Programa de mano de “Memoria de bolero”, de Rafael Campos.

 

Franco y el Presidente Eisehower

Franco y el Presidente Eisehower

Zaragoza, 15 de marzo de 2002.

 Una tarde de Diciembre de 1959 el Presidente Eisenhower se paseaba por el centro de la capital de España aclamado por la enfervorizada multitud. Tardé mucho tiempo en comprender que aquella visita significaba el punto final a una situación de aislamiento internacional a cambio de dejar juguetear a los yanquis en las bases militares “de utilización conjunta”. Yo escuchaba en uno de esos aparatos de radio, que hoy podrían considerase piezas de museo, la retransmisión apasionada de uno de los comentaristas de la época. Y me imaginaba un Madrid grande y sugerente, engalanado como para el primer guateque de nuestras vidas.

Pero al día siguiente se quitaron las banderas, y se pincharon otra vez los globos de colores de aquella fiesta. La vida volvió a ser en blanco y negro, es decir grisácea, profundamente rutinaria y mortalmente triste. Fuimos, como aquel programa de televisión que tanto nos haría soñar más tarde, “reinas por un día”. Dice Paco Umbral que aquellos años cincuenta fueron de un intenso frío, y su recuerdo despierta el mío si le añado además nuestro viento desolador y una lluvia que, como solía afirmar rotundamente el Caudillo, fue tan “pertinaz”, como algunos emblemáticos periodos de posterior sequía.

 Rafael Campos y yo nacimos en esa España húmeda y ventosa de las primeras huelgas importantes, de la triunfal llegada de las suecas a nuestras playas, y de las cárceles repletas todavía de militantes antifranquistas. Sin embargo, ni él en Ateca, ni yo en esta “zaragozana gusanera” catamos en ese momento los aromas de aquellas monumentales señoras, ni escuchamos las voces de quienes reclamaban la libertad y la democracia, ensimismados en aprender a dividir entre nueve, y en escuchar por las noches la voz de Alberto Oliveras, que siempre nos pedía dinero para operar en Estocolmo a algún niño enfermo de extraños males. De ambos retrasos, nos viene a los dos lo que nos viene…

 España era, pues, una tragicomedia, y el Seat Seiscientos su mejor imagen. Un coche ridículo, pero práctico; un país doliente pero que no renunciaba, sin embargo, a esas dosis de emoción que le proporcionaban algunas radionovelas, o la esperanza de que el horizonte podía ensancharse con aquellos experimentos espaciales por los que dio su vida la entrañable perrita “Laika”.

 Por eso, los personajes de esta “Memoria de Bolero” me parecen tan creíbles en el fondo. He intentado que la evidente comicidad de este hermoso texto, tan tierno y divertido, donde siempre me ha parecido que circulaban aires del mejor Berlanga, no desdibujase totalmente su pequeña y personal tragedia, que es la de todo un país que, en un contexto de profunda y cotidiana impertinencia, no cesaba de superar exámenes para sacarse siempre el carnet de cualquier cosa.

 Tragicomedia: algo en donde confluyen dos maneras de contar las cosas. Como España: había  -tal vez sigue habiendo-, dos grandes formas de contarla.

 

                                                        Paco Ortega.

Anuncios
Explore posts in the same categories: Teatro en Aragón

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s


A %d blogueros les gusta esto: