad!

 

         TERESA.-

         En efecto, es una barbaridad. ¡Qué noche, Dios mío, qué fiestecita! ¿Dónde está Esther?

 

         EMILIA.-

         Amiga mía, nosotros no la hemos visto. Si la hubiéramos visto se lo diríamos. La niña no está aquí.

 

         TERESA.-

         ¿Que no está? (Desconfiando de ellos.) ¿No pensarán vengarse con ella, verdad? ¿No querrán matarme a la nena?

 

         EMILIA.-

         ¿Matar a su hija? ¡Dios mío! ¿Porqué habríamos de hacer una cosa así? Ya tenemos suficiente con matarnos entre nosotros…

 

         TERESA.-

         ¡Mi hija está aquí! ¿Me oyen? Estoy tan segura como de que me llamo Teresa.

 

         CARLOS.-

         Sea razonable… Veamos, ¿cómo podría haber entrado?

 

         EMILIA.-

         ¡Fuera de mi vista!

 

         CARLOS.-

         Váyase y vuelva mañana. Hagamos una tregua esta noche. Lo aclararemos todo mañana, ya lo verá.

 

         TERESA.-

         Yo no me voy de aquí sin mi hija.

 

 

 

 

         EMILIA.-

         ¡No estoy escondiendo a su hija en el bolsillo! Si no se fía de nosotros puede llevarse al niño en prenda por esta noche.

 

         CARLOS.-

         No sea tozuda, Teresa, y vuélvase a casa. Le doy mi palabra de honor: aquí no ha venido Esther.

 

         TERESA.-

         (A Emilia.) ¡Seguro que la tiene usted escondida por algún sitio! Hace un rato ha querido ahogarla en la carbonera para vengarse de que le he quitado a su marido… ¡Pues sí, se lo he quitado!

 

         CARLOS.-

         No saquemos ahora las cosas de quicio… Tranquilicémonos todos. Ahora váyase a casa, vuelva al lado de su marido.

 

         TERESA.-

         ¡Ah, ja, ja, ja! (Ríe histéricamente.) ¡Antonio! ¡El chalado de Antonio! En este momento está en camisón de dormir asomado al balcón y dando a gritos órdenes a las tropas sitiadas: ¡Defiendan el flanco de la derecha! ¡Ahora por el flanco izquierdo! ¡Adelante, muerte a los franceses! Esther ha huido como si hubiera visto al mismísimo demonio, llamando a Víctor. Lo ha estado buscando por todo el vecindario. ¿De verdad no está aquí? ¿Carlos, no irás a degollar a mi hija, verdad?

 

(Se pone a gritar.)

 

         ¡Al asesino! ¡Al asesino!

 

(Carlos le tapa la boca con la mano. Se escuchan ruidos y voces en los apartamentos vecinos: «-¿Qué pasa?» «-Es casa de los Zaldívar. Se están degollando».  Suena el timbre de la puerta.)

 

 

 

Escena VI

 

Los mismos, Lilí.

         LILI.-

         ¿Para qué quieren que cierre las puertas si todos los vecinos están asomados a las ventanas? ¿Les parece bonito? Pasen y vean: ¡El mejor espectáculo de las ferias: La casa del crimen! ¡O se callan ustedes de una vez o yo me largo ahora mismo!

 

(Lilí sale. Casi simultáneamente se abre la puerta de la derecha. Entra Víctor llevando a Esther cogida de la mano. La niña se tapa los ojos.)

 

 

 

 

 

 

 

Escena VII

 

Los mismos, Víctor y Esther.

 

        

         TERESA.-

         ¡Esther! ¡Esther! ¡Hijita mía! (A Emilia.) ¿Querían raptarte, verdad?

 

         EMILIA.-

         ¿Pero por dónde has entrado, ángel mío?

 

         ESTHER.-

         Por el jardín.

 

         EMILIA.-

         ¿Y para qué has venido a estas horas?

 

         ESTHER.-

         Porque quería ver a Víctor.

 

         VICTOR.-

         Ha venido a verme.

 

         CARLOS.-

         ¿Y qué te ha dicho?

 

         VICTOR.-

         Nada. Se ha tendido a los pies de la cama.

 

         CARLOS.-

         ¿Y no ha dicho nada?

 

         VICTOR.-

         (A Esther) ¿Has dicho alguna cosa?

 

         ESTHER.-

         Sí. He dicho: «Hola, Víctor».

 

         CARLOS.-

         ¿Y después?

 

         VICTOR.-

         Se ha dormido hasta que la habéis despertado. (A Teresa). ¿Quiere llevársela? Pues llévesela. Tengo mucho dolor de tripas.

 

(Un largo silencio.)

 

         EMILIA.-

         (En éxtasis.) ¡Oh! ¡Loado sea Dios! Ahora lo veo claro: es el Cielo quien nos la ha devuelto. ¡Esto ha sido obra de Dios! ¡Bajo esta apariencia de fuga no es difícil descubrir la milagrosa intervención de la Divina Providencia! ¡Arrodillaos, hijos míos! ¡Arrodíllate, Carlos! ¡Arrodíllese, Teresa! ¡Los designios del Señor son inescrutables! Henos aquí reunidos gracias al más conmovedor de los prodigios. Usted, la mujer adúltera… ¡no, no proteste! ¡Tú, el padre indigno! ¡Yo, la madre infortunada! ¡Vosotros, hijos de mi corazón, inocentes testimonios de redención!

 

         TERESA.-

         ¡Lo veis! ¡Es equitativo, justo y razonable! ¡Gloria al Señor!

 

         CARLOS.-

         ¡Prodigioso! ¡Yo también lo comprendo ahora! ¡Jesús! ¡Jesús!

 

         ESTHER.-

         ¡Prodigioso! ¡Prodigioso!

 

         VICTOR.-

         ¡Uuuiii! ¡Qué dolor de tripas! ¡Qué dolor de tripas!

 

         EMILIA.-

         ¡Levantaos todos! ¡Levantaos! Deme su mano, Teresa, y póngala sobre la cabeza de Esther. Dame tu mano, Carlos, tu mano vil de depravado, y ponla también sobre los cabellos de Víctor. Ahora, rezad… Jurad solemnemente que renunciáis a vuestras relaciones pecaminosas.

 

         CARLOS.-

         Juro que no me acostaré más contigo, Teresa; que no te traicionaré más, Emilia; y que siempre seré un esposo ejemplar.

 

         TERESA.-

         Juro sobre tu cabeza, Esther, que renuncio desde este instante a la funesta pasión que siento por Carlos y que ayudaré a Antonio hasta la muerte.

 

         EMILIA.-

         Gracias, gracias…

 

(Lloriquea. Se abrazan por parejas.)

 

         VICTOR.-

         ¿Habéis acabado ya? ¡Uuuiiii! ¡Qué dolooorrr de tripas! ¡Qué dolor de vientre!

 

         CARLOS.-

         ¿No te encuentras mejor, Víctor?

 

         VICTOR.-

         Me dan unos retortijones…

 

(Llaman.)

 

         CARLOS.-

         ¿Otra vez? No paran de llamar. ¡Acabaré arrancando este maldito timbre!

 

         EMILIA.-

         ¿Quién es? (Entra Lilí.)

 

 

 

Escena VIII

 

Los mismos, Lilí y después María.

 

 

         LILI.-

         Es María.

 

         TERESA.-

         ¡Mi criada! (A Lili.) ¿Qué quiere?

 

         LILI.-

         Entra, María.

 

         MARIA.-

         Señora, le devuelvo el delantal y le entrego esta carta. No necesita respuesta. ¡Buenas noches y adiós para siempre! (Sale.)

 

 

 

Escena IX

 

Carlos, Emilia, Teresa, Víctor, Esther.

 

 

         TERESA.-

         (Lee la carta en silencio. Poco a poco se va hundiendo en sí misma. Al terminar lanza una especie de grito ahogado y se echa a llorar amargamente.) ¡Ah!

 

         CARLOS.-

         (Apresurándose.) ¿Teresa, qué le ocurre?

 

         TERESA.-

         Antonio…  El bobito de Antonio… (Expectación general.) ¡Se ha ahorcado!

 

         TODOS.-

         ¡Oh! ¿Qué? ¿Eh?

 

         TERESA.-

         Se ha colgado del balcón… , en camisón de dormir…

 

         CARLOS.-

         No puede ser…

 

 

 

 

         TERESA.-

         Léalo usted mismo.

 

(Durante la lectura Teresa se agita convulsivamente en una mezcla de sollozos y risas. De pronto todos quedan inmóviles. Aparece el cadáver de Antonio.)

 

 

 

Escena X

 

Los mismos y el cadáver de Antonio.

 

 

(El cadáver de Antonio pronuncia sus propias palabras escritas en la carta)

 

         ANTONIO.-

         «Adiós, Teté. Me he ahorcado. He preparado el mástil del balcón, he atado a su extremo los cordones verdes de las cortinas del salón, me he subido en la tabla de madera sobre la que tú hacías aquellas rosquillas tan ricas y he metido la cabeza por el nudo corredizo del extremo. En fin, que me he ahorcado… Seguro que en este momento mi cuerpo se balancea al viento como si fuera la bandera de la ciudad sitiada por el enemigo. Antes coloqué un último disco en el plato de la gramola para morir al son de «Los sitios de Zaragoza». Mi última voluntad es que, cuando regreses a casa y antes de descolgarme, quites el disco y lo estrelles contra el suelo. Que busquen para Víctor en el empedrado de la plaza de la Lealtad la mandrágora de mi última felicidad. Adiós, Teté. Adiós, Teresa. Antonio.

P.S. Muy importante: no se te olvide pedirle a Carlos que consuele a su hija. A padre cornudo, hija adulterina. Vale más así; estas cosas contribuyen a hacer que las razas estallen en mil pedazos. ¡Viva España!

 

(Un inmenso y pesado silencio. Se marcha el cadáver de Antonio.)

 

 

 

 

Escena XI

 

Los mismos, que recobran la movilidad, menos el cadáver de Antonio.

 

 

         ESTHER.-

         Mamá, ¿qué quiere decir cornudo? (Como nadie le contesta la niña insiste.) ¿Qué quiere decir cornudo?

 

         TERESA.-

         Un cornudo es un… demoniete…

 

         EMILIA.-

         (Llorando.) ¡Oh, basta, basta, basta!

 

         TERESA.-

         ¡Es demasiado! ¡Esto sobrepasa todas las medidas. Hemos llegado al límite de lo tolerable!

 

         VICTOR.-

         No se puede añadir nada más. El patio está saturado.

 

(Sale con la mano en el vientre.)

 

 

 

Escena XII

 

Los mismos menos Víctor.

 

 

         ESTHER.-

         (Recitando.)

                                      El diablito de los cuernos

                                      se ha muerto esta mañana.

                                      Su mamá le quería tanto,

                                      su mamá le quería tanto

                                      que lloró hasta el anochecer.

 

         EMILIA.-

         (A Carlos.) Deberías acompañar a Teresa y Esther a su casa y ayudarles a cumplir todas las formalidades.

 

         TERESA.-

         Ya me apañaré yo sola. No hace falta que vengas.

 

         CARLOS.-

         Teresa, necesitarás ayuda cuando te encuentres delante de… delante de la muerte… ¡Ah, eres una santa, Emilia! ¡Eres la más santa de las mujeres!

 

         EMILIA.-

         Marchaos, yo espero aquí. Espero que no tengáis la osadía de engañarme también esta noche.

 

         TERESA.-

         ¡Oh, Emilia! ¿Cómo puede decir eso? ¡Esta noche! Hemos jurado no volver a engañarla nunca más. Y usted nos ha perdonado.

 

         EMILIA.- 

         Sí, pero no hay situaciones inapropiadas para según qué cosas…

 

         CARLOS.-

         Puedes estar tranquila… (Se oye un gran grito.) ¿Qué ha sido eso?

 

         EMILIA.-

         (Sale gritando.) ¡Víctor! ¡Víctor!

 

(Silencio. Emilia vuelve a entrar con Víctor desmayado entre los brazos)

 

 

 

Escena XIII

 

Los mismos y Víctor

 

 

         EMILIA.-

         ¡Oh, esto es el final! Me lo he encontrado desmayado en el pasillo. ¡Corre Carlos! ¡Deprisa! ¡Acompaña a Teresa y Esther y vuelve con un médico!.

 

(Carlos, Teresa y Esther salen atropelladamente después de haber ayudado a colocar al enfermo sobre la cama. Emilia se queda sollozando.)

 

 

 

Escena XIV

 

Emilia, Víctor

 

 

         EMILIA.-

         ¡Víctor! ¡Víctor! ¡Mi querido Titín! Pequeño mío, hijo mío! Porque tú, al menos, tu sí que eres mi hijo… ¡Jesús, María y José y toda la corte celestial, permitid que mi hijo recobre el habla y pueda responder a todas las preguntas de su angustiada madre! ¡Víctor! ¡Víctor mío! ¿No dices nada?. ¡Está muerto!. ¿Estás muerto, Víctor? ¡No podría vivir sin mi hijo! ¡Hijo de mis entrañas!

 

(Víctor se mueve ligeramente y lanza un pequeño gemido.)

 

         ¡Ah!, ¡ah! Te mueves. No estás muerto… ¿Entonces, ¿porqué no me contestas? ¿Dime? Lo haces a propósito, como siempre… Quieres que retuerza los brazos, que me tire de los pelos… ¿Es eso lo que quieres? ¡Ya que puedes mover tu cuerpo inmenso no te costaría nada mover la lengua, tan pequeñita! No te costaría nada… ¿No puedes hablar? A la una, a las dos… ¡Víctor! A la una, a las dos y ¡a las tres! ¡Toma un cachete,  por tozudo!

 

(Le pega.)

 

         VICTOR.-

         Hace falta ser desgraciada para pegarle a un niño que está sufriendo… ¿Qué nombre merece una madre que le pega a su hijo moribundo?

 

         EMILIA.-

         ¡Perdón! ¡Perdóname, Víctor! No sabía lo que estaba haciendo. ¡Pero es que tu también a veces…! ¿Porqué no me contestabas?

 

         VICTOR.-

         ¿Qué nombre tiene una madre que maltrata a su hijo moribundo?

 

         EMILIA.-

         Deberías haber respondido, Titín; deberías haberlo hecho, hijito mío…

 

         VICTOR.-

         Muy bien, si no me quieres contestar ya te lo digo yo… ¡Una madre que hace eso es un monstruo!

 

         EMILIA.-

         ¡Perdóname, Víctor! ¡Cuántas veces te he perdonado yo a ti! Después de esta nochecita del demonio que nos has dado bien podrías perdonarme. Hijo mío, si tú me faltases yo también me moriría.

 

         VICTOR.-

         ¿Crees que me voy a morir?

 

         EMILIA.-

         ¡Oh, no! Seguro que no. No sé lo que te pasa, pero no te preocupes, ya verás cómo no será nada… ¡Morirte! Criatura mía, eso es imposible. Todavía eres demasiado joven.

 

         VICTOR.-

         Se muere a todas las edades. Sencillamente…

 

         EMILIA.-

         Pero tú no te vas a morir. Yo no quiero que te mueras. Ahora sólo quiero que me perdones…

 

         VICTOR.-

         Va, va, madrecita, sigo implacablemente el hilo lógico de tu razonamiento… «Primo», no me puedo morir; «secondo», si me muriera…; y «tertio», si me muero es preciso, entonces, que te perdone… Estás perdonada, no te preocupes. ¡Que descanse tu conciencia!

 

(La bendice. Emilia solloza y besa temblorosamente la mano del niño.)

 

         Hay niños precoces, de una precocidad que se aproxima a la genialidad. ¡Hay niños geniales!.

 

         EMILIA.-

         ¿Qué?

 

         VICTOR.-

         ¡Escucha! Hércules desde la cuna estrangulaba serpientes. Pascal, ayudado de palos y círculos reencontraba las propuestas esenciales de la geometría de Euclides. Mozart de niño, con el arco de su violín, maravillaba a los asistentes de la galería de esculturas de Luxemburgo. El pequeño Federico jugaba simultáneamente veinte partidas de ajedrez y las ganaba todas. Todo esto no es nada si lo comparamos con el caso de Jesucristo, quien, nada más nacer, fue proclamado Hijo de Dios… Estos gloriosos precedentes abruman al hijo de Carlos y Emilia Zaldívar, que va a morir exactamente el día que cumple los nueve años…

 

         EMILIA.-

         ¡Hijito mío!

 

         VICTOR.-

         Es preciso que sea así. ¿Qué me queda por vivir, por conocer en este pequeño mundo familiar, este mundo claustrofóbico y asfixiante?

 

         EMILIA.-

         Pues… te queda el trabajo, la estimación y el cariño de los tuyos… Eres nuestro hijo único.

 

         VICTOR.-

         Ahora lo has dicho. Solamente me queda ser hijo único. ¡Único!. Con la ayuda de la naturaleza tengo nueve años y mido dos metros. Desde los cinco años -entonces medía un metro sesenta- he comprendido que debería dedicarme exclusivamente a la Unicidad.

 

         EMILIA.-

         ¿A qué?

 

         VICTOR.-

         A la Unicidad. La he buscado en silencio, secretamente. Y, por fin, la he encontrado…

 

         EMILIA.-

         ¿La has encontrado? Desvarías…

 

         EMILIA.-

         ¡Eureka! ¡He encontrado los resortes de la Unicidad!

 

         EMILIA.-

         ¡Pobrecito mío! ¿Y qué resortes son esos?

 

         VICTOR.-

         Los resortes de la Unicidad… ¡Oh! ¡Te lo explicaría fácilmente si tuviéramos aquí una hoja de papel y un lápiz!

 

         EMILIA.-

         ¿Quieres que vaya a buscarlos?

 

         VICTOR.-

         No, no, es inútil. No tendría fuerza para escribir.

 

         EMILIA.-

         ¿Entonces qué?

 

         VICTOR.-

         No importa. Trataré de explicártelo como pueda. Los resortes de la Unicidad…

 

(Entra el padre seguido del doctor y del Obispo.)

 

 

 

Escena XV

 

Emilia, Víctor, Carlos, el doctor, el Obispo y más tarde Lilí

 

 

         VICTOR.-

         ¡Ah! ….¡Uuuuuiiii! ¡La ciencia y la religión se unen para despedirme!

 

         DOCTOR.-

         ¡Bien, aquí está nuestro enfermo! ¿Qué es lo que no te funciona bien, chaval? ¿Tienes pupa en la tripita?

 

         VICTOR.-

         Sí, señor médico. Tengo pupa aquí. En la tripita…

 

         DOCTOR.-

         No tiene aspecto de ser nada grave. Señora, deme una servilleta y una cuchara. Túmbate boca abajo. ¿Tiene fiebre?

 

         CARLOS.-

         No lo sé. (Molesto.) Compruébelo usted mismo. (Sale.)

 

         DOCTOR.-

         Veámoslo entonces.

 

(Le toma la temperatura rectal. Largo silencio. Vuelve a entrar Carlos, nervioso como siempre, seguido de Lilí que también parece muy excitada.)

 

         LILI.-

         (En voz baja.) ¡Señora! ¡Señora!

 

         EMILIA.-

         ¡Chisst! ¿Qué pasa?

 

         LILI.-

         Escúcheme por favor…

 

(Lleva a Emilia aparte y le murmura unas palabras en el oído. Emilia escucha horrorizada.)

 

         EMILIA.-

         ¡No es posible!

 

(Carlos da unos pasos hacia la puerta. Emilia corre a su lado.)

 

         ¡Carlos!

 

         CARLOS.-

         ¿Qué pasa?

 

         EMILIA.-

         ¿Qué vas a hacer? Ven aquí ahora mismo.

 

(Carlos vacila. Emilia le coge del brazo.)

 

         ¡Dame eso inmediatamente!. ¡Dámelo!

 

         VICTOR.-

         (Sin haber podido ver nada de esta escena entre Carlos y Emilia.) Papá, hazle caso a mamá y no fumes ahora. El humo me molesta. Dale la pipa y así no caerás en la tentación…

 

(Carlos le entrega a Emilia un revólver.)

 

         Conviene no apoyarse demasiado en los resortes de la Unicidad.

 

         DOCTOR.-

         ¿Qué dices?

 

         EMILIA.-

         No le haga caso, doctor. Desvaría, doctor, desvaría…

 

         CARLOS.-

         Sí, sí, se le va la cabeza…

 

(Lilí, que no se ha movido en toda la escena, desaparece.)

 

 

 

Escena XVI

 

Los mismos menos Lilí.

 

 

         DOCTOR.-

         (Consultando el termómetro.) No es extraño que se le vaya la cabeza. Tiene… tiene mucha fiebre.

 

         EMILIA.-

         ¿Qué cree usted, doctor?

 

         DOCTOR.-

         Voy a auscultarle. (Lo hace.) Treinta y cinco, treinta y seis, treinta y siete…

 

         VICTOR.-

         …treinta y ocho, treinta y nueve, cuarenta…

 

(El doctor continúa auscultando.)

 

         CARLOS.-

         ¿Qué le ocurre?

 

         DOCTOR.-

         Un momento…

 

         VICTOR.-

         (Chillando.) ¡Ooohuuuiii! ¡Ooouuuiii! ¡Ooouuuhhiiii!

 

         OBISPO.-

         ¡Ave María Purísima!

 

(Carlos y Emilia corren a arrodillarse al lado de la cama. Finalmente Víctor se calma y pregunta:)

 

         VICTOR.-

         ¿A qué hora nací, mamá?

 

         EMILIA.-

         A las once y media de la noche.

 

         VICTOR.-

         ¿Y qué hora es ahora?

 

         CARLOS.-

         Faltan dos minutos para las once y media.

 

         VICTOR.-

         Es ya la hora para decirte, mamá, cuáles son los resortes de la Unicidad. Los resortes de la Unicidad son…

 

         CARLOS.-

         ¿Pero se puede saber de qué se está muriendo, doctor?

 

         DOCTOR.-

         Se muere de…

 

         VICTOR.-

         Me muero de la Muerte. La muerte es el último resorte de la Unicidad…

 

         DOCTOR.-

         ¿Qué quiere decir?

 

         CARLOS.-

         A mí no me pregunte. ¡Yo nunca he entendido a este niño!

 

         EMILIA.-

         ¿Y los otros, Víctor, los otros resortes? ¡Deprisa, falta un minuto para las once y media…!

 

         VICTOR.-

         Los otros… (Pausa.) Los he olvidado…

 

(Muere.)

 

         DOCTOR.-

         Los niños obstinados tienen este destino cruel…

 

(El doctor y el Obispo salen. Mientras se van marchando baja una cortina negra. Oscuro. Se escuchan dos fuertes detonaciones. La cortina vuelve a subir. Emilia y Carlos yacen tendidos a los pies de la cama donde se encuentra Víctor. Entre ellos hay un revólver del que todavía sale humo. Se abre una puerta y aparece la criada.)

 

         LILI.-

         (Dirigiéndose al público.) ¡Lo que yo me temía: esto era una tragedia!

 

 

 

 

TELON FINAL

        

 

        

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

VICTOR

 

o los niños al poder

 

de Roger Vitrac

 

 

 

Traducción y versión de Francisco Ortega Suárez

«Los Beatles contra los Rolling Stones», de Jordi Mesalles y Miquel Casamayor.

mayo 22, 2009

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         El traductor y adaptador, en un arranque de protagonismo fuera de toda lógica y contraviniendo las más elementales normas del pudor, ha decidido dedicarle esta pieza a:

 

            A mi amigo Jordi Mesalles… por tantas cosas,

            y porque ha decidido dejarse el pelo largo

            para cruzar el milenio en un homenaje vivo y permanente

            al Mayo del 68.

