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Director del Centro Dramático de Aragón

mayo 20, 2009

No puedo evitar dirigirme a todos los presentes,  -personas vinculadas de una u otra manera a la actividad teatral de nuestra región y amigos en general-, y a quienes rigen en estos momentos con sus decisiones políticas los destinos de nuestra organización cultural, para expresar mi máxima satisfacción en un día que considero de especial importancia en la pequeña historia de nuestro teatro.

Pero esta satisfacción no es sólo personal: llevo más de treinta años, inicialmente junto con los compañeros y compañeras del Teatro de la Ribera, del Teatro Estable, de Tántalo, y después con muchos otros, intentando hacer teatro en nuestra tierra y conozco de primera mano, por haberlo sufrido, el esfuerzo añadido que supone remar tantas veces a contracorriente para poder hacerlo. Participé de una manera directa en aquella primera tentativa de crear un Centro Dramático y llevo desde entonces realizando una autocrítica, olvidando las culpas de los demás y centrándome en las mías propias, sobre el error que supuso contribuir a abortar un proyecto que hubiera conformado otra realidad actual muy diferente.

Por estas razones, estoy plenamente convencido de que nuestra comunidad necesitaba la creación de una institución de esta naturaleza que contribuyera de manera decisiva a vertebrar su actividad escénica. Es decir, que, por una parte, sirva para consolidar nuestro todavía endeble tejido profesional, y que, por otra, y de forma gradual pero decidida, favorezca la creación de un nuevo, mejor y más numeroso público espectador en nuestra región. Hace unos días Lluis Pasqual decía que el teatro es “una práctica elitista… para las mayorías”, y he elegido esta cita porque creo que en su sencillez encierra dos conceptos necesarios y que en la actualidad se complementan: el clásico de “teatro como servicio público”, que diera especial sentido en su día con su propia práctica el maestro Jean Vilar, y que sigue teniendo manifestaciones emblemáticas a lo largo y ancho del mundo, y el de autoexigencia artística como norma suprema de quienes a esta actividad nos dedicamos.

Sin embargo, no nos engañemos: el instrumento que debe servir para fortalecer nuestro teatro es todavía un velero muy frágil, expuesto a todo tipo de inclemencias. Entre todos deberíamos esta vez hacer un pacto de sentido común para preservarlo de ellas si pretendemos de verdad que se convierta no sólo en algo útil sino también en una referencia de ética, de transparencia en la gestión y de claridad y autonomía de criterios artísticos. Y en ese sentido, y esto debería quedar especialmente claro desde el principio, tenemos que comprender que no estamos ante la panacea que pueda curar todos nuestros males y carencias, y ni mucho menos el vehículo para enriquecer a unas cuantas compañías o a un puñado exclusivo de actores.

El Centro Dramático que acaba de crear nuestro Gobierno, por iniciativa de la Consejería de Cultura y Turismo, en un acto político generoso, valiente e inteligente de responsabilidad cultural y de compromiso con nuestra historia escénica, debe ser, por encima y sobre todo, un modelo de producción y de gestión teatral públicas, exento de cualquier otro tipo de presiones que no sean las de pretender dignificar globalmente nuestro panorama posibilitando el ejercicio de nuestra profesión y la difusión de sus resultados en nuevas y mejores condiciones.

Señor Consejero: agradezco profundamente la confianza que supone mi nombramiento y creo que al colocarme en este periodo inicial al frente de este fantástico e ilusionante proyecto, independientemente de reconocer la trayectoria de la persona concreta que os habla, estáis reconociendo en realidad el abnegado esfuerzo de otras, muchas de las cuales están aquí presentes, que han contribuido a que tengamos ya una memoria teatral en nuestra región de la que nos podemos sentir orgullosos, tanto con el sudor de su cuerpo sobre los escenarios –y en este momento quiero recordar la figura emblemática de nuestra querida Pilar Delgado, maltrecha en sus últimos años por la enfermedad pero animosa siempre en su ardiente pasión sobre las tablas-, como asumiendo riesgos empresariales, a veces desmedidos e impensables si los comparamos fríamente con nuestros escasos recursos.

