Textos de la primera parte de la Gala del Bicentenario del Teatro Principal de Zaragoza

Teatro Principal

Teatro Principal

(Estos textos fueron leidos por el actor Joaquín Murillo)

Primer Texto.

El olor, el aire de los viejos teatros…

Ramón Gómez de la Serna decía que “al levantarse el telón viene del escenario un viento frio, como del otro mundo, del mundo de la inmortalidad de los grandes repertorios…”

Tantos aplausos, tantas emociones vividas aquí arriba y provocadas ahí abajo.

El público y los artistas, unidos en una especie de fuego que les calienta sin quemar, que les da vida de una u otra manera.

Conmemoramos hoy los doscientos años de la existencia de este teatro. En realidad celebramos la existencia de un espacio de sosiego en mitad de los afanes de una ciudad que se ha ido transformando al compás de la vertiginosa lentitud de la Historia.

El edificio también ha ido cambiando, reformándose, adaptándose a los tiempos. Un pavoroso incendio, sucedido el 12 de Noviembre de 1778, acabó con la vida de setenta y siete personas y destruyó el edificio de la Casa de Comedias, situado enfrente de donde actualmente nos encontramos. Aquel lamentable suceso provocó una inmensa conmoción. El Rey, a propuesta del Ayuntamiento y con la aquiescencia de la mayoría de la población, prohibió la actividad teatral, que siguió realizándose, a pesar de todo, en determinados círculos privados, de forma sigilosa y clandestina.

El teatro fue durante un tiempo sinónimo de sufrimiento y destrucción…

Pero a las seis de la tarde del 25 de Agosto de 1799 dió comienzo el acto de inauguración. La nueva Casa de Farsas, aunque todavía con carácter provisional, se presentaba ante los zaragozanos que la abarrotaban. El nuevo edificio era el resultado de muchos esfuerzos personales y colectivos. El propio Conde Aranda, y el Marqués de Ayerbe, fueron dos de las muchas personas que lucharon para que nuestra ciudad volviera a contar con un lugar adecuado para albergar actividades escénicas.

Según cuentan las crónicas, a aquella sesión de inauguración asistieron el Ayuntamiento en Pleno, el Capitán general, los  representantes de la Real Audiencia, de la Universidad, y otras muchas personas, con especial mención de multitud de estudiantes. Durante la misma se cantó una tonadilla que, sin duda, serviría para rebajar el grado de solemnidad de la ceremonia y aligerar la atmósfera entre los asistentes…

Con ese mismo deseo, nos ha parecido muy oportuno que sea la cantante Carmen París quien oficie de conductora musical en la primera parte de este espectáculo, que quiere ser también un emocionado homenaje a aquellos artistas y operarios que restablecieron la normalidad escénica de la ciudad el día en que se celebraba también el santo de la Reina María Luisa.

Pero, atención… Empezó el acto -no podía ser de otra forma-, con la lectura de una Loa…

El gran actor José Luis Pellicena, hijo predilecto de Zaragoza, ha escrito la de esta noche -igualmente alusiva- para todos nosotros.

 Escuchémosle.

 

Segundo Texto.

El telón que ahora mismo desciende fue presentado ante la sociedad zaragozana la noche del sábado 29 de Septiembre de 1877, entre el primer y el segundo acto del drama de Echegaray O locura o santidad.

El autor de este hermoso telón, que ya desde entonces nos acompaña, es el pintor Marcelino de Unceta, excelente dibujante y frecuente colaborador de esta sala durante aquellos años, como autor de diversos decorados. Antes que éste habían estado colgados los realizados por Ramón Urquizu, Cristóbal Garrigo, Vicente García de Vera y Mariano Pescador.

El telón representa el Templo de la Fama. En el centro, una figura femenina encarna la Inmortalidad, acompañada de la Tragedia y la Comedia. En el lado izquierdo están representados insignes autores de nuestro teatro: el Duque de Rivas, Calderón, Cervantes, Lope de Vega, y otros. Una de esas figuras, la de Juan Ruiz de Alarcón, parece que en realidad representa al propio pintor, que quiso aparecer en su obra, aunque con cierta discreción. A la derecha, constatamos la presencia de actores y actrices de gran renombre. Ahí están, entre otros, Julián Romea, Emilio Mario, Matilde Díez, y nuestra querida Teodora Lamadrid.