            A John Lennon.

            A Paul MacCartney.

            A George Harrison.

            A Ringo Star.

            A los Rolling Stones,

            y a los Doors, los Animals, King Crimson,

            Supertramp, Pink Floyd, Queen, Moody Blues, etc.

            A Leo Ferré, Jacques Dutronc, Johnny Hallyday, Silvie Vartan,

            Françoise Hardy, Jane Birkin, Serge Geinsbourg, etc.

            A los clientes pasados, presentes y futuros

            del Polly Magoo de París.

            A Paco Ibáñez, que una mañana en esa ciudad

            me enseñó el secreto de hacer castañuelas.

            Y a Serrat, Pablo Milanés, Silvio Rodríguez, Labordeta,

            La Bullonera, Ovidi Montllor, Lluis Llach,

            Los Bravos, Los Canarios, Los Brincos, Los Pekenikes.

            A aquellos compañeros de Preu A

            con los que compartí sin saberlo una revolución paralela.

            A mi madre, que una mañana me despertó

            y me dijo que John Lennon había sido asesinando,

            poniendo punto final a aquello que fue

            mi adolescencia.

            Y, naturalmente, a Lupe, Paola y Fran, que acabaron de escribir esta historia y que junto a Maribel, Eva, Laura, Letizia,            Rafa, Javier, Rubén, Ibán y José Carlos, le pusieron cuerpo y voz a esta crónica teatral de los últimos treinta años de la vida de España.

            Que sean felices.

 

                                                                                                          F.O.

Personajes.

 

Las chicas:

         BRIGITTE (Catorce años. Hija de madre francesa y padre español.)

         ROSA MARIA ROCAMORA (Catorce años. Hija de la familia Rocamora, el mejor partido de la ciudad.)

         MARIA ANGELES. (Trece años. Hija de clase media-baja.)

         LILITH. (Veinte años. Camarera del «Submarino amarillo»)

         MIKI. (Veinte años. Hija de Jaime y Rosa María.)

Los chicos:

         MIGUEL (Quince años. Vive en la zona obrera.)

         TONI (Diecisiete años recién cumplidos. Chico de clase media.)

         JUAN ALBERTO ROCAMORA. (Quince años. Hermano de Rosa María.)

         JAIME SASTRE. (Quince años. Hijo de comerciantes.)

         LUIS. (Diecisiete años. Vive en uno de los barrios más cutres.

         Voces de Locutores.

 

 

 

 

 

 

  

La acción podría desarrollarse en cualquier gran ciudad española.

Primera parte: 1966.

Segunda parte: 1969.

Tercera parte: 1999.

 

 

Primera parte:

LA DESPEDIDA DEL MATRIMONIO DRACULA.

         (1966. Sábado por la tarde. Rincón en un bar del barrio de las putas. Entran, tímidos y nerviosos, Jaime, Juan Alberto, Miguel y Toni. Dan vueltas alrededor de una máquina de discos -llamadas Sinfonolas-, observando el ambiente de forma disimulada, como si buscasen a alguien.)

 

JAIME.-

¿Sabéis aquel de los Beatles?

 

JUAN ALBERTO.-

Déjate ahora de chistes… ¿está o no está?

 

TONI.-

(Nervioso, negando con la cabeza.) No gritéis, que nos van a echar de aquí…

 

JAIME.-

Os lo cuento y así se os irán pasando los nervios… George y Ringo van en un tren lleno de gente y casi no pueden ni moverse… De pronto a George le entran unas ganas tremendas de mear y como están al lado de la ventanilla (hace la acción de abrir una ventanilla) Ringo la abre y le dice que saque la tita… George lo hace y cuando está meando más a gusto Ringo, la cierra de golpe. George grita ¡Ayyyyy! y Ringo se pone a cantar: «Se la pillé, yé, yé, se la pillé, yé, yé»…

 

         (Carcajadas. Juan Alberto ha metido una moneda en la máquina y comienza a oirse «She loves you». Los primeros compases suenan con mucho volumen. Una voz de locutor en off hace la presentación del espectáculo. Los chicos se mueven al compás de la música.)

 

VOZ DEL LOCUTOR.-

(En off) Los Beatles contra los Rolling Stones. Primera parte. La despedida del matrimonio Drácula.

 

         (La música baja de volumen.)

 

TONI.-

Vámonos. Hoy no ha venido Eva.

 

JUAN ALBERTO.-

¿Y cómo sabes que se llama Eva?

 

         (Los otros ríen.)

 

JAIME.-

Mirad aquella gorda. Me parece que nos está sacando la lengua a nosotros.

 

MIGUEL.-

¡Qué tetamen tiene!

 

JAIME.-

Con una sola teta te podría ahogar.

 

MIGUEL.-

¡Qué gusto me daría!

 

JUAN ALBERTO.-

Por lo menos tiene cuarenta años… Podría ser vuestra madre. ¿Eva las tiene igual de gordas?

 

TONI.-

Calla, sonao… Eva es mucho más joven.

 

MIGUEL.-

Y además es clavada a Françoise Hardy. Toni dice que lo que más le gusta de ella es cuando se desabrocha los vaqueros y se le ven esas braguitas que lleva de color azul cielo…

 

JUAN ALBERTO.-

Eso lo has visto en una foto de aquella revista francesa de tu hermano.

 

JAIME.-

¡Mira, se ha puesto colorado! ¿No te has ido nunca de putas, o qué?

 

TONI.-

¡Vete a la mierda!

 

         (Risas. A contraluz puede verse la silueta de una chica que se mueve de manera provocativa.)

 

MIGUEL.-

¡Mirad porqué se ha puesto colorado!

 

TONI.-

¡Tú que sabes!

 

TODOS.-

(Gritando. Toni se escapa.) ¡Eva!

 

JAIME.-

Acaba de salir de la habitación con aquel marinero. ¡Ostras, qué ojeras! ¡Se ha quedado más chupado que una piruleta!

 

JUAN ALBERTO.-

Seguro que ese yanqui ha hecho con ella algo más que mirarle el color de las bragas…

 

         (Risas.)

 

TONI.-

¡Sois unos gilipollas!

 

JAIME.-

¡Está enamorado!

 

JUAN ALBERTO.-

¿No decías que la conoces…? Pues ve a decirle algo.

 

TONI.-

No, ahora no, que está trabajando.

 

         (Los chicos comienzan a hacerle señas.)

 

TONI.-

Estáos quietos, imbéciles. No se puede ir a ningún sitio con vosotros. Yo me largo.

 

JUAN ALBERTO.-

¡Cobarde, gallina! ¡Ve a decirle alguna cosa!

 

MIGUEL.-

Demuéstranos que la conoces.

 

TONI.-

Sois un pelmas… Está bien, ¡Allá voy!

 

 

         (Toni se acerca lentamente hacia donde está la chica sentada en un taburete, esperando clientes. Le pide fuego y ella se lo da acariciándole la mejilla.)

 

JAIME.-

¡Hostia, tú, mirad, mirad…!

 

TONI.-

(Vuelve embelesado.) Tiene unos ojos tan azules, un pelo tan suave… ¡Es tan guapa…! Todavía siento su mano en mi mejilla…

 

JAIME.-

¡No, si acabarás diciendonos que te la has follado!

 

JUAN ALBERTO.-

¡Te has puesto cachondo!

 

TONI.-

No entendéis nada.

 

JUAN ALBERTO.

¡Chissst! (Señalando hacia la chica.) Ahora se va con otro.

 

JAIME.-

Pues anda que tiene una pinta ese tío…

 

JUAN ALBERTO.-

¡Seguro que le va a pegar un sifilazo!

 

JAIME.-

¿Un sifilazo? ¿Y eso qué es?

 

JUAN ALBERTO.-

Una enfermedad muy fea. Primero te salen una manchas en la polla, y después se te va cayendo a rodajas… Así: chas, chas, chas…

 

TONI.-

Desde luego, sois repugnantes.

 

MIGUEL.-

¿Qué crees que les pasa a todas estas tías? ¡Que se gastan muy pronto, chaval!

 

 

 

TONI.-

Pero también pueden encontrar en la vida alguien que las quiera no sólo para follárselas…

 

JAIME.-

Un pollafría como tú… ¿Te refieres a eso?

 

JUAN ALBERTO.-

Cuando seas un famoso novelista, vienes a buscarla y la sacas de la miseria.

 

         (Risas.)

 

TONI.-

Tú vendrás a buscarla cuando hayas vendido un millón de discos de esas «pachangas» horrorosas que compones….

 

         (Risas.)

 

JAIME.-

Entonces las tetas le pesarán ya más que a la gorda de antes.

 

JUAN ALBERTO.-

¿Cronometramos cuánto tarda en salir el sifilítico?

 

TONI.-

¡Coño, no digas esas cosas… !

 

JAIME.-

Ahora deben estar entrando en la habitación…

 

JUAN ALBERTO.-

Ahora se debe estar lavando en la palangana…

 

JAIME.-

¿Qué palangana?

 

JUAN ALBERTO.-

La palangana para… (Hace el gesto de lavarse sus partes.)

 

TONI.-

¡Iros a la mierda! Me tenéis hasta los huevos. ¡Me voy!

 

TODOS.-

¡Está enamorado! ¡Está enamorado!

 

         (Se marcha del bar. Oscuro.

Mientras tanto en un piso de la zona aristocrática de la ciudad la hermana de Juan Alberto -Rosa María- y dos amigas -María Angeles y Brigitte- vestidas de uniforme de colegio del Sagrado Corazón, están merendando un chocolate con bollos. La habitación está llena de detalles de decorador enamorado de la moda juvenil. Miran embobadas un cartel de los Beatles.)

 

MARIA ANGELES.-

¿Cuál de los cuatro os gusta más?

 

ROSA MARIA.-

George es el que tiene más personalidad (Señalando a John.) Este dicen que es el más inteligente.

 

BRIGITTE.-

Pero el más guapo es Paul. (Señalando a Ringo.) Ringo es el más legal.

 

MARIA ANGELES.-

Sí, Ringo es muy simpático… Tiene cara de bonachón.

 

ROSA MARIA.-

Paul es un poco soso y a mí no me gusta. Además se parece un poco a mi hermano.

 

BRIGITTE.-

¡Qué dices! Paul es mucho más guapo que tu hermano.

 

MARIA ANGELES.-

Pues a mí Juan Alberto me gusta mucho.

 

ROSA MARIA.-

A ti te gustan todos los hombres. ¡Hasta Torrebruno!

 

BRIGITTE.-

Pues yo, -¡envidia! ¡envidia!-, fui a verles actuar a Barcelona con mis hermanos mayores. Estuve en primera fila y pude echarle besitos. Me movía tanto y gritaba tanto que se fijó en mí y me guiñó un ojo varias veces.

 

MARIA ANGELES.-

¡Qué suerte que tienes! Ver a los Beatles en directo… Jolín. Y con tus hermanos mayores…

 

 

 

ROSA MARIA.-

Los chicos de nuestra edad son unos críos. Toni, que es el más mayor, acaba de cumplir los dieciseis años. El otro día le conté el chiste de Drácula y no entendió nada.

 

MARIA ANGELES.-

¿Qué chiste?

 

BRIGITTE.-

¿No lo saaaabes? (Rien.)

 

ROSA MARIA.-

¡No sabe el chiste de Drácula! ¡No sabe el chiste de Drácula!

 

BRIGITTE.-

¿Quieres que te lo cuente?

 

MARIA ANGELES.-

¡Va, sí, cuéntamelo…! Entre buenas amigas no debe haber secretos.

 

         (Rosa María y Brigitte se dicen algo a la oreja y se rien.)

 

ROSA MARIA.-

 Drácula, antes de marcharse de su castillo, le dice a su mujer: «Adiós, querida, hasta el mes que viene».

 

         (Brigitte y Rosa María vuelven a reirse.)

 

MARIA ANGELES.-

No os riáis tanto y acaba de contármelo…

 

ROSA MARIA.-

No, si ya está…

 

BRIGITTE.-

Se ha acabado.

 

MARIA ANGELES.-

¿Ya está…? Drácula le dice a su mujer…

 

ROSA MARIA.-

Antes de marcharse de su castillo…

 

 

 

MARIA ANGELES.-

«Adiós querida, hasta el mes que viene…» Pues yo, la verdad, no le veo la gracia… Lo encuentro una tontería.

 

ROSA MARIA.-

¿No lo entiendes?

 

BRIGITTE.-

Entonces… ¿ a tí todavía no te ha venido?

 

MARIA ANGELES.-

¿No me ha venido el qué?

 

         (Rosa María y Brigitte rien.)

 

ROSA MARIA.-

El mes, el periodo… ¡la regla!

 

BRIGITTE.-

La menstruación…

 

ROSA MARIA.-

¡La sangre!

 

MARIA ANGELES.-

Yo…yo, no… no, no. ¿Y qué es eso de la menstruación?

 

ROSA MARIA.-

(Va a buscar un libro. Cuando lo encuentra se lo enseña a las otras.) «Dar, diario de Ana María». (Leyendo.) «Dios ha preparado tu cuerpo para la maternidad, especialmente por medio de los órganos genitales».

 

BRIGITTE.-

(Irónica) Dios hace las cosas muy bien, no hay duda. ¿Lo llevabas muy escondido, eh, María Angeles?

 

MARIA ANGELES.-

¿El qué?

 

ROSA MARIA.-

Brigitte, con las cosas del sexo no se deben hacer bromas. Es algo muy serio.

 

 

 

BRIGITTE.-

(Provocativa) Eso es exactamente lo que tu madre le dice a tu padre cuando lo ve haciendo solitarios con estas cartas… (Enseña una revista «Play-Boy» que ha encontrado por la casa.)

 

MARIA ANGELES.-

Tu papá mira estas marranadas… ¿No le basta con ver a tu madre?

 

         (Rosa María continua leyendo avergonzada. Brigitte, sin que Rosa María se dé cuenta, irá señalando sobre el poster del «Play-boy» las zonas del cuerpo femenino que la pequeña de los Rocamora irá nombrando en su lectura del «Diario de Ana María».)

 

ROSA MARIA.-

«Situados en el bajo vientre, su centro está constituido por el útero y la matriz, llamado también «saco de la vida», en donde se desarrollará el feto. Es elástico, porque está destinado a dilatarse a medida que éste vaya creciendo. A continuación encontramos la vagina, en forma de pequeño conducto que llega hasta el exterior».

 

BRIGITTE.-

Y sobre la vagina está el clitoris que sirve para ponerse telegramas una misma… Tiqui, tiqui, tiqui… (Rie).

 

MARIA ANGELES.-

¿Qué dices?

 

ROSA MARIA.-

(Totalmente colorada. A Brigitte.) Estoy leyendo una definición científica, déjame acabar y no te las des de sabihonda.

 

         (Brigitte continúa riéndose.)

 

ROSA MARIA.-

(Alzando la voz): «A cada lado del útero y comunicados por dos canales llamados trompas están los ovarios. Son dos glándulas del tamaño de una almendra. Aquí es donde se forman los óvulos, que son unas células microscópicas vivas, como dos huevos pequeños sin…»

 

BRIGITTE.-

¿Eso es el libro de recetas de cocina de Simone Ortega o un manual de Geografía?

 

 

ROSA MARIA.-

«Aproximadamente cada veintiocho días se produce la maduración del óvulo. Este se desprende después de uno de los ovarios y pasando por la trompa se desliza dentro del útero donde se pega a la pared. Si durante el trayecto el huevo materno encuentra una célula masculina (denominada espermatozoide) es fecundada y comienza a formarse el feto.»

 

BRIGITTE.-

Es entonces cuando te sale el bombo, se enteran de que estás preñada y tus padres te echan de casa…

 

ROSA MARIA.-

«Si no, el óvulo muere rápidamente, se desprende de la pared donde estaba agarrado y es evacuado con un poco de sangre y algunos restos de mucosa… Este es el fenómeno natural que llamamos «regla». La niña está «formada»…

 

BRIGITTE.-

(Refiriéndose al poster con ironía): ¡Ya lo creo que la niña está formada! (Rosa María quiere quitarle el poster a Brigitte que acaba rompiéndolo) Deja de leer. ¿Pero qué te pasa? ¡Mira, se ha puesto blanca!

 

ROSA MARIA.-

¿Qué tienes?

 

MARIA ANGELES.-

Nada, me ha venido un mareo… Es que tengo la tripa delicada y con el chocolate…

 

         (Brigitte y Rosa María ríen.)

 

ROSA MARIA.-

¡Ui, ui, ui…! A lo mejor está a punto de venirte…

 

MARIA ANGELES.-

No, no lo creo.

 

BRIGITTE.-

Toma, por si las moscas… (Le da dos tampax.)

 

ROSA MARIA.-

¿Tu utilizas esto? Yo lo encuentro peligroso.

 

 

BRIGITTE.-

¿Peligroso? Es lo más higiénico. Puedes bailar, nadar, montar a caballo… Puedes moverte con agilidad y no notas nada.

 

ROSA MARIA.-

¿Y si se te queda dentro?

 

BRIGITTE.-

Es imposible. Lee bien las instrucciones. (Brigitte lee el prospecto.) «Respuestas a las preguntas que a veces se hacen las personas que comienzan a usar nuestros tampones. ¿Puede el tampón Tampax perderse o caerse?» Toma, lee.

 

         (María Angeles coge el Tampax y el prospecto.)

 

ROSA MARIA.-

Es que a tí tu madre, si te quedaras embarazada, no te diría nada porque como eres extranjera…

 

MARIA ANGELES.-

¡Ahora lo entiendo todo!. El verano pasado me di un golpe con el asiento de la bici y me hice sangre. Cuando mi madre se encontró la mancha en las bragas me preguntó, poniéndose completamente colorada, que qué era aquello. Le dije que no sabía y ella me dijo que no me preocupara, que cualquier día me lo explicaría. Ahora lo entiendo todo… (Carcajadas. María Angeles, inocente e iluminada.) Por cierto, ¿a qué chicos has invitado a la fiesta de mañana?

 

ROSA MARIA.-

Ya sabes que a nuestra casa sólo pueden venir los amigos de mi hermano.

 

BRIGITTE.-

¡Uf! ¡Esos críos! Siempre los mismos.

 

ROSA MARIA.-

A ver cuando nos presentas a los tuyos, nena.

 

BRIGITTE.-

Es que mis amigos se van a practicar moto-cross. Todos tienen moto, ¿sabéis?

 

ROSA MARIA.-

Pues mañana vendrá uno nuevo.

 

BRIGITTE.-

¿Ah, si?

 

ROSA MARIA.-

Un amigo de Toni que toca la guitarra eléctrica y va a formar un conjunto con mi hermano. Se llama Miguel.

 

BRIGITTE.-

¿Y cuántos años tiene?

 

ROSA MARIA.-

No lo sé. Pero parece mayor que los otros. Le sale un poco de barba y todo y lleva el pelo más largo que «los escarabajos».

 

BRIGITTE.-

¡Beatles! ¡Beatles! Escarabajos en inglés… Beatle quiere decir latir, palpitar,batir, llevar el ritmo con el cuerpo.

 

         (Pone un disco de los Beatles y comienza a bailar desenfrenadamente.)

 

MARIA ANGELES.-

Sí que se nota que eres extranjera.

 

         (Oscuro.)

 

         (Una triste calle con una farola de película de Hollywood. Toni, Miguel, Juan Alberto y Jaime bailan al ritmo de una música que procede de alguna ventana.)

 

TODOS.-

(Gritando a Toni): ¡Estás enamorado! ¡Estás enamorado! ¡Estás enamorado!

 

TONI.-

¿Y qué recambio amoroso habrá mañana en la fiesta para compensar mi frustración con Eva?

 

JAIME.-

Si, eso, eso… ¿Habrá putas?

 

MIGUEl.-

¡Ojalá! Estoy harto de nenas de colegio de monjas.

 

 

 

JUAN ALBERTO.-

Chavales, os preparo una buena sorpresa. Mañana vendrá Brigitte.

 

MIGUEL.-

¿Brigitte? ¿Otra boba del Sagrado Corazón?

 

JUAN ALBERTO.-

¿Qué dices…? Brigitte es completamente diferente. ¡Es francesa!

 

TONI.-

Se parece a la Brigitte Bardot. Tiene unos labios sensuales y carnosos como ella, y va vestida siempre con unos pantalones muy ajustados. Además tiene unas tetitas redondas y pequeñitas…

 

JAIME.-

¿Y tú como lo sabes?

 

TONI.-

Porque la vi en bikini en la playa este verano. Está muy buena pero es un poco creida.

 

JAIME.-

¡Ostras, en bikini una francesa tiene que estar de miedo!

 

MIGUEL.-

Bah, yo estoy harto de ver tías en pelotas. En la playa nudista de Los Orientales veo todas las tetas que me da la gana.

 

JAIME.-

¿Y cómo las ves si no dejan entrar a los hombres en esa playa?

 

MIGUEL.-

Con unos prismáticos, desde la terraza de mi casa…

 

JAIME.-

«Corta y rema». No presumas tanto que ya sabemos que vas de sobrado por la vida. Sí. Brigitte es una tía «sotisficada».

 

TONI.-

¡Sofísticada, tonto! ¿Y además de tu hermana y Brigitte qué más tías vendrán?

 

JUAN ALBERTO.-

Trataré de que vengan dos o tres más. Seguramente vendrá también Maria Angeles.

 

JAIME.-

¡Ostras! ¡Cojonudo! María Angeles es una calentorra. Me han dicho que se deja hacer de todo.

TONI.-

Es una niña todavía. ¿Quién te ha dicho eso?

 

JAIME.-

Mi amigo Angelito Vallejo.

 

TONI.-

Vallejo es un bocazas que no se come una rosca. Una «alemanita» y gracias.

 

JAIME.-

¿Sale con una alemana?

 

TONI.-

Con una «Ale-manita».

 

         (Hace el gesto de hacerse una paja. Todos ríen.)

 

MIGUEL.-

Ya veremos mañana lo que se deja calentar María Angeles. No os pongáis cachondos antes de tiempo.

 

JUAN ALBERTO.-

¿Traerás la guitarra eléctrica?

 

MIGUEL.-

No. Ya no tengo guitarra. Me despacharon de la pastelería Tupinamba porque las señoras decían que encontraban pelos en las ensaimadas. He tenido que devolverla. No podía pagar las letras.

 

JUAN ALBERTO.-

Pues yo le he dicho a mi hermana que mañana llevarías la guitarra y que tocaríamos juntos. Si apruebo mi padre me comprará una, pero mientras tanto…

 

JAIME.-

Yo pensaba llevar una batería «mini-twist» de mi primo Juanjo Rivas, pero sin guitarra eléctrica no hacemos nada.

 

MIGUEL.-

Yo llevaré la acústica y unos discos que ha comprado Daniel Mengod en Inglaterra. ¡Veréis qué música! Un conjunto mejor que los Beatles.

 

JUAN ALBERTO.-

¿Mejor que los Beatles? Eso es imposible. ¿Cómo se llaman?

 

MIGUEL.-

¡The Rolling Stones!

 

JUAN ALBERTO.-

A eso no los conocen ni en su casa a la hora de comer.

 

MIGUEL.-

Allí son más famosos que los Beatles. Lo que pasa es que en este país las noticias siempre llegan tarde. Mañana los oiremos. Adiós, y no os la peléis mucho a la salud de Eva…

 

JAIME.-

Como dice el Padre Gracia, si os hacéis muchas pajas, os quedaréis calvos y os saldrán granos. Mañana a las cinco en casa de este mariquita. (A Miguel.) ¿Sabes dónde está?

 

TONI.-

Ya te lo diré yo.

 

JUAN ALBERTO.-

Adiós, chicos, hasta mañana. Traed discos y si conocéis alguna tía buena, también.

