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Escuelas de Teatro en Israel y Palestina: aprender un oficio en mitad de la guerra

mayo 23, 2009

(Escribí este resúmen de mi viaje por Israel y Palestina en Enero de 1998 en “La Butaca”, la revista que crearon los alumnos de la Escuela Municipal de Teatro, de Zaragoza).

 

Espectáculo de la Escuela Asthar

Espectáculo de la Escuela Asthar

 

 

1.

Maldita sea. Me lo habían advertido: salir de Israel es más complicado que entrar. Efectivamente. Una pareja de jovencitas -me recuerdan a Zipi y Zape-, me retienen durante tres cuartos de hora en el aeropuerto Ben Gurion de Tel-Aviv, y llegan a ponerme francamente nervioso. Una     sonríe, la otra no. Son una versión femenina y juvenil del policía bueno y el malo y quieren saber pormenorizadamente todos los detalles de mi viaje.

 ¿Cómo explicarles que una delegación del Instituto Internacional del Teatro del Mediterráneo (IITM) formada por Robert Bedoss, pedagogo y director de escena, Natalie Guimond, una periodista y crítica teatral parisina, y yo, nos habíamos personado en Ramallah, en plena Cisjordania ocupada por su propio ejército, para asistir a un Seminario sobre formación actoral? Mi maleta estaba repleta, además, de folletos, de regalos de los amigos palestinos, de materiales de trabajo sobre el tema en cuestión, pero mi cabeza, a las tres de la mañana, se resentía de siete días seguidos de experiencias, de imágenes, de las tediosas traducciones del hebreo al inglés y del inglés al francés, que era el mecanismo por el que yo había conectado con los demás. Mi cansancio era el lado inverso de la moneda de la frescura matinal de estas jovencitas, de su implacable entrenamiento para sacarle al viajero las verdaderas razones por las que ha decidido visitar un país permanentemente amenazado y en donde la Intifada y los socabones causados por los misiles que Sadam Husein les enviara durante la guerra del golfo son el recuerdo permanente de que siguen en guerra con árabes, palestinos, etc, dentro y fuera de sus fronteras, a pesar de los tratados de paz que el actual gobierno de Netanyahu tiene prácticamente congelados y de los que los palestinos, por cierto, no se creen ni una palabra.

 Ramallah (que significa “La altura de Dios” o algo parecido) es una ciudad dispersa: casas y montes, montes y casas. Un magnífico hotel totalmente occidentalizado en el centro, con un cuadro, sencillamente ridículo, de Yaser Arafat presidiendo su salón principal, y, en las habitaciones, las televisiones llenas de canales internacionales. Me entero por uno de ellos, sin pretenderlo, que el Zaragoza le ha ganado al Celta de Vigo por uno a cero y me pongo muy contento…

 Y además de todo eso, un proyecto teatral: la escuela Asthar. Los palestinos nos han invitado para que les expliquemos cómo se hace una Escuela de Teatro. Así, como suena. Pienso que es mentira: nos han invitado realmente para que les proporcionemos proyección internacional y, si fuera posible, ayuda económica. Suecos, canadienses, alemanes, ingleses, franceses y españoles les vamos diciendo lo mismo: son ellos quienes deben pensarse una escuela acorde con sus necesidades. Algunos adornamos nuestra reflexión con argumentos teóricos (les hablo de Meyerhold, de Stanislavski, de Brecht), otros como Oleg Kisseliov director del “Creative Impulse” Laboratory de Montreal les da una pequeña lección práctica, y otros como el sueco Goran Tunstrom les proyecta unas imágenes de Juloratoriet, un trabajo excelente del que es responsable como dramaturgo y director.

 El día anterior los palestinos nos habían mostrado, en una pequeña sala que emplean como aula, un espectáculo titulado Marthyrs are coming back…, puesto en escena por Sameh Hijazi e interpretado por el alma mater de todo esto: la actriz Iman Aoun. Necesitan una escuela, ciertamente… El trabajo es muy malo, lleno de intrincados simbolismos sobre la guerra, y sobre la tragedia de su pueblo. Iman es pequeña, enérgica, con rasgos y mirada inequívocamente palestinos, con fortaleza de mujer de teatro curtida por la vida, la guerra y el escenario. El rebufo del centenario de Lorca ha llegado hasta este recóndito lugar del planeta: quiere montar Yerma este año y seguramente lo hará. Primero porque es ambiciosa, astuta e inteligente. Segundo, porque es buena actriz. Los demás actores no dan la talla. La puesta en escena es pueril, además de pobre en ideas y en medios.

 Con los palestinos nos vamos a Jerusalen. Como si fuéramos un paquete internacional nos entregan al enemigo no sin antes enseñarnos la ciudad de cabo a rabo -¡qué maravilla!-, y ofrecernos una comida libanesa extraordinaria, regada con abundante cerveza. Joseph, el hermano de Iman regenta una especie de albergue internacional, limpio, amplio, confortable, desde donde se contempla una vista de la ciudad sencillamente asombrosa. Hablamos mucho de teatro mientras a los postres nos obsequian con una especie de anís mezclado con agua. Abrazos, intercambio de tarjetas, de teléfonos… Nos despedimos de ellos con el corazón quebrado al dejarlos otra vez a su suerte: inmersos en sus apasionadas reflexiones, sumergidos en un mundo externo e interno del que no podríamos asegurar que hemos comprendido algo, aferrados a ese personaje colectivo de “víctima” que han decidido encarnar seguramente para siempre.

2.

Mis interrogadoras no bajan la guardia. La situación es absurda. Me muero de sueño y la impaciencia y los nervios me van secando la boca. “¿Quién le ha invitado usted a venir? ¿Cuándo? ¿Por carta o por teléfono?      ¿Piensa usted volver pronto a Israel? ¿Ha conocido a alguien sospechoso de colaborar con los terroristas?”

