Archive for the ‘Textos en Los ojos de Caín (blog)’ category

Dogville (2003)

septiembre 5, 2009

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Implacable disección de comportamientos

Para mí es una de las mejores películas de la historia. Le doy la categoría de obra maestra.

Lo es por estas razones:

1. Analiza con una precisión admirable los comportamientos humanos en sociedad. Disecciona con un estilete afilado los perfiles sicológicos en donde nacen esos comportamientos, y las vendas de todo tipo que esas personas se ponen para dejar de ver la realidad, y ellos en ese contexto, o verla deformada de manera subjetiva. Hace buena la frase de Marx que dice: “no es la conciencia de los hombres la que determina su ser social, sino su ser social es lo que determina su conciencia”.

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2. Establece un lenguaje narrativo brillante, que se instala en un punto medio entre el teatro y el cine. Tiene elementos propios de uno y del otro, pero el resultado es un nuevo lenguaje de síntesis.

3. Ese lenguaje nos presenta una película en el que “el distanciamiento” brechtiano es una herramienta constante, no tanto en la interpretación de los actores, sino en la creación de una abstracción a la que el público debe ponerle forma. Obliga así al espectador a un juego inteligente. De participación intelectual, que no abruma en ningún momento.

4. Todo eso lo consigue sin solemnidad. Es decir, la película es interesante, e incluso divertida.

5. Las interpretaciones de todos están absolutamente empastadas formando también una unidad coherente y de una enorme fuerza expresiva, dentro de unos niveles de contención actoral muy propios del “Actor´s Studio”. No es casualidad que, por ejemplo, Ben Gazzara, actor que se formó en esa emblemática escuela teatral de Nueva York, esté presente en el reparto, junto con otros actores americanos y otros europeos.

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6. Pero el sobresaliente máximo se lo lleva Nicole Kidman, en un momento de su carrera en el que había decidido aceptar espléndidos guiones. Su trabajo es conmovedor, lleno de matices, con un punto de dramatismo exquisito, exacto, eficazmente hermoso.

7. Porque todo huele bien, incluso el mensaje final, que puede parecer pesimista, pero que, en el fondo, no lo es. La película nos propone un cambio radical de comportamientos sociales. Nos propone una sociedad en donde las personas vean la realidad, su realidad, sin gafas azules que la conviertan en azul.

 

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El Macbeth de Polanski (1971)

septiembre 5, 2009

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Fidelidad

Macbeth tal vez no tiene la grandeza de otros personajes shakesperianos, como Hamlet, o Ricardo III. Siempre me pareció un mezquino señor, poseído por sus propias ambiciones, y un pelele de los deseos de su mujer. Sin embargo, ese es su sentido profundo, y como tal hay que valorarlo.

Shakespeare nos presenta al tipo exacto de ser humano que pierde su sencilla felicidad por ambicionar y conseguir de forma innoble parcelas de poder, de un poder que le quemará muy pronto entre las manos y que le precipitará hacia un desastre anunciado. Una fuerza misteriosa, más potente aún que su propio remordimiento, le impide frenar en seco su propia autodestrucción.

macbeth-polanski-l¿Y qué decir de esa mujer, en apariencia frágil, que incita a su marido a cometer crímenes horrendos en mitad de la noche y en su propia casa, a devolver con sangre lo que eran favores de un rey generoso con ellos y confiado de su hospitalidad?

Me sorprende siempre esa perspicacia de Shakespeare para describir la mezquindad, la ruindad, el egoísmo, lo peor de nosotros mismos.

Me interesó en su momento la versión que Orson Wells hizo en 1948, pero ahora veo por quinta vez la que Román Polanski filmara en 1971 con Jon Fich, actor poco valorado y que durante años hizo excelentes trabajos a partir de textos del autor inglés, y la actriz brasileña Francesca Annis, encarnando los principales personajes. Están soberbios, especialmente él, aunque ella cumple con creces y se ajusta al estereotipo femenino que Polanski siempre ha admirado. No es la mejor película del polaco, pero hay rigor, talento y respeto por lo esencial del texto. Cuentan que abordó esta empresa poco después de la muerte trágica de Sharon Tate, su mujer, embarazada, en aquel horrible episodio protagonizado por Charles Manson, y algo de esa conmoción y de ese horror se transmite en la película.