 

JAIME.-

Te acompaño.

 

         (Se quedan solos Toni y Miguel. Oscuro. Las chicas están acabando de bailar.)

 

MARIA ANGELES.-

Bailáis muy bien.

 

ROSA MARIA.-

Es que hacemos ballet.

 

BRIGITTE.-

Yo en Francia hacía ballet acuático… Pero me gusta más bailar lento. Saber conducir, saber nadar y, sobre todo, saber bailar, son las condiciones que yo le pido a un hombre…

 

MARIA ANGELES.-

Y entender el chiste de Drácula. Mira que eres superficial…. (Rien.)

 

 

 

ROSA MARIA.-

A mí no me gusta bailar lento. Nunca sabes si lo que quieren los chicos es bailar o arrimarse de forma descarada. Muchos se pasan de listos. Primero, disimuladamente, te acarician el pelo, como si vieran volar una mosca. Después, van bajando por la espalda y siguen mirando la mosca. Y ¡plof!, de pronto notas que te están tocando el culo. Entonces se les olvida la mosca y empiezan a darte besitos en el cuello…

 

BRIGITTE.-

Esas cosas sólo las hacen los críos, los que no saben por donde se llega más rápidamente al culo. Los adultos de verdad utilizan el baile como precalentamiento. Lo bueno viene después.

 

MARIA ANGELES.-

La primera vez que bailé lento con un chico noté como le crecía un bulto muy raro en los pantalones. Tuve que decirle: por favor, ¿te puedes poner el paquete de tabaco en otro sitio? Y él se puso completamente colorado. (Ríen todas.) ¿De qué os reís, bobas? Yo hasta hace un año creía que los huevos de los chicos eran unas boletas que tenían debajo de la tripa, como si tuvieran una huevera. (Más risas.) Como ni mi madre ni mi padre me habían explicado nada, y como tampoco tengo hermanos mayores…

 

ROSA MARIA.-

Tienes que leer el «Diario de Ana María». Ya verás como se te aclaran muchas dudas. Mañana estrenaré una minifalda como ésta.

 

         (Enseña una foto de una famosa cantante de rock.)

 

MARIA ANGELES.-

¿Tan corta?

 

ROSA MARIA.-

No, tan corta no. Medio palmo sobre la rodilla.

 

BRIGITTE.-

Entonces no es una minifalda de verdad. Una minifalda como es debido, tal y como las llevan en Londres, llega más o menos por aquí.

 

         (Señala dos palmos por encima de la rodilla.)

 

 

MARIA ANGELES.-

¡Ostras, pero entonces se te vé todo!

 

BRIGITTE.-

Claro. La gracia está en enseñar la «combi».

 

ROSA MARIA.-

Sí, a mí me gusta ir bien vestida por debajo, como mi madre. Tiene unos picardías increibles… ¿Queréis verlos?

 

BRIGITTE.-

¡Sí, sí!

 

         (Rosa María va a buscarlas. Brigitte y María Angeles se dicen algo al oido y ríen. Entra Rosa María con las picardías.)

 

BRIGITTE.-

¡Venga ya! Tu madre se debe parecer a Sarita Montiel con estas gasas negras.

 

ROSA MARIA.-

Mi madre no está tan celulítica, querida.

 

BRIGITTE.-

(Poniéndose una sobre el uniforme y haciéndose la voluptuosa.) En francés se llaman «negligées». Parece que vas desnuda cuando te los pones…

 

MARIA ANGELES.-

Venga chicas. Mira que sois verdes. Si os oyera mamá…

 

BRIGITTE.-

El otro día fuí con pantalones al cole y la Madre Prefecta me llevó al despacho de la Superiora. Me dijo que debía llevar el uniforme, que daba mal ejemplo y que me expulsarían si me los volvía a poner. Que si creía que esto era Francia estaba muy equivocada.

 

MARIA ANGELES.-

Desde luego tienes una fama… Aquel día que fue a buscarte ese chico rubio en una moto no quieras saber los comentarios que hubo. Con el viento se te veía todo y la madre Socorro dijo que si te encontrabas a alguien por la calle que conociera el uniforme del Sagrado Corazón le darías mala fama al colegio.

 

 

 

BRIGITTE.-

Precisamente por eso a partir de ahora me voy a poner pantalones. Estoy harta de los putos uniformes y de todas vosotras que sois unas hipócritas. ¿Ya no os acordáis cuando íbamos a la puerta del Colegio de los Jesuitas y os entraba la vergüenza cuando salían los chicos y os escapábais corriendo? Erais unas cortadas y unas reprimidas.

 

ROSA MARIA.-

De eso hace dos años. Todavía éramos unas crías.

 

BRIGITTE.-

Y tú, María Angeles, ¿ya no vas con ese chico de las gafas?

 

ROSA MARIA.-

¿Ahora sales con uno de gafas? Los chicos con gafas no me gustan. Me gustaba más aquel que me presentaste. Fredy, se llamaba.

 

BRIGITTE.-

¡Caray! ¡Cuántos novios! ¿Y sales con todos? ¡Qué calladito te lo tenías!

 

MARIA ANGELES.-

No es verdad. Soy mujer de uno sólo. Creo en la fidelidad y en el amor. Me gusta que nos cojamos de las manos, que nos acariciemos… Aunque al final siempre pasa lo mismo. La mayoría son unos mentirosos y lo único que les interesa es aprovecharse de nosotras, y tocarnos lo que puedan, como si fuéramos unas guitarras, pasarnos los dedos por todas partes, hacer clinc-clinc, y ya está…

 

ROSA MARIA.-

¡Mujer! No puedes dejarles hacer todo eso el primer día. Hay que enseñarles la zanahoria y después, poco a poco… Si vas más deprisa se piensan que eres una chica fácil. Yo, por ejemplo, no me dejo besar hasta después de una semana, y otras cosas después de un mes como mínimo, depende de si el chico me gusta más o menos… (Un poco cortada con su propia sinceridad.) Ejem… Bueno, es tarde y tenemos que ordenar todo esto. Si viene mi madre y nos encuentra con los «negligées» se va a poner echa una furia. Y además, Brigitte habla demasiado a menudo sobre este tama. Pienso que mi hermano tiene razón cuando dice que todas las extranjeras son unas frescas.

 

BRIGITTE.-

Lo dice porque él es un salido mental de tomo y lomo.

 

 

 

MARIA ANGELES.-

Venga, no os peleéis, que si Brigitte no viene a la fiesta no estaremos emparejados.

 

BRIGITTE.-

No te preocupes, María Angeles, que mañana no faltaré. No tengo nada mejor que hacer. Y ahora me voy, que me está esperando el chico de la moto. ¡Rabia, rabia, rabia, Rosa María! ¡Hasta mañana!

 

         (Se quedan solas Maria Angeles y Rosa María.)

 

ROSA MARIA.-

¿Me ayudas a guardar los «negligées»? A esta chica me parece que no voy a invitarla nunca más. Es una creida.

 

MARIA ANGELES.-

No te enfades con ella. Tiene un pensar y unas costumbres muy diferentes a las nuestras.

 

         (Oscuro. Miguel y Toni en la calle.)

 

MIGUEL.-

¿Tú crees que vale la pena ir mañana por la tarde a casa de Juan Alberto? Yo prefiero pasarme los domingos tocando la guitarra. Estoy harto de fiestecitas con niñas calientabraguetas.

 

TONI.-

Yo también estoy harto.

 

MIGUEL.-

¡Hostia, si viniera Eva! ¿Porqué no la traes?

 

TONI.-

Los domingos es el día que gana más dinero. Hoy me ha dicho que van a llegar dos nuevos batallones de soldados destinados a la Base Americana. Además, Eva se encontraría un poco desplazada entre unas tías tan bobas. Ella va al grano.

 

MIGUEL.-

¿Son tan estrechas estas pijas?

 

TONI.-

Depende. Yo diría que Brigitte, por ejemplo, ya no es virgen. La he visto en la playa con tíos de veinticinco años con descapotable, monitores del naútico, disc-jockeys, etc. Y esa gente no se conforma con cualquier cosa.

 

MIGUEL.-

¡Chico, pareces su representante!

 

TONI.-

Te lo decía porque creo que te la puedes beneficiar si te empeñas. Es extranjera y sabe tocar la guitarra. (Hace un gesto obsceno.)

 

MIGUEL.-

¿Tiene novio?

 

TONI.-

No creo, pero Juan Alberto se la quiere ligar desde hace tiempo.

 

MIGUEl.-

(Ríe) Podemos estar tranquilos. Ese idiota liga menos que un monaguillo en un sex-shop.  ¿Y qué hacéis en las fiestas? ¿Jugar al  «baile de la escalera», al «juego de la verdad», a «las parejas famosas», «el streap-poker» o…?

 

TONI.-

Pues más o menos… Oye, ¿qué es eso del «streap-poker»?

 

MIGUEL.-

Un juego que ha puesto de moda el cantante de los Rolling Stones que es un figura.

 

TONI.-

¿En qué consiste?

 

MIGUEL.-

Es un juego de rockeros americanos que Mike Jagger ha traido a Inglaterra. Me lo ha contado mi hermano y a menudo jugamos en el barrio.

 

TONI.-

¿Y cómo se juega?

 

MIGUEL.-

Es como un poker normal en el que también juegan tías. El que pierde se va quitando ropa… hasta que se queda completamente en pelotas.

 

TONI.-

¡Uauh! Pero me parece que estas niñitas no saben jugar ni al siete y medio.

 

MIGUEL.-

¿Te imaginas a la francesa en bragas y sujetador?

 

 

TONI.-

Calla, cachondo mental.

 

MIGUEL.-

¿Cachondo yo? Pues anda que tú, que todo el día te la estás pelando a la salud de Eva…

 

TONI.-

(Riéndose) Eva es únicamente la fuente de mi inspiración poética…

 

MIGUEL.-

(Riéndose). Sí, de cojón… ¡Qué romántico!

 

TONI.-

Yo cuando me la pelo me inspiro en las tías que me gustan: la almohada del salón pude ser la piel de Eva, de Carmen, de Monse…

 

MIGUEL.-

¡Qué imaginativo!

 

TONI.-

Y mañana estarán todas juntas. ¡Podremos magrear con todas a la vez! ¡Hacer una cama redonda! ¡Mua! ¡Mua!…

 

MIGUEL.-

Ya empiezas a alucinar…

 

TONI.-

¡Mañana será la mejor fiesta de nuestra vida! Ya que no tenemos dinero para irnos de putas… (Se queda pensativo.)

 

MIGUEL.-

¡Ni cojones, chaval!

 

TONI.-

¡Ya está! ¡Jugaremos a las putas, a irnos de putas!

 

MIGUEL.-

¡O.K. baby, explícate ya!

 

 

TONI.-

¡Transformaremos la casa de Juan Alberto en una casa de citas, en un burdel de lujo, un «meublé» de película.!

 

MIGUEL.-

Si, y la madre de Juan Alberto hará de «Madame Claude»

 

TONI.-

Sus padres no estarán. A ellos les gusta hacerse los modernos y, demostrar la confianza que tienen en sus hijos dejándolos solos. ¡Y esa casa sin padres puede ser una virguería china! Un bar con whisky, canapés, wodka, martinis, una barra de verdad, sofás por todas partes, luces indirectas, un estéreo cuadrafónico… Sé hasta donde tienen guardada una colección de «Play-boy»s… Y finalmente la estatua de una negra en pelotas… Lo que te digo: ¡de película de James Bond, chaval!

 

MIGUEL.-

Por lo menos tenemos asegurado que nos tiraremos a la estatua. Algo es algo. ¿Tienen mucho dinero en casa de Juan Alberto?

 

TONI.-

¡!Uf! ¿Los Rocamora? Son la familia más influyente de la ciudad. El señor Rocamora es muy amigo del ministro Fraga Iribarne. O por lo menos es lo que dice Juan Alberto. ¡La flor y nata!

 

MIGUEL.-

Lo que habrán nacido es con la flor en el culo, y a tí te van a dar por ahí cuando se enteren de que a su hija quieres hacerle un trabajito.

 

TONI.-

Son muy europeos y quieren demostrar que están abiertos a los nuevos tiempos.

 

MIGUEL.-

Eso ya lo veremos. Dame más detalles sobre este juego, macarra…

 

TONI.-

Lo organizaremos con mucha discrección. Les diremos que hagan de putas, o de «call-girls», que suena mejor. Que se pinten y se vistan provocativamente, como las francesitas de «Salut les Copains». Seguro que se apuntan. Me imagino a Brigitte… ¡uf!, en una habitación sola… y todos haciendo cola para estar con ella. Mientras uno está con Brigitte los demás cronometraremos… Cinco minutos… sólo cinco minutos con cada una y que cada cual haga lo que pueda… Me parece que yo le sugeriré que se deje pintar con purpurina como la tía del Goldfinger... sólo con un triángulo sin pintura en la entrepierna, para que la piel pueda respirar… ¡Uf!, ya me lo imagino…¡Fantástico, excitante, trempador! ¿Te gusta la idea?

 

MIGUEL.-

¡Ya estás borracho! Por cierto: ¿y si les echamos algo en el whiky? He oido que hay unas pastillas que…

 

TONI.-

No digas animaladas. Las emborracharemos, sí, pero con nuestras canciones. Tú llegas como si nada,  con las gafas negras, le pillas la cazadora de cuero a tu hermano, la guitarra bajo el brazo, desenfundas, cantas, improvisas. Jaime, Juan Alberto y yo haremos el acompañamiento. Si con esto no las hemos dejado secas te marcas un rock con Brigitte y al huerto. ¡Seguro! Entonces yo voy y propongo el juego. La única condición es que me dejes un trocito de francesa…

 

MIGUEL.-

Venga tío, que alucinas más que George Harrison en la India…

 

TONI.-

Estas chicas, después de pasarse toda la semana cantando el «Venid y vamos todas con flores a María», necesitan domingos con marcha palillera. ¡Guau!.

 

MIGUEL.-

«Corta y rema que vienen los vikingos»

 

TONI.-

Hasta mañana a las cuatro y media delante del Elíseos. Esto va a ser… ¡chachipiruli!.

 

         (Oscuro. La escena se divide en seis espacios que se irán iluminando y apagando según las imágenes. Todos escuchan la radio en sus casas.)

 

         (Primera imagen: Miguel con la guitarra en las manos.)

 

SINTONIA DE RADIO.-

«¡Clinsnc-clonc!»  Son las once en punto de la noche. Discos en Radio Juventud.

 

         (Entra «Qué noche la de aquel día», de los Beatles.)

 

 

 

VOZ DEL LOCUTOR.-

«No sé que pasa pero lo veo todo negro… Chicos, estoy rodeado de pelo. Ye-yés, posiblemente no me volveréis a oir. Presiento una batalla fuerte. Sí, los Rolling Stones son más, pero ¿podrán contra los Beatles? Aquí estamos todos neurasténicos. Si Jagger no deja de pegarle a McCartney, voy a tener el diecinueve ataque de nervios».

 

         (Entra «19 TH Nervous Breakdown» de los Rolling Stones. Miguel sigue la música con la guitarra.)

 

         (Segunda imagen: Jaime en la cama haciendo pacientemente un «escobidou».)

 

JAIME.-

Yo sé que este regalo te gustará, Rosa María.

 

         (Tercera imagen: María Angeles leyendo el «Diario de Ana María».)

 

MARIA ANGELES.-

«Evidentemente esta unión pueden también realizarla un hombre y una mujer que no estén casados, únicamente por el placer físico que produce. Entonces se convierte en una espantosa parodia del verdadero amor, que atenta gravemente contra el plan de Dios…»

 

VOZ DEL LOCUTOR.-

«Chicos, no aguanto más. Muñeca, prepara el coche que nos vamos. ¿Sabes conducir?»

 

VOZ DE OTRO LOCUTOR.-

(Parodiando una voz femenina.) «Sí».

 

VOZ DEL LOCUTOR.-

«Pues conduce mi coche»

 

VOZ DEL OTRO LOCUTOR.-

«Drive my car».

 

         (Entra «Drive my Car», de los Beatles.)

 

 

         (Cuarta imagen: la habitación de Rosa María.)

 

         (Se está probando unos sujetadores llenos de algodón, y haciendo posturitas delante del espejo. Entra su hermano Juan Alberto.)

 

JUAN ALBERTO.-

Escucha, Rosa María, están haciendo en la radio un programa sobre los Beatles y un nuevo conjunto… Pero, ¿qué haces?

 

         (Quinta imagen: habitación de Brigitte; Brigitte mirando un poster de James Dean.)

 

BRIGITTE.-

(Dramatiza la traducción de la canción de los Beatles.)

 

         «Hijo mío, ¿es que no me ves?

         Quiero ser famosa, una estrella de la pantalla.

         Pero puedes hacer alguna cosa mientras tanto:

         conducir mi coche.

         Sí, quiero ser una estrella.

         Puedes conducir mi coche, chico.

         Y tal vez así te pueda querer.»

 

         (Continúa sonando «Drive my Car»)

         (Sexta imagen: Habitación de Toni. Escribe en su diario.)

 

TONI.-

«Sábado, diecisiete de Noviembre de mil novecientos sesenta y seis. Si tuviera una moto ligaría con Brigitte, pero, de momento, tengo suficiente con mis fantasías. Brigitte me gusta pero no estoy enamorado. Me gusta su cuerpo y mañana seguro que podré acariciarlo… Le daré besos en esos labios carnosos que me recordarán los de Eva. Me gustaría expresar exactamente cómo quiero a Eva. Cuando la veo soy tan feliz que no me doy cuenta de nada más. Si pudiera, me casaría con ella. Es una burrada, es imposible, ya lo sé, pero es así. Qué feliz sería con Eva en un bosque verde, con una suave brisa y ella entre mis brazos, escuchando una canción de los Beatles»

 

         (Ruido de motos en la radio.)

 

VOZ DEL LOCUTOR.-

«Si preguntan por mí, estoy en las Bahamas. Recoged a los muertos, limpiad el estudio. Ja, ja, ja, estáis todos locos. Y no te preocupes, gafitas, ella te quiere. Ha sido la noche de un día fatigoso, qué noche, mis niños, qué noche…».

 

         (Vuelve a entrar «A Hard Day’s Nigth», de los Beatles. Oscuro.

         Casa de los Rocamora. Salón, decoración ostentosa y neocapitalista. Una barra de bar, luces indirectas, un estéreo y, en un rincón, la estatua de una negra desnuda que sirve de aparato de luz. Brigitte está dejando a todos fascinados con su forma de bailar.)

 

JUAN ALBERTO.-

Bailas de puta madre, Brigitte.

 

BRIGITTE.-

Sí, me lo dicen todos.

 

JUAN ALBERTO.-

En la discoteca, bailando como las «go-go girls» parecía como si estuvieras en lo alto de una nube.

 

JAIME.-

Bailando se puede llegar al «Paropismo».

 

MARIA ANGELES.-

Te pareces a la abuela de la familia Ulises. Se dice paroxismo. He leido en una revista que un médico de Londres dice que hay una relación causa-efecto entre bailar estos ritmos de moda y la excitación sexual.

 

ROSA MARIA.-

¡Pareces un lorito!

 

BRIGITTE.-

Sí, es su manera de liberarse: cotorreando.

 

JUAN ALBERTO.-

(Pone «Michelle».) Yo conozco otra manera de liberarse y también bailo muy bien… ¿Bailas, «baby»?

 

BRIGITTE.-

¿Con quién?

 

JUAN ALBERTO.-

Conmigo. No querrás que baile con mi hermana.

 

         (María Angeles está triste porque nadie la saca a bailar.)

 

 

MARIA ANGELES.-

(Coqueta) ¿Quieres bailar conmigo, Jaime?

JAIME.-

Es que yo…

 

MARIA ANGELES.-

Si tienes tantas dudas, nada, déjalo…

 

         (Jaime mira a Rosa María y le guiña el ojo. Se pone a bailar con María Angeles.)

 

JAIME.-

Perdona si te piso… Es que a mí esto no se me da muy bien…

 

         (Comienza a tararear «Michelle» y a dar vueltas como un ventilador. María Angeles se le agarra muy fuerte y Jaime, que está delante de Rosa María, se aparta.)

 

JUAN ALBERTO.-

Bien, nena, ¿bailas conmigo o no?

 

BRIGITTE.-

Es demasiado pronto para bailar lento, todavía no me apetece.

 

JUAN ALBERTO.-

¡Vamos, a bailar…!

 

         (Jaime va rápidamente a instalarse al lado de Rosa María.)

 

BRIGITTE.-

¿Y ya estamos todos…?

 

JUAN ALBERTO.-

¿No tienes suficiente conmigo?

 

BRIGITTE.-

(Ríe.) ¿Y Miguel? ¿No va a venir Miguel?

 

JUAN ALBERTO.-

¿Cómo lo sabes? ¿Tú conoces a Miguel?

 

BRIGITTE.-

Sí, ese chico que toca tan bien la guitarra eléctrica.

 

JUAN ALBERTO.-

No creo que te guste. Es un chaval sin clase, sin estudios. Incluso ha tenido que devolver la guitarra porque no tenía dinero para pagarla. A mí, mi padre me comprará una cuando apruebe la reválida.

 

BRIGITTE.-

Pues tu hermanita me ha dicho que tocarías con ese grupo. ¿Cómo os vais a llamar?

 

JAIME.-

(Que ha oido la conversación.) ¡Los Cucos!.

 

JUAN ALBERTO.-

¡Eh, chaval, que todavía no está decidido! Nos llamaremos Los Pulpos.

 

BRIGITTE.-

No está mal pensado… Con los tentáculos que tienes… ¡Quieto, niño, quieto!.

 

         (Llaman.)

 

MARIA ANGELES.-

Voy a abrir.

 

         (Se escuchan voces que proceden del recibidor.)

 

MARIA ANGELES.-

¡Toni y su amigo!

 

TONI.-

¡Hola! Perdonad el retraso pero por los alrededores de la Facultad de Medicina, todo estaba lleno de polis. Había una manifestación de estudiantes que pedían un sindicato democrático…

 

JAIME.-

Serían comunistas. ¿A que gritaban ¡»Viva Rusia»!?.

 

ROSA MARIA.-

No sé como puede haber gente así. Mi padre dice que aquí se vive mejor que en ningún sitio. Por ejemplo en Rusia todo el mundo va vestido igual. ¿Os imagináis que fuéramos todos siempre vestidos de acomodadores, o de bomberos, o de enfermeras…?

 

TONI.-

¿El señor Rocamora también dice que los comunistas tienen rabos y cuernos?

 

 

 

BRIGITTE.-

En este país estáis muy atrasados. Cuando el otro día fui a ver a los Beatles a Barcelona me puse a bailar y un gris hizo que me sentara y me callara, diciéndome que no me moviera de la silla, que esto era España.

 

JAIME.-

No empecemos a hablar de política.

 

MARIA ANGELES.-

¿Nos presentas a tu amigo?

 

         (Toni les presenta a Miguel.)

 

BRIGITTE.-

(Dándole un beso en la mejilla.) ¡Hola!

 

MIGUEL.-

¿Tú eres la famosa Brigitte, la francesa?

 

JAIME.-

¿A que se parece a Brigitte Bardot?

 

BRIGITTE.-

¡Me ha copiado hasta el nombre la cerda! (Ríe.)

 

MIGUEL.-

Está claro, siempre existe un modelo para todo. (Señalando a Jaime.) Este, por ejemplo, es clavado a Oliver Hardy.

 

JUAN ALBERTO.-

Te esperábamos para empezar a tocar.

 

MIGUEL.-

¡No tengas tanta prisa! ¿Tenéis combustible para ponerme en órbita?

