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“La reunión”: Mariano Cariñena: autor (también…) de teatro del absurdo.

abril 13, 2014

(Este texto lo escribí como prólogo a “la reunión”, texto de Mariano Cariñena, editado por Arbolé)

 

Dibujo de Mariano Cariñena

Dibujo de Mariano Cariñena

Dibujo de Mariano Cariñena

 

-Yo creo que…, podríamos empezar a hablar.

-No. Hemos de estar todos. Para eso se nos ha convocado.

-Será mejor esperar a que vengan.

-Es lo mejor. Esperemos.

-Pero, entre tanto, podemos hablar de cualquier cosa.

-Bueno. Yo no veo inconveniente.

-Pues lo hay. ¿Sabéis alguno de qué tenemos que hablar?

-No… No…. No…

-Entonces no podemos hablar de nada.

-¿Y eso?

-Porque si lo hacemos, podríamos hablar precisamente de lo que hemos de hablar.

 

 

En la ya larga vida de la Escuela Municipal de Teatro de Zaragoza, “La reunión”, texto escrito y dirigido por Mariano Cariñena, fue el taller número cuarenta y uno que se presentaba ante espectadores de la ciudad en uno de los llamados talleres de tercero. Concretamente el estreno tuvo lugar en Febrero de 1998 en el Teatro del Mercado, y en el reparto participaron Javier Bruna, Javier Carrascosa, Daniel Durán, María Ferrer, Paco Formento, Silvia García de Pé, Lucía Grafal, Arancha Martín, Susana Miranda, Beatriz Ortez, Ana María Pavía, Marian Perea y Amanda Recacha.

 

Para los que no lo sepan, puedo afirmar que los profesores de interpretación nos morimos de ganas de dirigir talleres. Es un trabajo específico y diferente al que normalmente realizamos dentro de las aulas. Y lo es por su doble condición de trabajo público, que exige que el resultado no solo sea digno, sino que aspire a rozar la profesionalidad, y porque que es también un momento en que los alumnos ponen en juego las habilidades aprendidas a lo largo de los tres años que dura su adiestramiento.

 

Aquel año le tocó a Mariano, y eligió su propio texto. Un texto que tiene una larga historia, que yo contaré, sin embargo, brevemente.

 

Mariano no solo adaptaba magistralmente textos de otros –de autores como su querido Arrabal, o Shaw, o Fassbinder, sino que escribía… de todo. Letras de canciones, narraciones breves, poemas satíricos, artículos de opinión, obras teatrales, y expedientes, muchos expedientes, porque su condición de director de la Escuela de Teatro le obligaba a ello. Y todo lo hacía con un estilo propio, meticuloso, perfeccionista, producto de su sabiduría, su intuición y su conocimiento de las leyes internas de la dramaturgia. Y, además, con persistente tendencia a proyectar en lo que hacía, un desbordante sentido del humor.

 

Desde hacía años –me atrevo a aventurar que más de quince- sacaba a relucir éste del que ahora estoy escribiendo. Yo he visto a chicos y a chicas de muchas generaciones peleándose contra sus palabras y sus silencios. Porque inicialmente “La reunión” fue concebida como un simple ejercicio en donde alumnos y alumnas debían defender y expresar un personaje, que siempre se llamaba Manuel, y que, en realidad era un número. Mariano modificaba el número de Manueles en función de alumnos y alumnas que en ese momento asistían a sus clases de interpretación. Hubo que esperar hasta 1998, por tanto, para dar el texto por concluido, porque ya iba ser puesto de largo en un teatro de la ciudad. Y, que yo recuerde, nunca más volvió a utilizarlo después.

 

La reunión es… una reunión. Una reunión de personas citadas de un modo absurdo, que están en un lugar absurdo, por una razón absurda, con el objetivo de hablar de algo que desconocen. Situación teatral sencilla y, a la vez, enormemente compleja, que obliga al actor y a la actriz a crear un personaje desde las desnudas palabras que le tocó en suerte decir. Nada más y nada menos. Porque de un plumazo Mariano se pasa por la piedra las teorías manidas de la construcción del personaje, de la elaboración a partir de una cierta verdad, una cierta sicología, un cierto porqué. Mariano con “La Reunión” les hacía la faena a sus alumnos de tenerse que enfrentar con algo diferente a lo que estaban acostumbrados, y los situaba justo en el ojo del huracán, en el corazón de la intemperie.