Román Polanski

Román Polanski

Es una versión, al mismo tiempo, muy reconocible dentro del universo del director, con sus tempos, su manejo de la cámara y sutileza expositiva. Con esa mezcla de espectacularidad e intimismo, que le son tan gratos y en los que se presenta tan reconocible. Capaz de conmovernos con lo grande (“El pianista”) o con lo cercano (“El cuchillo en el agua”). Es genial en el trazo grueso, pero también en el fino, en la aproximación sicológica, en la minuciosa dirección de los actores.

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El Hamlet de Kenneth Branagh (1996)

agosto 30, 2009

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Grandeza

Pocos textos con una grandeza comparable a la de Hamlet, mitad loco, mitad visionario, mitad víctima, mitad verdugo. Hamlet, paradigma del propio ser humano, con sus excelencias y sus miserias, sus enormes dudas y sus escasas certezas. El genio de Shakespeare se muestra en esta tragedia en todo su esplendor. Recoge un argumento, al que eleva a la categoría de obra maestra de la literatura dramática.

Se han hecho multitud de versiones sobre los escenarios. Yo he visto bastantes, y recuerdo con especial cariño la de Patrice Cherau, limpia, conmovedora, en París, y la de José Luis Gómez, en España, no hace mucho años, dentro de los límites de una más que evidente corrección. Ahora en Madrid puede verse la versión de Tomaz Pandur con la sorpresa (relativa) de que ese personaje lo interpreta una actriz, Blanca Portillo, que ya se atreve con todo y sale airosa de todos los retos en los que se mete.

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En el cine es una referencia obligada la versión de Laurence Olivier de 1948, tan ortodoxa y pedagógica. También es recordable la de Franco Zefirelli de 1990, tal vez demasiado truculenta y comercial, protagonizada por Mel Gibson. Pero a mí me deslumbra la versión que en 1996 hizo Kenneth Branagh, interpretando y dirigiendo una joya, una de las cimas del mejor cine que se atreve con el mejor teatro, y que entre ambos se enaltecen y se potencian.

Inteligencia, belleza, sabiduría, eficacia… No hay palabras suficientes para adjetivar esta excelencia que conjuga, sin pervertirla ni edulcorarla, la profunda reflexión filosófica que Shakespeare nos propone, y nos divierte con la parte jocosa y humorística, también consustancial al texto original. Los géneros se diluyen en un todo hermoso y completo: la verdad siempre es tragicómica.

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Se podría decir tanto… Hablar de los actores, por ejemplo, del recital de talento que nos ofrecen, a veces en pequeñas gotas. Nada menos que Charlton Heston, Jack Lemon, Gerard Depardieu, Robin Williams, y tantos otros, haciendo papeles supuestamente episódicos. No hay papeles pequeños, sino actores pequeños advertía Stanislavski. Homenaje a los actores, a estos y a todos en general, al teatro como espejo veraz de la realidad, como instrumento para azuzar las conciencias.

Y, por último, el recital de Branagh como actor. Contenido en el exceso, exacto en el punto cero, intenso y contundente en las estribaciones de lo íntimo. Kate Winslet todavía no era la que ahora es, pero ya le da la réplica amorosa en un amor marcado por lo imposible, por la muerte, la desesperación, la locura y la desgracia.

Si tuviera que elegir tres películas en mi vida, ésta sería, sin duda, una de ellas.

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El libro de Miguel Garrido

agosto 1, 2009
Miguel, en mitad de un ensayo

Miguel, en mitad de un ensayo

 

 

 

 

 

 

 

Durante los últimos meses he estado centrado en la escritura de un libro. Se trata de la biografía de alguien que en vida fue un compañero de trabajo, un amigo personal, y uno de mis pocos maestros. Es Miguel Garrido, profesor de Clown en la Escuela Municipal de Teatro de Zaragoza, en el Instituto del Teatro, de Sevilla, y en muchos otros lugares de España. Junto a su carrera docente, indiscutible y magnífica, está su otra faceta: la de director de escena.

Ensayando con GTI Farándula

Ensayando con GTI Farándula

En este terreno, Miguel dirigió espectáculos siempre para compañías emergentes, situadas todas ellas en lo que podríamos llamar la periferia de España. Estuvo vinculado, además, al mismo nacimiento de muchas ellas. Por tanto, ayudó a consolidarlas, a darles una personalidad propia y a dotarlas de una organización.