 

TONI.-

Un bar con whisky, canapés, wodka, martinis…

 

MIGUEL.-

¿Y la negra en pelotas donde está? (Mirando a las chicas.)

 

TONI.-

Allí. Mira como nos sonríe provocativamente. Su lúbrica mirada es el anuncio inequívoco de la desenfrenada orgía que viviremos a continuación…

 

JAIME.-

¡Cómo se nota que eres escritor! ¡Pico de oro!

 

         (Los chicos van cogiendo bebidas del bar.)

 

JUAN ALBERTO.-

¡Tened en cuenta que mi padre señala con una rallita el nivel de todas las botellas!

 

TONI.-

¡Venga, tío, no seas tan rácano que tenéis más dinero que Rockfeller! ¿»Chivas», «Caballito Blanco», un combinado…?

 

ROSA MARIA.-

Mi madre me ha dicho que no tocásemos el whisky. Sólo las coca-colas y como máximo un poquito de ginebra.

 

         (Toni se sirve como si estuviera en su casa.)

 

JAIME.-

Yo quiero un «harakiri».

 

BRIGITTE.-

¡Se dice un «daikiri», pasmao! Venga, tocad ya.

 

JAIME.-

Voy a calentarme un poco. (Sube a la batería mini-twist) ¡Y después haré unos redobles que ni Ringo Star!

 

JUAN ALBERTO.-

No te animes mucho que siempre nos haces perder el compás.

 

MIGUEL.-

¿Qué tocamos?

 

JUAN ALBERTO.-

«Ticket to ride».

 

ROSA MARIA.-

¡Bien!. Como nos sabemos la letra de la versión de Los Mustang podemos cantarla juntos.

 

JAIME.-

¿Improvisamos un poco para entrar en calor?

 

JUAN ALBERTO.-

(Mirando a Brigitte.) Yo ya estoy bien caliente. (Comienzan a improvisar.)

 

 

 

JAIME.-

«¡Hellow, chicos!, ¡hellow, chicas!… Os vamos a ofrecer un poco de ritmo… ¿Estáis preparados para soportarlo? Con vosotrossss… ¡Los Cucos!»

 

MARIA ANGELES.-

¿Porqué Los Cucos?

 

JAIME.-

Porque cuando te dejas llevar por el ritmo, te mueves así, como los cucos. (Se mueve peristalticamente.)

 

JUAN ALBERTO.-

Si nos vamos a llamar Los Cucos me largo.

 

ROSA MARIA.-

¡Es un nombre feísimo.!

 

JUAN ALBERTO.-

«Con vosotrosss…  Paul McCartney colaborando con Los Pulpos»

 

MIGUEL.-

¡Venga, va! El nombre es lo de menos, lo que importa es hacer buena música. ¡One!, ¡Two!, ¡Three!

 

JAIME.-

Primero debemos hacer las presentaciones.

 

TONI.-

¡Cada día te pareces más a Matías Prats!.

 

JAIME.-

¡Johny Rocamora a la guitarra rítmica…! ¡A la guitarra solista, Mike MacCarra…! ¡ Al bajo, Toni Star! ¡Y James Taylor, a la batería…! ¡Con vosotrossss,… Los Pulpos!

 

         (Suenan los primeros acordes de «Ticket to ride». Las chicas gritan, bailan y cantan. Toni mira escépticamente.)

 

 

MIGUEL.-

¡Bah! Parece una canción de campamento… Escuchad  ahora esto.

 

         (Comienza a tocar «Satisfaction»)

 

BRIGITTE.-

¿De quién es esta canción?

 

MIGUEL.-

De los Rolling Stones.

 

BRIGITTE.-

Ah, está claro. Tú te llamas Mike como el cantante de los Rolling…

 

MIGUEL.-

Yo soy más alto, «baby».

 

         (Poco a poco, bien o mal, van entrando en la música. Brigitte se pone a bailar desenfrenadamente.)

 

JUAN ALBERTO.-

Yo prefiero estas canciones de campamento como las llamas tú a las canciones de negros. Son demasiado salvajes para mí.

 

ROSA MARIA.-

¡Parece una jaula de grillos!

 

BRIGITTE.-

Eso es lo que diría tu madre, nena. Te pareces cada día más a la señora Rocamora.

 

MIGUEL.-

«Out of time, baby».

 

ROSA MARIA.-

¿Cómo?

 

BRIGITTE.-

Que estás fuera de este tiempo, nena.

 

ROSA MARIA.-

Sois más modernos que yo. Lo reconozco. A mi me gustan las canciones, canciones. No los rugidos de la selva.

 

 

 

MIGUEL.-

Pues, chati, al fin y al cabo vuestros queridos Beatles han copiado los ritmos del «blues» de los negros americanos.

 

ROSA MARIA.-

Pero son más dulces…

 

JUAN ALBERTO.-

Menos pachangueros. ¡Tom, tom, tom! Eso es muy fácil.

 

         (Hace una parodia de «Satisfaction».)

 

MIGUEL.-

Los Beatles son tan empalagosos que hasta empiezan a gustarle a mi madre. Suenan como la escolanía del Colegio del Salvador.

 

TONI.-

No os enfadéis. Eso, como todo, es un problema social. Económico finalmente. La superestructura ideológica es…

 

JAIME.-

¡Corta el rollo! ¿Qué tienen que ver la música y la política? ¡Siempre lo mezclas todo! ¡Qué caso!

 

TONI.-

Porque todo va unido. ¿Sabéis que los Beatles han sido condecorados por la Reina de Inglaterra con la Orden del Imperio Británico?

 

MARIA ANGELES.-

En una revista los he visto retratados con el Primer Ministro Harold Wilson.

 

ROSA MARIA.-

¡Son unos señores!

 

MIGUEL.-

En todo caso unos señoritos de mierda.

 

TONI.-

Los utilizan para que el partido laborista dé una imagen más moderna y porque llevan mucho dinero a su país.

 

JAIME.-

Pues aquí podían hacer lo mismo con el Duo Dinámico…

 

         (Todos ríen.)

 

TONI.-

Jaimito, no entiendes nada.

 

MIGUEL.-

Los Beatles no tienen nada que hacer. ¿Sabéis lo que dijeron los periódicos ingleses cuando salieron los Rollings? «Los Rolling representan todo lo que los padres no quieren que sean sus hijos…»; Por eso, yo me siento un Rolling. Además, la música de los Beatles sólo vale para hacer manitas. La de los Rolling para ir directamente al grano.

 

ROSA MARIA.-

Mira que eres basto. ¿Cómo puedes decir eso de tus padres? Yo quiero mucho a los míos. Mis padres son modernos.

 

TONI.-

¿Modernos los Rocamora? Pues el otro día bien que le dijo tu madre a Juan Alberto que si no iba al peluquero no le compraba la guitarra.

 

ROSA MARIA.-

Es que parecía un gitano con el flequillo tapándole los ojos.

 

MIGUEL.-

(Tarareando.) «La neurastenia…!

 

TONI.-

Debe ser una canción de los Rolling.

 

BRIGITTE.-

¡Vamos, chicos, hagamos algo divertido!.

 

ROSA MARIA.-

Juguemos al juego de la verdad que estamos muy agresivos y puede ser muy chuli.

 

         (Brigitte bosteza con cara de fastidio.)

 

MIGUEL.-

¡Sí, eso es! (Acordándose de lo convenido con Toni.) Toni: cuéntales el juego que te has inventado.

 

TONI.-

(Haciéndose de rogar.) No creo que sea el momento.

 

BRIGITTE.-

¡Va, sí, explícalo!

 

TONI.-

No sé si estáis preparados.

 

JAIME.-

No te hagas ahora el interesante.

 

JUAN ALBERTO.-

Desde luego, macho, hoy estás estupendo…

 

TONI.-

Es un juego para gente adulta y aquí… Ya sabéis que el que juega con fuego, termina quemándose.

 

BRIGITTE.-

Y el que con crios se acuesta mojado se levanta.

 

ROSA MARIA.-

Siempre pensando en lo mismo… (Todos ríen.)

 

TONI.-

¡De eso se trata: de acostarse!.

 

ROSA MARIA.-

¡Ah, no! Mi madre me ha dicho que no entremos en los dormitorios.

 

TONI.-

De eso también se trata: de dormitorios… ¡Camas, necisitamos camas!

 

LOS CHICOS.-

(Excitadísimos.) ¡Necesitamos camas! ¡Necesitamos camas!

 

TONI.-

¡Porque hoy…, hoy jugaremos a… irnos de putas!

 

ROSA MARIA.-

¿Putas? ¿Pensáis traer fulanas aquí? ¡Ni hablar!

 

TONI.-

Tranquilas, chicas, tranquilas. Quiero decir que jugaremos al «Call-girls game».

 

 

 

MARIA ANGELES.-

¿Qué quieres hacer, Toni? ¿Y si con estos juegos nos quedamos embarazadas?

 

TONI.- Sólo es una variante del juego de la verdad, pero más práctico y directo. Con el juego de la verdad sabemos quien tiene ganas de estar aquí, qué chico o que chica nos gusta, etc, pero todo se queda en palabras. Es un juego de niños reprimidos. ¿Sabéis lo que quiere decir reprimidos?

 

BRIGITTE.-

Yo sí.

 

JAIME.-

¡La que lo sabe todo!

 

TONI.-

Pues el «Call-girls game» es un juego más práctico porque cada uno puede hacer lo que le apetece y listos. Sin represiones ni vergüenzas.

 

BRIGITTE.-

(Muy interesada.) Explícate de una vez.

 

TONI.-

Vosotras, las chicas, hacéis de «call-girls». Ya os podéis ir preparando para representar vuestro papel de putas.

 

BRIGITTE.-

A mí me gusta mucho representar papeles.

 

ROSA MARIA.-

Me parece que no tendrás necesidad de representar nada. Harás de tí misma y vale.

 

BRIGITTE.-

¡Eres una estúpida!

 

TONI.-

Ya sabéis lo que tenéis que hacer: os ponéis tan vistosas y provocativas como las chicas del «Salut les Copains». Nosotros seremos los clientes e iremos a vuestra habitación, y allí que cada cual haga lo que pueda durante cinco minutos. Recordad esto: sólo tendremos cinco minutos para estar juntos…

 

 

ROSA MARIA.-

A mí no me apetece. Este juego es feo, aburrido y moralmente dudoso.

 

MARIA ANGELES.-

Podemos probarlo. Y no os preocuéis que por mi madre no pasará nada.

 

JAIME.-

(Frotándose las manos.) ¡Eso ya lo veremos!

 

MARIA ANGELES.-

Me fío de tí, Toni.

 

TONI.-

Puedes estar bien tranquila.

 

         (Brigitte desaparece rápidamente y vuelve con los «negligées» de la señora Rocamora.)

 

BRIGITTE.-

¿Nos dejas ponernos esto, Rosa María?

 

JAIME.-

¡Ostras, déjales, dejales!

 

ROSA MARIA.-

¡Brigitte, eres…! Allá vosotras, pero antes de las ocho tiene que estar todo de vuelta en el armario, ¿entendido? Si mamá se entera me mata.

 

BRIGITTE.-

¿Vienes a vestirte, María Angeles? Dentro de cinco minutos estaremos preparadas. (Se marchan.)

 

JUAN ALBERTO.-

Toni, ¡a veces tienes unas ideas geniales!

 

TONI.-

¡Eh, mirad! ¡Juan Alberto tiene fiebre!

 

         (Todos le ponen la mano en la frente.)

 

JUAN ALBERTO.-

Y vosotros, ¿qué? ¡Jaimito ya está cachondo!

 

 

ROSA MARIA.-

(Coqueta.) Tú, Jaime, ¿también quieres jugar?

 

JAIME.-

Es que si todos juegan… Ahora que si quieres me quedo contigo…

 

MIGUEL.-

Sí, eso, quédate, quédate… Así seremos más a repartir.

 

JAIME.-

¡Vete a la mierda! No quiero jugar con vosotros. Sois unos «posesos» sexuales. (Se coloca al lado de Rosa María.)

 

TONI.-

Eso, eso.

 

JUAN ALBERTO.-

Sí, somos unos obsesos sexuales, pero con este panorama…

 

         (Los chicos van al corredor y comienzan a organizar el juego.)

 

JUAN ALBERTO.-

¿Quién entra primero?

 

MIGUEL.-

Yo.

 

JUAN ALBERTO.-

¿Porqué?

 

MIGUEL.-

Porque soy nuevo en el grupo, no te jode… Los burguesitos con los invitados siempre tenéis consideraciones.

 

JUAN ALBERTO,-

Eso aquí no vale.

 

TONI.-

Jugároslo a pares o impares. Yo me quedo el último.

 

MIGUEL.-

¿Tú qué quieres?

 

JUAN ALBERTO.-

Pares.

 

MIGUEL.-

Entonces entro primero… He ganado.

 

         (Entra. Oscuro.)

 

         (Rosa María y Jaime están en el salón. Jaime pone «Wendoline», de Julio Iglesias.)

 

JAIME.-

Ni los Beatles ni los Rolling: ¡Julio Iglesias!

 

ROSA MARIA.-

Es el cantante que más me gusta.

 

JAIME-

Rosa María: tengo un regalo para tí.

 

ROSA MARIA.-

¿Ah, sí? ¿Qué es?

 

         (Jaime va a buscar el regalo. Saca una rosa del bolsillo del abrigo y se la da. En la otra mano, detrás de la espalda, esconde un paquete.)

 

JAIME.-

Me lo he metido en el bolsillo para que los otros no pudieran verlo. Son unos salvajes y no entienden nada de romanticismo. Está un poco marchita, pero si la pones en un jarrón con agua y le echas una aspirina, ya verás como revive enseguida. Lo dice el profe de Ciencias.

 

         (Rosa María le da un beso en la mejilla. Jaime se pone colorado.)

 

JAIME.-

Espera…  Todavía tengo otra cosa… Toma.

 

         (Le da el paquete envuelto con mucho papel. Rosa María lo desenvuelve y aparece una caja de cartón.)

 

ROSA MARIA.-

Qué detalle, Jaime.

 

JAIME.-

¡Abrela, ábrela! Me ha costado mucho hacerlo.

 

         (La abre muy emocionada y aparece un «escobidou» con forma de corazón gigante.)

 

ROSA MARIA.-

¡Oh, un «escobidou»!

 

JAIME.-

He estado más de tres horas haciéndolo para tí. ¿Te gusta?

 

ROSA MARIA.-

Es un detalle precioso… Pero hay algo que te quería preguntar…

 

JAIME.-

Dime, dime…

 

ROSA MARIA.-

Es que me da un poco de vergüenza…

 

JAIME.-

¡Pregúntame lo que quieras…!

 

ROSA MARIA.-

¿No te ofenderás?

 

JAIME.-

No, claro que no…

 

ROSA MARIA.-

¿Como es que todavía llevas pantalones cortos…?

 

         (Oscuro. En el dormitorio, recostados en una cama, fumando, sin hacer nada, un poco nerviosos, Miguel y Brigitte. Miguel apaga el cigarrillo y se le tira encima. )

 

BRIGITTE.-

¡Un momento! ¡No te precipites! Te voy a contar un chiste.

 

MIGUEL.-

¡Hostia! ¿Ahora?

 

BRIGITTE.-

Es muy corto, no seas impaciente. El Conde Drácula antes de salir de su castillo le dice a su mujer: «Adiós querida, hasta el mes que viene…»

 

MIGUEL.-

¿Y qué?

 

BRIGITTE.-

¿No lo has entendido? ¡Eres un crío! ¡Eres un crío!

 

MIGUEL.-

(Piensa unos instantes. Se ríe un poco cuando comprende el significado del chiste.) ¡Qué chorrada! Yo te contaré otro. Este es más largo, ten paciencia. Había una vez una conejita que se había perdido en un bosque buscando la madriguera de la abuela conejita Se encuentra con un conejito blanco y le pregunta: «Conejito, conejito, tú que eres tan graciosillo, dónde vive la abuela conejita? Y el conejito blanco le dice: «Si quieres que te lo diga, trinqui-trinqui.» La conejita le dice: «Bien, entonces, trinqui-trinqui«. Y se pusieron a hacer trinqui-trinqui. Más tarde, ya muy cansada, le dice: «Ahora dime donde vive la abuela conejita». Y el conejito le contestó, arrugando la nariz: «Mira, al final de este atajo encontrarás un conejito negro y él te lo dirá». Se fue a buscar al conejito negro, y el conejito negro le dijo: «Si quieres que te lo diga, trinqui-trinqui«. Y volvieron a hacer trinqui-trinqui. Después el conejito negro le dijo donde estaba la madriguera de la abuela conejita. La conejita al cabo de nueve meses tuvo conejitos. ¿De qué conejo eran?

 

BRIGITTE.-

No lo sé. ¿De cuál?

 

MIGUEL.-

Si quieres que te lo diga, trinqui-trinqui.

 

         (Le da un beso apasionado. Se abrazan. Oscuro. En el pasillo, Juan Alberto está escuchando detrás de la puerta y mirando por el agujero de la cerradura.)

 

TONI.-

¿Qué hacen?

 

JUAN ALBERTO.-

Hablan mucho. Miguel, mucho hablar, mucho hablar, y nada. Además se les ha pasado el tiempo y me toca ya a mí. (Entra en la habitación precipitadamente.) ¡Cinco minutos! ¡Ya han pasado cinco minutos!

 

MIGUEL.-

Tranquilo, chico, tranquilo. No te acerques tanto que quemarás la cama con el ardor de tu pasión.
MARIA ANGELES.-

(Entra en la habitación por la otra puerta.) ¡También me toca a mí!

 

JUAN ALBERTO.-

No, vete, vete. Yo quiero estar con Brigitte.

 

MARIA ANGELES.-

Bien, bien, ya te llamaré cuando me toque. (Se va.)

 

MIGUEL.-

(Mirando a Juan Alberto.) Brigitte, cuando grites llamo a los bomberos, ¿vale

 

JUAN ALBERTO.-

Te voy a pegar un par de hostias…

 

TONI.-

(Desde la puerta) ¿Cómo te ha ido?

 

MIGUEL.-

Como en una película. Hasta he visto al Conde Drácula.

 

JUAN ALBERTO.-

¡Fuera, fuera! Toni, tranquilízate que ya te tocará.

 

         (Cierra la puerta en las narices de los chicos que quedan en el pasillo. Oscuro.

         Salón. Jaime y Rosa María hacen manitas.)

 

JAIME.-

Te prometo que la semana que viene me pondré pantalones largos…

 

ROSA MARIA.-

Echame más whisky.

 

         (Jaime le sirve.)

 

JAIME.-

¡Ostras! Se nota que se lo pasan bien, por lo que tardan.

 

ROSA MARIA.-

Nosotros tampoco nos lo pasamos tan mal, ¿verdad?

 

 

 

JAIME.-

¡Qué va, qué va! (Comienza a acariciarle los cabellos.) ¿Te gusto más sin gafas?

 

ROSA MARIA.-

Sí, mucho más. Así estás muy guapo.

 

JAIME.-

Rosa María, si tú quisieras…

 

ROSA MARIA.-

¿Qué?

 

JAIME.-

¿Quieres salir conmigo?

 

ROSA MARIA.-

¿Y a dónde vamos a ir a estas horas?

 

JAIME.-

No, ¿que si quieres que seamos amigos?

 

ROSA MARIA.-

¿Es que no lo somos ya?

 

JAIME.-

Sí, pero más… (Le da un beso apasionado.) Te quiero mucho, Rosa María. (Rosa María se deja dar otro beso. Jaime le pone la mano encima de la blusa.) Si alguna vez hago algo que no te gusta, dímelo. (Jaime, decidido, mete la mano debajo del vestido de la chica.) Pero… ¿qué llevas aquí?

 

ROSA MARIA.-

¡Déjame, déjame! (Se ha puesto completamente colorada.)

 

JAIME.-

¿Pero, qué llevas? ¡Es algodón! (Ríe.)

 

ROSA MARIA.-

¡Calla, no grites! No se lo digas a nadie o no seremos nunca amigos. (Jaime no para de reirse.) Mira, si quieres, hasta que te compren unos, te presto unos tejanos de mi hermano… Unos Lewis americanos comprados en la boutique de Gay.

 

JAIME.-

¡De acuerdo!

 

ROSA MARIA.-

Espera un momento… ¡Ya verás qué bien te van a sentar!

 

         (Se va. Oscuro.)

 

         (La habitación: Brigitte y Juan Alberto. Brigitte le da una bofetada a Juan Alberto.)

 

BRIGITTE.-

¡Vete! ¡Eres un niñato!

 

JUAN ALBERTO.-

¡Pero Brigitte… Ostras, yo…

 

BRIGITTE.-

¡Fuera, fuera! ¡Otro! ¿A quién le toca ahora?

 

         (Va hasta la puerta y la abre. Juan Alberto sale entristecido. Toni entra. Oscuro.)

 

         (Fuera, en el pasillo.)

 

MIGUEL.-

(Riéndose.) ¿Cómo te ha ido?

 

JUAN ALBERTO.-

¡No me digas nada o te daré una hostia a tí también! Me parece que no quiero tocar más contigo.

 

         (Miguel continúa riéndose y Juan Alberto se marcha enfadado. Mientras, en la habitación.)

 

BRIGITTE.-

Venga, vamos a lo nuestro… ¿Qué quieres? Contigo me dejaré hacer lo que quieras porque me caes bien…

 

TONI.-

Es que hay un problema. Yo quiero estar con María Angeles…

 

BRIGITTE.-

¡Vale, tíos, ya estoy harta! (Se va hacia la puerta.) No sabes lo que te pierdes, baby. ¡María Angeles, es todo tuyo!

 

         (María Angeles entra precipitadamente, pero disimula delante de Toni.)

 

BRIGITTE.-

(Visiblemente molesta.) Que os lo paséis bien.

 

MARIA ANGELES.-

¿Porqué me has elegido a mí?

 

TONI.-

(Histriónico, como Mister Hyde delante de su víctima.)

 

         Me derrumbaré encima de tu cuerpo,

         como el río se despeña entre las rocas

         hacia el mar de la pasión.

         Seré como un naúfrago que se agita entre tus olas,

         buscándote, oh amor, en las húmedas tinieblas del océano…

 

MARIA ANGELES.-

¿Pero qué dices?

 

TONI.-

         Y como el mar embrevecido,

         las olas de mi deseo azotarán el frágil velero

         de mi enamorado corazón…

 

MARIA ANGELES.-

¡Estás completamente loco!

 

TONI.-

         El aroma de tu cuerpo,

         el sabor salino de tu piel…

         El inefable triángulo de tu sexo,

         la encrucijada inextricable de tus pechos…

 

 

MARIA ANGELES.-

Oye, oye, no te pases…  ¿Y todo esto te lo acabas de inventar?

 

TONI.-

Son fragmentos de un poema mío. Se titula «Amar, Amor».

 

         (Se escuchan gritos fuera: «¡María Angeles; Toni, venid, es la hostia! Toni y María Angeles salen corriendo hacia el salón y encuentran a Jaime poniéndose los pantalones y a Rosa María arreglándose el sujetador y escondiendo el algodón debajo de la butaca.)

 

JUAN ALBERTO.-

¿Pero qué haces?

 

MIGUEL.-

¡Mira, los que no querían jugar a las putas!

 

MARIA ANGELES.-

¿Qué hacíais, promiscuos?

 

BRIGITTE.-

¿Así, Rosa María, que necesitabas un mes para pasar a mayores?

 

JAIME.-

Es que me estaba prestando unos pantalones…

 

TONI.-

Ya, ya… ¿Así que te gusta disfrazarte de persona mayor?