 Nos agasajan en el mejor restaurante de Jerusalen y coincidimos allí con el expresidente del gobierno y actual jefe de la oposición, Simón Peres. Somos presentados amablemente. Al día siguiente por la mañana continúa el protocolo. De la mano de Erez Biton, poeta ciego que es nuestro anfitrión en todo momento, nos recibe el Secretario de Estado, señor Shevah Weiss, en su oficina del Parlamento hasta donde hemos llegado después de pasar infinitos controles. Los soldados tienen cara de niños en todas partes, tanto los que patrullan por las calles como los que custodian edificios, mercados, centros oficiales, aeropuertos, etc.

 Por fin comienza la parte profesional. A Israel hemos venido a conocer dos escuelas de Teatro y a ponerlas en contacto con la Red de Escuelas del IITM. Visitamos junto a Andrea Lupu, director teatral rumano y también miembro del IITM que se ha incorporado a la expedición, el “Acting Studio” una de las dos mejores escuelas de Israel, con una fuerte subvención estatal. Las instalaciones son algo destartaladas pero todo respira rigor y seriedad. Nissan Nativ, un hombre de enorme prestigio profesional, la dirige y nos da detalles sobre su funcionamiento: todos los años pretenden entrar ¡seiscientos aspirantes! y sólo consiguen entrar quince. Allí se enseña actuación para teatro, cine y televisión y los talleres siempre están montados por directores profesionales contratados para ello. Las enseñanzas están estructuradas en tres años, y los alumnos reciben 40 horas semanales en primero, 42 en segundo, y 65 en tercero. Vemos un ensayo de El despertar de la primavera, de Frank Wedekind, un taller que está a punto de estrenarse. El nivel no me entusiasma demasiado.

 Al día siguiente estamos en Tel-Aviv. Por la mañana visitamos el “Yoram Loewenstein Studio”. Desde el principio hay algo que me seduce: un clima especial de trabajo, una forma de estar diferente. Aquí los medios son muy distintos: cada alumno se paga sus estudios y, además, debe trabajar para los más necesitados del barrio en el que están situadas sus aulas, al este de la ciudad. Entramos en clase de Improvisación de Segundo Curso. La joven profesora ha estudiado en Estados Unidos y, al final de la clase, intercambiamos experiencias e información. Yo le hablo de las improvisaciones que trabajamos en Segundo Curso del año pasado y que son parecidas a las que sus alumnos preparan minuciosamente. Después vamos donde se está preparando un taller sobre El rey Lear, de Shakespeare. Los chicos y chicas de tercero me encantan. Todos tienen cuerpos y voces entrenadas, son expresivos y simpáticos. Alguno habla bien español.

 Establecemos una comunicación especial con Yoram. Es un joven director de escena formado en la Universidad de Tel Aviv. El resto del profesorado es joven y han recibido su formación principalmente en Nueva York y París, muchos en la escuela de Lecoq. Yoram nos habla de los problemas de su escuela, yo le cuento los de la nuestra. Son bastante parecidos.

 Todavía tenemos tiempo para ir al teatro. Visitamos el Teatro Nacional, o Teatro Habima, con sus cinco salas, fundado en los años cuarenta por actores judíos llegados desde Rusia; el Mann Auditorium, en donde actúa estos días el mítico Topor, protagonista de El violinista sobre el tejado; el Cameri, en la calle Dizengoff, que es la arteria más concurrida de la ciudad. Vemos también, por último, una magnífica versión de ¿Quién teme a Virginia Wolf? en una sala contigua al Museo Eretz, al norte de la ciudad y situado en terrenos de la Universidad. El tiempo se acaba y pronto estaremos en nuestras ciudades. La expedición se dispersa y yo soy el último en coger el avión que me llevará a Madrid después de una insoportable espera en Roma de más de cuatro horas.

 

3.

 Y estas individuas no se cansan… Me habían advertido que era necesario llegar con tiempo suficiente para pasar este interrogatorio. Como he llegado el primero estas chicas se ensañan conmigo. He debido de llegar tarde a este lugar, como hace todo el mundo en Palestina e Israel. ¿Quién me habrá enseñado a ser tan malditamente puntual? Por cierto: otro canal me acaba de informar de que el Zaragoza le ha ganado por dos a cero al Atlético de Madrid. Tal vez esta noticia sea la que me hace resistir con estoicismo y sentir incluso una cierta simpatía por mis dos torturadoras que, al final de todo, parece que se ruborizan y me piden excusas por haber cumplido implacablemente su misión.

 

Si quieres ver imágenes de Ramallah, pincha aquí.

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En casa de Stanislavsky

mayo 23, 2009
La casa/museo de Stanislavsky

La casa/museo de Stanislavsky

La gente que nos dedicamos al teatro tenemos un gran respeto por la figura de Konstantin Stanislavski. Muchos no creen demasiado en lo que ha venido a llamarse su “método”. Incluso hay algunos que lo consideran superado y hasta peligroso. Pero otros creemos que en él están contenidos algunos de los hallazgos más importantes para comprender y practicar el arte de interpretar encima de un escenario.

En mi caso, al menos es así. Entiendo que muchas de las cosas que Stanislavski escribe son la consecuencia lógica de las circunstancias específicas de su tiempo. Por lo tanto, su aplicación actual es anacrónica y poco aconsejable. Sin embargo, el meollo de su reflexión sigue vigente. ¿Cómo conseguir que un actor pueda incorporar y transmitir la sensación de vida real de su personaje encima del escenario, un lugar en donde paradójicamente es bastante difícil hacerlo? A partir de esa pregunta, Stanislavski elabora una serie de teorías en las que tiene en cuenta múltiples aspectos pero que podríamos dividir básicamente en dos. En primer lugar estaría la relación del actor consigo mismo: cómo entrenar el cuerpo y la mente para revivir y aprovechar emociones y recuerdos. En segundo, la relación del actor con ese personaje que, en realidad, no es más que un montón de palabras a las que hay que dar una forma escénica en relación con otras y en relación a una acción dramática. Me he pasado muchos años de mi vida leyendo sus escritos, y he invertido mucho tiempo explicando a mis alumnos mis propias conclusiones y motivándoles para sacar las suyas propias.

El aula donde enseñaba

El aula donde enseñaba

Por eso, sentí una emoción intensa en el momento en que entré en la casa en la que vivió durante sus últimos dieciocho años, desde 1920 hasta 1938, donde murió a los setenta y cinco, y en donde trabajó con sus alumnos/actores, especialmente cuando sus enfermedades le impedían salir a otro lugar. En esta casa museo también se encuentran las dependencias de su mujer, la actriz María Lilina.

La mansión dieciochesca está situada en el centro de Moscú. Se entra a la misma por una especie de patio interior y es necesario subir unos vetustos escalones de madera para llegar al primer piso. Allí nos recibe un hombre que nos advierte sobre la imposibilidad de hacer fotos a menos que se paguen cien rublos por cada una. La otra posibilidad es adquirir un folleto en donde todo está debidamente fotografiado.

En la entrada me llama la atención de manera especial una mesa de mármol blanco en donde el grupo realizaba su trabajo de análisis y reflexión sobre los textos dramáticos. Es muy interesante ver al lado el aula, una especie de pequeño teatro con unas sillas, un piano, y un sillón para el maestro en donde éste impartía sus clases. Pero lo más emocionante para mí fue penetrar en su cuarto de trabajo. Allí están, entre otros muebles y objetos, su librería y su escritorio de madera oscura en donde la dirección de la casa ha dejado unos papeles escritos de puño y letra por Stanislavski. A esta dependencia se entra por la mítica puerta que sirve para que sus alumnos comiencen a hacer adecuadamente sus improvisaciones y ejercicios y a la que se refiere una y mil veces en sus propios textos.

Al fondo, el escritorio.

Al fondo, el escritorio.

Cada una de estas dependencias era mostrada por una persona diferente, todas ellas mujeres. Primero le explicaban a Nathalie de forma pormenorizada todos los detalles de las mismas, naturalmente en ruso, y mientras yo aprovechaba para leer una hoja mugrienta escrita en francés. Finalmente, mi amiga me hacía un perfecto resumen de lo que le acababan de contar.

El sillón desde donde impartía sus clases

El sillón desde donde impartía sus clases

De esa tarde en Moscú en casa de Stanislavski me acordaré siempre también de algunos pequeños detalles. En su cuarto de trabajo, además de un boceto escenográfico de Gordon Craig, un regalo de Isadora Duncan, etc, me llamó la atención por ejemplo una estatua de Don Quijote de la Mancha.

La tarde anterior, Nathalie y yo habíamos visto un espectáculo en el mítico Teatro del Arte de Moscú, el que fundara el propio Stanislavski con Nemirovich Danchenko en 1897. Allí vimos “La trilogía del dragón”, de varios autores y dirección de Robert Lepage dentro del Festival Chejov que se celebra habitualmente en verano. Excelente espectáculo, por cierto, en un lugar en donde el dramaturgo que da nombre al festival estrenara en 1898 de la mano de Stanislavski “La gaviota”, tal vez su texto teatral más emblemático y todo un manifiesto de intenciones estéticas por parte de ambos artistas.

Teatro en Berlín (1)

mayo 23, 2009

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1. 25 de Agosto de 2004. Viajo a Berlín por primera vez con motivo de la presentación de “Himmel der Fraüen” (“El cielo de las mujeres”), obra teatral del pintor Víctor Mira, muerto en Noviembre de 2003, representada en el Museo Deutsche Guggenheim. No estaré en el estreno, pero sí en el ensayo general. La puesta en escena es de Ulrike Kéller, la directora que ya había dirigido “Antihéroes”, otro texto de Víctor. Me hospedo en el Hotel Anglaterre, en Friedrichstrasse, muy cerca del famoso Check Point Charlie, lugar por donde se salía legalmente (quienes podían) de la República Democrática Alemana. Allí están los famosos tenderetes en los que se pueden comprar todavía uniformes del ejército, chapas diversas, cascos militares, y trocitos del muro envueltos en papel de celofán.

La primera impresión de Berlín la recibo en el taxi que me lleva desde el aeropuerto Tegel, el más importante de los cuatro que funcionan regularmente. En realidad no se podría considerar como tal. Más bien son imágenes caóticas: Postdamer Platz, llena de grúas y de edificios recién construidos, con un cierto aire al barrio de La Defense, de París. El Reichstag, majestuoso, a escasos metros de la Puerta de Brandemburgo, y la torre de la televisión, visible desde casi todos los puntos del recorrido.

Primer paseo. Calle Unter den Linden al atardecer. Grande, destartalada, prácticamente vacía a partir de las ocho de la tarde. La bellísima Berliner Dom, y la isla de los Museos a donde me encamino después del ensayo. En ella la impresionante silueta del Pergamonmuseum, que intentaré visitar al día siguiente. Me retiraré pronto a digerir lo visto en esas primeras horas.

2. “El cielo de las mujeres”. Cuatro de la tarde. Ulrike, menuda, enérgica, amable, da las últimas instrucciones a actores y técnicos. Ester Romero, compañera de Víctor, observa todo con una inmensa y contenida emoción. El patio interior cubierto por un césped artificial de un verde intenso. En el centro, un enorme árbol. De una de sus ramas cuelga un columpio, imprescindible para desarrollar la acción escénica que el autor propone. Las ventanas del patio, cubiertas con lienzos en donde se ven nubes a modo de etérea escenografía. Cinco actrices y un actor en escena. Vestuario colorista. Interpretación expresionista, medida, calculada. El pase dura un poco más de media hora. A pesar de lo cual, es un gran espectáculo.

3. Agotador paseo matinal solitario por Berlín. Unter den Linden/ Puerta de Brandemburgo/Avda. 17 de Junio/ la Kaiser-Wilhelm, conocida por los berlineses como “muela picada”, con su torre intacta, a modo de recordatorio permanente, tras los bombardeos de la segunda guerra mundial. Taxi hasta el Hotel Anglaterre, con los pies destrozados. La ciudad es bulliciosa, inmensa, destartalada. Trenes aéreos y tranvías por todas partes. Tráfico intenso. Grandes superficies. Sorprendentes bosques agrestes en mitad del asfalto. Ya en el hotel veo perder a España frente a EEUU en baloncesto. Una pena. Mañana iré al mítico Berliner Ensemble!

Teatro en Berlín (y 3)

mayo 19, 2009

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El Permagamonmuseum nos ofrece sus tesoros a primera hora de la tarde. Salas inmensas, llenas de maravillas de la antigüedad. Nos impresionan de manera especial la Puerta del mercado de Mileto, y el impresionante Altar de Pérgamo, en torno al que se organiza todo el museo.

Si puedo, suelo preparar los viajes de trabajo con tiempo y antelación. Este viaje a Berlín fue excusa para ver espectáculos grabados en canales alemanes, dirigidos por grandes hombres y mujeres de ese país. Estando ya en la ciudad, el tiempo y las distancias hacen que deba moderar mis deseos de conocer teatros míticos como el Volksbüne, o el Deutsches Theater, con una programación interesante y rompedora.

Pero, por fin, vamos a conocer el Berliner Ensemble.

Cuando terminamos nuestra visita al cementerio donde descansan Bertold Brecht y Helene Weigel bajamos andando en dirección a Bertold Brecht Platz comentando lo que habíamos presenciado. Veinte minutos más tarde estábamos ahí, delante del edificio construido en 1891 por Henrich Seeling, en donde Brecht asentaría su trabajo creando una compañía estable. Allí iba a poner en práctica sus teorías sobre la distanciación y la interpretación antiaristotélica como fundamentos de su “teatro de la era científica”.

Ese día la compañía pone en escena una versión de “Leonce y Lena”, de George Büchner, obra escrita en 1836, con dirección de…

Debo advertir que normalmente el director de escena de un espectáculo es el dato que recabo con mayor interés a la hora de decidirme a entrar en un teatro. En esta ocasión, obnubilado por el deseo de conocer el interior del edificio y el trabajo actual de la compañía, no me di cuenta de que el responsable de la puesta en escena era Bob Wilson, alguien que nunca me ha gustado demasiado.

Pero el espectáculo es extraordinario. La puesta en escena es de un vigor y una solidez indiscutibles, aunque lo más impresionante es la coherencia y la homogeneidad de la interpretación. Todos los actores juegan a lo mismo. También todos los demás elementos escénicos, incluida la música de Herbert Grönemeyer, interpretada en directo, son piezas sutiles de un puzzle perfecto. Tal vez hay que destacar el trabajo del actor que interpreta a Leoncio: Markus Meyer. Yo no había visto jamás algo igual: cuerpo, voz, presencia, economía, expresividad, sabiduría escénica.

Salimos con la sensación de haber recibido una verdadera lección. Las sospechas de que el Berliner se ha convertido en un museo con telarañas se han manifestado totalmente infundadas. Es un teatro vivo, renovado, contemporáneo. Este “Leoncio y Lena” va a formar parte de mis mejores recuerdos teatrales el resto de mi vida.

Salimos a la calle. Es mi última noche en Berlín y el clima es fresco y agradable. Hay abiertos multitud de bares, cafeterías y galerías de arte. Cenamos en un acogedor restaurante cercano. Las mesas están abarrotadas por personas que acaban de asistir a una representación teatral o participado en un acto cultural de los centenares que esta enorme ciudad ofrece hoy a sus cuatro millones de habitantes.

Una ciudad a la que quiero regresar pronto.

Teatro en Berlín (2)

mayo 19, 2009

En la tumba de Brecht

En Berlín es fácil coger taxis. A veinte metros del Hotel Anglaterre hay una parada, justo al lado de una estación de metro. Elegimos ese medio de transporte porque tenemos cierto temor a perdernos en una ciudad subterránea que nos imaginamos inmensa y repleta de carteles en alemán.

Sin embargo, estamos bastante cerca de la casa en la que transcurrieron los últimos años de la vida de Bertold Brecht y de la que fue su compañera sentimental y profesional, la actriz Helene Weigell.

En su exterior nada indica que esa mítica pareja residió allí. No hay grandes carteles ni una publicidad específica. Sólo el número del portal, 125 de Chauseestrasse, es el dato que nos induce a penetrar. Ya dentro, efectivamente, fotografías de ambos y carteles del Berliner Ensemble, nos indican que no nos hemos equivocado.

Como ya sabíamos, la casa de los Brecht puede ser visitada cada media hora en grupos reducidos. Como es a primera hora de la mañana, los únicos visitantes somos Félix, Sara y yo, y una chica joven. Compramos el ticket y una señora de mediana edad, que sólo habla alemán y algunas palabras de inglés, nos introduce en la vivienda.

Qué fuerte emoción. Vemos la biblioteca de Brecht. La gran dependencia en la que él trabajaba. Suelo de madera, una mesa pequeña, ubicada cerca de una ventana, cuadros de motivos chinos, a los que él se refiere en sus poemas. Nuestra anfitriona desaparece, vista la inutilidad de sus explicaciones, y sólo nos indica que no se pueden hacer fotos. No le hacemos demasiado caso.