Esto no es una casualidad. Después de una experiencia que no fue del todo satisfactoria para él en el contexto de lo que él llamaba “teatro comercial”, decidió trabajar siempre con los tiempos, las condiciones y el ambiente de creación que le proporcionaba un teatro más alternativo, realizado desde la absoluta libertad. Ahí podía aplicar mejor sus propios planteamientos vitales y artísticos, mucho de lo que había aprendido en la Folkwang Hochschule, de Essen, escuela en la que realizó sus estudios a principios de los años setenta. Estas compañías han sido Teatro Paraíso, de Vitoria, Tarima, de Basauri, GTI Farándula, de Santa Coloma de Gramanet, Sindrome Clown, de Sevilla, Nasú, de Zaragoza, y otras.

"Kikirikaja". Eterno Paraíso. Dirección: Miguel Garrido

"Kikirikaja". Eterno Paraíso. Dirección: Miguel Garrido

Ha sido un periodo fascinante. Escribir sobre alguien que conoces supone conocer más, atar cabos, elevar a certezas lo que en vida del biografiado, eran sospechas o intuiciones. El objetivo del libro no es otro que el de intentar paliar los efectos del olvido. El teatro es efímero por su propia naturaleza, y todo tiende a perderse: personas, espectáculos, trayectorias.

He tenido toda la ayuda posible. Me pregunto cómo se puede escribir una biografía sin la ayuda de las personas que más cerca estuvieron del biografiado. Yo he tenido desde el principio todas las facilidades, a pesar del dolor que su muerte, acaecida en Enero de 2008, ocasionó a esas mismas personas. He sido, también en esto, un auténtico afortunado.

Ha muerto Pina Bausch

julio 7, 2009
Pina Bausch

Pina Bausch

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Nunca he sentido una emoción tan intensa como espectador teatral que aquella tarde noche del verano de 1983 en el Teatro Municipal de Avignon viendo “Kontakthof”, de Pina Bausch. Era el primero que veía de ella como coreógrafa y de su compañía afincada en Wüpertal. En realidad la sorpresa fue doble: no sabía con exactitud lo que iba a ver, y, en segundo lugar, porque lo que apareció ante mis ojos no era un gran espectáculo, sino algo diferente a todo lo que yo había visto hasta ese momento.

En la vida de un espectador de teatro hay siempre un antes y un después. Ese momento significó para mí esa intersección.

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Lo fue para mí y lo fue para muchas más personas. Compartíamos un palquito Sergi Belbell y Manolo Llanes. Salimos con la mirada perdida en un horizonte interior que nos hacía reflexionar seguramente en direcciones diversas. Manolo se la quería llevar a su Festival de Granada. A Sergi le había abierto un rumbo nuevo en su incipiente carrera de escritor. A mí me cambió la vida.

No exagero. Me cambió la percepción del teatro, que ha sido mi vida. Me trastocó mi pobre idea de los géneros estancos: teatro por aquí, danza por allá, pintura por arriba, cine por debajo… Pina proponía algo que todo lo integraba. Sus actores no hablaban, pero no paraban de decir cosas. Transmitían la idea de un inmenso dramatismo existencial, de una soledad indescifrable, cuestionaban la vida en pareja, la sociedad en su conjunto.

Era un nuevo sentido del humor, en donde el absurdo y la crueldad se daban la mano. Aquello era sádico y hermoso, de una belleza intensa y desolada. Nada sería igual desde entonces, y, efectivamente, nada lo fue después de su aportación artística.

Alfonso Desentre y yo hablamos con ella unos minutos en Madrid hace dos años. Le propusimos que viniera a la Expo rescatando una antigua coreografía en donde el agua era el tema protagonista. Su calendario era otro y no fue posible.

Nos saludó con unos hermosos ojos tristes y con las palmas juntas, ritualmente. Y se perdió por las calles, como en una de sus coreografías.

Paco Ortega

El frustrado estreno del Iceberg

junio 2, 2009

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Hace un año por estas fechas se morían Sydney Pollack, Yves Saint Laurent y Mel Ferrer. Dentro de unos días se morirá, valga la expresión, Dino Risi. Malas fechas, pues, para la gente del cine, para esos que interpretaron o que idearon películas, historias, guiones.

 Hace un año andaba yo mirando el Ebro de reojo. Sonaban voces de alarma. Se decía que iba a haber unas crecidas intensas y que esta circunstancia podía poner en peligro la ceremonia de inauguración de la Expo de Zaragoza. O, al menos, uno de sus platos fuertes: el estreno del Iceberg.