 

No hace falta ser muy culto teatralmente hablando, para descubrir el aroma del mejor teatro del absurdo, de Ionesco, en particular, de Beckett, o del propio Fernando Arrabal, a quien Mariano ya había estudiado en profundidad, tanto en la Escuela como en el Teatro Estable, y de quien ya en Mayo de 1966 había montado “Pic Nic en campaña” con el Teatro de Cámara, siendo la primera vez en su carrera en que se encargaba de todo: de la adaptación, de la escenografía y de la dirección de escena.

 

Léase este texto sin complejos. El lector tiene el permiso de reírse desde el principio, si así lo desea. El lector tiene también permiso, si lo prefiere, para angustiarse, y no le faltarán razones poderosas para ello.

 

Porque angustioso es estar en un lugar en donde no sabes exactamente porqué estas; es decir, algo bastante parecido a la vida misma, ¿no les parece?

 

 

                                      Paco Ortega (Diciembre 2013)

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Conjunción de talentos. Veinticinco años de Caleidoscopio.

diciembre 19, 2010

 

Sonó el teléfono –en realidad esa mañana sonó muchas veces en la pequeña parte que ocupábamos los trabajadores del Departamento de Espectáculos de Expo Zaragoza 2008. Al otro lado, mi buena amiga Paloma Tausent, programadora de la Sociedad Estatal para Exposiciones Internacionales (SEEI):

-“Paco, necesito que me recomiendes una compañía zaragozana para que actúe en la Semana de España de la Royal Flora de Tailandia”.

Lo tuve claro desde el primer momento. Como me pedían seriedad, profesionalidad, eficacia escénica, ¿quién mejor que ellos, entonces?

No cuento esto ahora –después de que la actuación fuera un éxito indiscutible-, para ponerme una medalla retrospectiva (aunque me sentiría muy feliz si alguien me la pusiera…), sino para reconocer lo evidente.

Y lo evidente es que, sorteando dificultades, soportando ingratitudes, aplicando una dedicación modélica, estrujándose día a día las meninges de la creación y de la fantasía, Caleidoscopio ha conseguido asentarse donde ellos querían: en el lugar del respeto compartido, de la admiración, del reconocimiento a un trabajo honrado, eficaz y excelente.

Conocí a Roberto Barra y a Azucena Gimeno por separado, a principios de los ochenta, cuando apenas eran jóvenes que ya se preparaban a fondo, sin contemplaciones, con la claridad de quienes saben discernir desde muy temprano entre lo sustancial y lo anecdótico. Se formaron en España y en el extranjero, con sencillez y humildad, y aplicaron sus conocimientos para crear un lenguaje teatral original y novedoso, en una ciudad de escasas referencias anteriores. Conocí a Vicente Martínez bastante después, y observé su capacidad de organizar, de producir, de imaginar, de trabajar sin desmayo. Y entiendo ahora que esa conjunción de energías diferentes, de sabidurías complementarias, junto con las capacidades del resto de las personas que han pasado por la compañía, ha sido la clave de algo que, sin ninguna duda, se puede considerar un éxito, y del cual yo me alegro de todo corazón.

Los frutos están ahí, después de veinticinco años. Una aventura que termina bien en Aragón. Mejor dicho, que ya empezó bien, seguirá mejor y esperemos que no acabe nunca, para satisfacción de quienes amamos la cultura popular de nuestra tierra y valoramos el esfuerzo de quienes miran con generosa firmeza hacia el horizonte, y caminan sin complejos hacia él.

Miguel Garrido: ¿de qué color es el cielo de Hellín?

diciembre 7, 2009

Portada del libro

Se han celebrado ya en España dos presentaciones del libro “Miguel Garrido: ¿de qué color es el cielo de Hellín?”, que he escrito y que recientemente ha publicado la editorial Arbolé. La primera tuvo lugar el 11 de Noviembre en la Sala de la propia compañía Arbolé, en Zaragoza, y este fin de semana fue en Sevilla, en la Sala La Fundición.

A la primera asistieron su hija Elena y la madre de ésta, Carmen Hernández, que fue durante muchos años esposa de Miguel. En la mesa de presentación estuvieron presentes Marissa Noya, directora de la Escuela Municipal de Teatro de Zaragoza, que también prologa el libro, Esteban Villarrocha, editor e impulsor del proyecto, Elena Garrido y yo.

Miguel en Alemania

En el patio de butacas estaban además, entre otras muchas personas, Rafael García, amigo de la primera etapa alemana, María José Sarrate, alumna de Miguel en Zaragoza, Alfonso Pablo, actor y alumno de Miguel, Arancha Azagra, alumna y en la actualidad profesora de la Escuela, Tomás Fernández, director de Teatro Paraíso, Merche Lorente, antigua actriz de Tarima, y Mariano Anós, Mariano Cariñena, Rafael Campos, y otras personas que han colaborado en la edición, ya sea facilitándome materiales, cartas, fotografías, etc, o escribiendo algún texto para la segunda parte del libro en la que varias personas recogen aspectos puntuales de la vida personal y profesional de Garrido.