Me acerco a la biblioteca. Cojo un libro: “Fausto”, de Goethe. El ángel negro me acaricia el oído: “Y si te llevas un libro de la biblioteca de Brecht…”. Dudo unos instantes porque el ángel bueno tarda en aparecer. Aconsejado por éste, no cojo el libro, por respeto a su propietario y por la confianza otorgada a unos visitantes a los que se deja solos. Me imagino qué pasaría, pongamos por caso, en la casa-museo de Lorca si las medidas de seguridad y la confianza depositada fueran las mismas.

Bajamos al piso inferior. Son las dependencias de Helene Weigell que sobrevivió a su marido unos quince años. Esos tres lustros se notan. Aparecen allí los primeros electrodomésticos. Por ejemplo, un destartalado televisor. Un gran ventanal separa la vivienda de un pequeño huerto/jardín, que ella cuidó hasta su muerte en 1971.

Cuando salimos nos encontramos con el agradable frescor de la mañana berlinesa. Sara, Félix (que han venido al estreno de la obra de Víctor Mira) y yo estamos embobados. Participamos de uno de esos momentos en los que se mezcla un profundo respeto y la fascinación más inmensa.

Todavía nos queda tiempo para recorrer Dorotheenstätischer Friedhof, el pequeño cementerio que se extiende contiguo a la casa recién visitada. Ahí están sus tumbas, y muy cercana también, la de Heiner Müller, dramaturgo y uno de los últimos directores del Berliner Ensemble, la compañía que fundaran ellos en 1949. Nos hacemos abundantes fotos, esta vez sin temor a ser descubiertos.

El resto de la mañana prácticamente la dedicamos a pellizcarnos: hemos estado en completa libertad en casa de Bertold Brecht y Helene Weigell.

Nueva York: Broadway, la inquebrantable salud del gigante

mayo 19, 2009
Times Square: cruce entre Broadway y la Séptima

Times Square: cruce entre Broadway y la Séptima

Publicado en “Primer Acto”, Nº 270 (Septiembre-Octubre 1997)

 

Desde hace décadas Broadway es toda una poderosa industria del espectáculo que atrae al cabo del año a millones de espectadores. A pesar de que muchos grandes dramaturgos han declarado en más de una ocasión que no están dispuestos a plegarse a sus caprichos y exigencias -Arthur Miller, David Mamet, Christopher Duran, etc-, y que la pujanza e interés de las manifestaciones que se producen fuera de su ámbito -el no menos mítico “off Broadway”-, son numerosas y, en muchas ocasiones, de resultados escénicos extraordinarios, la vitalidad del gigante parece rebosante y manifiesta.

La zona conocida en Nueva York como Theater District, que está atravesada de norte a sur por la famosa avenida, y que discurre entre las calles 41 y 53 aproximadamente, acoge una cuarentena larga de salas en donde se presentan los éxitos comerciales más importantes, y en donde los grandes mitos de la escena y del cine norteamericanos tienen cada cierto tiempo una especie de peaje obligatorio.

 

Las miserias del gigante.-

Broadway es ya un gigante mayor de edad. Su público es variopinto, y una buena parte de él, tal vez el cuarenta por ciento, está compuesto por turistas, familias enteras, o profesionales llegados de cualquier esquina del país o del planeta para pasar unos días de placer o de negocios en la gran manzana que no pueden desaprovechar la oportunidad de ver alguno de sus más famosos musicales. Es casi seguro que la propia agencia de viajes les haya una oferta en ese sentido, junto con las de conocer la Estatua de la Libertad o subir al último piso del Empire State Building, y les haya proporcionado las entradas a unos precios que rondan las doce mil pesetas la butaca después de haber sido revendidas unas cuantas veces.

Si entramos en una sala que acoja un espectáculo de gran éxito no nos será difícil comprobar ese comportamiento primario, a caballo entre la ingenuidad y la grosería, que caracteriza a la persona que va al teatro de manera ocasional y un poco obligado por las circunstancias. Viendo Titanic, el musical más galardonado de esta temporada, no pude dejar de acordarme de mi infancia, cuando en el extinto Teatro Argensola de Zaragoza una señora, para rematar el bocadillo de tortilla, descorchó con gran estrépito y sin el más mínimo asomo de azoramiento por su parte, una botella de gaseosa ante el jolgorio generalizado de sus vecinos, mientras que Paco Martínez Soria hacía de las suyas encima del escenario. Cambien a la señora y pongan a unos japoneses traduciéndose el texto a voz en grito a mi izquierda, y a una pareja de saludables y deportivos novios americanos a mi derecha, comiendo palomitas y bebiendo Coca Cola en esos gigantescos vasos de papel repletos de sonoros hielitos… Son muy pocas las ocasiones en las que alguien solicita silencio ante agresiones como las que describo.

Y es que el silencio es imposible ya de entrada. El sonido de las máquinas que producen el aire acondicionado es un murmullo permanente, aceptado e incluso profundamente agradecido en una ciudad en donde el calor y el frío son extremados y profundamente molestos. A nadie parece importarle demasiado que las funciones comiencen con un cuarto de hora de retraso pues siempre hay que esperar a quienes se quedaron atrapados en mitad del atasco de tráfico o cogieron tarde el metro. Si el tiempo sobrepasa esos quince minutos la reacción suelen ser las típicas palmaditas que en España les pusimos letra hace ya tantos años: “que empiece ya, que el público se va…, etc”.