Una madrugada, cuando faltaba menos y la crecida era ya una realidad, me levanté de la cama a las tres de la mañana, salí a la calle y me monté en un taxi. Al conductor, que ya de entrada se sorprendió bastante, le pedí que me llevara a la pasarela que se acababa de inaugurar. Había soñado que las aguas habían inundado ya todo, y mi sueño, ciertamente, había sido premonitorio. Cuando llegamos, le pedí que me esperara. El pobre taxista no salía de su asombro cuando me vio asomarme hacia las aguas. Luego me dijo en el camino de vuelta que pensaba que había llevado a un suicida a su última cita. No sé si estaba preocupado por mi vida, porque no le había pagado la carrera, o por ambas cosas a la vez.

El río rugía literalmente. Desde donde me asomé veía oscuros remolinos, y flotando por las aguas embravecidas se distinguían multitud de troncos, de ramas arrancadas de cuajo, de objetos e incluso de animales muertos que el río arrastraba con inusitada violencia. El ruido que todo esto provocaba era ensordecedor. El espectáculo del agua extrema siempre me ha provocado un escalofrío de temor incontrolado, y, al mismo tiempo, una atracción parecida a la que debió sentir Matilde, la protagonista de “El marido de la peluquera” antes de huir hacia delante. Efectivamente, la estructura de la colosal esceografía se vio dañada en parte, a pesar de que hubo tiempo para tomar determinadas precauciones.

Cuando se tomó la decisión de que el Iceberg no iba a formar parte del estreno, nos desmoralizamos enormemente todos los que habíamos ideado un conjunto de actos que, entre sí, tenían una coherencia, conjugando lo espectacular con lo protocolario en proporciones razonables. Tres años, en mi caso, de pensar, de coordinar, de imaginar.

Jaume Flor

Jaume Flor

Pero el que tal vez vivió peor todo aquello fue Jaume Flor, el jefe de producción del espectáculo y empleado de la productora FOCUS. Jaume traspasaba la relación profesional. El y yo éramos amigos, y ambos teníamos un amigo común excepcional que años antes nos había presentado en el Festival de Sitges: Joan Ollé. Jaume sufrió porque en ese proyecto, el último de su vida, se dejó la piel y la escasa salud que le quedaba. Era por aquellos días un cuerpo maltrecho, una fuerza de voluntad a prueba de problemas y una cabeza magnífica. Murió poco después de acabar la Expo, y en el balcón de su casa me encontré para mi sorpresa, después de asistir a la ceremonia laica con que le despedimos, uno de aquellos pingüinos que ya forman parte de nuestra memoria.

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Miguel Garrido

mayo 22, 2009

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Estoy escribiendo estos días la biografía de una persona que murió hace un año y tres meses: Miguel Garrido Ramón.

 Intento reconstruir sus huellas. Desde los días de su infancia en Hellín, hasta los últimos en que vivía ya en Vitoria preso de sus personales obsesiones y en medio de una soledad buscada en parte, y en parte odiada. Entre medio, su estancia en Inglaterra, su aprendizaje en Alemania, y, posteriormente sus estancias en Zaragoza, Sevilla y otras ciudades en donde impartió su magisterio o dirigió sus espectáculos.

 Es increíblemente intenso realizar la reconstrucción de toda una vida. Trato de ver las cosas como él las veía, y frecuentemente cierro los ojos en los parques donde él paseaba, por ejemplo, para escuchar de la misma manera el canto de los pájaros. Si un biógrafo termina siempre raptado inevitablemente por el biografiado, cuando uno y otro eran amigos la aventura se torna una experiencia de contornos difuminados.

 Miguel fue, tal vez, el mejor clown que ha nacido en España, y por circunstancias de su vida, decidió muy pronto abandonar los escenarios y dedicarse a enseñar a los otros a ejercer una profesión tan diferente a las demás, incluso en el mismo ámbito de las artes escénicas. Su obra, por tanto, estará siempre inacabada. Su recuerdo nos acompañará a quienes le conocimos y quisimos: sus amigos, sus compañeros de profesión, su familia.

 El libro intenta, como no podía ser de otra manera, proporcionar una herramienta para que nuestra memoria no flaquee y seamos capaces de explicar a quienes no lo conocieron quién fue verdaderamente este pequeño genio, este gran artista.