Pero reconocer el esfuerzo de todos no significa pretender difuminar la responsabilidad personal que acepto con gran entusiasmo. En mi profundo agradecimiento va implícita también una férrea voluntad de trabajo y un deseo de hacer las cosas bien en este propósito de consolidar un movimiento en el que siempre he creído y al que inevitablemente pertenezco. Sólo os pido, como os decía, tanto a la institución que ha dado este paso al frente, como a quienes vais a ser protagonistas y, en gran medida, beneficiarios principales de la nueva iniciativa, ese apoyo y esa confianza imprescindibles para ponerla en marcha con la serenidad que precisa.

Porque inventarse un teatro público no es una tarea fácil y hacerlo navegar tampoco lo es. Así se ha ido demostrando a lo largo de estos años en aquellos lugares de España en donde iniciativas similares se pusieron en marcha a mitad de los ochenta con un balance global a todas luces positivo, pero con evidentes lagunas también en algunos casos. No hay mal que por bien no venga, y el retraso en crear nuestro Centro Dramático nos permite jugar ahora con la gran ventaja de poder nutrirnos de las enseñanzas que la experiencia de los demás nos han procurado, incorporando sus aciertos y tratando de evitar los errores más significativos y palmarios.

Entre los últimos, el primero -parece claro y ya está dicho-, sería que intentáramos construir un Centro Dramático a espaldas de nuestros profesionales, fascinados por un aldeano prejuicio de que lo de fuera siempre es mejor que lo de dentro. El segundo, que éstos, bajo el pretexto de que algo nace con un fuerte impulso y con más medios de los que ellos disponen, cedan iniciativas que solo a ellos les corresponden y que deben seguir desempeñando con igual dosis de entusiasmo, de generosidad, de rigor empresarial, e incluso de capacidad transgresora o de voluntad vanguardista. Porque el Centro Dramático, en mi opinión, debe venir para tratar de alisar en la medida de sus posibilidades el terreno de todos pero nunca a sustituir a nadie. Esa creo que puede ser su gran fuerza: un modelo de teatro público que se plantea como uno de sus objetivos esenciales fortalecer al teatro privado.

El tercer error sería intentar olvidar quiénes somos, dónde estamos y a quienes nos dirigimos de manera preferente. Hace más de treinta años el director alemán y miembro del Berliner Ensemble, Manfred Wekwerth, escribió que “el fundamento esencial del pequeño colectivo teatral está en preguntarse de qué gran colectivo forma parte…” En este sentido me parece algo más que una esperanza y un antídoto para lo que sería una tentación irresponsable y miope lo que se refleja en el artículo segundo del Decreto de Creación: “El objeto social del Centro Dramático de Aragón es la potenciación, producción, difusión y documentación de las actividades teatrales, con especial énfasis en la consolidación de las señas de identidad cultural aragonesa en la vertiente de las artes escénicas”.

Quiero que mis últimas palabras sean para recordar el lugar en donde he desarrollado gran parte de mi vida profesional en los últimos años: la Escuela Municipal de Teatro. El destino también me puso al frente al comienzo de los ochenta, junto con otras personas a las que mi estimación es superior incluso a mi valoración profesional, de ponerla a funcionar en la dirección adecuada para satisfacer las necesidades que entonces tenía la ciudad de Zaragoza. En mi corazón quedará durante el tiempo que esté al frente de este Centro Dramático el recuerdo de la dedicación y el ejemplo de mis queridos compañeros y de los alumnos y alumnas que han sido y son la semilla y el exponente más claro de que en esta tierra se necesita que exista y se afiance una actividad escénica, rigurosa, profesional y fecunda. Sé que antes o después volveré a ese maravilloso lugar en donde, como en el Nuevo Teatro de Aragón, he vivido las mejores páginas de mi vida profesional y personal. A ellos, y a todos vosotros, os prometo ahora que mi trabajo no tendrá otro objetivo que el de afianzar, en profundidad y con la máxima honradez, lo que ya existe, potenciarlo con toda la ilusión y con los medios de que dispongamos, y entregárselo al público de manera adecuada, intentando abrir vuestro talento, vuestro esfuerzo y nuestra memoria colectiva por todos los confines de nuestra tierra, de España y del mundo.

Muchas gracias.

(El día 21 de Junio de 2002 pronucié este discurso de aceptación de mi cargo como Director-Gerente del Centro Dramático de Aragón en el Salón de Actos del Gobierno de Aragón)

Aparece el teatro (y 4)

mayo 20, 2009

Así, pues, me quedé un poco solo, y, sin embargo, recuerdo esta época como una de las más intensas de mi vida: hice teatro, escribí, leí, y tuve alguna que otra experiencia sentimental.