Fue un acto emotivo y entrañable. Junto a las personas citadas se reunieron muchas otras, interesadas por la figura del biografiado, ya sea de manera indirecta, o porque tuvieron relación con él durante los dos periodos en que residió en Zaragoza.

En Sevilla la segunda presentación coincidió el pasado día 4 de Diciembre con el estreno de la compañía Síndrome Clown en la Sala La Fundición de uno de sus trabajos coincidiendo con los diez años de su trayectoria. Precisamente Miguel Garrido fue, junto a Práxedes Nieto y Víctor Carretero, cofundador de este proyecto artístico empresarial que ha devenido en una realidad perfectamente asentada en los circuitos de exhibición andaluces y del resto de España.

Miguel dirige una escena en Sevilla

En la mesa, además de Víctor y de Práxedes, se sentó Pedro Alvarez-Ossorio, en su triple condición de director de la sala, amigo de Miguel y colaborador del propio libro que hizo una pequeña introducción del acto.

Al mismo asistieron, entre otras personas, Juan Bravo Castillo y Juan Muñoz, amigos de la infancia de Miguel, colaborador el primero en el libro, Inma Alcántara, actriz que mantuvo una larga relación personal con él, y actores, compañeros del Instituto del Teatro y amigos, entre los que estaban Jorge Cuadrelli, director de la Fundación Viento Sur, y Manuel Molina, antiguo actor de Esperpento.

La editorial Arbolé ha hecho un notable esfuerzo tanto en la edición de este libro que tiene una extensión de trescientas cincuenta páginas y un gran volumen de fotografías correspondientes a momentos de la vida de Miguel, como de espectáculos en los que él intervino como actor o como director. Ese esfuerzo suple con creces el desinterés de otras instituciones públicas que nacieron en Aragón precisamente para mantener la memoria de las personas más influyentes de nuestro teatro. Como editorial ha corrido íntegramente con los gastos de esta primorosa edición, auque el Ayuntamiento de Zaragoza y el Ministerio de Cultura aportaron diversas ayudas.

Se está trabajando en algunas presentaciones más, concretamente en Madrid, Vitoria y Bilbao, lugares estos últimos en los que Miguel dejó constancia de su magisterio y de su bonhomía.

Reivindicación del teatro de Víctor Mira

mayo 28, 2009

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(Escribí este texto como prólogo al libro que dedicamos a la producción teatral del pintor aragonés Víctor Mira. Se presentó en el Salón de Té del Teatro Principal de Zaragoza el 16 de Febrero de 2005.)

 

Los acontecimientos se suceden a veces con una vertiginosa lentitud. En “Arco 2003” Víctor Mira presenta su pieza teatral “Antihéroes” de la mano de Félix Martín y su compañía Luna de Arena, integrada entonces por los actores Ricardo Joven, Cristina de Inza y José Carlos Alvarez. Cuando el propio Félix se disponía a acometer su segunda incursión en los textos del pintor, en concreto en “El cielo de las mujeres”, él y todos los demás nos enteramos de su muerte.

¿Es necesario explicar más sobre las razones de justicia y de urgencia que nos han motivado a realizar este libro?

Hace unos meses tuve la inmensa suerte de presenciar en Berlín, junto con Ester Romero, compañera de Víctor Mira, el último ensayo de la versión alemana de esa segunda pieza, allí titulada “Himmel der Frauen”, con dirección de Ulrike Keller. El espacio era sencillamente maravilloso: una suerte de patio interior que unía el Deutsches Bank y el Museo Guggenheim, al comienzo de la mítica calle Unter den Linden, y a cien metros de la catedral y de la famosa isla de los Museos. La puesta en escena de Ulrike, pulcra y medida, destacaba con vigor interpretativo los aspectos simbólicos de la obra. Allí me percaté con claridad de algo que muchos ya sabían: aquel delgaducho jovenzano de ojos vivos –para más señas camarero de la todavía existente cafetería “Gora”-, al que por aquí no se le hacía demasiado caso durante los últimos años del franquismo, es ahora considerado en la ciudad de Bertold Brecht y de las vanguardias artísticas, como uno de los nombres claves de la pintura europea contemporánea. Para probarlo, durante esos días, coincidiendo con las representaciones de la obra, el Guggenheim exhibía además algunos cuadros de Víctor, de las decenas que posee en su fondo.