 

JAIME.-

Eres un cabronazo…

 

TONI.-

Y también le has traido unas tetas de repuesto por si acaso…

 

ROSA MARIA.-

(Murmurando.) Imbécil. (Risas.)

 

TONI.-

¿Os gusta eso del teatro, verdad, babys?… A mi también… De pequeño, cuando jugaba con las pistolas, me ponía delante del espejo con el sombrero en la cabeza y la cartuchera en la cintura, o cuando empuñaba una gran espada y me creía el Capitán Trueno… Subido a mi caballo me despedía de Sigrid y de mi fiel escudero Goliat y les decía: ¡Quedáos aquí, que más tarde vendré a por vosotros…! Y la etérea Sigrid me echaba sus dulces besos desde la distancia… ¡Mua! ¡Mua!

 

BRIGITTE.-

¡Ostras, sí, vamos a disfrazarnos!

 

ROSA MARIA.-

Podemos utilizar los trajes que se ponen los papás para ir al Teatro Principal cuando hay Opera.

 

 

 

TONI.-

Ya le vas encontrando el gustirrinín, ¿verdad? ¡Qué cara! Ahora tus padres ya no dirán nada si nos pescan…

 

JUAN ALBERTO.-

Si todo queda ordenado antes de las ocho no habrá ningún problema.

 

         (Rosa María aparece con vestidos de noche, un joyero, maquillajes.)

 

ROSA MARIA.-

¡Venid a escoger! ¡Puede ser «chachi piruli

 

         (Todos van al armario de los Rocamora. Toni encuentra una cámara de Super 8.)

 

TONI.-

¡Podemos rodar una película!

 

JUAN ALBERTO.-

Pero no tenemos carretes.

 

TONI.-

Es igual, nos lo imaginamos.

 

JUAN ALBERTO.-

Tú también eres un niño.

 

TONI.-

Un niño, eh? Pues a tí bien que te gustaba jugar a las putas…

 

BRIGITTE.-

(Desde dentro.) Coged vestidos, chicos. Ponéos guapas, chicas. ¿No vienes, María Angeles?

 

MARIA ANGELES.-

Ya voy, ya voy. Eso de la peli puede ser muy divertido, pero yo no quiero vestirme. Estoy harta de disfrazarme: total, no sirve para nada. A mi nadie me hace caso ni de normal ni disfrazada.

 

TONI.-

¿Cómo que no? ¿No te ha gustado el poema que te he dedicado?

 

MARIA ANGELES.-

Sí, pero…

 

TONI.-

Nada de peros… Ya lo sabes:

         Me derrumbaré encima de tu cuerpo,

         como el río se despeña entre las rocas…

 

MARIA ANGELES.-

Sí, sí, vale, vale… Pero acaso te has pensado que sigo siendo una niña pequeña para me trates como una boba…

 

TONI.-

¡En tarro pequeño hay buena confitura! Venga, disfrázate que hoy vas a ser la protagonista. Todavía no sé si seré tan buen cámara como para captar adecuadamente toda tu belleza…

 

MARIA ANGELES.-

No me creo nada. Eres más falso que Judas.

 

TONI.-

¡Dudas de mi sinceridad! Tú vas a ser la musa y protagonista de esta película… La mujer misteriosa que aparece de pronto y todos los hombres enloquecen de deseo.

 

BRIGITTE.-

(Aparece muy maquillada, sujetando en la mano un vestido.) ¿Y yo? ¿Qué papel voy a hacer yo, cheri?

 

TONI.-

¡Tú serás Brigitte Bardot!

 

BRIGITTE.-

Qué poca imaginación. Siempre hago de lo mismo.

 

TONI.-

Escuchadme atentamente. Quiero organizar un encuentro de famosos… Una noche en la que todas las estrellas coinciden en un punto… y ese punto está aquí. Una noche en un «nigth-club» de la Costa Azul.

 

ROSA MARIA.-

¿Y yo qué haré?

 

TONI.-

Tú serás la Reina. La gran anfitriona de todas las noches mágicas de Saint-Tropez. A tu local, «La Estrella Negra» acuden los artistas, los «play-boys», las princesas venidas a menos, las «starlettes» y los gangsteres más poderosos del momento…

 

JAIME-

Yo quiero hacer de gangster.

 

TONI.-

Sí, tú serás el cerebro gris de una banda internacional. Pero también, para no despertar sospechas y pasar de incógnito, servirás los whiskys, harás de «disc-jokey», etc. Detrás de tu mueca inescrutable, detrás de tus gafas negras, tus ojos estarán pendientes de lo que ocurre. Tus dedos siempre dispuestos a apretar el gatillo o abrir la navaja automática. Tus puños, preparados para estrellarse contra el estómago de cualquier camorrista. Defenderás por encima de todo los intereses de tu dama y señora, Madame Regina.

 

JAIME.-

Me gusta, me gusta.

 

         (Van a vestirse tal y como ha sugerido Toni. Mientras tanto, éste se va vistiendo también de director de cine: entre el Fellini de «ocho y medio», Luis Buñuel y un Jean Luc Godard más presentido que conocido.)

 

TONI.-

Juan Alberto, tú serás el elegante… el más guapo de los Beatles. Harás de Paul McCartney, el príncipe azul de todas las chicas. Estás pasando una noche enloquecida en Saint-Tropez.

 

JUAN ALBERTO.-

Pero no me hagáis tocar la guitarra otra vez.

 

JAIME.-

Peor para tí. Cuando Paul va de incógnito no se come una rosca.

 

JUAN ALBERTO.-

Es igual. Me identificaré cuando me convenga.

 

TONI.-

¿Estáis todos vestidos?

 

BRIGITTE.-

No, falto yo. (Aparece deslumbrante.)

 

JUAN ALBERTO.-

¡Brigitte, uaauhhh!

 

TONI.-

Eres carne de celuloide, no hay duda…

 

ROSA MARIA.-

¿Y yo te gusto, Jaime?

 

JAIME.-

(Boquiabierto, mirando a Brigitte.) Sí, sí, estás muy bien. Vamos a preparar la «Toilette Noire».

 

TONI.-

Recuerda que eres el «disc-jokey». Ya puedes ir buscando la música adecuada.

 

         (Jaime y Rosa María encienden velas, colocan papeles de color en las bombillas, cojines por el suelo, etc.)

 

MIGUEL.-

¿Me conocéis, babys? Chicos, tranquilos… Brigitte, esto que notas no son cañonazos, sino los latidos de mi corazón.

 

JAIME.-

¿Y éste de qué va, de Pato Donald?

 

ROSA MARIA.-

Es Monsieur Mike Jagger. ¿No lo conoces?

 

MIGUEL.-

Ponme un whisky con cerveza… ¿Hay por ahí optalidones?

 

JAIME.-

Oui, Monsieur.

 

MIGUEL.-

Entonces tráelos… Rápido, necesito combustible, que estoy seco y tengo que calentar los motores.

 

TONI.-

¡Cooorten! Okey. Esto ya ha quedado grabado para la posteridad.

 

         (Aparece María Angeles. Jaime pone «Strangers in the night», de Frank Sinatra. Toni está entusiasmado con la cámara haciendo travellings circulares alrededor de María Angeles.)

 

 

TONI.-

Mi cine es más real que la vida misma. Tú eres esa mujer misteriosa ante la que un día el azar hace que nos topemos indefectiblemente.

 

JAIME.-

¿Como Eva?

 

TONI.-

Ejem… Algo parecido. La que nos hace inventar mundos impensables… Seducidos por su misterio podemos intuir detrás de su mirada, una espía, una casada infiel que trama el asesinato o el suicidio, o una simple niñita que roba en los grandes almacenes, o una astronauta, o la mismísima reina de Sangai… Más real que la vida misma…

 

         (Todos aplauden a Toni. Miguel pone «Lady Jane» de los Rolling Stones.)

 

 

TONI.-

¡Adelante la Jet-society!

 

         (Juan Alberto se acerca a Brigitte. Brigitte se va con Miguel.)

 

BRIGITTE.-

«¿Voulez-vous danser avec moi, mon petit diable

 

TONI.-

Okey, perfecto.

 

         (Brigitte y Miguel bailan los primeros compases de «Lady Jane» muy coreografiados, muy solemnes. Juan Alberto se acerca a Jaime y le cuenta un secreto. Cuando Juan Alberto hace una señal, Jaime cambia el disco y pone un rock desenfrenado de los Rolling Stones que Brigitte y Miguel comienzan a bailar de manera inmediata. Juan Alberto pone cara de mala leche mirándolos bailar así.)

 

TONI.-

(Haciendo como si filmara.) ¡Es la guerra, es la guerra!. ¡Atención, ataca Paul McCartney…! ¡No te dejes hacer eso, ataca!

 

         (Juan Alberto le hace otra señal a Jaime. Todos van hacia Miguel y Brigitte muy agresivos.)

 

 

MIGUEL.-

¡Tranquilos, pollitos! Ya me pegaréis después.

 

JUAN ALBERTO.-

(Poniendo la mano en la espalda de Miguel.) Deja a mi chica en paz o te arrepentirás el resto de tus días.

 

TONI.-

¡Ya está declarada la guerra! ¡Los Beatles contra los Rolling Stones.

 

         (Miguel se gira y empuja a Juan Alberto. Jaime coge una silla con intención de tirársela a Miguel. Brigitte coge también otra.)

 

BRIGITTE.-

Merci, chéri, je suis un peu fatiguée.

 

MIGUEL.-

Traed más combustible. ¡Rápido!

 

 

JUAN ALBERTO.-

(Se acerca rabioso.) En el hospital es donde te van a dar combustible, cabrón.

 

         (Jaime coge una botella de whisky para atacar a Miguel.)

 

ROSA MARIA.-

Estás loco. Es el whisky preferido de papá. ¿Pero te has creido que esto es una película de verdad?

 

JUAN ALBERTO.-

Vamos. ¡Esto es una batalla de hombres!

 

         (Juan Alberto se acerca a Brigitte y quiere obligarla a bailar. Miguel le aparta violentamente. Juan Alberto y Miguel luchan y ruedan por el suelo.)

 

TONI.-

¡Apartáos que no me dejáis filmar…! ¡Y no os hagáis daño! ¡No os pongáis tan serios que no estamos haciendo cinema verité!

 

         (Jaime intenta separarlos. Juan Alberto está en el suelo. Miguel le da un puñetazo a Jaime y también lo tumba.)

 

 

 

ROSA MARIA.-

(A Brigitte.) ¡Todo esto es culpa tuya! ¡Eres una puta! ¿Te ha hecho daño, Jaime?

 

JUAN ALBERTO.-

(Medio llorando, señalando a Miguel y a Brigitte.) ¡Fuera! ¡No os quiero ver más por aquí! ¡Los cerdos no pueden estar en casa de las personas!

 

TONI.-

(Emocionado.) ¡Okey, perfecto, ha salido perfecto! Lástima que no haya película.

 

JUAN ALBERTO.-

Cállate, que la cosa va en serio.

 

BRIGITTE.-

Allons, Mike. Aquí no somos bien recibidos.

 

MIGUEL.-

Sí, vámonos. Estoy hasta los cojones de estos gilipollas.

 

BRIGITTE.-

Nos lo pasaremos mucho mejor solos. Adiós, mes petits cochons.

 

         (Miguel y Brigitte se marchan dando un portazo.)

 

MIGUEL.-

(Desde fuera.) ¡Por fin estamos solos!

 

         (Oscuro.)

 

         (Se escuchan grillos y ruidos de la ciudad a lo lejos. Anochecer en el parque. Brigitte y Miguel están sentados en un banco.)

 

MIGUEL.-

¿Has fumado de esto alguna vez?

 

BRIGITTE.-

¿Qué es?

 

MIGUEL.-

Marihuana.

 

 

BRIGITTE.-

No. ¿Con eso se hacen caramelos, verdad? Cuando comenzábamos a vivir en España mi abuela siempre me decía que no aceptase caramelos de ningún desconocido porque llevaban droga, y con la excusa del caramelo me dormirían, me raptarían y  me harían cosas feas…

 

MIGUEL.-

(Riéndose.) Mujer, si quieres… Yo no necesito drogas, me basta con esto. (Le da un beso.)

 

BRIGITTE.-

Me gustaría probarlo.

 

MIGUEL.-

¿Probar el qué? ¿La marihuana o a mí?

 

BRIGITTE.-

Las dos cosas.

 

         (Se besan de nuevo. Miguel enciende el porro. Dan unos caladas y con el humo a Brigitte le entra la tos.)

 

 

BRIGITTE.-

¡Es muy fuerte!

 

MIGUEL.-

Estoy empezando a preocuparme…

 

BRIGITTE.-

¿Qué te pasa?

 

MIGUEL.-

Noto como unas palpitaciones aquí.

 

BRIGITTE.-

¿En el corazón?

 

MIGUEL.-

Sí. Parece como si se me fuera a partir en mil trozos.

 

BRIGITTE.-

¿Estás mareado? Pues yo no noto nada…

 

 

MIGUEL.-

Y aquí, sobre todo aquí. (Se señala el sexo.) Noto una tirantez extraña.  (Se tira al suelo.) ¿Porqué me tiene que pasar a mí?

 

 

BRIGITTE.-

(Muy asustada.) ¿Te encuentras muy mal?

 

MIGUEL.-

¡No quiero! ¡No quiero!

 

BRIGITTE.-

¿No quieres qué?

 

MIGUEL.-

¡Enamorame de tí, Brigitte! ¡Debe ser un efecto de la droga!

 

BRIGITTE.-

¡Es mentira! Eres un comediante. Yo no siento nada.

 

MIGUEL.-

¿Y ahora?

 

         (Le da un beso apasionado. Oscuro.)

 

         (Casa de los Rocamora. Acaban de arreglar los desperfectos de la batalla.)

 

ROSA MARIA.-

(Histérica, llorosa.) ¿Seguro que Brigitte y Miguel volverán?

 

TONI.-

Claro que sí, ya te lo he dicho mil veces. Miguel tiene aquí la guitarra y los discos de los Rolling Stones y los quiere más que tu padre al smoking ese que se pone cuando viene Fraga.

 

ROSA MARIA.-

Ojalá vengan antes de que regresen mis padres…

 

JUAN ALBERTO.-

Pues si vuelve, le parto la cara al cabrón ese.

 

ROSA MARIA.-

Pero antes de partírsela que lo devuelvan todo. El abrigo de chinchilla y el collar de diamantes de mamá valen más de un millón de pesetas.

 

JUAN ALBERTO.-

Y el smoking de fantasía que papá se compró en Florencia. Todo esto lo has provocado tú, Toni, con el puñetero juego de las películas… ¡Además ese tío es tan gitano que igual vende todo en el rastro de la Plaza Santa Cruz!

 

TONI.-

Os digo que volverán. Ya lo veréis.

 

ROSA MARIA.-

Brigitte es la culpable.

 

JUAN ALBERTO.-

Siempre tiene que destacar como sea…

 

JAIME-

Y tú particularmente le fomentas el «nacisismo».

 

ROSA MARIA.-

Tiene razón Jaime. La convertís en «Reina por un día» porque pensáis que os la vais a ligar. En cambio en el grupo de sus hermanos mayores no le hacen ningún caso y pasa totalmente inadvertida.

 

TONI.-

Eres una envidiosa, Rosa María.

 

ROSA MARIA.-

¿Yo? Envidiar a una tía que parece un poste de teléfonos… Sois unos snobs y hacéis siempre demasiado caso del que viene de fuera. Por ejemplo a los Beatles y a los Rolling Stones. Los españoles no tendríamos que envidiar a nadie. Ahí están por ejemplo Raphael, Manolo Escobar, Karina o el Dúo Dinámico, que son tan buenos artistas como ellos o más.

 

JAIME.-

Y tú, Rosa María, y tú…

 

MARIA ANGELES.-

(Con un vaso de whisky en la mano, un poco trompa.) No volváis a discutir, por favor… ¡Los domingos, hip!… los domingos son para divertirse, ¡hip!… Volvamos a mover un poco el esqueleto… ¡hip!… Jaime, venga, pon un lentorro… ¡hip! (Se echa a reir.) Mira mamá como estoy… Saludo a mi madre que me estará escuchando… ¡hip! Y ahora a ver si me hacéis un poco más de caso… Desde ahora me llamaré Angie… ¡hip! Angie a secas… Ni María Angeles ni hostias… ¡Angie! ¡Y soy de Carnaby Street! ¡Hip!

 

         (Jaime pone «Yesterday».)

 

JUAN ALBERTO.-

Angie, ¿do you want dance with me?

 

MARIA ANGELES.-

(Como si fuera una estrella de la canción.) Okey, baby, pero espera un momento que vuelvo a mojar la lengua… ¡hip.!

 

JUAN ALBERTO.-

(Libidinoso.) Hazlo, hazlo… (María Angeles coge el vaso y se pone a bailar con Juan Alberto. Este comienza a acariciarle el pelo, a darle besitos y a arrimarse.) ¿Sabes que me gustas mucho, Angie?… Hasta ahora no me había fijado en tí.

 

MARIA ANGELES.-

¿Ah, sí?

 

JUAN ALBERTO.-

¿Porqué no te arreglas siempre así? Te queda muy bien.

 

 

MARIA ANGELES.-

Escucha, niño, cambiate el paquete de tabaco de sitio que empiezas a hacerme cosquillas y me vas a provocar pensamientos impuros… !Hip!

 

JUAN ALBERTO.-

¿Te gustaría tenerlos?

 

MARIA ANGELES.-

Sí, pero contigo… ¡Hip!… Tener pensamientos impuros contigo, aunque tenga que confesármelos después. Es un pecado muy fácil y barato. Tres avemarías y fiesta. Ponme las manos en el culo, no te cortes… ¡Un día es un día! ¡Orgía y desenfreno! ¡Hip! ¡Uifff, cómo estoy!

 

JUAN ALBERTO.-

¡Estás completamente borracha!

 

ROSA MARIA.-

¡Qué espectáculo!

 

MARIA ANGELES.-

Sí, sí… ¿Borracha yo? ¡Tururú! Echate tú también un trago. Te servirá para olvidar las penas, que debes tener muchas con esa cara. Parece que se te ha cagado un palomo encima. ¡Hip! Toni, quieres venir a bailar conmigo de una puñetera vez…

 

TONI.-

«A los hombres, hija mía, se nos debe conquistar por el olor». (Risas.)

 

MARIA ANGELES.-

¡Menos palabras y más hechos, Toni!  ¡Toniii, soy una espía, una chica Bond! (Se quita la camiseta y se queda en sujetador.)

 

         (Se lanza a los brazos de Toni y se pone a bailar con él. Oscuro.)

 

         (Brigitte y Miguel paseando. Es ya totalmente de noche. Luz de farola.)

 

MIGUEL.-

Ha sido una tarde maravillosa… Me gustas mucho, Brigitte. (Le da un beso.)

 

 

BRIGITTE.-

Ya no podremos volver nunca más a casa de los Rocamora.

 

MIGUEL.-

¡Mejor! Saldremos juntos los domingos… Además, seguro que Toni y María Angeles, después de lo que ha pasado, tampoco volverán. Podemos ir al cine. El domingo te invito a ver «Help», de los Beatles. Yo ya la he visto dos veces, pero verla contigo será como ver una película nueva. Conozco una discoteca a la que van mis colegas, unos tíos cojonudos a los que le gusta la música dura de verdad y no esas mariconadas. Gente que curra fuerte a lo largo de la semana y que los sábados se lo pasan pipa y se meten una marcha que te cagas.

 

BRIGITTE.-

(Poco entusiasmada con las expectativas que Miguel le ofrece.) Yo, normalmente, los fines de semana salgo con mis hermanos mayores y sus amigos. Tienen coches, motos, yates, y nos lo pasamos muy bien también.

 

MIGUEL.-

Entonces te puedo pasar a buscar al colegio… ¿Me das tu teléfono?

 

BRIGITTE.-

No, ya te lo daré otro día. Si quieres, quedamos mañana a las seis y media en Correos. A mí también me gustaría que fuéramos amigos… Pero eso de salir contigo todos los domingos… No es por tí. Mi padre siempre dice que es mejor que vaya con muchos que no con uno sólo…, que así hay menos peligro (Ríe.) Y tiene razón: también es más divertido.

 

MIGUEL.-

¿Pero quedamos mañana, sí o no?

 

BRIGITTE.-

Sí, hombre, sí. Claro que sí. (Le da un beso.) ¡Aurrevoire! Ahora tengo que volver a casa porque si nos ve alguien con esta pinta tan decadente comenzarán a hacerme preguntas. Pense à moi quelques instants, chèri Mike.

 

         (Le da un beso apasionado. Entra en su casa. Miguel se queda mirando un rato.)

 

MIGUEL.-

¡Chao! ¡Iuhuuuu! Cuando sea un Rolling Stone tú serás mi groopy preferida y todas mis fans se te querrán comer viva de pura envidia. Porque no tendrán tus labios, ni tus cabellos, ni tu cuerpo, ni esas piernas tan largas, hechas para moverse al ritmo de mi guitarra. (Comienza a bailar y a tocar una guitarra imaginaria cualquier canción de los Rolling. Entra desde la inmensidad la auténtica música de los Rolling. Brigitte vuelve a salir de casa aprovechando el enaltecimiento de Miguel. Se va sin que éste se dé cuenta.)

 

 

         (Oscuro.)

 

 

         (Se escucha el timbre de casa de los Rocamora. Se ve a todos los que se han quedado en la fiesta y a Brigitte que ha vuelto. Bailan un disco de los Rolling. Toni sostiene la cabeza de María Angeles que está vomitando.)

 

MARIA ANGELES.-

Estoy un poco delicada del estómago… hip… Debe ser el chocolate de ayer por la tarde. (Se escucha el timbre nuevamente.)

 

 

ROSA MARIA.-

¡Mis padres! ¡Quitad el papel rojo de las lámparas, rápido! Ve a abrir, Juan Alberto. (Juan Alberto lo hace.)

 

JUAN ALBERTO.-

Eh, chicos, es Miguel. (Entran en el salón. Miguel se queda estupefacto cuando descubre a Brigitte entre los presentes.)

 

MIGUEL.-

¡Hostia, Brigitte!, ¿Y tú qué haces aquí?

 

BRIGITTE.-

He venido a devolver los vestidos de la señora Rocamora.

 

MIGUEL.-

(Cortándole.) Ya, ya… Dame los discos y la guitarra, que me voy. ¿Donde está mi cazadora de cuero? (Tira el smoking,) Jaime, ya me estás devolviendo las gafas de sol. Espero que no me halláis rayado los discos de los Rolling. (Los coge.) Good by. No quiero veros nunca más.

 

BRIGITTE.-

¡Mike!

 

MIGUEL.-

Baby: no eres la única rosa de esta ciudad.

 

TONI.-

No te pongas así, no es para tanto.

 

MIGUEL.-

Adiós, Toni, ya nos veremos.

 

 

         (Miguel se va y se escucha un portazo. Oscuro. Ultima escena: Miguel encuentra la carta a Su Graciosa Majestad bajo una farola. La mira y sonríe. Sigue caminando con la guitarra en la espalda. La ciudad al fondo. Se oye la radio desde alguna ventana. Suena «Like a Rolling Stones» y el locutor va traduciendo la letra de Bob Dylan.)

 

 

LOCUTOR PRIMERO.-

         «¡Cómo te sientes!

         ¡Cómo te sientes¡

         A solas contigo,

         sin dirección a casa,

         completamente desconocido,

         como un rolling stone.»

 

         (Oscuro.)

 

 

 

FIN DE LA PRIMERA PARTE.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Segunda parte:

EL CEMENTERIO DE LOS ELEFANTES

 

 

 

 

         (1969. Se escuchan los compases de «Eleanor Rigby».)