Ramón del Valle Inclán

En el mes de Abril, todavía en el colegio, había organizado ya la revista “Mola 1-3”, que pretendía ser un punto de colaboración entre los alumnos y alumnas de los colegios de Jesuitas y del Sagrado Corazón, separados en realidad por una calle. Salieron dos números tan sólo, pero la experiencia tuvo bastante eco en ambos colegios y los artículos que fueron publicados creo que expresaban bastante nítidamente el nivel intelectual y la opinión de los chicos y las chicas de nuestra edad sobre los temas que nos interesaban. Siempre pensé que esta revista podía y debía ser la alternativa a la que se editaba desde el propio Colegio en la que se daba una imagen paternalista y manipulada de esos mismos problemas, aunque yo, en algún momento, también colaboré en ella.

Paralelamente, me convertí en el coordinador de las actividades de un grupo de teatro que formamos y que se llamó “Medina-Al-Baida” (La ciudad blanca), nombre que nos había sugerido Angel C., catedrático de Historia de la Universidad y padre de Javier, unos de mis compañeros y amigos por aquel entonces. Con este grupo aficionado nos presentamos en Marzo de 1971 a un certamen que organizaba Delegación Provincial de la Juventud, un organismo de corte fascista. Representamos “Los árboles mueren de pie”, de Alejandro Casona, con la eficaz dirección de Pedrito, que también sabía de estos temas artísticos o que al menos parecía saber, y obtuvimos el segundo premio. Yo interpreté, creo que con una cierta corrección, el personaje del Señor Balboa. De los principales personajes se hicieron cargo Gerardo Z. y Cristina N. , guapos, glamourosos y buenas personas, que poco tiempo más tarde iniciaron una relación sentimental que a todos nos tenía bastante fascinados.

Aquella experiencia fue muy gratificante. Perder fue triste, pero yo personalmente me llevé una gran sorpresa cuando comprobamos la gran calidad de la puesta en escena de la obra ganadora, “Farsa y licencia de la reina castiza”, de Valle Inclán, que había hecho Danilo Nieto de Losada, quien años más tarde dejó el teatro para ejercer la Medicina y se convertiría en un excelente amigo. A pesar de su modestia de medios, y de la distorsión que la memoria juega a favor de las cosas buenas convirtiéndolas en mejores, quiero creer que aquella representación de los ganadores, que se llamaban “Tántalo” y que ya arrastraban una cierta experiencia, fue para mí una excelente lección de pulcritud y acabado escénico que siempre he mantenido como un referente en el recuerdo.

Pero, además de actor, yo había tomado la decisión de dirigir. Lo hice por primera vez poniendo en escena nada menos “Todos eran mis hijos”, de Arthur Miller, una de las obras claves de la dramaturgia norteamericana, en donde se buceaba sobre algunos aspectos de la mala conciencia social de aquel país. Un texto difícil y hermoso que ahora se me antoja como absolutamente inalcanzable para nuestras propias capacidades artísticas. El resultado no fue del todo malo, y siempre he tenido la extraña sensación de haber hecho algo por lo menos aceptable sin tener los conocimientos ni la técnica adecuados para hacerlo. Es decir, que debí saber sacar, y poner al servicio de un proyecto teatral, un caudal de cierta capacidad creativa que tenía en la intuición su principal fuente e inspiración. Este extraño y sorprendente autodidactismo creo que me ha seguido acompañando, de una u otra manera y con desigual fortuna, el resto de mi vida profesional.

Para ensayar estos espectáculos y una puesta en escena de “Madrugada”, de Buero Vallejo, utilizábamos el pequeño teatro del Colegio del Sagrado Corazón. En realidad era un teatro a la italiana en miniatura, pero bastante bien dotado para ser un simple salón de actos. Siempre me acordaré de su pequeño telar y de sus rudimentarios focos, pero, al mismo tiempo, muchas veces a lo largo de mi vida profesional he echado de menos un espacio así, tan recoleto y acogedor, para ensayar.