Por razones de agenda, no estuve en las representaciones, y me perdí esa orgía cultural que supone todos los años la llamada “noche de los museos”, pero he sabido con posterioridad que constituyeron un gran éxito. Un público numeroso y culto, seguramente buen conocedor de la obra pictórica y, en menor medida, de la obra teatral de nuestro paisano, abarrotó el patio y agotó las localidades.

El Centro Dramático de Aragón, a través de su Departamento de Documentación, presenta ahora por vez primera la obra teatral completa del pintor aragonés.

Una obra personal, sugerente, inquietante, que merece ser leída, primero y estudiada con rigor y atención después. Tres textos que, como no podía ser de otra manera, están indisolublemente unidos a esas imágenes desgarradoras de los cuadros de su autor, a esos colores fuertes y, a veces, sombríos. Personajes que deambulan, se explican, solicitan a su vez explicaciones, se recriminan viejas pendencias, antiguos conflictos entre ellos no resueltos, en ambientes reales y psicológicos brutalmente claustrofóbicos, que a mí me recuerdan los ideados por otro gran poeta y artista plástico, Jean Cocteau, en obras como “Los padres terribles”, los de Lorca en “La casa de Bernarda Alba”, y la desolación paisajística y espiritual por la que transitan las criaturas que Samuel Becket quiso que protagonizaran su ya imprescindible y canónica “Esperando a Godot”.

Tal vez el teatro de Mira adolezca de imperfecciones formales. ¡Qué manera tan extraña y heterodoxa de puntuar y de construir las frases! ¡Qué falta de atención por la estructuración teatral tradicional! ¡Qué innecesarias reiteraciones en algunos parlamentos! ¡Qué carencias tan extrañas en algunas descripciones!

Todo eso puede ser verdad. Pero les sugiero que vean algunos de sus cuadros y se empapen de sus cruces, de sus personajes entrevistos y martirizados, de ese color sanguinolento de algunos cristos yacentes que sirvieron para aterrorizarnos durante nuestra infancia, y lean ustedes estas tres obras.  Piensen después si no estamos ante otra forma de escribir una nueva forma de tragedia: inevitablemente plástica, rabiosamente contemporánea, impúdicamente autobiográfica, radicalmente subversiva, extrañamente simbólica y visionaria.

Los textos solicitados a Alejo Lorén, cineasta y amigo de la adolescencia de Víctor, y los de Ulrike Keller y Félix Martín -las dos personas que tanto en Alemania como en España mejor conocen las alegrías y los sinsabores de intentar encauzar esa desbordada imaginación poética en los límites prosaicos y materiales de un espacio escénico-, nos van a servir, sin duda, para empezar con buen pie a caminar de la mano de un hombre que, como decía Rimbaud, tenía siempre puesta la mirada en el infinito.

Para comprender los entresijos de esa mirada nos han sido muy útiles las horas de conversación personal y telefónica con Ester Romero, verdadera inspiradora de este libro que ahora presentamos, y ya, para siempre, amiga entrañable.

Francisco Ortega.

Director-Gerente del Centro Dramático de Aragón.

 

Si quieres entrar en la web oficial de Víctor Mira, pincha aquí.

Rafael Campos

mayo 23, 2009

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(Me pidieron que hiciera una semblanza de Rafael Campos, amigo de muchos años y compañero de aventuras, para una revista en la que se presentaban sus textos teatrales)

Es una de esas especies teatrales surgidas del esfuerzo de hacerse a sí mismo, a pesar de las circunstancias, las geografías y los naufragios.

Nacido en la periferia, en un territorio en donde hacer teatro es tan difícil como pescar ostras en el río que cruza por en medio, a veces arrasándolo todo y otras esparciendo su húmeda indiferencia por huertas y conciencias. Pero él, empeñado en la quimera, se me aparece siempre entre la abundancia y la escasez, en un punto medio, barruntando textos desde niño en Ateca, en la oscuridad de su cuarto infantil, promocionando iniciativas propias y extrañas, impregnándose de lo que ve y transpirando como incipiente ciudadano, consciente de la responsabilidad de serlo. Es decir, vinculando desde el principio de sus tiempos la conciencia democrática, los pantalones cortos, y la creación teatral en sus múltiples variables.