 

PRIMER LOCUTOR.-

         «¡Estamos en

         el cementerio

         de los elefantes…!

         Mira a toda esa gente solitaria:

         ¿de dónde ha salido?

         Toda esa gente solitaria,

         ¿a dónde pertenece?»

«Las carreteras que van al cementerio de los elefantes, están repletas de viajeros…» (Sube «Eleanor Rigby».)

 

         (Un rincón. En un bar del barrio chino; rodeando una «Sinfonola», Miguel y Luis se esconden detrás para sorprender a Toni. Suena «Sympathy for the devil», de los Rolling Stones.)

 

MIGUEL.-

(Ocultando su verdadera identidad.)

         «Si te parece, deja que me presente.

         Soy un hombre poderoso y distinguido.

         Robo desde hace mucho tiempo,

         he robado a más de un alma la fé.

         Me alegra encontrarte,

         espero que…  (Toni pone cara de no conocerlo. Miguel se quita las gafas ocuras.)

 

TONI.-

¡Miguel!

 

MIGUEL.-

¡Toni! ¡Hostia, estás igual que siempre! (Los presenta.) Lou, una guitarra con patas. Toni, un teórico de las obsesiones sexuales. (Chocan las manos.)

 

TONI.-

Cuántos años sin verte… ¿Todavía sigues tocando?

 

 

 

MIGUEL.-

Desde entonces he quemado tres guitarras. Somos relativamente conocidos, y hacemos dos sesiones matinales en el Oasis. Esta semana nos dedican una página en «La hora de los conjuntos», pero estas cosas buenas no impiden que estamos endeudados hasta el culo.

 

TONI.-

¿Cómo os llamáis?

 

MIGUEL.-

¡Los Rockings! Hacemos rock duro con unas gotas de sentimentalismo. ¿Y tú que has hecho durante todo este tiempo?

 

TONI.-

¡La revolución!

 

MIGUEL.-

¿Tú solo?

 

TONI.-

Me marché a París cuando acabé el Preu. Este país estaba inaguantable y no podía aprender cine en ningún sitio.

 

MIGUEL.-

¿Todavía te gusta jugar a «Hollywood»?

 

TONI.-

(Se ríe.) En París iba a la Cinemateque por las tardes después de fregar platos en un restaurante chino.

 

MIGUEL.-

¡Seguro que te lo has pasado de coña!

 

TONI.-

Claro. Ayudé a destrozar la ciudad. Deberías haber visto aquella primavera en París. Fue la leche. Toda la ciudad se convirtió en un inmenso campo de batalla. Frecuenté las barricadas del barrio latino luchando contra la policía. Fue fantástico. Hice el amor, me emborraché en el Polly Magoo, coincidí con Sartre en el Café de Flore, y aprendí más cine que todo lo que podré asimilar en mi vida.

 

MIGUEL.-

¿Qué sabes de aquellos gilipollas que fueron nuestros amigos?

 

 

TONI.-

Juan Alberto simula estudiar Arquitectura y me han dicho que el señor Rocamora lo ha convertido en el Public Relations de un garito de lujo que tiene en el centro. Adivina qué nombre le han puesto…

 

MIGUEL.-

«Pijolandia»?

 

TONI.-

No. Más fino: «El Submarino Amarillo».

 

MIGUEL.-

Claro…

 

TONI.-

(Riéndose.) Y Rosa María está embarazada de Jaimito Sastre.

 

MIGUEL.-

Lógico…

 

TONI.-

Las máscaras que nos pusimos aquel domingo adolescente se nos han quedado pegadas a la cara, ya lo ves…

 

MIGUEL.-

(Después de una pausa. Con cierto temor.) ¿Y Brigitte?

 

TONI.-

No lo sé. Me parece que se fue a vivir a Ibiza. Le he perdido la pista.

 

MIGUEL.-

¡Aquella tía era un putón verbenero!

 

TONI.-

Pues bien que te llevó de culo. Tú que eras tan duro y te reías del romanticismo de los demás…

 

MIGUEL.-

Mira, yo ya paso de tías… Si alguna se cruza en mi camino, trinqui-trinqui y listos.

 

TONI.-

(Riéndose.) ¿No sales con ninguna fija?

 

 

 

MIGUEL.-

Lo que yo busco no existe… Debería tener los ojos de Sofía Loren, la boca de Brigitte Bardot, el cuerpo de Claudia Cardinale y el pelo de Ursula Andress.

 

TONI.-

(Ríe.) Una especie de Frankenstein… No me extraña que no la encuentres.

 

         (Luis hace redobles con una batería imaginaria)

 

MIGUEL.-

Por eso prefiero mi guitarra. Tú, por lo que veo, todavía buscas a Eva.

 

TONI.-

(Incómodo ante la pregunta.) Simplemente hacía un recorrido nostálgico por estas callejuelas…

 

MIGUEL.-

Este es del barrio y conoce a todo el mundo.

 

LUIS.-

¿Qué necesitas? ¿Gomas, lavatorios, tripis, costo guay o una 38 de cañón recortado?

 

MIGUEL.-

¿Qué sabes de una tía que trabajaba en este bar y que se hacía llamar Eva?

 

LUIS.-

Como es colega tuyo la información sólo le costará cinco libras.

 

MIGUEL.-

¿Pero qué dices? Está tan pelado como nosotros.

 

LUIS.-

Esta tía llegó a ser la más popular del barrio. Estaba muy buena.

 

MIGUEL.-

Ahora tendrá unos veinte años.

 

LUIS.-

Se marchó a la costa a pescar gente con pasta. Estaba harta de yanquis y de borrachos.

 

MIGUEL.-

¿Y María Angeles?

 

TONI.-

Lo suyo fue de película….. Desde aquel día comenzó a salir muy a menudo y sus padres pensaron que la nena se les estaba pervirtiendo. Le hicieron la vida imposible. Se escapó de casa. Su padre fue a buscarla, la encontró, y la encerraron un año en el reformatorio del Buen Pastor.

 

LUIS.-

¡Qué hijos de puta!

 

TONI.-

Le escribí varias veces pero hicieron que mis cartas no llegaran a sus manos. Ahora trabaja en un despacho y ha comenzado a pintar en la Escuela de Bellas Artes, pero vive con su familia. Seguramente cuando ahorremos algún dinero nos iremos a París o a Londres…

 

         (Salen a la calle.)

 

LUIS.-

Os dejo con vuestro drama. No os comáis mucho el tarro. Me voy a ligar costo para la actuación del domingo.

 

MIGUEL.-

No te drogues demasiado que mañana a las cinco tenemos ensayo en el garaje. Si vienes muy colocado te sale todo demasiado lento.

 

LUIS.-

¡Ciao, antiguos! No os pongáis muy tristes que la vida es una broma. (Se va.)

 

TONI.-

¿De dónde has sacado a este sicodélico?

 

MIGUEL.-

Es un buen guitarrista. A los catorce años se fue a Ibiza a hacerse chapas con hippies ricos y menopaúsicos. Después estuvo en Marruecos, en Amsterdam… Es un poco mafiosillo, hace todo tipo de negocios para poder tocar la guitarra, pero es un tío legal.

 

TONI.-

¡Osea que se ha comprado el amplificador con el culo!

 

 

MIGUEL.-

Mucha revolución, Toni, pero a veces hablas como una vieja puritana. El trabajo es el trabajo. ¿Con qué se compraba las cosas Eva, con el coño?

 

TONI.-

Por mí como si se lo quiere tirar un buzo, chaval…

 

MIGUEL.-

¿Quieres venir al ensayo de mañana por la tarde?

 

TONI.-

Vale. Iré con María Angeles… ¡Puede ser como en los viejos tiempos!

 

MIGUEL.-

¡Pareces un abuelo!

 

TONI.-

Podríamos invitar también a Juan Alberto para que os contratase en su pub de pijos. Si tocáis en el Submarino Amarillo es seguro que el señor Rocamora os producirá un disco para su editora y os consagraréis ante la flor y nata del país.

 

MIGUEL.-

No estaría mal. Podría ser mi venganza… ¿Todo esto tiene mucho de novela policiaca, verdad? De hecho me he pasado estos tres años tocando la guitarra para demostrar que los tipos como Juan Alberto, que sólo tocaban en las fiestecitas y los bautizos, no servirían nunca para hacer música de verdad. Yo tendré más dinero que los Rocamora… Dentro de poco Los Rocking serán el único conjunto exportable de este país, ya lo verás…

 

TONI.-

Siempre serás el mismo, no hay duda. Veo que aspiras a que te den también la medalla de la Reina. ¡Lástima que aquí no den ninguna! Le diré a María Angeles que llame a los Rocamora… ¡La derecha divina bajará a los barrios bajos para escuchar en directo a los Rockings!.

 

MIGUEL.-

Ni que actuásemos en el Madrazo, chaval.

 

TONI.-

Un garaje de tu barrio, lleno de la fauna más pijotera de la city… Los cabellos de la señora Rocamora, esculpidos en Fémina por el mismísimo Llongueras, se mojarán con las gotas de agua de la ropa tendida en las ventanas de las Delicias. ¡De peli de Vitorio De Sica..!

 

MIGUEL.-

¡Y se atufarán con el olor del costo que nos fumaremos, chaval! Que esos tipos sólo fuman las noches de luna llena…

 

TONI.-

Hasta mañana. Puede ser…

 

MIGUEL y TONI.-

¡Chachi piruli! (Ríen y se van.)

 

         (Oscuro. Interior de un taller de macánica de una pequeña calle en el barrio de las Delicias. Una pareja de motos medio desmontadas. Una nevera de coca-colas oxidada. Las paredes llenas de carteles de los Rolling Stones y de otros ídolos del Rock. Iluminación de colores. En un escenario improvisado Los Rockings ensayan «Jumpin Jack Flash».)

 

MIGUEL.-

(Canta.) ¡Atención!

         Con mis greñas te quiero agredir,

         sé que te da rabia mi forma de vestir.

         Mi forma de bailar.

         Soy el hijo del huracán.

         Tú dirás que no soy de tu estilo,

         que soy muy infantil.

         Pero algún día sabrás que te equivocas

         si piensas que soy también tu marioneta.

         Soy Jumpin Jack Flash

         el rey del gas.

         Soy Jumping Jack Flasch

         el rey del gas.

 

Okey... No ha salido del todo mal. Pero si bajas tanto el volumen no podré molestar a los niños Rocamora.

 

LUIS.-

¿Estás un poco nervioso, eh? Ni que te fueras a examinar del carnet de variedades.

 

MIGUEL.-

Si pudiéramos actuar en el Submarino Amarillo… ¡Demasiado para nuestras deudas! Venga, probemos con «Honky Tonk Women»… ¡Preparados! ¡One, two, three!

 

         (Entra Brigitte, exuberante, vestida de musa underground. Suenan los primeros compases de la canción.)

 

         Me río del ambiente y de la gente

         de las chicas que me invitan a bailar.

         Te tengo clavada en el pensamiento

         y por eso me quiero emborrachar.

 

         (Paran de tocar fascinados por la presencia de Brigitte.)

 

BRIGITTE.-

¡Hello, boys! Hola, Miguel. Juan Alberto y todo el grupo vendrán ahora, están aparcando los bólidos.

 

MIGUEL.-

(Un poco cortado.) ¡Hola, Brigitte!

 

LUIS.-

¡Ah! ¿No es Claudia Cardinale?

 

MIGUEL.-

Vamos a emborracharnos un poco…

 

LUIS.-

¿Quién es ésta tía?

 

MIGUEL.-

Una amiga mía.

 

LUIS.-

No te excites mucho que tenemos que seguir ensayando.

 

         (Los músicos fuman y beben. Miguel baja a saludar a Brigitte.)

 

MIGUEL.-

¿Porqué volviste aquella tarde a casa de los Rocamora?

 

BRIGITTE.-

No seas rencoroso. Ya ha pasado mucho tiempo de aquello.

 

MIGUEL.-

¿No te habías ido a Ibiza?

 

 

 

BRIGITTE.-

He vuelto porque tengo que comenzar un rodaje. Soy una famosa estrella de la pantalla, (Chasquea los dedos y se ríe.) Ya puedes conducir mi coche, baby... Estoy haciendo un corto: «El asfalto bajo el mar». Preparáos porque si llegáis a tocar en el Submarino Amarillo os haréis ricos… Allí es donde encuentro trabajo para hacer películas y spots… Acabo de hacer uno de lencería fina que parece un remake de Niágara; se ha filmado en la cascada del parque y se han hecho copias especiales para el extranjero. Tú también te tienes que adaptar a los nuevos tiempos. Hablaré con Rosa María para que te ayude a elegir virguerías. En Scobidous tienen ropa importada de Inglaterra…

 

MIGUEL.-

¿Dónde dices?

 

BRIGITTE.-

En la boutique de Jaime y Rosa María: Scobidous.

 

MIGUEL.-

¿Además de hacer cine y anuncios vendes ropa interior? Joder, tía, cómo te lo montas. Acabáos el canuto que seguimos ensayando, chicos. (Se colocan. Acaban «Honky Tonk Women». Miguel canta.)

 

         Se me escapan todas las mujeres.

         Quiero, quiero, quiero tu amor.

         Cúbreme de rosas,

         quiero, quiero, quiero tu amor.

 

         (Durante la canción han ido entrando los Rocamora. Juan Alberto, Rosa María y Jaime. Con ellas también aparece una chica desconocida. Saludan haciendo señales a Miguel que está en el escenario. Entran también Toni y María Angeles.)

 

JUAN ALBERTO.-

¿Tan Rolling como siempre, eh? ¿Conoces a mi chica? Lilith, te presento a Miguel y a Toni.

 

LUIS.-

(Se la queda mirando descaradamente.) ¿Lilith…? ¿No nos hemos visto antes?

 

TONI.-

A mí también me suena tu cara.

 

 

LILITH.-

Puede ser que nos hayamos visto en el Submarino Amarillo.

JUAN ALBERTO.-

No lo creo… Estos chicos no vienen mucho por el bar.

 

MIGUEL.-

Os presento a Lou, el otro guitarra. Ramón es el bajo y Quico el batería.

 

BRIGITTE.-

(A Lilith.) ¡Hostia! ¡Lou está como para parar un tren!

 

JAIME.-

Los Rocking… Quico, ¿me dejarás recordar mis tiempos con la mini-twist? (Todos ríen.)

 

QUICO.-

Cuando quieras nos haces una demostración.

 

ROSA MARIA.-

Siempre serás un niño.

 

JAIME.-

Y tú, querida, desde que te has quedado embarazada te portas como una abuela. En lugar de ir al ginecólogo deberías de ir al geriatra.

 

TONI.-

Al «geniatra», Jaime, al «geniatra».

 

JAIME.-

¡Ya he aprendido a hablar, mariconazo!… (Se va a tocar la batería. Rien.)

 

MARIA ANGELES.-

(Riendo.) Tendréis la parejita: Jaimito y Jaimita… ¿Y no eres demasiado joven para ser madre?

 

ROSA MARIA.-

Lo tengo muy asumido. Estoy contenta de tener un hijo. Me siento plenamente responsable de lo que he hecho.

 

MARIA ANGELES.-

¿Todavía sigues los consejos del «Diario de Ana María»? ¿Sabes lo que te espera? Un crío ata mucho.

 

 

ROSA MARIA.-

Durante el día, cuando nosotros estemos en la boutique, se quedará mamá en casa. Le hace mucha ilusión volver a ser madre. Cuando salgamos por las noches vendrá a casa Marta, una chica muy simpática que nos hará de canguro.

 

TONI.-

¿Y cuando llore le insonorizaréis la cuna? ¿Os pondréis tapones en los oidos?

 

ROSA MARIA.-

Eres un imbécil… De este asunto ya no hay más que hablar. No tiene remedio.

 

MARIA ANGELES.-

Londres es una buena solución. Cincuenta papeles y fuera problemas.

 

ROSA MARIA.-

¡Jaime ven un momento! Están hablando de tu hijo y me proponen que aborte… Yo les digo que un hijo no es ningún problema. Además mis padres y los señores de Sastre son cristianos y se opondrían radicalmente… Lo noto tan mío… (Se acaricia la tripa.)

 

JAIME.-

¿Quién lo ha de tener, vosotros o yo? Pues entonces ocupáos de vuestros asuntos y no os metáis donde no os llaman. Jaimito es un niño con el futuro asegurado. Ya es el dueño de Scobidous. ¡Antes de nacer ya es propietario!

 

ROSA MARIA.-

Además la lista y las participaciones ya están hechas. Sería un escándalo volver atrás.

 

         (Miguel comienza a tocar «La neurastenia» con la guitarra acústica, un poco nervioso. Luis y Brigitte intiman en un rincón.)

 

TONI.-

¿Sabéis que en este momento si la poli quiere nos podía tener tres días en comisaría acusados de reunión ilegal? Podían sospechar de todos nosotros por estar conspirando en un local poco recomendable. ¿Qué diría el Hola? ¿Qué diría el Garbo?

 

JAIME.-

¿Quieres atemorizarnos?

 

ROSA MARIA.-

Hemos venido aquí a escuchar a los Rocking. No hacemos nada malo.

 

TONI.-

Eso se lo explicas a los grises cuando te plantifiquen en la cara la droga que lleva Lou en el bolsillo…

 

         (Miguel toca un «Himno militante» a la manera de Jimmy Hendrix cuando tocaba «Barras y estrellas».)

 

LUIS.-

¿Queréis, babys? (Les ofrece costo.)

 

ROSA MARIA.-

Una llamada de papá al gobernador y nos dejarían libres enseguida. Además nadie lo sabría. Papá tiene muchas amistades.

 

TONI.-

Tenéis miedo del escándalo y el escándalo sois vosotros, con vuestra moral de revista de peluquería en donde leéis que el aborto es un asesinato y la pena de muerte una regla imprescindible contra los que osan plantar cara a vuestras ideas hechas de miedo, de rutina, de renuncias, de negocios de compra y venta que hacen que a los dieciocho años seáis como una fotocopia de vuestros padres y que, como a ellos, sólo os interese vuestra seguridad, vuestro futuro, vuestro dinero y vuestra tontería, y que por eso sois capaces de traer un niño al mundo, porque os es útil, utilizable. Sería mejor que no naciera, que le liberáseis del trauma, porque no vais a tener un hijo sino una víctima…

 

JUAN ALBERTO.-

¡Ja! ¡Una víctima de la revolución! Del maravilloso día en que la clase obrera acabe con nosotros, los capitalistas… (Los Rocamora se ríen.)

 

JAIME.-

¿Te crees que somos La Casa de los Martínez?

 

TONI.-

…una víctima de la revolución o de unos padres que le vampirizan antes de nacer. Una víctima más de vuestro mundo, de vuestra policía, de vuestro ejército, de vuestras leyes, de vuestra televisión, de vuestra normalidad, de vuestro Scobidous, de todo la estructura social e ideológica que ha conseguido que seais como vuestros antecesores.

 

JAIME.-

Sigues  mezclandolo todo… la gimnasia y la política. ¡Más vale que te calles o te pegaré una hostia!

 

BRIGITTE.-

(Echándole besitos a Luis, riendo.) «Haced el amor y no la guerra».

 

JUAN ALBERTO.-

Estas paridas las oigo todos los días en la Universidad. No me vengas a hacer de Che Guevara que nosotros ya tenemos montado un pub

 

ROSA MARIA.-

(Riéndose.) Nosotros trabajamos y damos trabajo a los demás.

 

MARIA ANGELES.-

Es verdad, a mí ya me lo han dado. (Ríe.)

 

ROSA MARIA.-

En el Scobidous y en el Submarino Amarillo nos encontrarás todos los días proletarizándonos.

 

MIGUEL.-

Cuando acabéis de soltar discursos comenzaremos a tocar…

 

TONI.-

Sois extranjeros en vuestro propio país, pero si os arrepentís y queréis dejar de ser veraneantes, estáis invitados a una manifestación que se hará en el Paseo de la Independencia dentro de media hora contra el Estado de Excepción, contra los capitalistas y su régimen… Todavía estáis a tiempo, Rocamora juniors… Que continúe la represión depende de gente como vosotros.

 

JUAN ALBERTO.-

(Aplaudiendo.) ¡Viva el libertador! Hablas como Radio España Independiente, con la misma sintaxis rutinaria, machacona y aburrida. Pero me parece que te has equivocado de oyentes.

 

TONI.-

¿Sabéis lo que me gustaría más en estos momentos?

 

JUAN ALBERTO.-

Ser el protagonista del Potèmkim.

 

TONI.-

No. Tener un garrote de medio metro para abrirte la cabeza.

 

MIGUEL.-

¡Venga, tranquilizáos!

 

TONI.-

No te preocupes, Miguel, sólamente es un deseo.

 

MARIA ANGELES.-

Vámonos Toni.

 

TONI.-

Adiós, Miguel. Que todo salga chachi piruli.

 

         (Toni y María Angeles se van.)

 

JAIME.-

Me ponen nervioso los «marxianos». Siempre piensan que poseen la verdad y todos los que no piensan como ellos son enemigos… Tan majo que era este chico antes de irse fuera de España. Este no ha digerido el Mayo del 68.

 

JUAN ALBERTO.-

Va, Miguel, cuando quieras puedes empezar a hacerme cosquillas en las orejas. (A Rosa María, Jaime y Lilith.) Si no le hacemos cantar rápido se caerá redondo, porque lleva una trompa…

 

LILITH.-

Empieza a ser tarde y tenemos que abrir el Submarino.

 

 

MIGUEL.-

(A Luis que está ligando con Brigitte.) Lou, cuando quieras… o cuando puedas.

 

LUIS.-

Tranquilo, chato, que estoy en órbita. Esta chica es un tripy.

 

ROSA MARIA.-

(Hablando con los de su grupo.) Miguel está celoso. Brigitte siempre le ha llevado de culo.

 

         (Miguel da la señal para comenzar a tocar. Brigitte mira con ironía. Mientras canta los va mirando uno a uno. Brigitte y Lilith bailan. Miguel canta.)

 

MIGUEL.-

         Tú sigues en la inopia,

         se te ha escapado el autobús

         y piensas que cantarás victoria

         y piensas que no tengo memoria.

         No tengo nada que hacer, baby

         pobre baby, ya has pasado a la historia.

 

         (Aplausos.)

 

BRIGITTE.-

¡Bravo! ¡Habéis estado muy bien!

 

ROSA MARIA.-

Todavía recuerdo el primer día que nos hablaste de los Rolling.

 

JUAN ALBERTO.-

Has aprendido a tocar la guitarra. Sonáis francamente bien… pero esta música no le gusta al público del Submarino Amarillo… Es demasiado ruidosa, demasiado electrificada, demasiado dura… Si tocáseis como los Beatles todavía podría hacer algo por vosotros… El Submarino Amarillo es básicamente un lugar de relax. La gente viene a relacionarse, a tomar unas copas. Esto es demasiado excitante para ellos. Yo le dije a Toni que no os hiciéseis ilusiones, pero él, ya lo has visto, es un idealista que siempre le ha gustado hacer de abogado de los pobres… Si cambiárais de repertorio e hiciéseis cosas acústicas, venid a verme al pub

 

JAIME.-

Ahora se lleva la música californiana.

 

ROSA MARIA.-

En Scobidous tenemos unas camisas de flores que si hiciéseis esa música os quedarían muy coquetas… Son de la misma marca que las de George Harrison… Cuando estéis en el Submarino Amarillo venid a la tienda que os las venderé a buen precio.

 

MIGUEL.-

(Borracho.) No haréis de mi un Beach-Boy de playa pret-à-porter… Lo que hago es sólamente rock and roll, pero me gusta…

 

LUIS.-

(Dando un giro inesperado a la conversación.) ¿Y a tí qué te parece, Eva? Antes te gustaba mucho esta música. (Un gran silencio.)