(Fue publicado en Roberto Zucco el día 11 de Febrero de 2006)

Aparece el teatro (3)

mayo 20, 2009

Al llegar a Preunivesitario los extremos de mi personalidad se habían radicalizado por completo. Era un intelectual y un gamberro, ambos en estado puro, y, desde luego, el peor alumno de los Jesuitas, aunque paradójicamente, uno de los que más prestigio tenía entre los alumnos como organizador, dinamizador y creador de actividades culturales fuera y dentro del Colegio.

San Ignacio de Loyola, fundador de los Jesuítas.

La situación allí también había alcanzado cotas inimaginables. El edificio era ya una ruina: puertas rotas, paredes pintadas, pupitres rayados, etc. La subversión había ido en aumento y prácticamente hacíamos lo que nos daba la gana, sin que nadie pudiera aplicar reglamento alguno o utilizar más medidas coercitivas que algunas indirectas y pequeñas broncas, sin mayor repercusión ni consecuencias posteriores. En aquel patente vacío de autoridad y de poder nos habíamos atrincherado y obteníamos victoria tras victoria ante el estupor y la dejación de sus responsabilidades por parte de nuestros educadores. Una de las más importantes fue negarnos desde el principio de curso a ir a clase por la tarde, con lo que teníamos horas libres para nuestros asuntos intelectuales y nuestras citas con las chicas del Sagrado Corazón. Esta medida la negociamos con el Padre V., nuestro profesor de Griego, y, a la sazón, director del Colegio, uno de los que siempre he salvado de la quema, tal vez únicamente por su carácter amable y espíritu comprensivo. Otra, dejar de asistir a misa diariamente, rompiendo una costumbre que ya duraba varios años. Del rosario vespertino no tuvimos ni siquiera que hablar.

En realidad la situación a la que se llegó fue el resultado de una descomposición anunciada, vistas las circunstancias esperpénticas y las personas concretas que teníamos como profesores. Recuerdo la conversación que una tarde tuvimos con un jesuita joven, el padre S., que en Sexto Curso intentaba en vano enseñarnos Literatura, en donde nos reconoció abiertamente que no podía dar crédito ante el triste espectáculo que estaba presenciando entre aquellos muros y del que él inevitablemente se sentía, en cierta medida, corresponsable.

Y es que aquello tenía ribetes de tragicomedia… El Padre Braulio M., por ejemplo, era uno de los casos más pintorescos. Impartía la asignatura de Religión en Sexto Curso utilizando el micrófono de un magnetofón que colocaba encima de la mesa, porque se le había metido en la cabeza que su voz no se oía bien, y lo cierto es que se oía perfectamente. Ese mismo cura, del que se decía que había tenido un pasado de policía de la moral y las costumbres en Valladolid, solía extraviar las preguntas de los exámenes de todos los cursos a los que daba clase por los pasillos, de tal modo que siempre sacábamos unas notas extraordinarias, lo cual le envanecería como pedagogo. El Padre G., un hombre colérico y con cierta tendencia a parecerse a Maquiavelo, que fue nuestro tutor en Sexto, tuvo que aguantar la vergüenza pública de escuchar de labios de nuestro líder y portavoz Pedrito R., y ante todo el curso, una crítica implacable y absolutamente razonada sobre el absurdo concepto de disciplina que se aplicaba en ese sitio y especialmente en la Iglesia y en los actos religiosos. Eran frecuentes las peleas en los pasillos de algunos curas por razones, según se decía, de celos entre ellos mismos… Es decir, una autentica debacle pedagógica, espiitual y humana que nosotros vivíamos como una aventura entre el cachondeo y las actuales “performances”.

Preu fue el final de muchas cosas y de muchas relaciones. Cuando acabamos las clases propiamente en el colegio tuvimos que enfrentarnos con un examen que nos daría acceso o no a la Universidad. Yo suspendí el llamado “específico”, que era la parte en el que se contenían precisamente las asignaturas de Latín y Griego y, sin embargo, aprobé inexplicablemente el resto. Mis amigos aprobaron todo, con lo cual ellos iban a empezar con seguridad la Universidad en Octubre y yo tendría que pasarme por lo menos todo el verano estudiando para no perderles la pista, algo que finalmente ocurrió. Entre mis planes, aunque sin demasiada convicción, estaba comenzar la Carrera de Derecho, que es donde mayoritariamente ellos se iban a matricular. Pero este primer resultado adverso no fue más que el principio de un calvario y de una peregrinación por academias particulares de tercera división que iba a durar hasta Junio de 1971.

(Publicado en Roberto Zucco el día 9 de Febrero de 2006)

Aparece el teatro (2)

mayo 20, 2009

El dramaturgo franquista José María Pemán

La primera vez que pisé el Teatro Principal de Zaragoza fue el 26 de Enero de 1969 para ver “La hora de la fantasía”, de Ana Bonnaci. No recuerdo absolutamente nada de la interpretación, ni del texto, ni de la puesta en escena. Pero me debió gustar porque así consta en las algunas notas manuscritas y porque a partir de ese día fui al teatro en numerosas ocasiones. Casi siempre pedía a la taquillera una butaca de la primera fila, concretamente la primera de los números pares, justo al lado del pasillo, y ella solía dármelas con una sonrisa de complicidad. Como trataba de no perderme las funciones de estreno, solía coincidir con el crítico de Heraldo de Aragón, el periódico por antonomasia de la región aragonesa, Don Pablo Cistué de Castro, que se sentaba justo en las primeras butacas del lado impar. Jamás intercambié ninguna palabra con aquel venerable anciano, pero llegamos a tener una buena relación de vecindad, un poco decimonónica, puesto nos saludábamos respetuosamente con una ligera inclinación de la cabeza. Entendí también que ir al Teatro Principal era, además, un acto social que tenía también sus requisitos.

Hacerlo se convirtió para mí en una costumbre y en un rito. Recuerdo que solía acudir con traje y corbata, imitando también en esto a mi referente intelectual, Pedrito R., que iba vestido así hasta para hacer gimnasia. En el ambigú me solía comprar un paquete de chocolatinas redondas de la marca Nestlé y logré una práctica envidiable cuando durante la función había que quitarles el papel de plata que envolvía cada porción con una destreza increíble, impidiendo así que esta operación provocara cualquier ruidito que hubiera molestado a las personas que ocupaban las butacas cercanas.

Durante aquellos años me tragué de todo. Obras buenas y malas, bien hechas y mal hechas, vi actuar a las compañías y a los actores más importantes del país, pero también a las de relleno y a los actores más histriónicos e insoportables. Reconozco que ver todo eso me formó enormemente como espectador, proporcionándome un criterio cada vez más maduro para valorar el hecho teatral y para conocer muy de cerca, desde la primera fila, cómo trabajaban casi todos los actores españoles. Empecé a amar esta maravillosa profesión y a degustar los textos de algunos autores, como Valle Inclán, Jean Paul Sartre, Harold Pinter o Albert Camús, que todavía hoy me siguen interesando profundamente. La cercanía con el escenario me proporcionaba también una perspectiva muy cercana sobre la puesta en escena, es decir, de las entretelas del asunto, que fue desde el primer momento lo que más me interesó.

Por eso -no recuerdo cuál sería el mecanismo de acercamiento-, solicité mi entrada en un grupo de aficionados que ensayaba en el local de una asociación cultural llamada ANADE y que tenía su sede en una calle del centro de la ciudad. Esta asociación estaba dirigida por un joven rubio y espigado llamado Miguel A. A. que era sobrino nada menos que del fundador del Opus Dei, José María Escrivá de Balaguer, y que seguía más o menos sus consignas espirituales, aunque parecía bastante amable y tolerante y nunca le oí hablar de esta relación familiar. Allí conocí también a un tal Enrique O. que, a la postre, iba a ser mi primer director de escena.

Creo que al principio me asignaron un papel irrelevante en una obra corta titulada “Clemente el Bonito”, cuyo autor era Pedro Pérez Fernández, un libretista de zarzuela y escritor de sainetes cortos de dudosa gracia, que no pasará precisamente a los anales del arte escénico. Pero por no sé exactamente qué circunstancias al poco tiempo me vi yo haciendo el personaje de Clemente, o sea el protagonista. Es decir, nada más llegar, me confiaron la principal responsabilidad.