Han pasado los años. Nuestro chico ha crecido por dentro y por fuera. El profesor, ahora, no pretende ni consigue ocultar al escritor teatral que barruntaba sueños y estructuraba impulsos. Al contrario, con sus alumnos de la Escuela Municipal de Teatro, investiga y destila textos que reflexionan con extraña lucidez sobre el teatro mismo: “Proxemicas”, fue uno de esos especímenes que sirvieron para ponerle a los chicos y chicas que decían en aquel momento querer dedicarse al teatro, un espejo para que se vieran en el interior de su propio torbellino de relaciones y distancias.

El escritor prosigue su marcha y va perfilando también otro cauce por donde expresarse: un camino muy cercano a la tragicomedia, al vaudeville, a la comedia costumbrista. Por ahí salen los valleinclanes y los mihuras que leyera en su adolescencia torturada, y los cierzos de esa zaragozana gusanera que tanto le enfriaron esas manos que intentaban calentarse con las castañas imposibles de los asfixiantes sesenta y setenta. Y así nacen, entre otros textos, “Memorias de Bolero”, “Opereta de calderilla” y “Días sin nada”, etc., fotogramas en blanco y negro de una España precipitada en todos sus abismos, reciente y todavía presente muchos domingos en algunas tapias destartaladas.

Pero el escritor se retira un momento, y da paso al director de escena y al adaptador: Camus, Genet, Marivaux, Goldoni, Fassbinder, Berger, y muchos otros autores reciben de su mano instrucciones para ser vistos por el público, no sólo en los teatros de la ciudad, sino también en los circuitos más recónditos del país. Y es que nuestro hombre, astuto en su humilde pero firme estrategia de irle ganando puntos a la ferocidad de la nada, se inventa la compañía del Tranvía Teatro, primero, y el Teatro de la Estación, después. Ya lo tenemos hecho un empresario.

Un día me dijo: no quiero ser marginal entre los marginales. Dicho y hecho: en su sala de apenas un centenar de espectadores empieza a combinar las clases y los cursos, con los ciclos de compañías y espectáculos que presentan hallazgos y nuevas propuestas. No le hace ascos tampoco, a veces, al pequeño teatro comercial, y así, entre prudencia, créditos, tenacidad y aguante, afianza junto a Cristina Yáñez un lugar en donde se habla y se ve, en donde se escucha la palabra y se distinguen los cuerpos de la mejor danza. Si alguno de los lectores de estas líneas apresuradas conoce la dificultad que en la periferia de España tiene afianzar estructuras culturales, comprenderá que, llegados a este punto, nuestro hombre se haya quedado calvo, pero de una calvicie feliz, compensada y brillante.

Y por último, asume la gestión del Teatro Principal, histórica patata caliente, municipal y espesa como pocas. ¿Qué hacer con ese teatro?, esa es la pregunta que siempre nos hicimos los que tuvimos alguna relación con esos muros bicentenarios. El no decía nunca nada, hasta que le encomendaron hacer algo. Maquilló lo de fuera y arregló lo de dentro. Cicatrizó de un plumazo históricas heridas, y, sin despertar sospechas ni provocar escándalos, cambió la programación y el sentido de la misma. Provocó, por tanto, una revolución incruenta que a todos nos ha beneficiado.

Profesor, escritor, director, gestor, pues. Es decir, conoce lo que se lleva entre manos. Y todo eso no le impide reírse mucho, apasionarse con las peripecias de los equipos deportivos de su tierra, leer a sus filósofos favoritos, y tomarse una copa con sus amigos de vez en cuando. Es, por tanto, una persona normal: lúcido, inteligente, cauto, enamorado de la vida y enamorado del teatro.

Un lujo del día a día: Rafael Campos.

Cronología sentimental de un proyecto teatral

mayo 23, 2009

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Escribí este texto como prólogo para el libro de Fernando Fernán Gómez y no llegó a publicarse. Desde el Gobierno de Aragón en esta ocasión se tomó la decisión de que fuera la Consejera, Eva Almunia, quien lo hiciera.

 

1.

Cuando fui nombrado Director del Centro Dramático de Aragón (CDA) a mitad del verano de 2002, tomé contacto de inmediato con los responsables de todos los teatros públicos españoles, tanto para anunciarles de primera mano nuestro nacimiento, como para establecer posibles acuerdos de colaboración para el futuro. De todos ellos recibí una calurosa acogida, proporcionándome ideas, sugerencias y oportunos consejos.

Uno de ellos fue, naturalmente, Juan Carlos Pérez de la Fuente, máximo responsable del Centro Dramático Nacional (CDN), que me dispensó una extraordinaria cordialidad en su despacho provisional de la calle del Príncipe, puesto que el Teatro María Guerrero estaba en sus últimas fases de rehabilitación. Allí estaba con él Rosario Calleja, y Julio Alvarez, fallecido muy poco tiempo después, a quien desde estas líneas quisiera dedicarle un recuerdo entrañable.