 

LILITH.-

Te confundes de persona. Yo me llamo Lilith.

 

LUIS.-

Me conozco de memoria la cara de todas las putas… Por cierto, la tuya me ha gustado siempre…

 

JAIME.-

Está drogadísimo y comienza a alucinar.

 

LUIS.-

Achanta la mui, que contigo no va nada… Te haces la sorda, nena.. Sí, Mike, la vida es una broma… Siempre te lo he dicho. Esta superestella de la burguesía trinfante es Eva, la niña prodigio del barrio chino, la puta de más exito. Ha caido todavía más bajo juntándose ahora con esta mafia.

 

JAIME.-

La única puta que hay aquí es tu madre…

 

LUIS.-

Pues sí, chico, tienes razón. Mi vieja ha tenido que hacer de todo en esta vida. (Amenazante.) ¿Pasa algo?

 

ROSA MARIA.-

Esto va a acabar mal.

 

JUAN ALBERTO.-

A mí no se me insulta de esta manera… Ahora veréis como acabo yo ésto.

 

LUIS.-

(Saca la navaja automática.) ¿Quiéres ver sangre?…

 

LILITH.-

¡Basta! (A Juan Alberto.) Escucha: mi padre me abandonó hace tiempo y no necesito ninguno más. Me han insultado a mí, puedes estar tranquilo, chico. (A Luis.) Veo que en el barrio continuais teniendo buena memoria.

 

LUIS.-

Contigo no va nada de esto.

 

LILITH.-

Sí, soy Eva, la puta más joven del chino. Mi nombre verdadero es Isabel y os conozco a todos vosotros mejor que vuestro siquiatra. ¿Qué pasa? ¿Alguien tiene algo que decir? Putas lo somos todos y todas. ¿Hay alguien que no lo sea? ¿No ha quedado bien demostrado esta tarde?

 

LUIS.-

Okey, chata.

 

ROSA MARIA.-

Ya os he dicho que no deberíamos haber venido.

 

JUAN ALBERTO.-

Veo que todavía os gusta el juego de la verdad… Pero estad tranquilos. (A Eva-Lilith.) Yo ya sabía tu historia. Papá pidió informes cuando te presenté en la empresa. Isabel Peco, madrileña, hija de familia humilde. ¿Qué haríamos sin tu sexi en el Submarino Amarillo? Me importa un rábano tu vida de antes…

 

LILITH.-

¡Tú sí que eres un hijo de puta! A partir de hoy te la mamará tu madre. Good by, Lou; Good by Mike, a mí también me gusta el rock and roll.

 

         (Se va. Detrás de ella desaparece también Juan Alberto.)

 

LUIS.-

Ya os lo había dicho: la vida es una broma…

 

ROSA MARIA.-

Jaime, vámonos…

 

         (Se marchan Jaime y Rosa María.)

 

LUIS.-

(Riéndose.) ¿Qué, Mike? ¡Les he montado una buena bronca! ¡Se la merecen por gilipollas! No sé como se te ha ocurrido hacerlos venir aquí.

 

BRIGITTE.-

Te has pasado un pelo, Lou. Tu es un peu méchant, tu es un Hell’s Angel... (Le abraza.)

 

QUICO.-

Chicos, !o seguimos ensayando o mañana haremos el ridículo!

 

MIGUEL.-

El ensayo se ha acabado pero las hostias no han hecho más que empezar. Yo no me voy de aquí.

 

         (Los músicos desmontan y se marchan.)

 

RAMON.-

Si mañana queréis follón ya me llamaréis.

 

MIGUEL.-

¡La verdadera, la única, la auténtica puta eres tú!

 

BRIGITTE.-

¿Se puede saber qué te pica a tí ahora?

 

LUIS.-

¿Tú que crees?

 

MIGUEL.-

Me lo hiciste una vez pero ésta ya no te lo aguanto.

 

BRIGITTE.-

Yo hago lo que me apetece y con quien me apetece.

 

LUIS.-

A veces se gana y a veces se pierde.

 

MIGUEL.-

Es una historia entre ella y yo. Cállate.

 

LUIS.-

Vamos, Brigitte y dejemos que baje el globo… ¿Me dejas la moto?

 

MIGUEL.-

(Borrachísimo, quiere pegar un puñetazo.) Lo que te dejaré es la cara como un mapa.

 

         (Luis le esquiva y lo tira al suelo. Luis le coge las llaves de la moto y se va con Brigitte. Se oye el sonido de una moto alejándose. Miguel se levanta, enciende la radio, se lava la cara con coca-cola. Después se hace un canuto. Entra María Angeles.)

 

 

MARIA ANGELES.-

(Llorosa.) ¡Han cogido a Toni! ¡Han cogido a Toni! Le han dado una paliza y se lo han llevado en un jeep.

 

MIGUEL.-

¿Qué dices?

 

 

MARIA ANGELES.-

La policía ha cargado por sorpresa. Yo he podido escaparme pero a él lo han cogido y lo han arrastrado por los pelos. ¿Se han ido los Rocamora? Su padre podía hacer algo si ellos quisieran, está claro. ¡Deja los porros y ayúdame!

 

MIGUEL.-

¿Qué dices?

 

MARIA ANGELES.-

Estás demasiado pasado. Adiós.

 

MIGUEL.-

Los encontrarás en el Submarino Amarillo escuchando música californiana.

 

MARIA ANGELES.-

Adiós. (Se va.)

 

MIGUEL.-

Cuando los veas les dices que es un tío chachi piruli. (Sonríe un poco. Conecta la guitarra. Saca un tubo de pastillas del bolsillo y se las toma. Bebe unos sorbos de coca-cola. Toca «Satisfaction» y canta.)

 

         I can’t get no satisfaction

         i can’t get no satisfaction

         And I try and I try and I try

         I can’t get no, I can’t det no

         Yo no encuentro satisfacción.

         Yo no encuentro satisfacción

         y la busco, la busco, la busco,

         pero no la encuentro, no la puedo encontrar.

         Debes darme explicaciones

         y convencerme con razones

         de porqué no quieres venir a la cama

         a conseguir satisfacción.

 

         (Miguel va desplomándose lentamente. Se escucha por la radio un programa musical con el volumen muy alto.)

 

LOCUTOR PRIMERO.-

«Veinticuatro horas después y todavía estoy en la maldita carretera. Parece que el atasco está llegando a su fin… Brian Jones, el guitarrista de los Rolling Stones, ya ha llegado al cementerio de los elefantes. Su guitarra será codiciado marfil. Mike Jagger le ha leido en Hyde Park una oda de Shelly que nadie ha escuchado. Pero no os preocupéis, ya la reproducirán los periódicos…»

 

         (Entra «Satisfaction» de los Rolling Stones. )

 

«Todos, todos terminaremos en el cementerio de los elefantes. ¡Es el fin de una década!»

 

         (Toni en la cárcel. Mientras escucha el transistor va escribiendo lentamente. ) 

 

TONI.

Querida María Angeles: he sabido que Miguel ha muerto. Me gustaría que en su funeral leyérais esta canción de los Beatles:

 

         (Comienza a sonar «In my Life», de los Beatles.)

 

         «Hay lugares que recordaré

         toda mi vida.

         A pesar de que algunos ya han cambiado,

         para siempre,

         no para mejor,

         otros han desaparecido,

         otros se conservan igual.

         Todos estos lugares tuvieron sus momentos,

         con amigos y amigas

         que todavía puedo recordar.

         Algunos están muertos,

         otros vivos.

         A lo largo de mi vida los quise a todos.

         Pero de todos estos amigos y amigas

         no hay nadie que se pueda comparar contigo,

         y estos recuerdos pierden su significado

         cuando pienso en el amor como algo nuevo.

         Todavía sé que nunca perderé el afecto

         por la gente y las cosas pasadas.

         Sé que no dejaré nunca

         de pensar en ellas»

 

Besos, muchos besos, María Angeles. Estoy bien, dentro de lo que cabe. Nos veremos en la comunicación del lunes. Algún día España será un sitio en donde todos podremos respirar. Te quiere: Toni.

 

         (La música continúa sonando. Oscuro.)

 

FIN DE LA SEGUNDA PARTE

 

PEQUEÑO PARENTESIS

 

         (Como al final de todas las obras de teatro, cuando se hace el oscuro y el volúmen de la música crece, el público prorrumpe en un aplauso más o menos cálido. En esta suponemos que también… Los actores saldrán a recibirlos cogidos de las manos, saludarán una vez inclinando respetuosamente la cabeza, y se adelantarán hasta proscenio. De pronto, el actor (la actriz) A interrumpirá el tradicional acto de despedida:)

 

A.-

No puede ser… No puede ser… ¡Silencio, por favor! ¡Silencio!

 

         (Sus compañeros se quedan estupefactos. No saben qué hacer y murmuran entre sí.)

 

A.-

Que no, que no… Que esto no puede quedar así. Que yo no estoy de acuerdo.

 

         (Suponemos que estas palabras más los inequívocos gestos que A ha realizado parar detener el aplauso del respetable serán suficientes para restablecer el silencio en la sala.)

 

A.-

(Dirigiéndose al público.) Señoras y señores, perdonen que les pida que dejen de aplaudir. Sé que con esta petición rompo una costumbre a la que son ustedes muy aficionados… Pero… llevo unos días pensando que esta obra no puede acabar así…

 

B.-

(Después de una pausa.) ¿Qué quieres decir?

 

C.-

Si, eso, explícate.

 

A.-

Sencillamente que a mí me parece muy bien que como taller de tercer curso se representen obras de todo tipo: clásicas, contemporáneas, nacionales, extrangeras… Pero…

 

C.-

Pero… ¿qué?

 

 

A.-

Pues que creo que una obra de estas características, o sea que cuenta la crónica de una generación que tenía dieciseis años en 1966, debería tener otro final.

 

B.-

¿Otro final?

 

D.-

¿Un final, cómo?

 

A.-

Un final que contara en lo que se han convertido los personajes que aparecen en ella, puesto que, excepto Miguel, previsiblemente todos estarían vivos todavía. Ahora tendrían más o menos unos cincuenta años.

 

C.-

(Interrumpiendo un cierto silencio.) Pero… ese final no está escrito. Habría que escribirlo y no vamos a tener aquí al público esperando que los autores se animaran.

 

B.-

Además a Jordi Mesalles y a Miquel Casamayor tu idea podría no parecerles bien.

 

D.-

Y luego está Paco Ortega, que con el genio que se le pone a veces…

 

A.-

Al diablo el director y los autores. ¿No nos han explicado en la Escuela un millón de veces que esto del teatro es una aventura que hay que vivirla hasta el final, implicándose en ella, apasionadamente…? ¿Acaso esta obra no es un homenaje a ese espíritu reivindicativo y transgresor de la década de los sesenta? ¿Qué manera os parece más auténtica para terminarla que dar nuestra opinión sobre lo que podría ser su final lógico, el final lógico de algunos de los personajes que hemos conocido?

 

C.-

La verdad es que planteadas así las cosas…

 

         (A estas alturas de conversación la mayoría de los actores se han ido metiendo entre cortinas y han desaparecido.)

 

¿Y cómo hacemos si no tenemos nada preparado?

 

B.-

Sí, eso, ¿cómo hacemos?

 

A.-

Yo tengo una idea. Si queréis os la cuento… ¡al oido!

 

         (Los que quedan, después de dudarlo unos instantes, se le van acercando. A les cuenta la idea que ha tenido y a C y D enseguida parece entusiasmarles. Sólo B plantea una objeción.)

 

B.-

A mí me parece bien, pero con una condición…

 

A.-

¿Cuál?

 

C.-

¿Qué condición?

 

D.-

Sí, ¿qué condición?

 

B.-

(Mirando al público.) Que el público esté de acuerdo.

 

A.

¿Con el final?

 

B.-

No, hombre. Eso sería imposible. Cada espectador tiene una visión de la vida diferente.. Que esté de acuerdo con que nos saltemos las normas tradicionales del teatro y los actores por nuestra cuenta y riesgo les contemos uno que no estaba previsto. De esta manera la bronca que nos echará Paco cuando nos coja será menor. Y hasta si tenemos éxito y al público le parece bien los autores podrían plantearse la posibilidad de incorporarla a la obra original.

 

A, C, D.-

¡Vale! ¡Venga, sí! Habrá que preguntárselo…

 

B.-

(Dirigiéndose al público.) ¿Están ustedes de acuerdo en que nuestro compañero A les cuente ese final que ha imaginado?

 

         (Ante la respuesta mayoritariamente afirmativa del público los actores se sientan en proscenio. A comienza a relatar.)

 

 

A.-

Pues veréis… Ejem. Pues verán ustedes… Han pasado casi treinta años desde la muerte de Miguel y esa podría ser una buena razón para que todos volvieran a reunirse. Franco también ha muerto y el país ha pasado por la famosa transición. Rosa María, María Angeles, Toni, Jaime y Brigitte han perdido totalmente la relación durante estos años… Juan Alberto Rocamora…

 

         (La luz se va apagando y comienza a escucharse una música muy popular a finales de los noventa…)

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Tercera parte:

LAS GAFAS DE LENNON…

 

 

         (1999. Han pasado treinta años desde la muerte de Miguel. La luz va a compartimentar en el escenario pequeños lugares que simularán ser espacios diferentes y alejados entre sí, de la misma manera que ocurría en la Primera Parte. En en el centro hay un círculo formado por sillas vacías en penumbra. Conforme pase el tiempo las sillas se irán iluminando con más nitidez. En la radio está sonando «Tubthumping», del grupo Chumbawamba. Se oye la voz de un locutor.)

 

 

VOZ DEL LOCUTOR.-

«Tal vez sea hoy ese día que lleváis esperando desde hace mucho tiempo, babys. Por si acaso estad preparados: arreglad vuestro traje de amianto y colocad en la mesilla de noche la máscara antigás.  Clinton amenaza con bombardear Bag-Dag y las reacciones de Sadam Hussein son aún más imprevisibles que las del bueno de Bill.»

 

 

         ( Jaime Sastre está acabando de arreglarse. Rosa María se viste igualmente pero con una evidente desgana.)

 

ROSA MARIA.-

No sé porqué tenemos que ir a esa maldita reunión.

 

JAIME.-

¿Bromeas? No sabes lo que voy a disfrutar restregándoles por la cara a Brigitte y a los demás el nivel de vida que hemos conseguido. Se les va a comer la envidia. ¡Que se jodan!

 

ROSA MARIA.-

Sí, claro, llevamos una vida envidiable. Por Dios, Jaime, pareces un crío todavía.

 

JAIME.-

Perdona, querida. Se me había olvidado. (Burlándose abiertamente.) La señorita Rocamora se ha cansado de ser la señora de Sastre. A estas alturas quiere recobrar su identidad perdida, quiere… ¡realizarse!, como repites tanto últimamente.

 

 

 

ROSA MARIA.-

No te reconozco, Jaime. Me gustabas más cuando llevabas pantalones cortos y casi no sabías hablar.

 

JAIME.-

Entonces me podías «majenar» a tu antojo. Perdón: manejar. (Se ríe irónicamente.)

 

ROSA MARIA.-

(Después de una pausa en la que han seguido vistiéndose silenciosamente.) ¡Lo único que quiero es sentirme útil, necesaria!

 

JAIME.-

Y lo eres, querida. Ya lo creo. Anda, ayúdame a ponerme bien la corbata.

 

ROSA MARIA.-

(Ensimismada.) Los chicos se han hecho mayores. Ya casi no les veo y cuando están en casa parece como que les estorbo. Es normal, necesitan ser independientes, más independientes que cuando nosotros teníamos su edad.

 

JAIME.-

¿Ese es todo el problema? ¿Mi mujercita se ha descubierto alguna nueva pata de gallo?

 

ROSA MARIA.-

(Como si no le hubiese oido.) Y tú…, tú siempre estás trabajando. Parece como que te diese miedo volver a tu propia casa.

 

JAIME.-

(Incómodo.) De modo que trabajo demasiado… (Con una evidente e inesperada agresividad.) Pues cuando nos casamos no pareció importarte mucho que trabajara dieciseis horas al día, y en dos lugares diferentes, para que pudieses mantener el nivel de vida al que te habían acostumbrado tus padres, ¿verdad Rosa María? ¿Te preocupaste mucho por mi felicidad durante nuestros primeros años de matrimonio?

 

ROSA MARIA.-

Quizá tengas razón. Pero yo no hablo del pasado… Hablo de ahora, de cambiar nuestro presente… Tú quieres ir a la reunión para presumir delante de todos, para que todos se den cuenta de que no nos soportamos. Para que los demás comprueben que no he dejado de ser una señorita provinciana y remilgada, cuyo único horizonte en la vida son sus tarjetas de crédito y su duplex en la Plaza de España… Y yo no quiero ser más así.

 

JAIME.-

No, querida. Lo que pretendo sencillamente es demostrarles que el Jaime que tanto les divertía se ha convertido en un triunfador. Sólo eso.

 

ROSA MARIA.-

¿Triunfador? ¿Crees de verdad que has triunfado en la vida? ¿Estás plenamente satisfecho con esta vida que llevamos? ¿Tu vida profesional y familiar te hace completamente feliz?

 

JAIME.-

(Absolutamente fuera de sí.) Eso es un golpe bajo que no tienes derecho a darme. Eres la responsable de no haber sabido educar al chico, si te refieres a eso. Es vergonzoso, es inmoral…

 

ROSA MARIA.-

¿Acaso tú lo has intentado? (Pausa.) Dios mío, Jaime, sólo te pido que aceptes la situación y que me escuches.

 

JAIME.-

Ya te he escuchado bastante. Todo lo que Jaime ha necesitado lo ha tenido siempre y ahora me sale con que es maricón. Es decir, un inútil. Dime, ¿en qué proyectos de futuro puedo pensar para ese desgraciado? Está claro que en ninguno. ¿Qué he hecho yo para merecer algo tan humillante, Dios mío?

 

ROSA MARIA.-

Jaime es un buen chico. Educado, cariñoso, atento, sensible…

 

JAIME.-

Me gustaría saber de qué va a servirle esa sensibilidad en la vida. ¿Va a ser poeta, pintor, músico…? Tú tienes la culpa de que tenga esa sensibilidad enfermiza porque siempre lo has tenido metido entre las faldas. ¿Y qué ha aprendido ahí? Lo que sabe ahora: mariconear. En vez de darle una educación para convertirlo en un hombre hecho y derecho y capacitado para responsabilizarse de nuestros negocios…

 

ROSA MARIA.-

¡Basta ya! Eso es lo que únicamente has sabido hacer tú: preocuparte por los negocios sin pensar que tenías una mujer y un hijo de quien ocuparte. ¿Que crees? ¿Que he sido maravillosamente feliz? Pues no, Jaime. En todo caso he sido feliz a su lado, viéndolo crecer. El ha sido el único apoyo en mi soledad, en mi desesperación. Y te digo otra cosa más: me alegro de que nuestro hijo sea diferente. De esta manera no hay peligro de que se convierta en una fotocopia de sus padres. ¿Te suena esa frase de algo? ¡A mí sí!. ¡A mí me martillea en los oidos todas las noches… !(Solloza.)

 

         (Jaime termina de vestirse.)

 

JAIME.-

Me voy. A las ocho tengo una reunión con los comerciales.

 

ROSA MARIA.-

Te recuerdo que a las ocho tenemos una cita con nuestros amigos de la juventud. Quiero decir, con aquellos con los que no debimos perder la amistad. Sería una buena oportunidad para hablar con Brigitte.

 

JAIME.-

No necesito hablar con ningún sicólogo y menos si esa sicóloga está más loca que sus pacientes. (Pausa. Se detiene un momento, como si cayera en la cuenta de algo importante. Cambia por completo de actitud.) Aunque, tal vez… no sería mala idea… A lo mejor Brigitte le podría ayudar al chico a superar el problema, a cambiar. Quién sabe… (Se encoge de hombros y se dirige hacia la puerta.)

 

ROSA MARIA.-

(Abandona su actividad. Avanza hacia su marido interceptando su salida.) ¡Jaime no está enfermo! No te estoy pidiendo nada para él. ¡Soy yo la que necesito ayuda!

 

         (Oscuro.)

 

         (Brigitte está leyendo una carta. Probablemente la respuesta negativa de Juan Alberto Rocamora. Cuando termina la rompe en mil pedazos y los tira malhumoradamente al suelo.)

 

BRIGITTE.-

¡Qué cerdo! Mejor así. (Se recompone emocionalmente.) Aún quedan ocho horas para la reunión. Me pregunto si vendrá alguien. ¿Tú que crees? (Pausa.) Tengo que dejar de hablar contigo aunque desde que te fuiste me invade la sensación de que estás muy cerca de mí. Y esto en un primer momento fue terrible. Ahora ya no. Pensaba que nunca me dejarías tranquila, que siempre estarías ahí, recordándome que era mala… ¡Cielo santo, qué palabra! ¡Mala! ¡Sucia! ¡Siempre castigándonos, calificándonos de manera infantil, culpabilizándonos! (Pausa.) Muchas veces me pregunto qué habría pasado aquella noche si no me hubiera marchado con Luis. Un instante cambió el resto de nuestras vidas. Una decisión irreflexiva, o inconsciente o casual, puede desencadenar otra, terrible, dramática, irreversible, como les ocurre a los personajes en las novelas de Paul Auster. (Pausa.) Me marché con él porque era guapo y porque así te sacaba de quicio a ti. Y una decisión tan estúpida, tan frívola, tan insignificante, puede acabar con la vida de una persona. Con la tuya, Miguel. Irme con aquel chico fue una tontería. Me hacía gracia comprobar que seguías colgado por mí después de cuatro años y quise provocar tus celos. Así de sencillo. Así de superficial era yo cuando tenía veinte años. ¿Qué podía hacer? Desde que era apenas una niña ya era mona, atractiva, diferente, ¡liberada!. Si tú supieras… Y además, francesa. En aquellos tiempos ser extranjera era lo mismo que llevar un rótulo luminoso para atraer a una legión de moscones. Las personas sufrimos un exhaustivo proceso de clasificación social apenas empezamos a hablar, y este país, en aquel momento, era un amasijo irrespirable de represión, de arquetipos y de tópicos. (Pausa.) Miguel: cuando pienso en ti creo que has sido… como un tributo, algo que había que pagar, una especie de trueque con la vida: tú a cambio de mí. Como si hubieras tenido que hundirte para sacarme de donde me estaba ahogando. (Pausa.) Ahora estoy bien. Una sicóloga me salvó a mí de una depresión que me tenía atrapada. Ella me abrió la puerta y me mostró un camino inesperado: ayudar también a los demás a salir de sus propios pozos. A personas frágiles como tú. ¿Que habrán pensado los otros? «¡Brigitte, sicóloga!. ¡Una nueva extravagancia de nuestra extravagante francesita!» Es igual. Tengo ganas de verlos. Ganas y curiosidad. Al verlos te veré a ti otra vez. Y recordaré nuevamente aquel primer beso… ¿Te acuerdas de aquella tarde en el parque?

 

         (Oscuro.)

 

            (En escena aparece Juan Alberto Rocamora terminando de vestirse y de meter sus objetos personales en una maleta. Se marcha de viaje. Parece como si estuviera ensayando la lectura de una carta imaginaria.)