La industria de Broadway genera sus propios mitos y se encarga también de destrozarlos. La concesión de los Tonnys es una fecha especialmente importante en ese ritual. De entrada, el musical o la obra teatral que consiga alguno o varios de estos premios tiene asegurado unos dos o tres años de vida en cartel que es el tiempo de permanencia normal de una producción media que puede haber costado varios centenares de millones de dólares. Algunos espectáculos rompen con creces esa barrera temporal. Ahora mismo The Phantom of the Opera y Les miserables están en la frontera de la década de permanencia y no se notan síntomas de fatiga. Por el contrario, conseguir una buena butaca del primero, un espectáculo escrito por Charles Hart, dirigido por Harold Prince, con la partitura de Andrew Lloyd Webber, lleno de brillantez, de agilidad técnica, de belleza espectacular, puede costarle al perseverante espectador la friolera de las dieciocho mil pesetas, y tarde tras tarde se agolpan a las puertas del Majestic Theatre los espectadores que pugnan por conseguir las últimas entradas que preceptivamente deben salir a la venta. Si los dos musicales citados reúnen calidad suficiente como para seguir más tiempo, uno no puede comprender el éxito del musical que les aventaja y que lleva ya quince largos años en el escenario del Winter Garden Theater: Cats. Como tal, el viejo espectáculo no aporta ya novedad alguna, ni teatral, ni musical, ni coreográfica. Los insufribles ballets de los concursos de nuestras televisiones no tienen mucho que envidiar a una coreografía que a principios de los ochenta ideara Gillian Lynne’s para una música compuesta también por Lloyd Webber. Al público, sin embargo, fundamentalmente aconsejado por las agencias de viaje, no parece importarle tal circunstancia.

Estamos ante un gigante, sí, pero en algunos aspectos con los piés de barro. (Woody Allen retrata su cara oculta de forma brillante en varias de sus memorables películas y especialmente en una de las últimas: Balas sobre Broadway). Una de sus debilidades es la crítica teatral, de notable influencia en la vida de un espectáculo, a veces de importancia decisiva, en especial si se trata de la del poderoso New York Times, auténtico creador de opinión y asesor mayoritario del gusto estético de los habitantes de la ciudad. Su anterior crítico, Frank Rich, era auténticamente demoledor, tanto es así que los magnates del negocio coordinaron una eficaz presión que logró que dejara de sentarse ante su ordenador personal para ametrallarles desde él. Ahora un equipo colegiado se encarga de la tarea con más suavidad y más paños calientes. No es sólo una anécdota divertida y pintoresca el hecho de que los actores no duerman la noche del estreno esperando el contenido de las críticas, especialmente la más temida de todas. Es que a partir de ésta ya puede deducirse qué vida tendrá el espectáculo, cuantos Tonys ganará ese año, y, lo que es más importante, qué tipo de publicidad, o dicho de otra manera, cuántos miles de dólares habrá que invertir en la televisión para presentarlo ante el imaginario colectivo como un producto apetecible e incluso indispensable, contrarrestando así el torpedo emitido desde la prensa.

A veces, la industria recurre a ciertas argucias para perpetuar el interés del público. Hasta principios de Junio Julie Andrews protagonizaba con gran éxito en el teatro lo que ya había sido su gran éxito en el cine: Víctor o Victoria. Excelente puesta en escena de su marido, Blake Edwars, una escenografía preciosa de Robin Wagner, y música de Henry Mancini, que ha recibido desde hace unas semanas todo un nuevo impulso con la llegada de Raquel Welch en sustitución de la primera protagonista. El negocio no se ha resentido sino que, por el contrario, hay miles de espectadores que han visto varias veces la versión que se presenta en el Marquis Theater para establecer comparaciones entre el trabajo de una y otra.

 

Broadway: estética e ideología

Sin duda Broadway es toda una industria y como tal, en absoluto neutra. Es, por el contrario, una industria que se recrea en su estética y que destila ideología por todos sus poros.

En relación a lo primero, en sus escenarios priman, por encima de cualquier otro elemento, la espectacularidad y la eficaz utilización de la técnica, entendiendo esto no como un demérito sino como una mera constatación de estilo. Hay que añadir que la técnica se utiliza habitualmente con una sabiduría escénica fuera de toda duda y es consecuencia de una implacable y rigurosa planificación, que no excluye, sino que da por supuesto, el talento de quienes la utilizan. La mayor parte de sus salas están equipadas a la última en lo que a avances tecnológicos respecta y es posible ver en ellas cambios de decoración auténticamente impensables en la mayoría de los escenarios europeos. Es una técnica que no se oculta sino que se enorgullece de sí misma y que deja ver frecuentemente sus tripas para admiración de un público sediento mayoritariamente de este tipo de novedades y poco dispuesto a gozar de otra manera. Por eso, los cambios más inverosímiles de decoración no se hacen secretamente, más en la línea de lo que se estila por estos pagos, sino que, como tales, forman parte de la espectacularidad misma y muy pocas veces se hace una pausa o un oscuro para propiciarlos. Por el contrario, ver subir y bajar telones, girar escenarios, desaparecer masas de personajes tragados en las profundidades de las tablas, mientras emergen en escasos segundos inmensos palacios, frondosos bosques, barcos o aviones, etc, se convierte en un fin en sí mismo, algo que agota y cansa si se mira con ojos menos ingenuos. The Phantom of the Opera y Les Miserables siguen siendo también en esto los más espectaculares de los montajes, de ahí en parte la explicación de su longevidad, seguidos a cierta distancia por otros que empiezan también a estabilizarse en la cartelera. Así, por ejemplo, Miss Saigon, Beauty and Beast, Grease!, Smokey Joe’s Cafe o Rent.

Brodaway genera ideología. O lo que es lo mismo: es un espejo diáfano de la ideología dominante americana, feliz consigo misma, fundamentalmente acrítica con los valores morales dominantes. Y, en esa misma proporción, capaz de adaptar a su seno textos tan poco coincidentes con ella y tan inesperados, (aunque sea esta la segunda vez que se pone en escena) como pueda ser el mismísimo Candide que Voltaire escribiera en 1767 en forma de narración breve y que este año se presenta en el Gershwin Theater, dirigido por Harold Prince con la música que escribiera hace unas décadas Leonard Berstein, rebajados convenientemente los grados de escepticismo que el filósofo francés albergaba sobre la construcción de Europa y las posibilidades de que la bondad humana resplandecieran sobre la faz de la tierra, y convertido en poco más que un cuentecito dramático para todos los públicos, muy colorista y espectacular, dentro de unas claves de puesta en escena ingenuísta, a caballo entre el comic y la pintura naiff.