A los ensayos, de los que he olvidado todo, sucedió la única representación que debió hacerse un domingo por la tarde ante el resto de los miembros de la asociación, amigos y familiares de los actores. El decorado, que era una especie de libro abierto y estaba situado detrás de nosotros, se cayó en mitad de la obra, semiaplastándonos a los esforzados intérpretes. Este accidente escénico y una vaga sensación de calor sofocante, puesto que la obra se hacía en una sala abarrotada de reducidas dimensiones, ya que la asociación carecía de Salón de Actos, son mis únicos y nebulosos recuerdos, porque la sensación de interpretar un personaje, los nervios anteriores, los comentarios del público o mi propia valoración posterior se han borrado casi por completo de mi memoria. De lo que sí estoy seguro es de que aquella experiencia supuso un acicate para seguir haciendo teatro y seguir asistiendo a las representaciones del Teatro Principal.

(Fue publicado en Roberto Zucco el 7 de Febrero de 2006)

Aparece el teatro (1)

mayo 20, 2009

16

En Octubre de 1969 se celebraron los Juegos Olímpicos de México, fueron detenidos John Lennon y Joko Ono por posesión de marihuana, Jacqueline Kennedy, la viuda del Presidente de los EEUU asesinado en Dallas, se casó con el millonario griego Aristóteles Onassis. En España el estado de excepción se mantenía en Guipuzcoa tras el atentado que ETA había perpetrado contra el policía Melitón Manzanas en pleno verano, como paso previo para extenderlo a todo el territorio nacional a comienzos de 1970.

En ese otoño comencé Sexto de Bachillerato, teniendo pendiente todavía una asignatura del año anterior: nada menos y nada más que Formación del Espíritu Nacional, la popular “FEN”, en donde un pintoresco personaje llamado Angel de Lorenzo del Río, que esgrimía de vez en cuando sus múltiples carnets de falangista y no cesaba de contar paparruchas, intentaba explicarnos sin demasiado éxito las virtudes del régimen de Franco. Estábamos a las puertas de que el Consejo Nacional del Movimiento aprobara la legalización de las llamadas “asociaciones políticas”. Es decir, seguían prohibidos los partidos políticos, pero se permitía la creación de otras cosas, menos peligrosas y más descafeinadas, como prueba de lo que algunos llamaban “apertura”.

Ese mes también se estrenó en España uno de los espectáculos teatrales más importantes del final de los sesenta: la versión que dirigió el polémico Adolfo Marsillach de “Marat-Sade”, del autor alemán Peter Weis, y que el director británico Peter Brook había estrenado cinco años antes. Los que tuvieron ocasión de verlo siempre lo recuerdan como una de las páginas más importantes de sus vidas como espectadores, y en él Marsillach dio una nueva prueba de su capacidad para sorprender y su interés por trasladar a nuestro país los éxitos más importantes del panorama internacional.

En mí, desde hacía tiempo, había ido creciendo un interés y una curiosidad por el teatro, nacida en parte por la envidia que siempre me habían producido mis compañeros de Jesuitas, cuando interpretaban “El Divino Impaciente”, escrita por el dramaturgo gaditano José María Pemán en 1933 y estrenada en el teatro Beatriz, de Madrid, en donde se contaban los episodios más significativos de la vida del fundador de la compañía, San Ignacio de Loyola con un tufillo antirrepublicano y reaccionario inconfundibles. Recuerdo perfectamente a mi compañero Pedrito R. con una calva postiza increíble recitando el texto de San Francisco Javier, o a Gerardo Z. encarnando el personaje del Santo fundador, ayudados por algunas chicas del colegio cercano. La presencia turbadora de estas jóvenes actrices le confería al asunto un interés mayor, si cabe.

Siempre digo que esta envidia malsana y los juegos infantiles que mi abuela Carmen y yo desarrollábamos en la casa de la calle San Miguel, supusieron en la práctica el germen de mi posterior vocación profesional. Estoy convencido de ello, y, salvando las distancias, me alegré saber después que a Louis Jouvet, toda una institución en el teatro francés, le pasó algo parecido, según cuenta en su libro “Testimonios sobre el teatro”. El teatro se presentaba también para mí como una intuición, como algo poderosamente atrayente y misterioso, como una práctica artística que encerraba aspectos diversos que me parecían muy sugerentes y cautivadores. El hecho de que participaran chicas ya lo hacía irresistible.

Lo cierto es que, casi paralelamente, comencé a hacer teatro de aficionados y me convertí en un espectador asiduo de las funciones que se presentaban en el Teatro Principal. En poco tiempo vi mucho teatro y me convertí en actor, primero, y director de escena, poco tiempo después.

(Publicado en Roberto Zucco el 5 de Febrero de 2006)