(El presentador se queda callado. Se dirige hacia el centro del telón, dando la espalda al público durante unos instantes. Al poco, regresa a su lugar. A modo de disculpa, dice:)

 “Ustedes disculpen. Me había parecido ver también a Pilar Delgado…”

 Cuando este telón fue presentado, la Casa de Farsas había sido ya objeto de sucesivas reformas. Lo que en su día se había planteado como algo relativamente provisional, comenzaba, gracias a ellas, a consolidarse.

 La actividad escénica había sido continuada. Zarzuela, óperas italianas, muy del gusto de la época, y teatro, se habían presentado gracias a la iniciativa de un puñado de empresarios a quienes el Ayuntamiento fue alquilando la sala. Ni que decir tiene que más de uno tuvo problemas para pagar los salarios.

 A lo largo de estos doscientos años pisaron las tablas del Teatro Principal todos los grandes actores españoles. Algunos de ellos se encuentran esta noche con nosotros. El eco de las voces de muchos otros, ya desaparecidos, los gestos de sus rostros, la expresión de esos cuerpos que prestaron tantas veces a los personajes más emblemáticos de la historia del teatro, flotan todavía en el aire y en nuestro recuerdo.

 (Confidencialmente.) Un vigilante nocturno creyó ver juntos sobre este escenario, en una alucinante madrugada, a Margarita Xirgú, María Guerrero, Pepe Bódalo, Isidoro Maíquez, José María Rodero, Lola Membrives, Catalina Bárcena, Enrique Borrás, Aurora Redondo, Rosario Pino, Luis Prendes, y algunos más que no supo reconocer… Por lo visto, ensayaban, a las ordenes de José Luis Alonso, un nuevo texto de Enrique Jardiel Poncela, de Miguel Mihura o de Alejandro Casona. Esto último nunca lo precisó con total certeza…

 La noche del estreno de la Casa de Farsas, la compañía de comedias de Francisco Garcilaso, bastante más modesta que la citada anteriormente, representó para la ocasión el sainte de Ramón de la Cruz, titulado El Careo de los majos.

 Hoy será Cervantes, uno de los autores más representados, quien contribuirá con su palabra, levantada del libro por siete magníficos actores zaragozanos, a homenajear a cuantos actores, autores, directores, escenógrafos, y figurinistas, hicieron posible que el teatro en Zaragoza haya sido, durante estos dos largos siglos, una realidad ininterrumpida y arraigada.

 Veamos, por tanto, El Viejo celoso.

 

Tercer texto.

 La música, la ópera -como privilegiado lugar de encuentro entre ésta y el teatro-, y la danza, tuvieron aquí su espacio privilegiado.

 La música en todas sus manifestaciones. Desde la más culta a la más popular y cercana. Monserrat Caballé y Raquel Meller, Alfredo Kraus y Concha Piquer, Maurice Ravel y Joaquín Sabina, Pilar Bayona y Oscar Peterson, Luis Galve y Wim Mertens, son sólo diez nombres de los cientos que podríamos mencionar para demostrarlo.

 Y qué decir de la danza…

 Esta ciudad ha sido, sin duda, una de las que más estrellas internacionales ha dado a nuestro país. Victor Ullate, Cristina Miñana, Carmen Roche, Carmen de la Figuera, Ana Laguna, Arancha Argüelles, Trinidad Sevillano, Antonio Castilla, Margarita Barahona, Gonzalo García Portero y tantos otros, bailaron sobre estas tablas en infinidad de ocasiones recibiendo las mayores ovaciones. En algún caso hasta debutaron sobre ellas siendo apenas unos niños.

 El Teatro Principal se enorgullece profundamente de haber contribuido a impulsarlos hasta el lugar que ahora mismo ocupan.

 Y también de ser la sede material y espiritual del Ballet de Zaragoza, una institución afamada y aplaudida, que merece atención y apoyo para poder desarrollar su labor con la calma que requiere la consolidación de cualquier proyecto de primer nivel artístico.

 Todas estas realidades tienen un punto de encuentro. Una causa última.

 Pocas dudas podemos tener sobre su nombre. El milagro de la danza en Zaragoza se llama Lola… María de Avila, es una mujer excepcional a la que desde aquí y en esta noche no podemos menos que agradecerle ese esfuerzo tenaz y generoso.