Aquí estos ejercicios de prestidigitación dramática son frecuentes si van cargados de sus convenientes vacunas contra la depresión y el pesimismo.

 

Un espacio para el rigor y la apuesta.

Pero en Broadway no todo es fruto de una sabia combinación entre pirotecnia y talento, aliados en una fórmula comercial, sino que también es fácil encontrar auténticas e indiscutibles obras maestras, excelentes ejercicios de estilo, lecturas sorprendentes de textos clásicos del teatro universal, y rigurosas puestas en escena. Aquí el buen teatro puede ser también un gran éxito y generar abundantes ganancias.

Un público más cultivado y más genuinamente neoyorkino gusta de otro tipo de relación, de corte más intelectual y más profundo, con el texto dramático, servido muchas veces con verdadero talento por directores e intérpretes asumiendo incluso cierto margen de riesgo e investigación. Cada temporada es posible ver dos o tres perlas cultivadas de estas características. Si hace un par de años Kathleen Turner nos deslumbraba (a pesar de la controversia que se desató en algunos círculos de opinión sobre su idoneidad para encarnar un personaje con el que, a juicio de muchos puristas, no parecía coincidir en la edad) interpretando el personaje de Yvonne en Indiscretions, una adaptación llena de belleza, de sutileza y de talento, de Les Parents Terribles de Cocteau, dirigida admirablemente por Sean Mathias, o el año pasado David Saint dirigía una memorable versión titulada Tartuffe, born again, a partir de la obra de Molière, convertido allí el protagonista en un astuto y carente de escrúpulos predicador televisivo, este año el montaje estrella es una nueva versión escénica del emblemático texto de Ibsen A Doll’s House (Casa de muñecas).

El Belasco Theater, uno de los más reputados de Broadway, acoge la adaptación realizada por Frank McGuinness y dirigida por Anthony Page. Una puesta en escena muy sencilla de la obra de Ibsen subraya lo que en ella existe de melodramático y tragicómico. Por eso a muchos ha sorprendido la encarnación que del personaje de Nora Helmer ha hecho la actriz Janet McTeer, que acentúa estos aspectos, para algunos críticos de manera excesiva. A pesar de estos reparos, la actriz ha conseguido el Tony al mejor personaje femenino en la sección de obras ya presentadas con anterioridad, junto con otros muchos reconocimientos y galardones. Sin duda, A Doll’s House encierra un gran interés como propuesta.

Hay otros espectáculos de interés y rebosantes de rigor y de audacia aunque, por razones de espacio, selecciono solamente dos, sin olvidar la puesta en escena que de Master Class, texto de Terrence McCnally sobre la vida de María Callas, se sigue presentando en el Golden Theatre, versión a mi juicio inferior a la que de la obra dirigió Roman Polanski en Paris y protagonizaba Fanny Ardant este pasado invierno.

El primero es la puesta en escena que ha hecho Barry Edelstein del texto de Arthur Miller All My Sons (Todos eran mis hijos), cuando se cumple el cincuenta aniversario de su estreno, que se presenta ahora en Raundabout Theatre, en pleno Times Square. A pesar de la encarnación más que discutible, llena de guiños al público, que John Cullum, un actor de amplia experiencia televisiva y cinematográfica, ha realizado del atormentado personaje protagonista, el resto del reparto está magnífico, apostando muy fuerte por la construcción sicológica de los personajes. Un sencillo decorado ideado por Narelle Sissons, a caballo entre el realismo y la evocación simbólica, facilita y propicia esta revisión actualizada de uno de los textos más emblemáticos del teatro norteamericano de todos los tiempos.

En el Music Box se presenta Barrymore, una eficaz, rigurosa y brillante dramaturgia de William Luce sobre la vida personal y profesional del mítico actor John Barrymore, nacido en 1882 y muerto en 1959, estrella indiscutible de los teatros americanos e ingleses, y del que se recuerdan con especial cariño sus creaciones de algunos personajes shakespirianos. Extraordinaria escenografía del prolífico Santo Loquasto. Magníficas también la iluminación de Natasha Katz y la dirección de Gene Saks. El trabajo de todos ellos queda realzado por la sobresaliente interpretación del genial actor Christopher Plummer, ganador indiscutible del Tony a la mejor interpretación masculina.

 

1997: todo sigue bien en Broadway.

Decíamos al principio que, en todo caso, los signos son de estabilidad y crecimiento. La ceremonia de entrega de los Tonys este año ha seguido seguida por un número masivo de espectadores televisivos, mucho más grande que en años precedentes. Las polémicas han sido menores aunque las opiniones son, como siempre, para todos los gustos.

Sin que nadie parezca muy entusiasmado ni puedan explicarse muy bien las razones, Titanic es el musical que más Tonys ha conseguido. Sorprende, por cierto, que entre ellos esté el de la mejor escenografía, concedido a Stewart Laing, puesto que en ella, precisamente, se ejemplifica muy bien esa fatua grandiosidad que hace unas líneas significaba, sin que se aporte en este terreno, ni en nigún otro, ninguna novedad especial. Chicago, A Funny thing Happend on the way to the forum (ahora con la popular Whoopi Goldberg como protagonista), Steel Pier, The last night of Ballyhoo, The Life, son algunos otros que acaban de comenzar su andadura y que han conseguido premios o nominaciones. Tal vez el mejor de todos sea la versión de Jekyll & Hyde, escrita por Leslie Bricusse, dirigida por Robin Phillips, con música de Frank Wildhorn que se presenta en el Playmouth Theatre. En él sobresale el excelente trabajo interpretativo de Robert Cuccioli, un joven actor y cantante de portentosas actitudes, pero que no ha sido ni siquiera nominado para el premio. Ya se lo darán en otra ocasión.