Como digo, Juan Carlos fue muy afectuoso y de esa primera entrevista surgió la posibilidad de que el CDN, el más veterano de cuantos teatros públicos existen en España y que en 2004 celebra su veinticinco aniversario, colaborara de alguna manera con el más reciente de todos, es decir, con nosotros. “Piensa algo…”, recuerdo que me propuso. Y comencé a pensar, agradeciéndole ese punto de confianza en nuestra gestión, y lo que consideré un valioso gesto de apoyo a nuestra consolidación como centro dramático. Un poco más tarde, dentro de los “Encuentros sobre Teatro Público en España”, que organizamos coincidiendo con el Festival de Teatro de Alcañiz, volvimos a hablar de ese posible proyecto, que comenzó a tomar la forma de una (posible NO!) coproducción entre ambas instituciones.

 

2.

Todo empezó, pues, como una aventura. Y ha acabado como un sueño. Buscábamos un texto que sirviera como soporte para uno de los espectáculos de nuestra segunda temporada. Nos parecía oportuno que, tras haber comenzado con un “Ricardo III”, de William Shakespeare y dirección de Carlos Martín, en la primera, ese texto estuviera relacionado o fuera ahora de un clásico español. Pensamos que la circunstancia de que en el año 2005 se conmemorara la aparición de la primera edición de El Quijote nos ponía en bandeja a Cervantes. Primero, por ser quien es. Segundo -por qué no confesarlo-, puesto que un centro dramático recién nacido necesita y debe estar presente en conmemoraciones importantes, enraizadas con nuestra tradición cultural, para dar a conocer adecuadamente sus intenciones y espectáculos en ámbitos nacionales e internacionales.

Delimitado el tema (Cervantes-El Quijote), nos faltaba el título y las personas que se encargarían de adaptar y/o escribir la obra y, posteriormente, llevarla a escena.

Y de pronto, a finales de Noviembre, surgió la pregunta: ¿Porqué no le pedimos a Fernando Fernán Gómez que nos escriba algo sobre el Quijote…? Fernando, a quien todos admiramos como se admira a uno de los pocos iconos indiscutibles de nuestro teatro y nuestro cine español, es un gran conocedor de la figura de El Quijote y del significado de la obra cervantina, por la que, es sabido también, siente una profunda admiración.

¿Y si ese fuera el proyecto que produjéramos con el CDN?

Y resulta que Fernando nos dijo que sí. Y que escribió en menos de cuatro meses un texto magnífico titulado “Morir cuerdo y vivir loco”, apuntalado a partir de las dos virtudes que inicialmente le atribuíamos: el amor y el conocimiento por el personaje y el autor, por el significado y la envoltura del libro de los libros de nuestra literatura española. Quedaba un fleco: ¿quién dirigiría la obra?.

 

3.

Kathleen López, entonces Jefe de Producción del CDA, amiga entrañable y fiel colaboradora de Fernando durante muchos años, me informa a finales de Abril que él podría ser finalmente quien dirigiera su propia obra, algo que no entraba ni en la más optimista de mis esperanzas…

A partir de ahí todo fue fácil. Juan Carlos Pérez de la Fuente y yo recibimos la noticia con el alborozo que merece, sabiendo que entre ambos teatros públicos contribuimos a hacer historia del teatro en España, acercando nuevamente a Fernán Gómez a una de sus más queridas actividades: dirigir a sus colegas los actores, y a partir de una obra que nos pidió tiempo para leerla otra vez, ahora con ojos de director de escena. Un honor, un milagro. Algo que no tiene precio y que el teatro aragonés recordará siempre como un hito en su peculiar historia de esfuerzos y conquistas.

 

4.

Comienzan las maniobras de producción: audiciones, pruebas, bocetos, selección de colaboradores, infinitas reuniones… Un trasiego de idas y vueltas de casa de Fernán Gómez a Madrid, y de Madrid a Zaragoza. Trabajo infatigable, pero apasionante, del que todos hemos aprendido y gozado. Porque, además de las virtudes reconocidas, Fernando es un hombre cálido, sabio y con un sentido del humor que no le cabe debajo de la camisa. Y porque sus inesperadas tertulias son, a pesar de que él no lo pretenda, como estar con Sócrates en el ágora, escuchando hablar a quien asocia y disocia, analiza y bromea, abstrae y contrae las ideas, y pasa por el filtro de la más inteligente de las socarronerías los más afilados dogmas de nuestro oficio y de la vida misma. Y junto a él, la cordial e inteligente discreción de Emma Cohen, casi siempre invisible, pero rotundamente necesaria, y ya, para siempre, amiga.

 

5.

Y aquí estamos a finales de 2003: con los deberes terminados, y ese regusto de felicidad que los grandes proyectos, y las grandes personas, siempre dejan en los corazones. Ahora, que el público y los lectores juzguen los resultados.

                                                    Francisco Ortega

              Director-Gerente del Centro Dramático de Aragón.

El BV80 y los primeros pasos de la libertad.

mayo 22, 2009

Hubo un periodo de la historia reciente de esta ciudad que recuerdo como si fuese una especie de Mayo del 68. Sé que exagero, y que los historiadores profesionales podrían recriminarme tan flagrante y anticientífica inexactitud. Asumo los riesgos: pero para mí, insisto, lo más parecido al Mayo del 68 en Zaragoza, una ciudad habitualmente estabilizada en una cierta rutina ambiental, fue el periodo que va entre 1979 y 1984.

Me consuela pensar que tampoco los historiadores franceses e internacionales tienen demasiado claro a estas alturas del partido el significado exacto de aquella revuelta, festiva y comprometida al mismo tiempo, aquel caos organizado, aquella conjunción telúrica entre el azar y lo que bastante después bautizaron los que tenían precisas lecturas, como fuerzas del trabajo y fuerzas de la cultura. Ya no me refiero sólo, naturalmente, al significado local, esto es, parisino y/o francés, sino al universal, que nos afectaría de una manera u otro a todos los demás, y de manera especial a quienes, huérfanos de libertad y libertades, necesitábamos ejemplos y horizontes accesibles. Por tanto, mientras se ponen de acuerdo, déjenme recrearme en mis excesos verbales.

Éramos jóvenes, estrenábamos democracia, nos gustaba el vino, hacíamos nuestros pinitos en política clandestina (creíamos que habíamos sido decisivos en la caída de franquismo, olvidando tan pronto lo evidente: ese señor con botas se había muerto esperpénticamente en la cama, pero de “motu proprio”…), éramos arrogantes, éramos razonablemente felices. Pero, como siempre pasa, de esa felicidad solo nos damos cuenta con carácter retroactivo. Esto es, cuando ya no lo somos, o cuando ya casi tenemos asumida nuestra dosis diaria, para nuestra desgracia.

Salíamos de un oscuro túnel de falta de libertad y de libertades. Aprendimos a vivir, a votar, a no votar, a criticar en los periódicos, en las asambleas, en los debates. En parte fue sencillo, porque teníamos muchas ganas de hacerlo, pero también difícil, porque tuvimos que adaptarnos el ritmo de pensar y expresar casi a la vez nuestros pensamientos, superando esa personal dislexia que provoca tantos años de censura y autocensura. Vivir la libertad, como aprender a montar en bicicleta, tiene también sus dificultades. De hecho ya lo intentábamos desde hacía años en fábricas, facultades y actos culturales, pero con reservas, a modo de entrenamiento, mirando en el cineclub de turno a ese señor de la gabardina que, inequívocamente era un agente de la temida brigada político-social, cruel y verdadera, pero también imaginada, magnificada, convertida en omnipresente por nuestro propio miedo.

De aquella época, como de todas las importantes, cada uno recuerda las suyas, y yo tengo dos muy presentes todavía.

El primer pleno municipal en Zaragoza que vi desde un cuartucho a modo de “gallinero”, cuando Ramón Sainz de Varanda (el alcalde que le hablaba siempre en latín a ese Papa que se acaba de morir y que tanta afición le cogió a venir por aquí), en una onda similar a la de Tierno Galván en Madrid, e incluso, salvando las distancias, a la de François Miterrand en París, se dirigía a la oposición en términos de firmeza política un poco jacobina, no exenta, sin embargo, de cortesía personal, con un cierto toque balsámico, made in Compañía de Jesús. Tierno Galván y Sainz de Varanda nos sorprendieron a todos los españoles en general, y a los zaragozanos y madrileños en particular, con un nueva manera de ser alcaldes, representando ambos un similar personaje popular y populista, que parecía que habían ensayado años antes en el grupo teatral de Alfonso Guerra, sin que de esto se enterara Felipe González.