 La tarde de la inauguración de este lugar Blasillo “El manchego”, un artista muy querido por el público de aquel tiempo interpretó “El baile inglés”. Los zaragozanos le aplaudieron a rabiar. Como ha quedado escrito, “su donaire, sus contoneos y su mímica” eran muy del agrado de nuestros predecesores.

 El Ballet de Zaragoza presenta a continuación “Anónima”, coreografía de su actual responsable, Patsy Kuppe Matt.

 Sobre el escenario, la maravillosa bailarina zaragozana Elia Lozano, también acompañada al piano por el maestro Javier Laboreo.

 

Cuarto texto.

 Carmen Paris también es autora de esta Savia nueva con la que se ha despedido de todos nosotros.

 Y llegamos al final…

 En mayo de 1987 el arquitecto José Manuel Pérez Latorre presentó a los zaragozanos la última gran intervención sobre el edificio, culminando, hasta el momento presente, un largo recorrido de mejoras y ampliaciones. Algunas de las anteriores fueron las que se hicieron coincidiendo con la llegada a nuestra ciudad de Fernando VII, en 1828; las de 1858 y 1875; la de Ricardo Magadalena a finales de siglo; las de Regino Borobio y José Beltrán a finales de la guerra civil; y las que tuvieron lugar a finales de los años sesenta dirigidas por el arquitecto José Beltrán.

 Paralelamente, el teatro fue también modernizando sus instalaciones técnicas: desde las iniciales lámparas de aceite y las velas de sebo, para iluminar tanto los espectáculos mismos como el interior del edificio, se pasó en 1868 a la instalación de la luz de gas, y la eléctrica a partir de 1894.

 Hoy este teatro está equipado con los aparatos más sofisticados y modernos.

 Eso es importante, no cabe duda, puesto que el objetivo sigue siendo que la ciudad pueda albergar los mejores espectáculos nacionales y extranjeros, en unas condiciones técnicas adecuadas. Pero más importante es, sin duda, reconocer la capacidad, la experiencia y la entrega del personal que presta aquí su servicio. Acomodadores, técnicos de iluminación, tramoyistas, atrezzistas, utilleros, fueron y son los que, en definitiva, hacen posible ese milagro de la continuidad.

 No podemos olvidar que fue precisamente un tramoyista, Vicente Martínez, quien aplicó su sabiduría y su talento al primitivo proyecto de construcción de la Casa de Farsas, que fue el germen de donde ahora mismo nos encontramos. Gracias al trabajo abnegado de todos ellos, seres anónimos en su mayoría, los zaragozanos pudimos disfrutar de las actuaciones de personalidades tan reconocidas en sus respectivos ámbitos, como Rudolf Nureyev, la Argentinita, Giorgio Strehler, Pilar Lorengar, Alicia Alonso, Tete Montoliu, el bailarín Antonio, o la mismísima Sarah Bernhardt.

 Tampoco podemos olvidarnos de los empresarios y responsables de gestión y programación que este teatro ha tenido a lo largo de su historia. Casar Lapuente, Ramón Casas, Waldo González, Enrique Marín, Manuel Romeo, Tomás Gascón, Antonio Sierra, Manuel Reula, Pirula Ariza y otros, aportaron su energía y su imaginación, atravesando y superando, en demasiadas ocasiones, difíciles situaciones económicas.

 Y qué decir del último gran nombre de este teatro…

 Muchos de los que esta noche nos encontramos aquí asociamos indisolublemente el Teatro Principal al suyo propio: Angel Anadón.

 Parece como que el edificio y él hayan crecido y madurado juntos. Curiosamente ambos presentan, a la vez, un magnífico aspecto, cada vez más rejuvenecidos y vitales. Angel ha sido el alma del Teatro Principal de Zaragoza durante las últimas décadas y todos conocemos su irrefrenable y contagioso amor por esta casa y su capacidad de trabajar por ella, día y noche, siete días a la semana, año tras año. Es decir, durante toda una vida.

 Acabamos la primera parte de nuestro espectáculo. No hemos citado muchos nombres. Era imposible hacerlo al ser tan numerosa la nómina de artistas que por aquí han pasado.

 Queremos terminar presentando un breve trabajo escénico, brillante y original. La Compañía catalana Els Comedians, que durante estas últimas décadas han inaugurado o puesto el broche final a tantos acontecimientos históricos en diversas partes del mundo, incorporan a esta gala, como sólo ellos podrían hacerlo, una pincelada de magia y de creatividad.

 Atención… Su título es Zenit

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