 

JUAN ALBERTO.-

«Querida Brigitte:

Lo primero que quiero hacer es felicitarte por la maravillosa idea de reunir a toda la pandilla después de tanto tiempo. Reconozco que ha sido una agradable sorpresa. Por supuesto, agradezco que te hayas acordado de mí. (Pausa.) De todas formas debo decirte que el esfuerzo es tan encomiable como inútil: pretendes reunir a personas que ya han muerto. No me refiero sólo a tu precioso «Mike», cadáver que te pertenece de una manera muy especial, sino a todos los demás, incluyéndome a mí. Tal vez nuestros espíritus del pasado aceptarán encantados tu propuesta, llena de candor infantil y de una pureza que ya no existe, si es que alguna vez existió. (Pausa.) Por lo que me cuentas en tu preciosa carta, digna de un sobresaliente en la clase de Literatura de Preu, te has convertido en una prestigiosa sicoanalista… ¡Quién lo iba a decir! ¡De golfilla calientabraguetas a discípula de Freud, y perdona la expresión! No sé cómo lo haces pero siempre estás en el candelero de la actualidad social, en el centro de todas las miradas. Pero, si tu metamorfosis externa es asombrosa, la de los demás tampoco deja de ser interesante: ahí tienes a mi hermana y a Jaime. Mi adorable cuñado, de batería de los Rocking se ha convertido en un esclavo de su trabajo, y Rosa María, en una sufrida víctima, devorada en sus tardías y confusas contradicciones. Tal vez Toni no haya cambiado tanto: algunos revolucionarios tienen una patética y conmovedora fidelidad a sí mismos y a sus principios. Seguro que sigue vistiendo el desfasado disfraz de Robin Hood ideológico, inscrito ahora en alguno de esos partidos políticos que nunca conseguirán más que unos cuantos concejales de cultura en algunos ayuntamientos de tercera división. Mientras tanto María Angeles ejerce de mosquita muerta consorte, siempre dispuesta a transformarse en reina de la noche gracias a la pócima del Doctor Jeckill y Mr. Johny Walker. (No puede evitar reirse de sus propios comentarios. Ha terminado de vestirse y ha cerrado la maleta. Delante del público dice las últimas palabras en una actitud a caballo entre la confesión y el «meeting» electoral.) En cuanto a mí no puedo decirte nada que no te hayas imaginado. Soy un hombre poderoso y tengo a mi alcance todo aquello que vosotros ni acertáis a soñar. Mis negocios prosperan y soy cada día más rico, tanto que desde hace un par de años me puedo dedicar a la política sin preocuparme por ellos. Tenía razón Toni cuando hablaba de las virtudes de la democracia porque en ella me ha ido estupendamente… Ah… Lamento de verdad no ir a la reunión de antiguos espíritus, o de muertos vivientes, que me planteas. Hubiera tenido gracia volver a verte para comprobar si sigues tan atractiva y tan «sotisficada», como decía Jaimito. Pero debo partir inmediatamente hacia Estrasburgo en donde los miércoles presido una Comisión Parlamentaria. (Comienza a marcharse. De pronto se vuelve nuevamente hacia el público.) ¿Que cosas, verdad?»

 

         (Oscuro)

 

         (María Angeles y Miki están abrazadas, sentadas en el sofá de su casa. En la radio está sonando «Esperando a un amigo» de los Rolling Stones. )

 

MARIA ANGELES.-

¡Cuánto echaba de menos poder estar contigo! Sentirte muy cerca, como cuando eras una niña…

 

MIKI.-

Yo también, mamá. (Enciende un cigarrillo.)

 

MARIA ANGELES.-

Te pasa algo, ya lo sé. Te lo noto desde hace tiempo. Sabes que confío en tí y pienso que tú sientes lo mismo respecto a mí, respecto a nosotros.

 

MIKI.-

(Trata de ocultar su mirada.) Mamá: háblame de Miguel. ¿Qué pensabas acerca de él?

 

MARIA ANGELES.-

Era un chaval majo, pero muy débil. La música, los porros, el alcohol… y no necesitaba más. Era cobarde, en el sentido de que le costaba mucho afrontar la realidad. A pesar de eso, una persona con una extraordinaria sensibilidad. En aquellos años muchos murieron como él. Esas muertes fueron  todo un síntoma social, además de una tragedia para ellos mismos y para los demás.

 

MIKI.-

Mamá…

 

MARIA ANGELES.-

¿Qué cariño? ¿Qué te ocurre? ¿Estás bien?

 

MIKI.-

¿Porqué no iba a estarlo? ¿Me encuentras mal?

 

MARIA ANGELES.-

No, simplemente me preocupo por tí. Quiero que estés bien, que seas feliz. (Pausa.) ¿Sabes? Nos envió una carta Brigitte con la intención de reunirnos a todos los amigos de entonces. Tengo ganas de verlos, ha pasado tanto tiempo… No sé si papá podrá acudir… Pero, ahora que pienso, ¿porqué no vienes tú y así conoces a toda la cuadrilla con la que tus padres compartían guateques, ligues, desmadres, buenos y malos rollos, etc, etc, etc, …? Estoy deseando ver a Brigitte en su papel de sicóloga. Vaya, vaya, cómo cambiamos…. ¿Te apetece?

 

MIKI.-

No. Bueno, no sé… (Pausa.) Mamá, creo que te estoy fallando.

 

MARIA ANGELES.-

No entiendo lo que dices…

 

MIKI.-

Tengo mucho miedo. (Se miran intensamente.) Abrázame, dime que me vas a seguir queriendo… (Se abrazan.) Te he preguntado por Miguel porque ahora, en este momento de mi vida, creo que estoy viviendo con una cobardía muy parecida a la de aquel muchacho. ¿No has notado que hacía mucho tiempo que no hablábamos? Es que evito hacerlo contigo. Porque no quiero que me veas ciega de alcohol, pasada de porros, o de cocaina… Me doy vergüenza, me doy asco… He llegado a un punto de dependencia que a mí misma me empieza a asustar. (Silencio tenso.) Mamá: no sé quién soy, ni lo que hago aquí. No sé si os quiero, si os odio… No sé nada…

 

MARIA ANGELES.-

Quiero que sepas, Miki, que has dado un gran paso contándome todo esto. Pero no te equivoques: sí que sabes algo. Sabes más de lo que tú misma crees. En primer lugar sabes que estás mal. Eso es algo muy importante. Lo segundo es que sabes también que tu padre y yo siempre te hemos apoyado en todo. El es un hombre con una mentalidad abierta, que jamás te ha juzgado ni se ha inmiscuido en tu manera de vivir y de pensar. Y si lo que necesitas, además de nuestro cariño, es ayuda profesional, porque no te ves capaz de afrontar este problema con tus propias fuerzas, cuenta también con nosotros para eso. Nadie se mete en un infierno así por su propio gusto. Tal vez deberíamos haber sido más protectores, o tal vez más rígidos. Desde luego no hemos sabido ver el peligro en el que te encontrabas. Nosotros, que siempre hemos querido afrontar la realidad cara a cara, tal vez no nos hemos dado cuenta de que los tiempos también han cambiado. (Se besan y se abrazan.)

 

MIKI.-

¿A qué hora tenéis esa reunión?

 

         (Oscuro.)

 

         (La zona de las sillas está ya claramente iluminada. Brigitte pasea nerviosa entre ellas. No ha venido nadie todavía. En proscenio, en las escaleras de acceso al escenario, se encuentra sentada Isabel (Eva-Lilith). Las dos mujeres llevan un tiempo esperando la llegada de los demás.)

 

ISABEL.-

(Consultando su reloj.) Ya deberían estar aquí.

 

BRIGITTE.-

No vendrán.

 

ISABEL.-

¿Estás segura?

 

BRIGITTE.-

Totalmente. No sé cómo he podido creerlo en algún momento.

 

ISABEL.-

Lo has intentado.

 

BRIGITTE.-

Así es mi vida: un continuo intento. Intento de creer que he tomado caminos adecuados, intentos de creer en mí, intentos de cambiar. Fíjate: no he conseguido reunir a un viejo grupo de amigos, a pesar de que todos desearían reencontrarse para saldar viejas cuentas, para perdonarse, para exhibir sus triunfos. Soy una fracasada.

 

ISABEL.-

¿Cómo puedes hablar así? ¿Consideras un fracaso haberme ayudado?

 

BRIGITTE.-

Isabel: tú ya sobrevivías cuando yo no tenía ni puñetera idea de la vida.

 

ISABEL.-

Sí, pero no me negarás que tiene gracia. ¡Anda que no me he tirado tíos ni nada…! ¿Y de quién me voy a enamorar? Del más hijo de la gran puta de todos.

 

BRIGITTE.-

La noche que llegaste al Centro de Ayuda llevabas la cara hecha un mapa. Pensé: si esta tía está así por fuera, ¿cómo estará por dentro? Y, mira por donde, debajo de los hematomas estabas tú: Eva, Lilith e Isabel. La única actriz que ha representado tres papeles en esta obra.

 

         (Ríen las dos. Isabel enciende un cigarro y le ofrece otro a Brigitte que no lo acepta.)

 

ISABEL.-

Sí, lo peor es el dolor de dentro. El que no te curan en ningún hospital, ni se puede demostrar delante de un juez. Y ese dolor fue el que me aliviaste con cariño y atención. ¿De verdad crees que tú y tu trabajo sois inútiles?

 

BRIGITTE.-

No. Tienes razón. Cuando veo cómo estás ahora y en lo que te has convertido, no puedo evitar sentirme orgullosa. Por lo menos en la pequeña parte de la que me siento responsable.

 

ISABEL.-

¿Sabes, Brigitte? Te voy a ser sincera. La única razón poderosa por la cual he venido a esta reunión has sido tú. No tengo demasiado interés en ver a ciertas personas, y a algunos, como por ejemplo a Don Juan Alberto Rocamora, ninguno en absoluto. Ya lo vemos mucho por la televisión… Pero tú te lo mereces. El balance final es que sólo estamos aquí las personas que no hemos seguido fielmente el guión que nos correspondía: yo, el de puta arrastrada primero, y de alto standing después. Tú, el de francesita extravagante y provocativa. Los demás han ido representando, con mayor o menor acierto y convicción, el papel de nobles justicieros, de cabrones sin escrúpulos, de esposas abnegadas o de compañeras más o menos progresistas. Alguno o alguna habrá tenido vacilaciones de texto y de actitud escénica. Pero todos han seguido fieles a lo que de ellos esperábamos los demás, incluido el público que ha asistido a la representación. Sus vidas han corrido paralelas a las de este país. Sin embargo tu y yo hemos dado giros inverosímiles y, en el fondo, no hemos sido ni del todo buenas ni del todo malas. La vida, como las malas obras de teatro, es bastante previsible, pero siempre hay excepciones y de pronto alguien escribe un desarrollo dramático inverosímil para algún que otro personaje. Nos ha tocado a nosotras… ¡Qué le vamos a hacer! (Pausa. Durante los últimos momentos de la conversación se ha estado escuchando»Las gafas de Lennon», de Pedro Guerra.)

 

BRIGITTE.-

Gracias de nuevo, Isabel. Pero… pienso que hoy no va a venir nadie más a esta reunión.

 

         (Se escucha el crescendo final de la canción mientras que se va produciendo un cambio de iluminación. Brigitte e Isabel quedan estáticas. De todos los puntos del escenario salen los actores que han intervenido. Cada uno lleva una pancarta en el que expresa un deseo, una reivindicación personal. Se va haciendo lentamente el oscuro.)

 

 

 

FIN DE

LOS BEATLES CONTRA LOS ROLLING STONES.

Declaración de amor entre La Señora de Blanco y El Caballero de Negro(O de cómo dos sencillos espectadores se convierten en personajes de teatro a fuerza de frecuentarlo mucho.)

mayo 22, 2009

23

 

Dedicado a Ángel Anadón. 

(Ha terminado la representación de la escena de Don Juan. Antes de que el público aplauda, una mujer vestida de blanco, con cierto aire decimonónico, situada aproximadamente en la sexta fila, dice:)

 

La Señora de Blanco.- No, no se vaya usted, Don Juan. Antes de que lo haga, al menos quisiera ponerle como testigo de algo que durante toda la noche he querido decir, puesto que aquí no se ha dicho…

(Murmullos en la sala.)

No se preocupen, señoras y señores, autoridades, ilustres personajes e invitados que esta noche nos acompañan… Voy a ser muy breve y no es mi intención importunarles.

(Los personajes están tan sorprendidos como el mismo público. De entre las cajas aparecen además los que también han intervenido en escenas anteriores. Escuchan como siluetas al fondo del escenario.)

Yo, de niña, asistía a las representaciones de Don Juan Tenorio a las que me traían mis padres todos los años. Como verán soy mayor de edad, pero mantengo intacta mi pasión por el teatro y por esta magnífica obra de nuestra literatura dramática. Mis muchos años de espectadora me permiten, mejor dicho, me obligan a decir lo que quiero decir a continuación…

Don Juan.- (Adelantándose hasta proscenio.) Adelante.

La Señora de Blanco.- Esos señores que han evocado lo que han sido estos doscientos años de teatro en Zaragoza, han hablado, y muy bien por cierto, del justo reconocimiento que se les debe a los técnicos, a los actores, a los directores, a los cantantes, a los coreógrafos y bailarines, que han desarrollado su actividad entre estas paredes. Pero han tenido un olvido imperdonable…

Don Juan.- (Todavía más sorprendido) ¿Cuál, señora?

(Del fondo de la sala viene la voz de un caballero, vestido, en este caso, rigurosamente de negro. Anticipándose a la respuesta de la Señora de Negro:)

El Señor de Negro.- Se han olvidado del público.

Doña Inés.- (Adelantándose también.) ¿Cómo dice?

El Señor de Negro.- Lo que esa señora de negro quiere decir es que en este acto solemne se han olvidado de hablar… del público de Zaragoza. ¿No es así, señora?

La Señora de Blanco.- Así es, caballero.

 (En la relación entre ambos parece haber algo más que una mera coincidencia.)

El Señor de Negro.- Yo también asisto a las representaciones de este teatro desde muy joven. Me tengo, modestamente, por uno de los más fieles espectadores. He visto vaudebilles, dramas, ballets, operas, hasta experimentos vanguardistas, que algunas veces he comprendido y otras no tanto. Pero siempre, se haya tratado de un tipo de espectáculo o de otro, he visto lo mismo.

Don Juan.- ¿Y qué ha visto, caballero?

La Señora de Blanco.- (Anticipándose también al Señor de Negro:) Lo que este señor ha visto, sobre todo, y siempre, han sido seres humanos, a espectadores, sentados en estas butacas. Esos espectadores dejaron su sitio después a otros más jóvenes y éstos a otros todavía más jóvenes que ellos. El público ha sido una suma de voluntades, de inteligencias, de sensibilidades… Han sido corazones que aprendieron pronto a latir juntos pero sin hacer ruido, porque el silencio es una de las claves del lugar en donde estamos. Ha sido siempre generoso, en ocasiones exigente, pocas veces cruel y despiadado. Antes se mencionó a Ramón Gómez de la Serna. Quiero citar también una de sus frases: «El envidioso no aplaude porque le salen espinas en las palmas de las manos y se las clavaría si aplaudiese» El de este teatro ha aplaudido con gran pasión. (Dirigiéndose al público, especialmente el que ocupa los pisos superiores) Por eso, yo quisiera ahora proponerles a todos ustedes, si a Don Juan y a Doña Inés no les parece mal que les quitemos un poquito de protagonismo, que nos unamos en un aplauso que resuene como el mejor homenaje a quienes nos precedieron en respirar silenciosamente este aire mágico que ahora mismo respiramos.

(Aplauso general)

El señor de Negro.- (Enaltecido por el aplauso se ha colocado en mitad del pasillo central de la sala.) Entre ese público estaba la señora que dejaba su abrigo de pieles en guardarropía, aquel estudiante que se gastaba aquí todos sus ahorros y hasta le llegaba para comprarse una chocolatina, aquella pareja que entrelazaba sus manos cuando veía una escena de amor, ese carnicero que lloraba amargamente, nunca entendí porqué, cuando Segismundo se encerraba en sus profundas reflexiones, aquel crítico que se sentaba en la primera fila para paliar su sordera…, y nosotros, señora. Y puestos a decirlo todo esta noche del bicentenario, yo también voy a decir algo que no he dicho nunca y que me muero de ganas de decir… (Dirigiéndose a Don Juan, con máxima timidez) ¿Puedo?

Don Juan.- (Algo desconcertado) Naturalmente.

El Señor de Negro.- Mi fidelidad al teatro también ha tenido otra causa y ahora quiero desvelarla. Señora: cuando usted era una niña y penetraba en este recinto de la mano de sus padres, yo era también otro niño. Cuando usted aparecía, el espectáculo para mí pasaba a un segundo plano. Aquellas trenzas, aquel lacito azul… (Muy emocionado.) En fin… He seguido viniendo función tras función, año tras año, ocupando una butaca siempre detrás de la suya, para poder mirarla con discreción. Para poder verle al menos parte de la espalda, y ese peinado que le sienta tan bien. El teatro nos ha unido de una manera definitiva…

La Señora de Blanco.- (Después de una pausa) Caballero, no sé qué decirle. Algo me hacía intuir que detrás de mí había unos ojos que me prestaban una inmerecida atención… A veces incluso me volví, notando en mi nuca un aliento cálido que me desconcertaba… (Sobreponiéndose a la emoción.) Ahora nuestro secreto ya no es tal. Somos, caballero, como una versión zaragozana de Romeo y Julieta, ¿no le parece? Como dos personajes de teatro…

(Todos, incluidos los personajes del escenario se quedan francamente pensativos.)

El Señor de Negro.- ¿Y ahora qué podemos hacer?

La Señora de Blanco.- Lo que usted estime oportuno…

Don Juan.- (Adelantándose.) Señora, caballero… Si me permiten, quisiera decirles algo. A lo largo de mis muchos años presentándome en los principales teatros del mundo, no había visto ni oído nada parecido. Alguna vez he sentido la tentación de quitarme este vestido y bajarme de estas tablas, a disfrutar del sencillo calor de una casa, de una familia… Sé de otros personajes que también les hubiera encantado dejar de serlo y convertirse en público normal, y perdonen esta expresión. Pero los personajes de teatro no tenemos la posibilidad de dar ese paso porque pertenecemos ya a los sueños de muchas generaciones. Lo que no había conocido directamente es el caso de unos espectadores que tan claramente como ustedes sean ya, quieran o no serlo, personajes de teatro. ¡Ah, si les hubiera conocido Pirandello qué obra más magnífica hubiera escrito!. Yo, modestamente, lo único que puedo hacer es brindarles la posibilidad de que suban aquí y se confundan con todos nosotros. Tal vez arriba del escenario les sea más fácil decirse lo que tanto tiempo han callado aunque ambos habían intuido. El teatro también tiene esa virtud de unir. En este caso de unir el patio de butacas y el propio escenario. Suban, pues, si les place… Aunque les advierto que… si lo hacen… regresar abajo les será completamente imposible. (Les tiende la mano.)

(Después de vacilar unos instantes, el Señor de Blanco atraviesa el patio de butacas y va a buscar a la Señora de Negro. Ambos se dirigen hacia el escenario y suben por la escalera. Allí les está esperando Don Juan y el resto de los personajes que han intervenido en esta Gala Conmemorativa del Bicentenario del Teatro Principal de Zaragoza. Todos se funden en un emocionado abrazo. Se escucha esa música que todos quisiéramos escuchar en un momento como éste. Lentamente cae el

TELON

 

Escena final de «Como cómicos»

mayo 22, 2009

Susana Torre

 

  (De pronto se escucha una voz en OFF:

       «…porque todas esas mujerzuelas, bajo la falsa apariencia de artistas, no esconden más que corazones envilecidos, fáciles de conducir al catre y permanente mal ejemplo para las personas que siguen el mensaje de la bondad y la rectitud en la tierra. ¿Qué decir de sus risas y de sus voluptuosas contorsiones, de la sensualidad obscena de sus movimientos, del veneno que secretamente atesora la serpientes de sus lenguas, siempre prestas a salir de la boca, ya sea como reclamo sensual y grosero para el incauto varón que anda cerca de sus afilados colmillos, o para murmurar contra los demás los más perversos pensamientos y las peores de las infamias?

         Por eso, responsable de la autoridad que ejerzo, vengo a prohibir las comedias, los sainetes y los pasos en todo el territorio que a mi jurisdicción pertenece, para librar así a las buenas almas de una infección que pondría en peligro la salud de su razón y su entendimiento Y si por él se viera alguna compañía de cómicos, es decir, de ladrones, mentirosos, prostitutas y gentes en general de mal vivir, sean avisadas de forma inmediata las fuerzas de la autoridad que me representan para ponelles de forma inmediata a buen recaudo. Hágase según mi voluntad a 22 de Abril del año en Curso.»

         Todos se quedan paralizados sin saber qué decir ni qué hacer. Al cabo de un rato:

         Pedro.- ¿Habéis oido? ¡Vámonos! (Comienza a marcharse)

         Joaquín.- ¡De aquí no se mueve nadie! ¡Es la misma historia de siempre!

         Pedro.- Por eso, porque es la misma historia de siempre yo no quiero que me muelan a palos como hicieron en Osuna.

         Susana.- No te digo yo… este calzonazos. ¿Y a tí te parece bien lo que han dicho de nosotras las actrices?

         Pedro.- Mujer…

         Rosa.- Eso es: ¡Mujer y a mucha honra! No te fastidia el borrachín éste que no para ni un minuto de buscarme la entrepierna…

         Pedro.- No te consiento que…

         Susana.- ¿Qué tienes que consentir tú, maldito holgazán? ¡Tiene razón la Rosica, que no paras de buscar a la mujer para lo que te interesa que es a lo que parece para una sóla cosa! (Se enzarzan en una discusión apasionada, se empujan y por un momento parece que la cosa puede pasar a mayores).

         Joaquín.- (que ha permanecido alejado de la riña). ¡Basta! ¡Basta he dicho! ¿Pero no os habéis dado cuenta?

         Susana.- ¿Cuenta de qué?

         Rosa.- Si eso, de qué…

         Joaquín.- De que todavía quedan en la sala más de veinte o veinticinco espectadores.

         (Todos miran hacia el patio de butacas)

         Rosa.- Sí, es verdad. ¡Vámonos!

         Joaquín.- ¡Quieta! ¡No te muevas!

         Pedro.- Pero…

         Joaquín.- No hay pero que valga. (Hablando como en secreto) No os dais cuenta, infelices, de que a lo mejor esto es una trampa y nos han dejado actuar para darnos al final una soberana paliza…

         (Todos vuelven a mirar aterrorizados al patio de butacas. Al cabo de unos tensos segundos:)

         Pedro.- Como en Osuna…

         Joaquín.- Sí, como en Osuna, o como en Monflorite, o en Castroviejo o en Chirimolla, o en… Lo que quiero deciros es que lo más prudente es terminar la actuación como si tal cosa y…

         Pedro.- ¡Ah, no, ni hablar!

         Susana.- Yo tampoco lo veo nada claro.

         Rosa.- Ni yo.

         Joaquín.- Pues sabéis lo que os digo: ¡que si no bailáis no os pago!

         TODOS: ¡Ah, no, eso sí que no. Que nos peguen es comprensible, pero que tú no nos pagues…

         Pedro.- Te recuerdo, por cierto, que nos debes todavía la actuación de Osuna..

         Joaquín.- ¡No te fastidia! Esa actuación nos la pagaron con especias por todo el cuerpo. Y esta, si no la acabáis, os la va a pagar vuestra santa madre, o el mismísimo rey de este reino.

         TODOS (Se ponen a deliberar en secreto.): ¡De acuerdo!

         (Comienzan todos a bailar con grandes precauciones y mirando al público con gran temor. Cuando acaba la coreografía se quedan inmóviles, la luz se mantiene, y todos a una se echan a correr en todas direcciones. Oscuro.)