Sea como fuere, parecía como que de la mano de estos señores se hubiese tomado en ese momento, y de manera educada, algún palacio de invierno. Y en cierto modo era así, porque el ayuntamiento, como símbolo institucional, reflejaba a la perfección los aspectos más coercitivos y cercanos del sistema anterior, y seguramente de todos los sistemas. Todas las multas ahí se pagaban, a modo de signo inequívoco de sanción y penitencia contra los que habían aparcado mal el auto, es decir, quienes habían desafiado el orden fascista en cuanto al tráfico se refiere. Allí también eran históricamente citados quienes habían nacido con el dudoso privilegio de tener que servir al glorioso ejército español, elemento vertebrador por excelencia de una patria unida en contra de sus propios ciudadanos. El sólo hecho de ir intimidaba, porque la razón no podía ser nunca buena. Por unos instantes, en aquel pleno municipal que siempre regresa a mi memoria, me hice la ilusión de que éramos compañeros de trinchera de “Dani el Rojo”, y habíamos descubierto como él las playas que existían por debajo de los adoquines de Zaragoza. Años más tarde comprobamos que esas aguas no eran marinas, sino las residuales que iban a parar al Ebro, pero aquel caserón fue de pronto un poco nuestro, de que la mili y las multas de tráfico eran vestigios del pleistoceno medio, e incluso de que las esculturas de Pablo Gargallo, antes tan solemnes y disuasorias, se les había puesto un aspecto servicial y hasta simpático.

Qué ingenuos.

Y me acuerdo especialmente bien de otra cosa: de las noches. (¡Cómo no voy a acordarme si el insomnio actual es un tributo que pagaré de por vida!). De las noches y las madrugadas, con muchos botellones interiores y pocos exteriores, en proporción inversa a la actual. Con una asociación entre los grados de la ginebra y los de la profundidad de la conversación. Delirio y reflexión, por tanto. Alcohol y marxismo de recetario, pero útil para ir transformando el mundo mientras nos reíamos un poco del propio mundo. Sexo (sí, sexo, por fin!!!) y debate sobre formas y fondos de la cultura. Unión de placer y responsabilidad cívica. Una moderada orgía de optimismo y compromiso.

Y ese deporte nocturno se practicaba en esta ciudad de manera especial en algunos ateneos de la libertad. Es decir, en algunos bares.

Para mí fueron tres: el Bonanza, el Colores y el BV80.

Los tres tenían diferencias y parecidos, personalidades y clientelas distintas, pero también comunes. No eran impensables los trasvases (de gente, claro), las dobles y las triples militancias. En los tres se hablaba. En los tres se bebía. En los tres se fumaba. En los tres las parejas estables e inestables comenzaban las maniobras de acercamiento sin que ninguna trompeta celestial, excepto las de Miles Davis o Chet Baker, se escuchara en las alturas. De los tres se salía muy tarde, eso sí, con el mundo y nuestras vidas relativamente arreglados y compuestos. Espejismos. Pero los espejismos sólo se producen cuando hay luz, mucha luz y mucha sed, sin duda. Y aquellas maravillosas noches estaban muy bien iluminadas, y eran muy, muy, pero que muy sedientas.

No quiero recordar lo obvio: en el BV80 se participaba interactivamente en actos culturales, en representaciones teatrales de marcado carácter vanguardista, en conferencias liberadoras que provocaban acalorados debates, en excelentes exposiciones pictóricas que suscitaban reflexiones y teorías. Se escuchaba también a músicos que después han triunfado, y otros que triunfaron menos pero que supieron también poner corcheas a esa energía colectiva liberadora.

En algún lugar he escrito que a un bar nunca se va para beber. Se va para ver al dueño. Sé que otra vez exagero: lo mío, por lo que se ve es un vicio ya arraigado. Pero quiero decir y digo que la coca cola con ronbacardí es igual en todos los bares, pero la manera de servirla no. Y la manera de pedirla, tampoco. Y el ambiente en que se bebe… Y la disposición de las mesas que permite ver los bosques, o no verlos… Y la disposición de las almas… Y… En fin…

Quiero decir y digo que Manolo, Ángel y el pintor Blasco Valtueña, las tres personas que en aquellos tiempos regentaban esos lugares, ahora de culto, ahora objeto de reflexiones y de libros, en aquel momento se la estaban literalmente jugando, y ganaron. Le ganaron a la historia un pedacito de libertad. Nos pusieron la cama para realizar nuestros afanes amorosos, políticos e intelectuales, para seguir lo que enfáticamente llamábamos “línea correcta”, en cuanto a lo lúdico se refiere. Sin ellos todo hubiera sido peor y, desde luego, diferente. Fueron pioneros, exploradores, aventureros. Decirlo es fácil. Hacerlo no. Y ellos, como creían en lo que hacían, lo hicieron.

Zaragoza, 9 de Abril de 2005.