De momento, por tanto, no hay novedades. El gigante se despereza todos los días a las ocho de la tarde. Riadas humanas se precipitan hacia las puertas de sus teatros llegados desde todos los rincones de la ciudad más enorme del planeta y se aprestan a sacar partido de esas dos o tres horas que han comprado, con mayor o menor dificultad, para que los mejores directores, técnicos, escenógrafos, actores y músicos, nacidos en el país, o importados de cualquier parte del mundo, les hagan olvidar sus problemas cotidianos. Esa riada humana ya es un espectáculo fabuloso en sí mismo, inimaginable en otros lugares, y sólo comparable en nuestro país a las salidas o las entradas masivas de los hinchas a los campos de fútbol. Es un acontecimiento que no por repetido diariamente deja de ser un milagro del que se pueden extraer todo tipo de conclusiones diferentes.

Yo prefiero sacar la mía, seguramente impregnada de un optimismo excesivo y de cierta ingenuidad: Nueva York es uno de los lugares en el mundo en donde, para mucha gente, el teatro todavía ocupa una parte importante de sus vidas.

“Si algo define este Nueva York de finales del milenio y la diferencia de otras ciudades en el planeta, es ser, más que ninguna otra, un lugar de encuentro de culturas, de etnias, de expresiones artísticas, convenientemente mezcladas. Incluso en el interior de la urbe las fronteras se están empezando a borrar. Litle Italy no es ya el getto de emigrantes italianos que era a principios de los cincuenta, el barrio chino el de los chinos, pongamos por caso. Italianos, chinos, colombianos, puertorriqueños, indúes, hispanos, se mezclan entre sí, buscan su plena integración en unas coordenadas culturales americanas a las que se quieren adapta, incluso a costa de perder unas raíces que cada día se van diluyendo en la noche de los tiempos. América devora cada de vez con más fruición a sus hijos adoptivos y éstos cada día oponen menor resistencia. De los compartimentos estancos se ha pasado a la gran mezcla, al magma intercultural. Hay excepciones, sin duda, pero, en cualquier caso, la tendencia empieza a ser claramente esa.

En una ciudad así, cada vez más emblemática de lo que podemos imaginar como torre de babel, y cada vez más cerca de esa megalópolis que se nos mostraba en Blade Runner, tanto en su extremo de sofisticada tecnología y confort al alcance de unos pocos y de degradación de las condiciones de vida de unos muchos, el teatro sigue siendo un lugar privilegiado de encuentro, una expresión veraz de las contradicciones y particularidades de esta ciudad que fundaran los emigrantes holandeses en… Lo cual no es ninguna novedad. El teatro hispano fue la bandera de expresión de una comunidad sojuzgada, enorme en importancia cuantitativa y cualitativamente hablada, pero relegada a la condición de secundaria; el teatro de guerrilla nació al calor del impulso de Julien Beck y Judith Malina, y tantos otros, en aquellos años sesenta en los que la bandera contra la guerra del Vietnam y a favor del pacificismo se enarbolaba con auténtica pasión; en donde también nació lo que hoy conocemos como teatro de calle, y el Bread and Puppet nos maravillaba con su capacidad de convertir las aceras y las calzadas en inesperados y sorprendentes escenarios teatrales. Y muchos más ejemplos.

Encuentros del IITM: Ljubljana (Eslovenia) Días 28 de Mayo al 6 de Junio

mayo 19, 2009

Ljublijana

En el seno de la quinta edición del Festival Exodos celebrado en Ljubljana (Eslovenia) el IITM ha tenido una importante participación.

En primer lugar se presentó ante los medios de comunicación. Francisco Ortega, enviado como representante de la dirección, dio a conocer su historia de casi diez años de actividad permanente, sus principales objetivos y las redes en las que está estructurado, haciendo un especial hincapié en la necesidad de que la delegación eslovena se amplíe y llegue a representar a un número importante de profesionales del teatro de aquel país.

En segundo lugar explicó las razones por las que no ha podido celebrarse en Novi Sad la reunión anual de la Red de Publicaciones del Instituto tal y como estaba previsto, agradeciendo a Tomás Toporisic, director del Festival, la oportunidad de desarrollar al menos un encuentro y una reunión de trabajo. A la misma asistieron Alice Georgescu (Scena, Rumanía), Ulf Bisbaumer (Maske und Kothurn, Austria), Emil Hrvatin (Maska, Eslovenia), Antón Lamapereira (Revista galega de teatro, Galicia) y él mismo como representante de Primer Acto (España). No pudieron asistir por diferentes problemas Ivica Buljan (Frakcija, Croacia) y Vida Ognjeovic (Scena, Yugoeslavia). Sin embargo lo hizo Laurent Muhleisen representando a Ubu, publicación francesa que estudia su entrada en la red del IITM.

En este acto se dio lectura al texto que con el título Una declaración indispensable ha escrito José Monleón y que aparece publicado en el Boletín de Abril-Junio de 1999 en el que se explica la posición del Instituto ante el conflicto que en este momento viven de una manera protagonista los pueblos serbio y kosovar.

Igualmente el IITM participó a través de varios de sus miembros en el concurrido debate celebrado en el Museo de la ciudad sobre el tema Teatro del Mediterráneo, ¿realidad o utopía?. Francisco Ortega centró inicialmente el debate, que fue moderado por el director del Festival, en sus aspectos culturales, políticos y estéticos, aportando su experiencia y visión personales al haber participado en un buen número de encuentros y festivales a lo largo de los últimos meses y conocido de primera mano tanto las inquietudes de un buen número de delegaciones del IITM como las propuestas escénicas que desde esos países se están desarrollando con una enorme pujanza. Sus palabras dieron pié a un animadísimo debate en el que intervinieron un buen número de personas y profesionales y en el que no se olvidó de ubicar la realidad de la escena eslovena en ese contexto.